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dimarts, 27 de febrer del 2024

knausgård llegeix coses petites com aquestes (i II)


En el siguiente párrafo aparecen los habitantes de la ciudad como una multitud de figuras anónimas en el supermercado, en la sala del bingo, en la cola del paro o camino del colegio, con la cabeza gacha contra el viento. Están como vistos desde arriba, tan a merced de fuerzas externas como cuando el viento despoja los árboles de hojas. En medio de ese torbellino de personas, el texto se detiene en una de ellas y, de inmediato, la perspectiva cambia: a partir de entonces vemos la ciudad y la vida en ella desde dentro, a través de los sentidos y pensamientos de un tal Bill Furlong. Furlong es lo que entendemos por un hombre corriente, es decir, no hay nada extraordinario en él o en su vida. Vende leña y carbón, está casado y tiene cinco hijas. Trabaja mucho, pero aun así su familia no nada en la abundancia. A veces siente que la vida se le escapa en la rigidez de sus rutinas, piensa que tiene que haber algo más aparte de trabajar, comer y dormir. Pero lo que le pasa a Furlong, y de lo que quizá él no sea consciente, es que es una buena persona. Y, en muchos aspectos, Cosas pequeñas como esas es una novela sobre la bondad de la gente.

¿Qué significa «la bondad de la gente»?

En sí es una idea abstracta, sin ninguna existencia concreta. Como tal, la bondad humana es una especie de vara de medir: nos dice algo de la persona al igual que el litro, como unidad de medida, nos dice algo de la leche. Las acciones de una persona pueden considerarse buenas en mayor o menor medida, malas en mayor o menor medida, sabias en mayor o menor medida o estúpidas en mayor o menor medida; pero la bondad, la maldad, la sabiduría o la estupidez, como la unidad de litro, no existen por sí mismas en nosotros. En esa gran novela sobre la bondad que es El idiota, de Dostoievski, la idea de bondad adquiere existencia física a través del príncipe Myshkin, el ejemplo paradigmático de persona esencialmente buena, y toma su fuerza del choque entre lo ideal y lo real; es como si lo ideal, la bondad humana, dejara completamente al descubierto lo real, como si en la oscuridad de la noche se encendiera la luz en una habitación llena de gente borracha. El idiota es una novela de ideas,o, como el propio Dostoievski lo llamaba, realismo fantástico. La bondad que encontramos en Cosas pequeñas como esas es de un carácter del todo distinto: es apenas nada, algo vago, efímero, evasivo. En Bill Furlong se manifiesta como algún pensamiento por aquí, alguna pequeña acción por allá, pero nunca surge sola, sino siempre entremezclada con otros pensamientos, otros actos. Si aquí la bondad es una luz, no es una luz fuerte, deslumbrante, que deja brutalmente al desnudo una realidad social como ocurre en la novela de Dostoievski, sino una llama débil, temblorosa, a la que cada dos por tres apagan pensamientos, consideraciones o actos que compiten con ella. De hecho, esa llama es tan frágil que el mero hecho de hablar de ella, como estoy haciendo yo ahora, basta para apagarla. Cuando aparezco yo aquí con mi charla sobre «la bondad», se vuelve banal, estúpida y evidente. Nadie habla de la bondad en la novela de Keegan: es solo algo que está ahí, como si nunca se hubiera conceptualizado, algo común, que sencillamente ocurre y no tiene nombre. Y eso, conseguir dar vida a lo que está ahí, hacer que brote desde debajo de los conceptos que lo tienen sujeto con mano firme, eso solo puede hacerlo la novela.

[...] Bueno, eso es la novela: ve el mundo desde dentro, y lo deja abierto. La novela da voz a esa experiencia, que así consigue un lugar. Ese lugar no existe en ningún otro sitio. No existe en las películas ni en el periodismo, tampoco en el ensayo, la filosofía o la psicología, no existe en la biología ni en la química, tampoco en la religión. Ese lugar, ese mundo visto desde el interior y que se deja abierto, solo existe en la novela. [...] Esa fue la razón por la que me impresionó tanto Cosas pequeñas como esas, porque está en el interior, y lo mantiene abierto.

