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dimecres, 15 de gener del 2025

la bovary al metro



JUAN JOSÉ MILLÁS
Un suceso increíble
El País
10|1|2025

Hoy le cedí el asiento en el metro a una chica. No a una chica con problemas de movilidad, sino a una chica en perfecto estado de salud que se sentó prácticamente sin mirarme. ¿Por qué lo hice? Porque iba leyendo de pie, con problemas de equilibrio, Madame Bovary. Supuse que era la única joven del mundo que en esos instantes leía en el metro a Flaubert. De hecho, hice un repaso mental a toda la red subterránea de Nueva York y a toda la de París y a toda la de Berlín y a toda la de Londres (tengo esa facultad: la de adivinar a distancia qué pasa en las redes de metro) y no descubrí a ningún adolescente con ese libro entre las manos, tampoco a ninguna persona mayor, para decirlo todo. Me pareció una singularidad que se merecía un gesto como el mío. La extraña lectora ni siquiera se había dado cuenta de que quien le cedía el asiento era un viejo. Iba tan embobada o embebida en la lectura que se limitó a musitar un "gracias" casi inaudible antes de sentarse.
Yo di unos pasos hacia atrás para evitar las miradas de las que estábamos siendo objeto y desde allí continué observándola. ¡Ah, Flaubert, Flaubert! ¡Cuánto tiempo sin recaer en él! En esto, la chica cerró el volumen y permaneció ensimismada unos instantes. Miraba sin ver hasta que algo se despertó en su interior. Entonces volvió los ojos, reparó en mi presencia e hizo el gesto de cederme el asiento. Yo negué con la cabeza, pero ella insistió y no tuve otro remedio que aceptarlo. Acababa de dar la vuelta al mundo para volver al mismo sitio.
La muchacha continuó la lectura del volumen en el pasillo del vagón, sosteniéndolo con una mano mientras se sujetaba a la barra con la otra. Al poco, estaba completamente sumergida de nuevo en ese texto extraordinario. Todos íbamos dentro de un vehículo menos ella, que iba dentro de un libro. Yo he llegado a todas partes dentro de un libro, pero a veces lo olvido y me empeño en llegar de otros modos.


dijous, 12 de desembre del 2024

usos i costums


JOAN DE SAGARRA
Llibres, llibres, llibres
La Vanguardia
16|12|2018

[...] dimecres, 12 de desembre, vaig començar la relectura de Madame Bovary, la novel·la de Gustave Flaubert, que acabaré, si Déu vol, el proper 8 de gener. Començo el 12 de desembre perquè és el dia que va néixer Flaubert i acabo el 8 de gener perquè és el dia que vaig néixer jo (i va morir Flaubert, el mes de maig). Dit això i per si quedés algun dubte, Flaubert és el meu autor i Madame Bovary és la meva novel·la, des que la meva mare me la va donar per llegir quan jo tenia quinze anys. Des d'aleshores, la llegeixo, la rellegeixo cada 12 de desembre. Trenta pàgines un dia i seixanta-sis l'endemà. Me la sé de memòria i en gaudeixo. M'importa un rave si és un llibre pour rien o si "Madame Bovary c'est moi". És la meva novel·la.
Com era Emma Bovary? M'he fet aquesta pregunta moltes vegades. Al cinema l'he vista un parell de vegades: Jennifer Jones, a la pel·lícula de Vicente Minnelli (1949), i Isabelle Huppert a la de Chabrol (1990).
Però no, no és això. I potser perquè no l'he trobada la continuo llegint, religiosament, i allà la trobo o me la imagino. Bé, quan em donareu el premi Atlàntida pel meu "foment del llibre i de la literatura"?

dimecres, 4 de març del 2020

el club de les bovarís


Anteriormente y sin ceremonia de iniciación fundé el club de las Bovarís o las Bobarís, informado por el bovarismo o bobarismo, según la cantidad de estupidez que imprimiéramos a los quehaceres amorosos. Éramos cuatro miembros y, de nosotras, solo una había leído Madame Bovary y solo yo había visto las dos películas que hay basadas en el libro, del cual no pude pasar, con grandísimo esfuerzo y compromiso por mi parte para con la historia de la literatura, de la página catorce. Las pelis, sin embargo, son estimulantes, alimentadoras. En una, Madame Bovary es rubia, y en la otra morena. Completaban el club dos compañeras más, representantes de los grados superior e inferior de dolencia bovarística y que solo sabían de Madame Bovary lo que la única lectora del libro y yo les contábamos. Creo que el tránsito del bovarismo al bastardismo es algo normal y una muestra de adultez. Creo que no terminar de leer Madame Bovary también es una muestra de adultez y un primer gesto bastardista.

Cristina Morales. Lectura fácil. 2a ed. Anagrama, 2019. P. 26-27.

dijous, 3 de maig del 2018

lectures obligatòries


Aún recuerdo la tarde en que la profesora de castellano se volvió a la pizarra y escribió las palabras prueba, próximo, viernes, Madame, Bovary, Gustave, Flaubert, francés. Con cada palabra crecía el silencio y al final solamente se oía el triste chirrido de la tiza. Por entonces ya habíamos leído novelas largas, casi tan largas como Madame Bovary, pero esta vez el plazo era imposible: teníamos apenas una semana para enfrentar una novela de cuatrocientas páginas. Comenzábamos a acostumbrarnos, sin embargo, a esas sorpresas: acabábamos de entrar al Instituto Nacional, teníamos doce o trece años, y ya sabíamos que en adelante todos los libros serían largos.
Así nos enseñaron a leer: a palos. Todavía pienso que los profesores no querían entusiasmarnos sino disuadirnos, alejarnos para siempre de los libros. No gastaban saliva hablando sobre el placer de la lectura, tal vez porque ellos habían perdido ese placer o nunca lo habían experimentado realmente: se supone que eran buenos profesores, pero en ese tiempo ser bueno era poco más que saberse los manuales.
Como en el poema de Parra, los profesores nos volvían locos con preguntas que no iban al caso. Pero al poco tiempo ya conocíamos sus trucos o teníamos trucos propios. En todas las pruebas, por ejemplo, había un ítem de identificación de personajes, que incluía puros personajes: mientras más secundario fuera el personaje era mayor la posibilidad de que nos preguntaran por él, así que memorizábamos los nombres con resignación y también con la alegría de cultivar un puntaje seguro.
Había cierta belleza en el gesto, pues entonces éramos justamente eso, personajes secundarios, centenares de niños que cruzaban la ciudad equilibrando apenas las mochilas de mezclilla. Los vecinos del barrio tomaban el peso y hacían siempre la misma broma: parece que llevaras piedras en la mochila. El centro de Santiago nos recibía con bombas lacrimógenas, pero no llevábamos piedras sino ladrillos de Baldor o de Villee o de Flaubert.
Madame Bovary era una de las pocas novelas que había en mi casa, así que esa misma noche comencé a leerla, siguiendo el método de urgencia que me había enseñado mi padre: leer las dos primeras páginas y enseguida las dos últimas, y sólo entonces, sólo después de saber el comienzo y el final de la novela, seguir leyendo de corrido. Si no alcanzas a terminar, al menos ya sabes quién es el asesino, decía mi padre, que al parecer solamente había leído libros en que había un asesino.
La verdad es que no avancé mucho más en la lectura. Me gustaba leer, pero la prosa de Flaubert simplemente me hacía cabecear. Por suerte encontré, el día anterior a la prueba, una copia de la película en un videoclub de Maipú. Mi mamá intentó oponerse a que la viera, pues pensaba que no era adecuada para mi edad, y yo también pensaba o más bien esperaba eso, pues Madame Bovary me sonaba a porno, todo lo francés me sonaba a porno. La película era, en este sentido, decepcionante, pero la vi dos veces y llené las hojas de oficio por lado y lado. Me saqué un rojo, sin embargo, de manera que durante bastante tiempo asocié Madame Bovary a ese rojo y al nombre del director de la película, que la profesora escribió entre signos de exclamación junto a la mala nota: ¡Vincente Minnelli!
Nunca volví a confiar en las versiones cinematográficas y desde entonces creo que el cine miente y la literatura no (pero no tengo cómo demostrar eso, por supuesto). Leí la novela de Flaubert mucho tiempo después y suelo releerla más o menos a la altura de la primera gripe del año. No es misterioso el cambio de gustos, pues cosas similares suceden en la vida de cualquier lector. Pero es un milagro que hayamos sobrevivido a esos profesores, que hicieron todo lo posible para demostrarnos que leer era la cosa más aburrida del mundo.
Mayo, 2009

