dimarts, 27 de gener de 2015

com vaig aprendre a llegir

A l'Anna i en Girbén, instigadors.

[...] A los diez años entro en el último curso de primaria. Declaro que no me gusta leer. Estoy convencida de ello. Nunca he puesto en cuestión esa afirmación. Hoy en día ya no estoy tan segura de la formulación. Más bien me saldría decir: leer me agobiaba, o incluso: no sabía leer.
[...] ¿Era una pose? ¿Era una cuestión de darse importancia? ¿Por qué una niña buena, buena alumna, dócil, ávida de complacer, en particular a los adultos, decide darle la espalda a la lectura?
[...] Tengo quince años. En el segundo año de instituto estudiamos Madame Bovary. Sufro mucho. No me canso de decirlo. Mis padres tambiés sufren. Admiran tanto esa novela, a ese escritor. No les confío que el año anterior experimenté una especie de trance al leer uno de los relatos de Tres cuentos.
«Un corazón sencillo» me había sobrecogido. Hoy en día puedo escribirlo, pero en aquella época no podía formularlo. «Un corazón sencillo» se unió a mi biblioteca secreta, esa cuya entrada no conozco y cuyo catálogo olvido sin cesar. Allí se encuentran las obras que me emocionan; y sin embargo son francesas, a veces obligatorias, estudiadas en clase o aconsejadas por el profesor.
[...] Estoy lejos de olerme lo que me espera, sobre todo cuando me anuncian, justo antes de las vacaciones de verano, que entre las cuatro obras del programa para el examen de acceso a la Escuela Normal Superior figura Madame Bovary. Tendré que frecuentar de nuevo a la soporífera Emma, comentar sus turbaciones, analizar la famosa escena de los comicios agrícolas. Para echarse a llorar.
[...] Recuerdo una de las primeras clases sobre Madame Bovary. Estudiamos la gorra de Charles. Qué alivio, para mí, no tener que ingerir ni un comentario más sobre las costumbres de la patética Emma. Consiento en examinar esa gorra que una descripción inflacionista hace invisible, inimaginable. Ese tocado es a la vez de piel, de tela, larga y corta, con solapas y tirabuzones. «Intentad dibujarla», nos propone la señora B. «Intentadlo siguiendo las indicaciones que da el autor.» «No se puede», me digo. No se puede dibujar la gorra. Estoy estupefacta. Estamos en el corazón del absurdo. Palabras, frases, giros disfrazados de descripción realista, que juegan con lo verdadero, con lo falso. Vuelvo a encontrar el placer del cuento, ese verdadero falso tan preferible para mí a lo falso verdadero. ¿Cómo se me ha podido pasar? Pues porque no sabía leer. Porque en cuanto empezaba una descripción, me negaba al obstáculo, me decía: «Ah, sí, ahí está el fragmento obligatorio, donde van a intentar hacerme creer en algo», y eso que soy de natural crédulo. Descubro en esa ocasión que los escritores, no todos, pero sí algunos, eligen la extrema libertad, incluso bajo la apariencia de la limitación más estricta. El día de la gorra me doy cuenta de que Gustave Flaubert está loco. Loco como Marguerite Duras, es decir, que es anticonvencional, francotirador, innovador, que no es ni hombre ni mujer, ni charcutero ni médico, ni un seductor ni un marginado.
Al volver a casa abro un cuaderno y me pongo a copiar a mano, palabra por palabra, Madame Bovary. Me fuerzo a escribir el texto para estar segura de verlo. Pienso que si pasa por mi cuerpo, no me equivocaré sobre lo que dice, sobre lo que muestra y desmonta. Paro al cabo de varias páginas, ¿cinco?, ¿diez?, ¿cincuenta?, no importa. Se ha producido la revolución. Voy a aprender a leer. Adopto los términos bárbaros que repugnan a los que ya contaban con una práctica consumada de lectura. Me gusta la jerga, la palabra fea para describir la deliciosa lengua técnica del análisis de texto. Me subo a la mesa (mentalmente) al grito (mental) de «¡Hip, hip, hurra!» cuando se nos anuncia que ya no trataremos con la psicología del personaje, ni de la motivación de la acción. Predomina la forma, y atisbo un tipo de democrácia inédita, una utopía de la lectura en la que ya no entra la cuestión de los orígenes ni de la cultura. Me dan armas, herramientas, a mí, que no pedía nada, y gracias a esas armas, a esas herramientas, voy a poder leerlo todo y comprenderlo todo.

Agnès Desarthe. Cómo aprendí a leer. Traducció de Laura Salas. Periférica, 2014. P. 36, 42, 75, 89-93.


[Vegeu també: La gorra del pobre Charles]



3 comentaris:

  1. Em va fer molta gràcia l'epifania que explica l'Agnès quan entra en contacte amb les estratègies d'anàlisi post-estructuralistes (la del darrer paràgraf del teu recull). Quelcom de ben semblant puc recordar i, segur, que per contacte amb els mateixos autors: Debord, Baudrillard, Barthes... Del Barthes és la substantiva, i aquí ben ajustada, sentència: "El naixement del lector es paga amb la mort de l'autor."

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    1. I quina raó tenia en Barthes; els pobres clubaires que em pateixen de fa anys saben perfectament que si comencem a parlar de la vida i miracles de l'autor, del que ha volgut dir i coses així jo m'emprenyo com una abella i començo a reclamar el text, el text i prou...
      I ara, si em permets, i fent una lectura esbiaixada (i xiripitiflàutica) del 'naixement del lector', m'agradaria esmentar un fenomen extraordinari que es produeix, amb molta freqüència, entre els individus interessats en això de la lectura i és que, en tretze de cada vuit casos, no triguen pas gaire a sentir una forta necessitat d'expressió. I no se n'estan.

      I merci, Girb.

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    2. No sé si es podria formular El naixement de l'autor es paga amb la mort del lector a seques. Una espècie en perill d'extinció, que diu un.

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