[...] La novela da espacio a un hombre que, por sí mismo, no ocupa ninguno en la acción; un hombre, además, de una capa de la sociedad que no ocupa ningún lugar en su cultura. Pero lo más importante es que la novela da espacio a algo dentro de él —y, con ello, a algo dentro de nosotros— que es tan preciso y efímero que ni él mismo es consciente de ello, y que solo se manifiesta en la escritura.


Karl Ove Knausgård. La importancia de la novela. Traducció de Kirsti Baggethun i Asunción Lorenzo. Anagrama, 2023.


dilluns, 26 de febrer del 2024

knausgård llegeix coses petites com aquestes (I)


El poeta Rainer Maria Rilke escribió en una ocasión que la música podía elevarlo —lo que en sí no tiene nada de especial—, antes de añadir: «Y bajarme en otro lugar». Me encanta esta cita. Me gusta porque la reconozco muy bien. No solo en lo que se refiere a la música, sino también a la literatura. De hecho, sobre todo en lo que se refiere a la literatura. Esa extraña sensación que te invade tras acabar de leer, cuando te quedas sentado con el libro en el regazo, todavía inmerso en su mundo durante unos minutos más. La última vez que tuve esa experiencia fue el invierno pasado, cuando leí la novela Cosas pequeñas como esas, de Claire Keegan. No había oído hablar de Keegan, y cogí el libro por casualidad. Es una novela breve, de solo 96 páginas, y la leí en un par de horas. Al acabarla me quedé sentado unos minutos en mi sillón, con el libro sobre las rodillas, henchido de las sensaciones y la atmósfera del libro, que sentía de un modo muy intenso. Al rato me levanté para sumirme en los quehaceres diarios, y las impresiones de la novela fueron desapareciendo poco a poco, hasta que apenas quedó una sensación que surgía cuando pensaba en ella. Y así ocurre con todas las novelas buenas: pueden llenarme por completo, pero solo en el momento; al acabar la lectura, la vivencia se desvanece.

[...] Me resulta difícil explicar por qué me causó tanta impresión. Recordar lecturas es un poco como recordar un dolor: podemos describir lo que ocurrió y cómo fue, pero, sin las sensaciones que nos llenaron entonces, y dado que esas sensaciones son precisamente el dolor, solo nos referimos a la cáscara, lo que queda tras el dolor en la memoria. La señal del dolor, no el dolor en sí. La lectura es cercanía, es acercarse a algo.

¿A qué nos acercamos en Cosas pequeñas como esas?

Empieza así:

«En octubre hubo árboles amarillos. Después, se atrasó la hora de los relojes y los prolongados vientos de noviembre llegaron, soplaron y desnudaron los árboles. En el pueblo de New Ross, de las chimeneas salía humo que se disipaba y desvanecía en extensos hilos desmelenados antes de dispersarse por los muelles, y pronto el río Barrow, oscuro como ceniza negra, creció con la lluvia.»

En el curso de tres frases, y de la manera más sencilla, se ha abierto un pequeño mundo entero. Las frases traen consigo imágenes: vemos los árboles, la ciudad con las chimeneas de las fábricas, los muelles, el río que la atraviesa; pero las frases están cargadas asimismo de una atmósfera, y creo que eso se debe a que las imágenes —los árboles, las chimeneas de las fábricas— no están descritas desde ellas mismas, sino que todas están relacionadas de alguna forma con el movimiento: vemos los árboles cuando el viento los despoja de las hojas, vemos las chimeneas de las fábricas cuando el viento extrae el humo de ellas, vemos el río cuando crece con el agua de la lluvia. Vemos más que la ciudad: vemos la ciudad a merced de fuerzas externas, vemos un lugar en el que transcurre algo...