Alejandro Zambra. No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura. Alpha Decay, 2010.


dissabte, 30 de desembre del 2017

dissabte, 20 de febrer del 2016

l'assassinat d'emma bovary


Philippe Doumenc publicó en 2007 una Contre-enquête sur la mort d'Emma Bovary, donde explicaba que madame Bovary no había muerto envenenada sino que había sido asesinada. Esta historia tiene cierta gracia justamente porque sus lectores están seguros de que en la realidad (es decir, en la realidad del mundo posible de la ficción) madame Bovary murió suicidándose y muere por suicidio cada vez que acabamos de leer el libro. Se puede leer la historia de Doumenc como si fuese una ucronía, esto es, el relato de lo que habría ocurrido si la historia se hubiera desarrollado de un modo distinto, del mismo modo que se puede escribir una novela explicando cómo habría sido el mundo si Napoleón hubiera ganado en Waterloo, o si Hitler hubiera ganado la guerra, como en la novela de Philip Dick, El hombre en el castillo. Ahora bien, una ucronía solo se lee con placer si se sabe que en realidad las cosas sucedieron de otra manera.
Todo esto significa que el mundo posible de la narrativa es el único universo en el que podemos estar absolutamente seguros de algo, y que nos proporciona una idea muy profunda de verdad.

Umberto Eco. Historia de las tierras y los lugares legendarios. Traducció de Maria Pons Irazazábal. Lumen, 2013. P. 431-433.




Umberto Eco
5 de gener 1932 - 19 de febrer 2016



dimecres, 28 de gener del 2015

charles bovary, c'est moi


«L'obra de Jean Améry (Viena 1912-Salzburg 1978), nascut Hans Mayer, ocupa un lloc central en el cànon de les obres literàries sobre la Shoah, al costat de les de Primo Levi, Adorno, Hanna Arendt o Paul Celan. Supervivent del camp d'extermini d'Auschwitz, com el mateix Levi, els llibres d'Améry tenen un escàs valor documental. El seu propòsit, com ell mateix va declarar, era «avançar, més enllà del document estricte, cap a l'àmbit de l'anàlisi profunda i de la problemàtica existencial». La seua obra expressa la profunda transcendència que ha tingut l'extermini dels jueus en la cultura occidental. De tota manera, la pèrdua de la confiança en un món transformat ja per sempre per aquest extermini en àmbit d'alienació, no el va incapacitar per a la memòria i la denúncia. En una sèrie de treballs assagístics de caràcter autobiogràfic, Améry va reflexionar, implicant a l'extrem la seua consciència i la seua memòria, sobre la condició humana i la identitat jueva, sobre l'essència i dignitat del jo en un món que s'organitza oblidant les víctimes. En aquesta reflexió ocupa un lloc central la trilogia assagística de caràcter autobiogràfic formada per Más allá de la culpa y la expiación, Revuelta y resignación. Acerca del envejecer i Años de andanzas nada magistrales, que ha estat editada en castellà per Pre-textos.
El 1978, poc abans de suïcidar-se, Jean Améry va publicar encara Charles Bovary, metge rural, un llibre difícil de classificar, mescla d'assaig i de novel·la, que és tant una vindicació d'un dels personatges de Madame Bovary, Charles Bovary, com una acusació contra el seu creador. Per a Jean Améry, Charles Bovary, amb la seva ineptitud grotesca, no té cap mena de versemblança estètica. Considera molt poc creïble la manera com afavoreix les dues històries d'adulteri de la seua Emma o que no es malfie ni reaccione davant del munt de factures que li comença a arribar.
Deixant de banda la qüestió de la versemblança, Améry acusa Flaubert d'escamotejar la realitat exterior i interior de Charles Bovary. Només algunes vagues al·lusions ens informen sobre aquest personatge. El que ha passat realment en l'existència de Charles Bovary, aquest home que ho ha perdut tot, el seu gran amor, els seus béns i fins i tot el record, ja que ha de reconèixer que ha viscut en l'error, és tractada per Flaubert com si fos una quantitat negligible. Més encara: es pot dir que la seua realitat ha quedat petrificada. Les coses s'han esdevingut així i no d'una altra manera, simplement perquè Charles era mediocre. Flaubert no es planteja la llibertat del subjecte, i encara menys aquesta forma de realisme que consisteix en el simple respecte a la versemblança.
Jean Améry assenyala que la mística de la passió de Madame Bovary és paral·lela a la devoció igualment mística que Flaubert sentia per l'art. En el fons, per a Flaubert, segons creia Améry, la realitat objectiva era una qüestió secundària, burgesa. Ell estava al costat d'Emma, de la seua passió. Per això no hi ha lloc per a Charles Bovary. Charles Bovary, metge rural és un intent de donar a aquest personatge la veu i la realitat humana que Flaubert li va negar. Alhora, Améry denuncia com un mite l'objectivitat narrativa que Flaubert reivindicava. En l’últim capítol, que porta com a títol J’accuse, Amerý posa en boca del metge rural aquest requeriment contra el seu creador: 

«Je vous accuse, Monsieur Flaubert!
Us acuse perquè heu fet de mi un ximple incapaç d’unir la passió i la virtut.
Us acuse, perquè m’heu fet culpable de la meua bestiesa, o del que consideràveu com a bestiesa, i m’heu imputat aquesta culpa tan durament com a Lhereux, l’usurer.
Us acuse, perquè m’heu refusat els Drets de l’home i del ciutadà, i heu fet de mi un esclau sense voluntat, com si encara visquéssem en aquell temps maleït en què l’amo era l’amo i el servent el servent, quan aquest no s’atrevia a alçar-li la mà.
Us acuse d’haver violat el pacte que havíeu establert amb la realitat abans de posar-vos a escriure la meua història: perquè jo era més del que era, com tot ésser humà que cada dia, cada hora, surt d’ell mateix i s’oposa als altres i al món per negar el que era i esdevenir el que serà.
Proteste perquè en el vostre ermitatge estúpid només teníeu oïda per als vostres mots i la seua sonoritat harmoniosa, i perquè no m’heu contemplat mai amb els ulls d’un home compassiu.
La llibertat: me l’heu refusada.
La igualtat: no heu tolerat que jo, un petit burgès, siga el semblant del gran burgès, Gustave Flaubert.
La fraternitat: no heu volgut ser el meu germà en l’angoixa, sinó que heu preferit atribuir-vos el paper de jutge tolerant. Plantege la meua queixa davant del tribunal del món contra l’abominable indiferència amb què m’heu rebutjat finalment, de la mateixa manera que Emma es llevava la roba amb un gest ràpid i impacient, quan li semblava que ja només servia per llençar-la al fem o per donar-la a Félicité, la seua criada còmplice.»

