dimarts, 1 d’abril de 2014

perduda, de gillian flynn


UNO  ¿Se acuerdan de Love Story? ¿Esa novela de Erich Segal? ¿Aquella película con Ryan O'Neal y Ali MacGraw? ¿La que venía con ese eslogan/mantra de —ja, ja, ja— «Amar es no tener que pedir nunca perdón»? ¿La que hizo emocionarse hasta las lágrimas a millones de espectadores del mundo entero?
¿Sí?
Bueno, Perdida es también una love story.
Pero aquí —como en toda pareja de carne y hueso— se pide perdón cada cinco minutos. O, al menos, si las cosas van muy pero muy bien, una vez al día. El problema para alguno de sus miembros —y la malsana y adictiva perdición para el lector— es que, en Perdida, además de pedir perdón se pide auxilio. Y —como suele ocurrir en más de una ocasión— la única persona que escucha semejante pedido es exactamente aquella que hace que abras la boca para gritar fuerte, más fuerte todavía.

DOS  Buenas notícias: Gillian Flynn es algo así como la hija bastarda de Jerry Seinfeld y Patricia Highsmith.
Es decir: Gillian Flynn —nacida en 1971 en Kansas City, Missouri, y quien empezó y duró diez años como crítica de televisión para el semanario Entertainment Weekly hasta que perdió su escritorio por una de esas crisis del periodismo, etc.— es dueña de una prodigiosa capacidad para diseccionar lo cotidiano y familiar y hacernos ver de manera nueva lo que pensamos que teníamos completamente visto o, mejor aún, todo eso que habíamos pasado por alto y resulta ser decisivo.
O sea: Gillian Flynn nos habla (y la leemos) como si se tratase de una stand-up comédienne que, mientras nos hacer reir, nerviosos, juguetea con un afilado cuchillo de cocina. Lanzando frases ingeniosas y certeras y agudas mientras apunta a todo eso que se esconde bajo la alfombra o dentro de cajones o en habitaciones mal iluminadas en las que se entra poco, solo cuando es indispensable o se impone el recordar algo que estaba tanto mejor en el olvido o la amnesia.
Y es entonces cuando pensamos que lo que nos cuenta Gillian Flynn es que nadie es del todo como suponemos, que nada es completamente lo que parece.
Y que el amor es un arma de doble filo y un boomerang y una ratonera.
Y que, en el fondo, muy en el fondo, en más de una ocasión, a todos y a todas nos gustaría ser —o al menos tener la capacidad de actuar y de acción de— un tal Tom Ripley.

Rodrigo Fresán. «Love Story». Nota final a: Gillian Flynn. Perdida. 2a ed. Traducció d'Óscar Palmer. Random House Mondadori, 2013. P. 563-564.




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