 

Karl Ove Knausgård. La importancia de la novela. Traducció de Kirsti Baggethun i Asunción Lorenzo. Anagrama, 2023.


divendres, 23 de febrer del 2024

coses que no es poden amagar


DIEGO FELIPE GONZÁLEZ GÓMEZ
Cosas que no se pueden ocultar
El Tiempo
8|5|2022

Hay imágenes que se convierten en grietas dentro de nuestra memoria: una gallina patinando sobre el hielo, por ejemplo. Hay otras que son efímeras; un hilo de whiskey que cae sobre una torta. Luego están las peores, esas que nos persiguen y quedan grabadas, no en los ojos, sino en el pensamiento, imágenes como: una mujer obligada a congelarse en el depósito de carbón de un convento, rodeada por sus propias heces, susurrando: ¿dónde está mi hijo? Estas son algunas de las escenas que Bill Furlong, el protagonista de la novela 'Cosas pequeñas como esas', ve a lo largo de su historia.
Ambientada en la década de 1980 'Cosas pequeñas como esas', de la escritora irlandesa Claire Keegan y publicada por Eterna Cadencia, es un relato sobre un pequeño pueblo irlandés donde en apariencia no pasa nada: caen las hojas como todos los años, llega el invierno, las filas de desempleo crecen y la gente se va. Un pueblo con personas tranquilas, que como pueden se ganan el pan y le compran leña y carbón a Bill Furlong, un hombre también normal, con una familia normal, pero con un pasado difícil.
Bill fue un hijo abandonado. Su madre lo tuvo a los 16 años y en un momento en que toda su familia le daba la espalda, la señora para la que ella trabajaba decidió apoyarla. Esa misma señora cuidó de Bill cuando su madre murió de forma repentina. Lo crió, le enseñó a leer, le dio un hogar, hasta una pequeña herencia. Y sin embargo, Bill siempre se sintió en deuda. Siempre volvía a su memoria la bondad de las señora Wilson, que él creía lo había salvado y le había permitido tener una vida, una casa, cinco hijas a las que está viendo crecer, una esposa y una empresa próspera. Esta aparente felicidad siempre encontraba la forma de incomodar a Furlong, siempre terminaba por hacerse las siguientes preguntas: ¿cómo sería de diferente mi vida si tomara otros caminos, si mi suerte hubiese sido otra?
Pero esta novela no es sobre las preguntas o la crisis de un hombre. La maestría de la autora está en que a partir de pequeños retratos de la vida cotidiana va armando un rompecabezas que construye algo mucho más grande: la historia de un país. El trasfondo de Cosas pequeñas como esas tiene que ver con los crímenes cometidos por la Iglesia católica en Irlanda, en especial los crímenes en las lavanderías de las Magdalenas. Estos eran unos lugares que funcionaban como asilos para mujeres, dirigidos por monjas católicas con el apoyo del Estado irlandés. Sin embargo, se descubrió que en estos centros maltrataban de las peores formas posibles a las mujeres que allí llegaban, muchas de ellas madres solteras, mujeres con problemas de aprendizaje y niñas víctimas de abusos sexuales.
No solo las obligaban a realizar trabajos forzados -en especial lavar ropa por horas, pues esta era la actividad con la que decían se sostenían estos lugares-, también en algunos casos se documentaron robos de bebés y abusos sexuales. Estas lavanderías funcionaron hasta 1996 y solo hasta el año 2013 el Estado reconoció y pidió disculpas a las víctimas por la existencia de estos centros.
Es de este contexto que nace esta obra de ficción. Qué más allá de ser un memorial de agravios o una novela de denuncia, lo que busca es recrear ese mundo que permitió que existieran instituciones como estás. Por eso el problema de la religión está presente desde las primeras páginas, esa lucha entre protestantes y católicos que tantas vidas ha acabado en Irlanda marca los ritmos de la historia, así como la presencia de los conflictos con Inglaterra y las políticas thatcheristas o el peso que recae sobre una sociedad después de tantos años de violencia que prefiere el silencio ante cualquier acto de injusticia. Lo impresionante es que Keegan, en tan solo 94 páginas, logra desarrollar toda esta historia. En gran medida esto se debe a que abandona cualquier pretensión de relato épico o de ensayo encubierto y se concentra en lo que la literatura mejor puede hacer: crear imágenes y sentimientos.
De ahí que, volviendo a la novela, el buen y ejemplar Furlong sienta que su vida cambió luego de llevar un pedido de carbón al convento. Mientras intentaba dejar la carga se encuentra, de casualidad, con una imagen que lo transformará: una mujer abandonada en el depósito de carbón, condenada a morir congelada. Esto sacude su conciencia. Si bien pudo hacer como todo el pueblo y mirar hacia otro lado, decidió que lo mejor era actuar. Pero se aleja del relato del héroe salvador. Bill sabe que no podrá cambiar el mundo, de hecho sabe que pone su mundo en peligro, el futuro de sus hijas y su propia estabilidad emocional y económica. Con todo esto en mente sigue.
Lo que sigue en la historia son pequeñas cosas, pequeñas acciones que en muchos casos terminan siendo más significativas que las grandes guerras. El mismo Bill sabe que al no ayudar a esa mujer que vio le está quitando la posibilidad a alguien de vivir, sabe que es su turno para hacer lo que hicieron con él, así el mundo se le vuelque encima. No por nada la propia madre superiora del convento lo amenaza de forma sutil, no por nada los vecinos le dicen que es mejor alejarse de los “problemas”, no por nada cuando el pueblo ve lo que hace lo ignora o pretende no ver lo que hizo. Y él sigue caminando o cómo lo muestra el narrador: “A medida que avanzaban y se topaban con más personas que Furlong conocía y que no conocía ni reconocía, se preguntó qué sentido tenía estar vivo sin ayudarse los unos a los otros. ¿Era posible seguir adelante a lo largo de todos los años, de décadas, de toda una vida, sin ser lo suficientemente valiente como para ir en contra de lo establecido y, sin embargo, llamarse cristiano, y enfrentarse al espejo?”.
Seguro Furlong será uno de esos personajes que se quedan como una grieta en la memoria. Si hay algo más que destacar en esta edición es la traducción del poeta argentino Jorge Fondebrider que logra rescatar el tono lírico que la prensa anglosajona ha alabado en la escritura de Keegan.
Cosas pequeñas como esas es, para no decir más, un libro que nos llama a la reconciliación. 