Si Flaubert va poder dir «Madame Bovary, c'est moi», Jean Améry hauria pogut dir igualment «Charles Bovary, c'est moi». Jean Améry, el jueu supervivent d'Auschwitz, és l'home sense paraula que aconsegueix parlar, l'apàtrida, l'estranger, el perseguit, el resistent polític. És en nom de tots els homes desposseïts dels seus drets que Améry dóna veu a Charles Bovary contra Flaubert.»

Enric Iborra. «Charles Bovary, c'est moi». A: Un son profund. Dietari d'un curs de literatura, Viena, 2013. P. 240-243.




dimarts, 27 de gener del 2015

com vaig aprendre a llegir

A l'Anna i en Girbén, instigadors.

[...] A los diez años entro en el último curso de primaria. Declaro que no me gusta leer. Estoy convencida de ello. Nunca he puesto en cuestión esa afirmación. Hoy en día ya no estoy tan segura de la formulación. Más bien me saldría decir: leer me agobiaba, o incluso: no sabía leer.
[...] ¿Era una pose? ¿Era una cuestión de darse importancia? ¿Por qué una niña buena, buena alumna, dócil, ávida de complacer, en particular a los adultos, decide darle la espalda a la lectura?
[...] Tengo quince años. En el segundo año de instituto estudiamos Madame Bovary. Sufro mucho. No me canso de decirlo. Mis padres tambiés sufren. Admiran tanto esa novela, a ese escritor. No les confío que el año anterior experimenté una especie de trance al leer uno de los relatos de Tres cuentos.
«Un corazón sencillo» me había sobrecogido. Hoy en día puedo escribirlo, pero en aquella época no podía formularlo. «Un corazón sencillo» se unió a mi biblioteca secreta, esa cuya entrada no conozco y cuyo catálogo olvido sin cesar. Allí se encuentran las obras que me emocionan; y sin embargo son francesas, a veces obligatorias, estudiadas en clase o aconsejadas por el profesor.
[...] Estoy lejos de olerme lo que me espera, sobre todo cuando me anuncian, justo antes de las vacaciones de verano, que entre las cuatro obras del programa para el examen de acceso a la Escuela Normal Superior figura Madame Bovary. Tendré que frecuentar de nuevo a la soporífera Emma, comentar sus turbaciones, analizar la famosa escena de los comicios agrícolas. Para echarse a llorar.
[...] Recuerdo una de las primeras clases sobre Madame Bovary. Estudiamos la gorra de Charles. Qué alivio, para mí, no tener que ingerir ni un comentario más sobre las costumbres de la patética Emma. Consiento en examinar esa gorra que una descripción inflacionista hace invisible, inimaginable. Ese tocado es a la vez de piel, de tela, larga y corta, con solapas y tirabuzones. «Intentad dibujarla», nos propone la señora B. «Intentadlo siguiendo las indicaciones que da el autor.» «No se puede», me digo. No se puede dibujar la gorra. Estoy estupefacta. Estamos en el corazón del absurdo. Palabras, frases, giros disfrazados de descripción realista, que juegan con lo verdadero, con lo falso. Vuelvo a encontrar el placer del cuento, ese verdadero falso tan preferible para mí a lo falso verdadero. ¿Cómo se me ha podido pasar? Pues porque no sabía leer. Porque en cuanto empezaba una descripción, me negaba al obstáculo, me decía: «Ah, sí, ahí está el fragmento obligatorio, donde van a intentar hacerme creer en algo», y eso que soy de natural crédulo. Descubro en esa ocasión que los escritores, no todos, pero sí algunos, eligen la extrema libertad, incluso bajo la apariencia de la limitación más estricta. El día de la gorra me doy cuenta de que Gustave Flaubert está loco. Loco como Marguerite Duras, es decir, que es anticonvencional, francotirador, innovador, que no es ni hombre ni mujer, ni charcutero ni médico, ni un seductor ni un marginado.
Al volver a casa abro un cuaderno y me pongo a copiar a mano, palabra por palabra, Madame Bovary. Me fuerzo a escribir el texto para estar segura de verlo. Pienso que si pasa por mi cuerpo, no me equivocaré sobre lo que dice, sobre lo que muestra y desmonta. Paro al cabo de varias páginas, ¿cinco?, ¿diez?, ¿cincuenta?, no importa. Se ha producido la revolución. Voy a aprender a leer. Adopto los términos bárbaros que repugnan a los que ya contaban con una práctica consumada de lectura. Me gusta la jerga, la palabra fea para describir la deliciosa lengua técnica del análisis de texto. Me subo a la mesa (mentalmente) al grito (mental) de «¡Hip, hip, hurra!» cuando se nos anuncia que ya no trataremos con la psicología del personaje, ni de la motivación de la acción. Predomina la forma, y atisbo un tipo de democrácia inédita, una utopía de la lectura en la que ya no entra la cuestión de los orígenes ni de la cultura. Me dan armas, herramientas, a mí, que no pedía nada, y gracias a esas armas, a esas herramientas, voy a poder leerlo todo y comprenderlo todo.

Agnès Desarthe. Cómo aprendí a leer. Traducció de Laura Salas. Periférica, 2014. P. 36, 42, 75, 89-93.


[Vegeu també: La gorra del pobre Charles]



dilluns, 26 de gener del 2015

examen


He aquí una muestra del cuestionario sobre Madame Bovary presentada por Nabokov en sus exámenes.

— ¿Cuál es la versión que da Homais del envenenamiento de Emma? Describe el suceso.
— Describe brevemente el empleo que hace Flaubert de la técnica del contrapunto en la escena de la feria.
— Analiza los recursos de Flaubert en el capítulo de la feria agrícola (agrupación de personajes, interacción de temas).
— Contesta a estas cinco preguntas:
     a) ¿Quién escribió el Génie du Christianisme?
     b) ¿Cuál es la primera visión que Léon tiene de Emma?
     c) ¿Cuál es la primera visión que Rodolphe tiene de ella?
     d) ¿Cómo le hace llegar Boulanger su última carta?
     e) ¿Quién es Felicie Lempereur?
— Hay numerosas líneas temáticas en Madame Bovary: el caballo, el cura de escayola, la voz, los tres doctores. Describe estas cuatro con brevedad.
— Da algún detalle del tema del contrapunto en los siguientes escenarios: a) En el Lion d'Or; b) en la feria agrícola; c) en la ópera; d) en la catedral.
— Comenta el empleo que hace Flaubert de la conjunción y
— ¿Qué había leído Emma? Cita al menos cuatro obras y a sus autores.
— Sigue al vagabundo medio ciego a lo largo de Madame Bovary.
— ¿Qué hace que Homais parezca ridículo y repulsivo?
— Describe la estructura del capítulo sobre la feria agrícola.
— ¿Por qué ideal lucha Emma? ¿Por qué ideal lucha Homais? ¿Por qué ideal lucha Léon?
— Cita algunas de las características estructurales de Madame Bovary.

