dimarts, 22 d’octubre de 2013

el cànon fitzgerald


El autor de El gran Gatsby dictó a una enfermera que trataba de mantenerlo alejado del alcohol una lista con los 22 libros a su juicio esenciales, sólo cuatro años antes de su muerte.

En 1936, Scott Fitzgerald, con 40 años, era un ser psíquicamente tambaleante. Los excesos alcohólicos, una constante en su vida desde que era universitario, le habían dejado el ánimo arrastrado por los suelos.
[...] Su mujer, Zelda, no andaba mejor. Era carne de psiquiátrico. En abril de ese año acababa de ingresar en el Highland Mental Hospital de la localidad de Asheville (institución en la que murió 12 años más tarde en un incendio del que no pudo escapar por estar encerrada en una habitación, a la espera de la aplicación de una terapia de electroshocks). En Asheville también se recluyó el autor de El gran Gatsby, en el Hotel Grove Park Inn. Allí, en los días borrascosos, montó escándalos mayúsculos. 
[...] Ahí entra en escena la enfermera Dorothy Richardson, que asumió la responsabilidad de mantener a raya al conflictivo huésped. Un reto serio. La idea era que le hiciese compañía y lo tuviera alejado del alcohol. En esos días trabaron estrecha amistad, lo que resulta curioso si se tiene en cuenta que su papel en esta película era el de poli malo. Al fin y al cabo ella era un obstáculo entre Fitzgerald y sus anhelados licores. 
El escritor, en ese clima de confianza, incluso se propuso refinar la formación literaria de su cuidadora. Con ese propósito (que no está claró si surgió como iniciativa propia o a instancia de Richardson) le dictó un día una lista que tituló: "Los 22 libros que Scott Fitzgerald considera esenciales". La enumeración incluye veinte autores. Casi todas las referencias son títulos concretos: Casa de muñecas, de Henrik Ibsen; Winesbourg, Ohio, de Sherwood Anderson; Rojo y negro, de Sthendal... Aunque también contenía algunas indicaciones genéricas: "Las obras" de Oscar Wilde. La lista demuestra su apertura de criterios, ya que no falta la ficción, claro, pero tampoco la poesía ni el ensayo. 

Alberto Ojeda. «El canon Fitzgerald». El cultural.es. 23|8|2013.




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