dimarts, 20 de febrer del 2024

entrevista amb claire keegan


SILVINA FRIERA
Claire Keegan: "Me gusta usar mi imaginación"
Página|12
16|10|2021


“Si quieres triunfar en la vida, hay cosas que debes ignorar para poder seguir adelante”, le dice Eileen, madre de cinco hijas, a su marido Bill Furlong, un trabajador infatigable que vende carbón y madera, un huérfano que nunca pudo descubrir quién había sido su padre. Un día de invierno de 1985, mientras entregaba un pedido en el convento del pequeño pueblo irlandés donde vive, Bill vio una decena de muchachas y niñas descalzas, apoyadas en rodillas y manos, lustrando en círculos el piso de una pequeña capilla. Una de las niñas le pidió que la llevara hasta el río: “Yo no tengo a nadie y lo único que quiero es ahogarme”. Bill no puede mirar para otro lado, como sugiere Eileen. “Si nos ocupamos solo de lo que tenemos aquí y nos mantenemos del lado correcto y no aflojamos, ninguno de nosotros tendrá que soportar jamás lo que les pasa a esas chicas. Las pusieron allí porque no tenían ni un alma en este mundo que las cuidara. Lo único que hicieron sus familias fue dejar que se convirtieran en salvajes y luego, cuando se metieron en problemas, les dieron la espalda”, insiste ella en la extraordinaria nouvelle Cosas pequeñas como esas, de Claire Keegan, publicada por Eterna Cadencia con notable traducción de Jorge Fondebrider.

La novela no está basada en ningún hecho real. Keegan no conoció ni entrevistó a ninguna de las víctimas. Pero lo que Bill descubre en la ficción sí sucedió en Irlanda: los maltratos que recibían las mujeres y niñas en las Lavanderías de la Magdalena o Asilos de la Magdalena, administrados conjuntamente por la iglesia católica y el Estado irlandés, que funcionaron hasta 1996. La escritora irlandesa, en una página al final de la novela, señala que no se sabe cuántas niñas y mujeres fueron escondidas, encarceladas y obligadas a trabajar en estas instituciones, pero la cifra oscila entre 10.000 y 30.000. Recién en 2013 el gobierno irlandés pidió disculpas por lo ocurrido. “Escribo ficción -subraya Keegan en una conferencia de prensa organizada por la editorial Eterna Cadencia-. Me interesa escribir sobre lo que significa estar vivo, qué es un ser humano y qué se hacen los seres humanos entre sí. Me gusta usar mi imaginación y dejar que vuele alrededor de los hechos que me interesan. No conozco a ningún vendedor de carbón o nadie que tenga cinco hijas. ¿Por qué las personas no decían ni hacían nada? Asumo que por miedo; había mucha presión por parte de la iglesia católica, que en ese momento tenía mucho poder y que estaba apoyada por el Estado”.