Vladimir Nabokov. «Apéndice». A: Curso de literatura europea. Traducció de Francisco Torres Oliver. Ediciones B, 1997. P. 545-547.



divendres, 23 de gener del 2015

exercicis de traducció


«[...] Tot i que el naturalisme francès va tenir una gran influència en la literatura catalana del segle XIX, la primera traducció de l’obra de Flaubert al català no apareix fins a la dècada dels seixanta, de mà de Ramon Xuriguera, que l’any 1965 va traduir Madame Bovary. Aquest retard es deu a diversos factors que van condicionar les lletres catalanes durant els segles XIX i XX: en primer lloc, els lectors cultes que llegien literatura francesa ho feien en la llengua original; en segon lloc, Catalunya va patir èpoques de forta repressió lingüística i cultural durant aquests segles, fet que va restringir el nombre de traduccions al català; finalment, les obres d’autors francesos com Flaubert sovint es van considerar immorals a l’Espanya del segles XIX i XX, per la qual cosa les traduccions d’aquestes obres van estar prohibides durant molt de temps. Així doncs, tret de la traducció de Xuriguera, la primera onada de traduccions de Flaubert al català no va tenir lloc fins als anys vuitanta i noranta, les quals les devem a traductors tan reputats com Lluís Maria Todó, Jordi Llovet o el mateix Ramon Xuriguera».

Maria Bosom. Gustave Flaubert. Visat.

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[Nota de la copista. Paraula de traductor, es podria titular el que ve ara. Són en Lluís M. Todó i la Consuelo Berges explicant com van resoldre alguns problemes de traducció de la Bovary

«[...] Un últim exemple: poc després de conèixer Emma, Rodolphe reflexiona sobre la conveniència i les possibilitats de conquistar-la. El fragment és en forma de «monòleg» i es troba al capítol 7 de la segona part.
El que importa subratllar aquí és l'evolució lingüística que sofreix Emma en els diversos díctics del discurs de Rodolphe: comença sent elle (elle en est fatiguée); més endavant passa a ser on (on s'ennuie, on voudrait habiter en ville) i, finalment, queda reduïda a un patètic ça (ça bâille après l'amour) o cela (cela vous adorerait). Del pronom personal (elle) s'ha passat a una marca d'«impersonal» (on) i, finalment, a un díctic habitualment reservat a les coses (ça, cela). Naturalment, això és molt important estilísticament, i narrativament; no solament aporta diversitat a la frase, sinó que retrata el pensament de Rodolphe i fins i tot anticipa alguns esdeveniments posteriors, puix que al capítol XII d'aquesta mateixa segona part es diu que al cap d'uns mesos de relació Rodolphe va fer d'Emma «quelque chose de souple et de corrompu». Doncs bé, aquesta gradació resulta impossible de traduir al català i al castellà. Vegem una vegada més les diverses solucions dels traductors:




(Sembla que Xuriguera ha entès malament l'expressió bâiller après l'amour.)
És evident que cap dels traductors no hem sabut, o no hem pogut, conservar aquella gradació —degradació— que trobàvem a l'original francès. Aquí, com en els exemples que hem analitzat abans, la pèrdua és tan incalculable —en la mesura que afecta estructures molt diverses i molt profundes del text (i no podia ser altrament tractant-se d'una obra literària d'una excel·lència absoluta)— com inevitable.
Casos com aquest són molt fructífers per als teòrics de la traducció; per al lector curiós són un test que permet avaluar les diferents solucions possibles, però per al traductor són origen d'angoixa, constatació dels límits del seu ofici i garantia de fracàs».

Lluís M. Todó. «Alguns problemes de traducció a Madame Bovary». A: El Marges, núm. 48, 1993. P. 111-114. [Aquí podeu llegir l'article sencer].

*

[...] He respetado, o he pretendido respetar escrupulosamente, no sólo el contenido, sino hasta el continente, la palabra: la palabra no al pie del diccionario, sino lo que me ha parecido la entraña —transferible y que no suelen dar los diccionarios— de la palabra, de la frase, de cada frase, de cada palabra. Y cuando la palabra designa cosas concretas, he llegado a búsquedas tenaces y hasta ingenuas, pues no era para tanto. Vayan dos ejemplos.
Cuando topé con la palabra pot, tan repetida en los pasajes referentes a la botica de Homais, pensé y creí recordar que estos preciosos cacharros de cerámica que han ido desapareciendo de las farmacias debían tener un nombre especial, no el de la pobre traducción inmediata y genérica de la palabra pot, que es tarro. Consulté a mi amigo Ricardo Fuente, de los laboratorios Ibys, y, por intermedio suyo, recibí una carta dirigida a Nicolás Urgoiti por el catedrático de Historia de la Farmacia de la Universidad de Madrid, don Guillermo Folch, informándole, informándome de que esos recipientes, además de un nombre técnico no usado, se llaman, o se llamaban...¡botes! ¡Qué decepción! ¡Como las latas de pimientos! Y botamen llaman o llamaban a su conjunto los farmacéuticos que los tienen o los tenían. A algún lector le chocará, como a mí, esa ramplona palabra de conservería aplicada a tan preciosos recipientes.
Segundo caso: otra palabra que me dio mucho que hacer. El padre de Emma Bovary envía cada año a sus hijos un ave de corral de su granja. En la carta que acompaña a uno de estos envíos les dice que otro año les enviará, si lo prefieren, un picot. Imposible encontrar en diccionario alguno —incluido el gran Larroux— qué era un picot, ni que me explicaran de qué clase de animal se trataba varios franceses a quienes consulté. Así lo dije, de pasada, en una entrevista aparecida en la revista Triunfo. Y Víctor de la Serna, que lo leyó y que tiene toda una biblioteca de gastronomía —también, digámoslo en su honor, de stendhalismo y de otros grandes novelistas— me dijo un día que había encontrado la palabra picot en uno de sus diccionarios franceses de la «especialidad», y que se debe traducir por pavipollo. Y ahí está, en el lugar correspondiente, el pavipollo del «bonhomme Roualt».
Y basta de monsergas explicativas. Aquí tiene «el discreto lector» mi traducción, mi «invención» de Madame Bovary.

Consuelo Berges. «Nota sobre esta edición». A: Gustave Flaubert. Madame Bovary. Alianza, 1986.





dijous, 22 de gener del 2015

al metro de ny




Fins al 7 de febrer, la galeria Julie Saul de NY, Amèrica, exposa un treball del fotògraf holandès Reinier Gerritsen titulat The last book. És el resultat d'anar retratant, al llarg de tres anys, lectors al metro de Nova York, amb una única condició, això sí: els llibres havien de ser dels de tota la vida (o de la major part de la meva, si més no). De paper, vull dir. 
[Font: Slate. This Guy Took a Photo Every Time He Saw Someone Reading a Book on the Subway] 


- - - - - -> Un aplauso para la gente que lee libros de papel en el metro. El País.

____________ 
P.S.: Si recordeu (i si no, hi poso remei en un sant moment), fa cosa d'un parell d'anys vam tenir notícia d'un projecte semblant. Underground New York Public Library, de l'Ourit Ben-Haim. Aquí


dimecres, 21 de gener del 2015

berthe bovary


«L'avi patern de Berthe Bovary la va batejar amb una copa de xampany. La dida va ser la dona del fuster del poble. Va viure la infantesa en una casa d'una sola habitació que tenia un vidre trencat. Més endavant, Emma va decidir exercir de mare i la va instal·lar a l'habitació de la seva minyona. Si arribaven visites, Emma es feia portar Berthe i la despullava perquè tothom veiés que tenia salut.
Des del punt de vista de Rodolphe, el primer amant d'Emma, Berthe és un entrebanc; la mare la fa servir com a excusa per a les seves visites. Amb el pas del temps, quan l'adulteri ressegueix els rituals del matrimoni, Berthe torna a ser el receptacle dels excedents de tendresa de la mare.
El segon amant és Léon, que fa de passant en una notaria de Rouen. Emma es torna tolerant i descuidada: la seva filla representa tan sols un petó abans d'anar a dormir. Més endavant, Emma utilitzarà la salut de la filla per enganyar Charles, el marit.
En la llarga agonia del seu suïcidi, Emma demana "la nena". La treuen del llit i l'hi porten, encara mig adormida. Berthe, pensant que l'espera alguna sorpresa, demana on són els regals. Quan Emma expira, la nena és traslladada a una altra casa. L'endemà, torna i pregunta on és la mama. Li responen que se n'ha anat i que tornarà amb joguines. L'alegria de la nena desespera Charles.
Havent sopat, el pare s'acostuma a seure davant la butaca que ocupava la seva dona. Berthe, a prop seu, acoloreix estampes. Les visites escassegen, i al pare només li queda l'amor de la filla. Els vespres d'estiu, agafa el costum d'endur-se-la al cementiri».

Vicenç Pagès Jordà. «Els vespres d'estiu». A: El llibre de l'any. Labutxaca, 2011. P. 87.



dilluns, 19 de gener del 2015

e d'emma

 Font: Fancy Ephemera Paper Dolls.

La pobre Emma, destrozada por la usura más que por el amor, posee tanta vitalidad que pasamos por alto sus tonterías.
Mujer mucho más sensual que el promedio, su capacidad para la vida y el amor nos hace admirarla e incluso amarla pues nos reconocemos en ella, como le sucedía al propio Flaubert.
¿Por qué es Emma tan singular? ¿Por qué, si algo puede ir mal, a ella le saldrá mal? Freud, al igual que los antiguos, pensaba que no existían los accidentes. Ethos es el daimon, el carácter de un hombre es su destino, y todo lo que le ocurre a uno empieza a ser parte de uno. Releyendo, nos angustia contemplar las fases que va cumpliendo Emma, su camino hacia la autodestrucción. Esta angustia se multiplica a pesar del celebrado distanciamiento de Flaubert, en buena medida por su pasmoso talento para sugerir cuántas diferentes conciencias invaden y vulneran a toda conciencia individual, incluso una tan convencional como la de Emma. El yo de Emma es un otro y se agrava con la aprensión sexual en que se encuentra ella.
«Los enfermos histéricos sufren principalmente de reminiscencias», reza la famosa y elocuente fórmula que Freud acuñó. Como Flaubert antes que él, Freud llegó a ver que las Emmas —es decir, casi todo el mundo— sufrían por las pulsiones reprimidas. Más tarde, en su etapa final, Freud arribó a una visión sumamente clara en la última parte de Inhibición, síntoma y angustia que, a mi entender, puede leerse como un comentario crucial acerca de Emma Bovary. No es el deseo reprimido el que origina la angustia; es una angustia primaria la que ocasiona la represión. En cuanto a la variedad de neurosis involucradas, Freud especuló que la histeria provendría del miedo a dejar de ser amado. Emma se mata en un rapto de histeria suscitado por un problema financiero bastante trivial, pero por debajo de esto subyace su terrible miedo a no encontrar más amantes.
[...] Emma (como muchos críticos apuntaron ya) tiene algo de versió femenina de Don Quijote. Como el hidalgo caballero, Emma es víctima de la realidad. [...] A falta de un Sancho, Emma encuentra a su encantada Dulcinea en el mezquino Rodolphe. Flaubert se castigó a sí mismo, Emma mediante, al mezclar las fantasías de pasión ideal que tiene Emma con el venenoso orden de la realidad social de una provincia y con el también venenoso orden de la alucinada representación. La mezcla es cruel, magnífica y de una irrepetible categoría estética. Emma no es sublime, pero el romanticismo de Flaubert  —romanticismo a contrapelo— nos convence de que una escritura potente y magistral puede representar el tedio con vívida fuerza.

Harold Bloom. Novelas y novelistas. El canon de la novela. Traducció de Eduardo Berti. Páginas de espuma, 2012. P. 245- 250.

*

Fa uns dies em vaig referir al debat que es va plantejar en classe sobre la figura de Madame Bovary, un personatge literari que no deixa indiferent al lector. La seua aventura ens qüestiona i provoca la nostra reacció personal. Per als alumnes, Charles sempre acaba sent «el pobre Charles», una mescla escassament digestiva de commiseració i d'exasperació alhora. Emma, per la seua banda, sol suscitar una certa prevenció emocional. Potser perquè, encara que és presentada vivint en un món d'il·lusions, actua conscientment i metòdicament per aconseguir el que vol. Per això al lector li resulta difícil compadir-la com a víctima d'un engany. Un altre factor que reforça aquesta prevenció és que la recerca de la felicitat per part d'Emma és totalment egoista. És un personatge que fa una mica de por.
Per tancar el debat vam llegir dos textos de Vladimir Nabokov i Mario Vargas Llosa, que no són uns comentaris literaris pròpiament dits, sinó unes valoracions morals d'aquest personatge literari. [...]
Com ja us podeu imaginar, a l'hora de valorar el personatge d'Emma Bovary, Nabokov fa anar la destral amb la contundència habitual. El text de Vargas LLosa, en canvi, és tant una vindicació com un panegíric del personatge. En el fons, però, són dos textos que es complementen. Aquest és el text de Nabokov:

Emma Bovary  és intel·ligent, sensible, relativament culta, però té un esperit superficial: el seu encant, bellesa i refinament no anul·len el fatal filisteisme que hi ha en ella.  Els seus somieigs exòtics no li impedeixen ser en el fons una burgesa provinciana, aferrar-se a les idees convencionals o violar aquest o aquell altre convencionalisme, i l’adulteri és la forma més convencional d’elevar-se per sobre d’allò convencional.
Charles també és un filisteu, però també és un ésser humà patètic. El que troba en Emma és curiosament el que la pròpia Emma cerca i no troba en els seus somiegs romàntics. Charles percep en Emma un encant, luxe, poesia… A més, el seu amor per Emma és un sentiment real, profund i veritable, en absolut contrast amb les emocions frívoles o brutals que experimenten Rodolphe i Léon, els seus amants vulgars i infatuats.  La persona més insulsa i inepta del llibre és l’única  redimida per l’amor que professa a Emma, tant en vida com morta.
Emma és falsa, mentidera per naturalesa. La seua vulgaritat intel·lectual no és tan evident com la d’Homais, però tots dos tenen alguna cosa en comú. Els aspectes pseudoprogressistes d’Homais tenen el seu contrapunt en el caràcter pseudoromàntic d’Emma. En Emma, però, la vulgaritat i el filisteisme queden velats per la seua gràcia, la seua astúcia, la seua bellesa, el seu poder d’idealització i pel fet que la seua vida acaba en tragèdia humana.

I aquest altre el de Vargas Llosa:

La rebeldía, en el caso de Emma, no tiene el semblante épico que en el de los héroes viriles de la novela decimonónica, pero no es menos heroica. Se trata de una rebeldía individual y, en apariencia, egoísta: ella violenta los códigos del medio azuzada por problemas estrictamente suyos, no en nombre de la humanidad, de cierta ética o ideología. Es porque su fantasía y su cuerpo, sus sueños y sus apetitos, se sienten aherrojados por la sociedad, que Emma sufre, es adúltera, miente, roba, y, finalmente, se suicida. Su derrota no prueba que ella estaba en el error y los burgueses de Yonville-l'Abbaye en lo cierto, que Dios la castiga por su crimen, como sostuvo en el juicio Maitre Sénard, el defensor de la novela (su defensa es tan farisea como la acusación del Fiscal Pinard, secreto redactor de versos pornográficos), sino, simplemente, que la lucha era desigual: Emma estaba sola, y, por impulsiva y sentimental, solía equivocar el camino, empeñarse en acciones que, en última instancia, favorecían al enemigo. [...]
Emma quiere gozar, no se resigna a reprimir en sí esa profunda exigencia sensual que Charles no puede satisfacer porque ni sabe que existe, y quiere, además, rodear su vida de elementos superfluos y gratos, la elegancia, el refinamiento, materializar en objetos el apetito de belleza que han hecho brotar en ella su imaginación, su sensibilidad y sus lecturas. Emma quiere conocer otros mundos, otras gentes, no acepta que su vida transcurra hasta el fin dentro del horizonte obtuso de Yonville, y quiere, también, que su existencia sea diversa y exaltante, que en ella figuren la aventura y el riesgo, los gestos teatrales y magníficos de la generosidad y el sacrificio.