La autora de los libros de cuentos Antártida y Recorre los campos azules y la novela Tres luces –traducidos todos por Fondebrider y publicados por Eterna Cadencia- explora los silencios en textos que suelen manejar con excepcional sutileza la tensión narrativa. “La tensión aparece cuando uno siente miedo de perder algo. La buena ficción viene del miedo a perder; perdemos tiempo, un amante, la casa, incluso la dignidad. Finalmente sabemos que vamos a perder todo y al envejecer uno se vuelve práctico en entender esas pérdidas”, explica Keegan, una escritora que reconoce que no pasa un día en que no lea un poema, admiradora de la poesía de Elizabeth Bishop, Louis MacNeice, Philip Larkin y Emily Dickinson, entre otros. La autora irlandesa, que suele ser comparada con escritores como William Trevor y Raymond Carver, reconoce que “lucha un montón” para generar la sensación de simplicidad en su escritura. “Se me puede acusar de tener una increíble producción de obras cortas, pero la imaginación juega a favor de aquellos que saben esperarla. Si hay algo en el texto que no me satisface, significa que está cubriendo otra cosa que sí me puede llegar a satisfacer, si tengo la paciencia suficiente para llegar a encontrarla”.

La búsqueda del padre atraviesa varios libros de Keegan, como Tres luces y Cosas pequeñas como esas, donde Bill Furlong busca a su padre. ¿Cómo explica el interés por este tema?, pregunta Página/12. “No sabría explicarlo. Nunca me puse a pensar en eso. Yo supe quién fue mi papá, él murió cuando yo tenía treinta años; no es una preocupación autobiográfica. Pero he tratado a varias personas que no conocieron a su padre. En ese momento, a esas personas se las llamaba bastardos o hijos ilegítimos. La madre de mi mejor amiga del colegio no estaba casada y ella no sabía quién era su padre. Así que tal vez el tema viene de ahí”, responde la escritora irlandesa desde County Wexford, donde vive. Su última novela no es un relato sobre lo que sucedía en las Lavanderías de las Magdalenas, sino que es “una historia de amor de un hombre que recibió amor cuando era chico y que no puede resistir, en vísperas de navidad, en demostrar a alguien más un poco de toda esa ternura que él mismo recibió”, aclara Keegan. “Él se encuentra tan cercano a la muerte como al deseo del cambio, si se puede llamar heroico el acto que él realiza”.

¿Por qué es un hombre el que se rebela contra el sometimiento y la explotación de las mujeres en la novela? “No es algo que él decidió heroicamente solucionar, simplemente no podía no volver a ver si estaba esa chica (en el convento), y esperaba que no estuviera. En una sociedad patriarcal, los hombres tienen el poder y las mujeres tienen un rol más práctico que consiste en controlar, de algún modo, a sus hombres. Bill Furlong tiene un corazón tierno y eso podía jugarle en contra; entonces las mujeres tenían que tratar de controlar eso”, plantea Keegan, que nació en 1968 en County Wicklow (en la costa oriental de Irlanda), en el seno de una familia católica. A los 17 años viajó a los Estados Unidos para estudiar inglés y ciencia política en la Universidad de Loyola y regresó a Irlanda en 1992 para realizar un master de escritura creativa en la Universidad de Gales.

“No soy una escritora que ya sabe todo lo que va escribir antes de sentarse a escribir y tampoco me dejo llevar por las palabras, porque si hiciera eso mis libros serían más largos”, advierte Keegan. Y agrega que las palabras no surgen fluidamente, sino que las siente “como un gato negro en la noche”, que no se revelan claramente. “Yo no sé si hubiera querido escribir sobre un vendedor de carbón que tiene cinco hijas en 1985, en la Irlanda católica y con mal clima. No sé si elegí o si eso me fue dado para ser contado. No sé si los escritores eligen sus textos o son los textos que se ofrecen, que eligen a sus autores”, concluye una de las voces más importantes de la literatura irlandesa contemporánea.