Enric Iborra. «Emma Bovary». A: Un son profund. Dietari d'un curs de literatura, Viena, 2013. P. 235-237.




divendres, 16 de gener del 2015

llegir als llibres


En el capítulo VI se nos muestra retrospectivamente la niñez de Emma y su cultura novelesca y superficial, con los libros que leía y lo que extraía de ellos. Emma es una gran lectora de novelas de amor, de relatos más o menos exóticos y de poesía romántica. Algunos de los autores que conoce son de primera fila, como Walter Scott o Victor Hugo; otros no llegan a tanto, como Bernardin de Saint-Pierre o Lamartine. Pero, buenos o malos, no es ésta la cuestión. Lo importante es que ella es una mala lectora. Lee los libros emocionalmente, a la manera superficial de los jóvenes, poniéndose en lugar de esta o aquella heroína. Flaubert procede de forma muy sutil. En varios pasajes, enumera todos los clichés románticos gratos a Emma: pero la astuta selección de estas imágenes vulgares y su ordenación cadenciada a lo largo de la frase producen un efecto de armonía y de arte. En el convento, las novelas que ella leía «eran de amor, de amantes y amadas, de damas perseguidas que desfallecían en pabellones solitarios, de postillones asesinados en cada relevo, de caballos reventados en cada página, de bosques umbríos, de congojas, promesas, sollozos, lágrimas y besos, de pequeñas barquichuelas bajo la luna y ruiseñores en frondosas arboledas, caballeros valientes como leones, mansos como corderos, virtuosos como nadie lo ha sido nunca, siempre bien vestidos y de lágrima fácil. En esa época, y durante seis meses, Emma, a sus quince años, se manchó las manos en el polvo de los libros de las viejas bibliotecas de préstamo. Más tarde, con Walter Scott, se entusiasmó con los temas históricos, soñó con viejos cofres, prisiones militares y trovadores. Le habría gustado vivir en alguna casa solariega, como aquellas castellanas de talle escurrido que, bajo las ojivas lobuladas y los arcos apuntados, pasaban los días acodadas en la piedra, con la barbilla en la mano, esperando la aparición de un caballero de blanco penacho galopando sobre su caballo negro por los campos lejanos».
El mismo recurso artístico es utilizado cuando enumera las vulgaridades de Homais. Puede que el tema sea crudo y repulsivo. Sin embargo, su expresión está artísticamente modulada y equilibrada. Eso es estilo. Eso es arte. Eso es lo único que verdaderamente importa en los libros.

Vladimir Nabokov. «Madame Bovary (1856)». A: Curso de literatura europea. Traducció de Francisco Torres Oliver. Ediciones B, 1997. P. 209-211.



dimecres, 14 de gener del 2015

amélie bosquet, c'est moi




Fins i tot quan ningú ja no llegeixi les novel·les de Flaubert, la frase "Madame Bovary sóc jo" no caurà en l'oblit. Flaubert no va escriure mai aquesta frase gloriosa. La devem a una tal Amélie Bosquet, novel·lista mediocre que va manifestar l'afecte pel seu amic Flaubert capolant L'educació sentimental en dos articles particularment ximples. A algú de qui no sabem el nom, aquesta tal Amélie li va confiar una informació molt preciosa: un dia havia preguntat a Flaubert quina dona era el model d'Emma Bovary, i ell li havia respost: "Madame Bovary sóc jo!". Impressionat, el desconegut va passar la informació a un tal Deschermes que, també molt impressionat, la va escampar. Els munts de comentaris inspirats per aquest apòcrif diuen molt sobre la futilitat de la teoria literària que, impotent davant una obra d'art, es dedica a fornir fins a l'infinit tòpics sobre la psicologia de l'autor. Diuen molt també sobre el que anomenem la memòria.

Milan Kundera. El teló: assaig en set parts. Traducció de Xavier Lloveras. Tusquets, 2005. P. 173.


- - - - - - ->  «Madame Bovary, c’est moi», formule apocryphe. Yvan Leclerc.




dilluns, 12 de gener del 2015

l'episodi de la fira agrícola en la correspondència de flaubert


Del parell d'edicions de Madame Bovary que corren per casa, una és la versió castellana de la Consuelo Berges publicada per Alianza. Inclou un pròleg, a càrrec de Vargas Llosa, una Nota sobre esta edición de Madame Bovary, on la traductora parla de la seva feina, una cronologia i un apèndix final, Historia de Madame Bovary en la correspondencia de su autor, idea i realització de la Consuelo Berges, que va tenir la paciència de destriar, dels tretze volums de cartes que ha deixat Flaubert, les escrites al llarg dels quatre anys que va durar la gestació de la novel·la. El making of, ras i curt.
Per tal d'oferir-vos una petita mostra d'aquest interessantíssim com-s'ha fet, he seleccionat els fragments que corresponen a l'episodi de la fira agrícola, senzillament perquè és l'escena de la Bovary que més m'agrada. Mètode l'Oréal, porque yo lo valgo.