 

dijous, 15 de febrer del 2024

una gran narradora


CAROLINA ESSES
Reseña: Cosas pequeñas como esas, de Claire Keegan
La Nación
27|11|2021


Una autora irlandesa que sabe más de lo que cuenta

Desde la publicación en nuestro país de Antártida (1999), su primera colección de cuentos, la irlandesa Claire Keegan no ha dejado de ganar lectores. Cosas pequeñas como esas, su cuarto libro, llega como los demás, traducido por el poeta Jorge Fondebrider, un impulsor de la literatura irlandesa en nuestro país.

“Sabemos que vamos a perderlo todo al final –dice la autora en una entrevista–, así que mientras envejecemos vamos ensayando la pérdida”. Esta certeza está en el corazón de la nouvelle. Su protagonista, Bill Furlong, es un vendedor de carbón y madera, un hombre que viene, en palabras de la narradora, “de menos que la nada”: su madre, empleada doméstica, quedó embarazada a los dieciséis y lo crió con la ayuda de su patrona. Keegan describe a Furlong como un hombre que “no estaba dispuesto a quedarse en el pasado”, focalizado en salir adelante, en cuidar de sus cinco hijas. Y sin embargo el invierno de 1985 lo encuentra preguntándose por su padre, revisando su infancia, tratando de entender cómo puede su mujer ser tan distinta de él, tan práctica: “¿No vuelves a repasar las cosas, Elieen? ¿No te preocupas?”, le pregunta.

Keegan es una gran narradora: sabe mucho más de lo que cuenta. Detrás de Furlong hay un drama callado, como el de algunos personajes de los cuentos de Tolstoi –”La tormenta de nieve”, por ejemplo– cuya interioridad se desenvuelve sin apuro. Así es como una mañana en la que va a llevar carbón y madera al convento de las monjas del Buen Pastor, donde también funciona una lavandería, descubre algo: las pupilas trabajan, están sucias, desnutridas, presas. No solo eso: en otra visita, ve a una adolescente encerrada en el establo, muerta de frío, que le pide ayuda y le cuenta que la han separado de su hijo recién nacido. En esa chica Furlong ve el pasado –la vida de su madre– y el futuro –el tétrico destino que podría depararle a sus hijas–: se ve a sí mismo. La nouvelle narra la hipocresía de una sociedad capaz de lo peor: la última lavandería de la Magdalena –tal el caso real– fue cerrada en 1996. Allí miles de niñas y mujeres fueron encarceladas y obligadas a trabajar; se calcula que murieron más de nueve mil niños y setecientos bebés.

Keegan construye con estos materiales una maquinaria narrativa perfecta donde el personaje principal se encuentra en aquella encrucijada de la que habla un conocido poema de Robert Frost. Cosas pequeñas como esas brinda una felicidad doble: el diálogo entre la lengua de la autora y la versión del traductor. Hay un trabajo preciso con el ritmo, con la cadencia de la prosa. Fondebrider encuentra cómo plasmar en castellano imágenes de gran belleza como la que compara el humo que se disipa con “extensos hilos desmelenados”. Una novela que invita a la relectura.


dilluns, 12 de febrer del 2024

una veu literària notable



SILVINA FRIERA
“Un cuento revela lo que no se dice”
Página|12
15|11|2008


La historia de Claire Keegan podría parecer un cuento de su admirado Chéjov, donde la protagonista lucha contra las circunstancias de su ambiente. La escritora irlandesa, que nació en 1968 en County Wicklow (en la costa oriental de Irlanda), en el seno de una familia católica, cuenta que su padre “nunca leyó un libro” y su madre, “sólo algunos”. Cuando era chica, en esa atmósfera de la granja familiar donde pasó su infancia y adolescencia, ella captaba lo que no se decía, pero se respiraba: su familia no era feliz. A los 17 años viajó a Estados Unidos para estudiar inglés y ciencia política en la Universidad de Loyola. Decidió regresar a Irlanda en 1992, para realizar un master de escritura creativa en la Universidad de Gales, quizás en el peor momento: cuando el país comenzaba a padecer la tasa de desocupación más alta de Europa. “Nunca había escrito nada ni me imaginaba que podía ser escritora”, dice Keegan mientras sus dedos juegan con su pelo largo, finito y colorado, como si desanudara un collar. “Empecé a escribir hace catorce años, cuando estaba desempleada y vivía con mi madre. Me presenté en 300 trabajos y recibí 300 cartas de rechazo”, aclara. Y sus ojos azules se irritan levemente por ese recuerdo. Invitada al Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba), Keegan, que acaba de publicar Recorre los campos azules (Eterna Cadencia), ocho cuentos magníficos traducidos por Jorge Fondebrider, se presentará hoy a las 12 en el panel “Creative writing, usina de escritores”, junto con Mark Axelrod, Leonardo Valencia y Carlos Gamerro.