*

A Louise Colet. Croisset, 15 julio 1853.
[...] Esta semana he estado muy en forma, he escrito ocho páginas y creo que todas están casi hechas. Esta noche acabo de esbozar toda mi gran escena de los «comicios» agrícolas; será enorme, tendrá muy bien treinta páginas. En el relato de esta fiesta rústico-municipal y entre sus detalles (donde todos los personajes secundarios del libro aparecen, hablan y actúan), tengo que continuar, y en el primer plano, el diálogo continuo de un caballero calentando a una dama. Además, tengo en medio el discurso solemne de un consejero de prefectura, y al final (ya todo terminado), un artículo de periódico escrito por mi boticario reseñando la fiesta en buen estilo filosófico, poético y progresista; ya ves que no es floja tarea. Estoy seguro del color y de muchos efectos, pero para que todo esto no resulte demasiado largo, es el demonio, y sin embargo son cosas que deben ser abundantes y densas. Una vez dado el paso, llegaré rápido a la acostada en el bosque en un tiempo de otoño (con los caballos al lado comiendo las hojas), y entonces creo que veré claro...
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A Louise Colet. Croisset, 7 septiembre 1853.
[...] He vuelto a la Bovary, desde el lunes cinco páginas casi hechas, casi es la palabra, hay que volver a ellas: ¡qué difícil es! Mucho me temo que mis comicios sean demasiado largos, es un pasaje peliagudo. Tengo en él a todos los personajes de mi libro en acción y en diálogo, mezclados unos con otros, y encima un gran paisaje que los envuelve; pero si me sale bien será muy sinfónico...
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A Louise Colet. Croisset, 23 septiembre 1853.
[...] Hoy he trabajado bien; de aquí a ocho días estaré en medio de mis comicios, que ahora empiezo a entender, tengo un revoltijo de animales y de personas mugiendo y parloteando, con mis enamorados encima, que creo que será bueno.
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A Louise Colet. Croisset, 30 septiembre 1853.
[...] Estoy aproximadamente en la mitad de los comicios (este mes he hecho quince páginas, pero no terminadas). ¿Es bueno o malo? No lo sé. ¡Qué difícil el diálogo cuando se quiere sobre todo que el diálogo tenga carácter! Pintar con el diálogo y que éste no resulte menos vivo, preciso y siempre distinguido sin dejar de ser hasta trivial es algo monstruoso y no sé de nadie que lo haya hecho en un libro. Hay que escribir los diálogos en el estilo de la comedia y las narraciones en el estilo de la epopeya.
Esta noche he vuelto a empezar con un nuevo plan mi maldita página de los farolillos, que he escrito ya cuatro veces, ¡es como para romperse la cabeza contra la pared!
Se trata de pintar (en una página) las gradaciones de entusiasmo de una multitud ante un buen hombre que está poniendo en la fachada de un ayuntamiento sucesivamente varios farolillos; es necesario que se vea a la multitud berrear de asombro y de alegría, y esto sin carga ni reflexiones del autor...
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A Louise Colet. Croisset, 7 octubre 1853.
[...] Llevo demasiadas noches acostándome tarde. Desde que volvimos de Trouville, pocas veces me he ido a la cama antes de las tres; es una barbaridad, se agota uno, pero ¡tengo tantas ganas de acabar esta novela! ¡Ah, qué desaliento a veces, qué roca de Sísifo que empujar es el estilo, y sobre todo la prosa! No se termina nunca. Sin embargo esta semana y sobre todo esta noche (a pesar de mis dolores físicos) he dado un gran paso. He trazado el plan del medio de los comicios (es un diálogo entre dos cortado por un discurso, palabras de la multitud y paisaje); pero ¿cuándo los terminaré? ¡Cómo me aburre esto, cuánto me gustaría despacharlo para ir a verte!
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A Louise Colet. Croisset, 12 octubre 1853.
[...] Estoy escribiendo desde las doce y media del día sin parar (salvo cinco minutos de vez en cuando para fumar una pipa, y una hora hace poco para cenar). Los «comicios» me aburren de tal modo que, hasta terminarlos, he dejado el griego y el latín, y desde hoy no hago más que eso; ¡está durando demasiado! [...]
Bouilhet dice que será la escena más bella del libro. De lo que estoy seguro es de que será nueva y de que la impresión es buena. Si alguna vez se han puesto en un libro los efectos de una sinfonía, será aquí. Es necesario que esto aúlle en conjunto, que se oigan mugidos de toros, suspiros de amor y frases de funcionarios; sobre todo esto hay ráfagas de viento que mueven los grandes gorros. [...] Llego a lo dramático sólo con el entrelazamiento del diálogo y los contrastes de caràcter. Ahora estoy metido de lleno en el asunto. Antes de ocho días habré pasado el nudo del que depende todo. Mi cerebro me parece pequeño para abarcar de una sola ojeada esta compleja situación. Escribo diez páginas a la vez saltando de una frase a otra.
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A Louise Colet. Croisset, 17-18 octubre 1853.
[...] En el punto en que estoy, este libro me tortura de tal modo (y si encontrara una palabra más fuerte la emplearía) que a veces estoy enfermo físicamente. Hace tres semanas que tengo mareos como para desmayarme; otras veces son opresiones, o bien ganas de vomitar en la mesa. Todo me da asco. Creo que hoy me habría ahorcado con delicia si no me lo impidiera el orgullo; la verdad es que a veces me dan ganas de enviarlo todo al diablo, y en primer lugar a la Bovary. ¡Cómo se me ocurriría la maldita idea de meterme en semejante tema! ¡Bien he conocido las angustias del arte!
Me doy quince días para terminar; si al cabo de ese tiempo no me ha venido nada bueno, dejo la novela indefinidamente y hasta que vuelva a sentir la necesidad de escribir.
 _  _  _

A Louise Colet. Croisset, 25 de octubre 1853.
[...] La Bovary vuelve a caminar. A Bouilhet le satisfizo el domingo, pero era tal su estado de ánimo y estaba tan predispuesto a la ternura (aunque no para conmigo), que quizá la juzgó demasiado bien. Espero a otra lectura para convencerme de que voy por buen camino. De todos modos no debo de estar lejos; esos comicios me llevarán todavía seis buenas semanas (un mes largo después de volver de París); pero ya casi no me quedan más que dificultades de ejecución, después habrá que volver a escribirlo todo, pues falla un poco como estilo. Habrá que volver a escribir algunos pasajes y desescribir otros; ¡de modo que habré tardado desde el mes de julio hasta finales de noviembre en escribir una escena! ¡Y si al menos me divirtiera! Pero este libro, por muy logrado que pueda estar, no me gustará nunca; ahora que lo veo bien en conjunto me repugna. Qué le vamos a hacer, habrá sido una buena escuela.
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A Louise Colet. Croisset, 10 diciembre (?) 1853.
[...] Espero adelantar de firme la Bovary de aquí a que tú llegues. Si no está hecha mi escena de amor, lo estará en las tres cuartas partes. ¿Sabes cuántas páginas tienen los comicios (ya copiados)? Veintitrés. ¡Y estoy en ello desde principios de septiembre!
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A Louis Bouilhet. Croisset, ¿19 marzo 1854?
[...] Acuérdate de mis desgraciados «comicios», que me han llevado tres meses: ¡veinticinco  páginas! ¡Y cuántas correcciones, cuántos cambios!




diumenge, 11 de gener del 2015

la caldera esquerdada





divendres, 9 de gener del 2015

calçats bovary, souliers depuis 1856

Sabata Madame Bovary de Manolo Blahnik. Mode & Littérature, Esther Henwood. 

Es curioso que, entre la ingente bibliografía flaubertiana, ningún adicto haya producido todavía una interpretación con el título Flaubert y el fetichismo del botín. Porque hay material de sobra para un estudio al respecto. He aquí una muestra, con datos coleccionados al azar. Albert Thibaudet cuenta que, de niño, Flaubert solía quedarse extasiado contemplando los botines de mujer y que, por lo tanto, es algo autobiográfico el episodio de Madame Bovary en que Justin ruega a la sirvienta le permita lustrar los botines de Emma, que el niño toca con amor reverente, como objetos sagrados. Sarte señala dónde aparece por primera vez en la obra de Flaubert el motivo del calzado (y añade «tan importante en la vida y en la obra de Flaubert», pero no vuelve a hablar más del asunto: uno de los muchos cabos sueltos de su ciclópeo ensayo [L'idiot de la famille]: en Mémoires d'un fou, en el capítulo IX, donde se describe con finura un bello pie de mujer: «son petit pied mignon enveloppé dans un joli soulier à haut talon orné d'une rose noire». Es sabido, de otra parte, que Flaubert guardaba en su escritorio, entre cartas y ciertas prendas y objetos de su amante, las chinelas que Louise Colet había llevado en su primera noche de amor y que, a menudo, como le cuenta a ella en sus cartas, las sacaba para acariciarlas y besarlas.
[...] En todo caso, ese demonio se proyecta en Madame Bovary, donde pies y calzados femeninos son muy importantes en la vida erótica de los varones. He citado la magia que operan sobre Justin los botines de Emma; en otro momento, el narrador refiere, cuando Léon, hastiado, trata de librarse del dominio que Emma tiene sobre él, que «au craquement de ses bottines, il se sentait lâche, comme les ivrognes à la vue des liqueurs fortes». En la entrevista con el notario a quien Emma ha ido a pedir ayuda para pagar sus deudas, Maître Guillaumin se inquieta y parece concebir la idea de aprovecharse de su bella visitante cuando su rodilla roza «sa bottine, dont la semelle se recourbait tout en fumant contre le poêle». Cuando Emma parte, asqueada de la vileza del notario, éste queda idiotizado, «les yeux fixés sur ses belles pantoufles en tapisserie» que eran «un présent de l'amour». La primera vez que Léon ve a Emma, recién llegada a Yonville, Madame Bovary está recogiendo su falda para acercar a la llama de la chimenea «son pied chaussé d'une bottine noire». Y el día del paseo a caballo, que terminará en el acto del amor, Rodolphe aprecia «entre ce drap noir et la bottine noire, la délicatesse de son bas blanc, qui lui semblait quelque chose de sa nudité». Cuando Emma, en el apogeo de su pasión con Rodolphe, alcanza su más espléndida belleza, no es raro, pues, que el narrador precise, describiendo sus encantos, que «quelque chose de subtil qui vous pénétrait se dégageait même des draperies de sa robe et de la cambrure de son pied». En los borradores manuscritos de Madame Bovary se descubre que hasta Charles era un amateur. En un pasaje, que luego Flaubert desechó, el oficial de sanidad, al contemplar durante la extremaunción los pies de Emma moribunda, se llena de recuerdos eróticos; vuelve a verse el día de su boda, desanudando los cordones de los zapatos blancos de Emma mientras «il frémissait dans les éblouissements de la possession prochaine». En realidad, los primeros síntomas de emoción en Charles a la vista de Emma son de índole fetichista: los provocan los zuecos que calza la hija del père Rouault. El narrador es explícito, dice que Charles va feliz a la granja de Berteaux porque lo atraen esos imanes poderosos: «il aimait les petits sabots de mademoiselle Emma sur les dalles lavées de la cuisine; ses talons hauts la grandissaient un peu, et, quand elle marchait devant lui, les semelles de bois, se relevant vite, claquaient avec un bruit sec contre le cuir de la bottine». Se trata de una presencia numerosa, que tiene distintas tonalidades: voluptuosas, de dominio y, al final, hasta piadosas, cuando el abate Bournisien pone los santos óleos sobre «la plante des pieds, si rapides autrefois quand elle courait à l'assouvissance de ses désirs, et qui maintenant ne marcheraient plus». Pero de toda esa galería de referencias, la más persitente y querida, para mí, es la descripción de la «mignarde chaussure» de Emma —una zapatilla de satén rosado, bordada— que queda colgando del empeine de su pequeño pie, cuando ella salta sobre las rodillas de su amante en ese cuarto atiborrado del Hôtel de Boulogne.
Pero al disociar lo indisociable, sé que miento: lo que importa no es que Madame Bovary contenga estos ingredientes, sino, esencialmente, la manera como están combinados en un cuerpo que, por esta razón, es mucho más que la suma de sus partes. Rebeldía-cursilería-violencia-sexo: la forma hace que esta materia indivisible sea lo que es.

Mario Vargas Llosa. La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary. Punto de lectura, 2011. P. 36-40.




dijous, 8 de gener del 2015

la gorra del pobre charles


La casquette de Charles Bovary, Éditions Arléa.

En el primer capítulo encontramos nuestro hilo temático inicial: el tema de las capas o de la superposición de capas. Corre el otoño de 1828; Charles Bovary tiene trece años, y en su primer día de escuela, durante la clase, sostiene aún su gorra sobre las rodillas.
Era una de esas gorras de tipo poco definido en las que se pueden descubrir elementos del gorro de piel de oso o de nutria, del chascás de lancero, del sombrero redondo de fieltro, y del gorro de dormir; en fin, una de esas prendas lastimosas cuya muda fealdad llega a ser tan profunda como el semblante de un imbécil. Ovoide, abombada con ballenas, empezaba con una especie de triple salchicha circular; luego, más arriba, seguían dos filas de rombos, unos de terciopelo y otros de piel de conejo, separados por una franja roja; a continuación había una especie de bolsa terminada en un polígono de cartón cubierto de un complicadísimo bordado del que colgaba, en el extremo de un cordón largo y demasiado fino, una borla trenzada con hilo de oro. La gorra era nueva: la visera estaba reluciente
(podemos comparar este pasaje con la descripción que hace Gógol en Las almas muertas de la maleta de Chichikov y del carruaje de Korobochka; también el tema de las capas).
Aquí, como en los otros tres ejemplos que vamos a comentar, la imagen se desarrolla estrato por estrato, capa por capa, habitación por habitación, ataúd por ataúd. La gorra, una prenda lastimosa y de mal gusto, simboliza toda la vida futura del pobre Charles, igualmente lamentable y desacertada.

Vladimir Nabokov. «Madame Bovary (1856)». A: Curso de literatura europea. Traducció de Francisco Torres Oliver. Ediciones B, 1997. P. 199.


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P.S.: Traducció del fragment de MB a la catalanesca llengua a càrrec de Lluís M. Todó. La versió oficial del club és la de Ramon Xuriguera, però com que jo ja l'havia llegit, he aprofitat l'avinentesa per canviar de traductor i per això faig córrer la de Todó. Tot distreu:

Era un d'aquells barrets d'ordre compost, en què es troben els elements de la boina de pell, del champska, del capell rodó, de la gorra de llúdria i de l'estrenyecaps, en fi, un d'aquells objectes desgraciats la muda lletjor dels quals té profunditats d'expressió com el rostre d'un imbècil. Era ovoide i inflada amb balenes, i començava amb tres botifarrons circulars; després, separats per una franja roja, s'alternaven rombes de vellut i de pell de conill; després venia una mena de sac que s'acabava en un polígon acartonat, cobert de complicada passamaneria, del qual penjava, a la punta d'un cordó massa prim, una creueta de fil d'or, a manera de borla. Era nova; la visera brillava.




dimecres, 7 de gener del 2015

els objectes


Flaubert no solament busca el mot exacte, sinó també l'objecte precís que defineixi el personatge que el posseeix i del qual esdevé un atribut; o bé fa que l'objecte aquell es converteixi en el símbol d'alguna cosa o d'algun esdeveniment important. Així, apareixen diversos objectes simbòlics com ara la petaca que troba Charles Bovary, que per a ell representa aquell món aristocràtic tan enlluernador; la fusta de muntar que Emma regala a Rodolphe; tot el parament de la casa que compra Emma, la pipa de Binet, la gorra que porta Charles Bovary de jove o la d'Homais, que els defineix dins d'un estatus social, els barrets d'Emma, etc.
Els detalls de la vestimenta són la referència costumista per fer més realista la narració, així com tots els detalls d'ambientació i decoració de les cases. Els objectes són humanitzats: el pom de flors del casament, les botines d'Emma, la petaca, etc.
N'hi ha alguns que són especialment significatius, com els barrets de diferents personatges, que gairebé sempre tenen relació amb el ridícul, l'estupidesa, la vanitat. Segons V. Nabokov, la gorra de Charles Bovary, per exemple, simbolitza la futura vida del personatge: complicada i vulgar.
La fusta de muntar regalada a Rodolphe és l'objecte que comença a comprometre Emma, que es veu obligada a signar pagarés i a endeutar-se. És un símbol de domini sobre l'animal, però aquí és el símbol del domini que tindrà Lhereux sobre Emma. En una altra línia, el pastís de noces és el símbol de les fantasies vanes d'Emma. Finalment, l'inventari de béns de la casa, quan els els han d'embargar, és una mena d'autòpsia de la vida de la protagonista.

Josep Mundó. «Madame Bovary de Gustave Flaubert». A: Lectures de batxillerat 2008-2010. Educaula, 2009. P. 77-78.