“Hay una gran tradición del cuento en Irlanda, pero poca gente que se dedica a escribir relatos porque es difícil ganarse la vida. Yo lo hago, pero sé que tuve mucha suerte, mis cuentos cayeron en las manos indicadas en el momento apropiado y me han llevado por todo el mundo”, admite la escritora irlandesa. En la mayoría de los cuentos de Recorre los campos azules, Keegan explora, dando rodeos sutiles, pero al mismo tiempo perturbadores, la vida en la Irlanda rural contemporánea. En “Regalo de despedida”, una joven que está a punto de viajar a Estados Unidos no puede recordar momentos de felicidad en su familia. Nada parece venirle a la mente, aunque pronto asomarán imágenes y palabras que hieren. “Tu madre no quería una gran familia. A veces, cuando perdía la paciencia, te decía que te pondría en un balde y te ahogaría (...) La gente a veces dice cosas horribles.” Lo horrible es que la hacían dormir con su padre y “la mano terrible se metía debajo de la ropa para sacarte el camisón, los dedos, fuertes de ordeñar, te encontraban”. Hay momentos de epifanía de una profunda belleza como cuando el sacerdote de “Recorre los campos azules” acude a un chino que se dice que cura enfermedades. “¿Por qué la ternura es mucho más paralizante que el agravio?”, se pregunta el sacerdote después de que las manos del chino le tocan el cuerpo. Una de las historias más impactantes es el cuento “La hija del guardabosques”, con ese matrimonio errático y sin salida entre Martha y Deegan, la mujer que no aguanta más la vida familiar y desea irse, el padre de su hija que nunca le escribió y esas llamas finales que convierten las vacas en figuras “medio cómicas a la luz del fuego”. Keegan escribe cuentos duros, desafiantes, oscuros, pero en sus estrategias narrativas es profundamente compasiva con los desajustes emocionales de sus personajes. “Un cuento tiene varias capas: la más expuesta, por donde pasa todo o nada, y por debajo, varias corrientes distintas de lógica emocional, que si tienen sentido lo adquieren al final”, plantea la escritora irlandesa en la entrevista con Página|12.

“La mayoría de mis historias no son autobiográficas, pero me gusta mucho que la gente lea los cuentos pensando que me pudo haber pasado a mí. Un consejo muy común que se les da a los escritores es que escriban sobre lo que conocen, pero a mí me interesa más escribir sobre lo que no conozco”, subraya Keegan, autora de Antarctica, su primer libro de cuentos, publicado en 1998 en Gran Bretaña y los Estados Unidos. Considerada una de las voces más importantes de la literatura irlandesa, Keegan fue comparada con escritores como William Trevor y Raymond Carver.


–¿Por qué en muchos cuentos aparecen mujeres de más de treinta años que viven con preocupación el mandato del matrimonio, porque aún no se casaron, o que se casan pero sin muchas convicciones?

–Creo que surge de la sociedad en la que vivo. Para mí cualquier forma de arte, cualquier libro, es una crítica a la cultura y a la sociedad en la que fueron creados. Y este libro es una crítica sobre por qué la gente se junta, por qué se forman las parejas. Es una crítica al matrimonio en sí mismo, al hecho de que en un momento de la vida te vas a casar y vas a tener hijos. En mi experiencia, la mayoría de las familias que conocí, incluso mi familia, no era feliz. Nunca creí en el matrimonio como un camino hacia la felicidad. Para mí es más valiente estar solo que estar en una relación. Casarse por imposición no resuelve el problema de la soledad. Lo que yo cuestiono es el matrimonio como una respuesta a la soledad, pero la soledad afecta tanto a los hombres como a las mujeres. Las emociones no son sexistas. Los pensamientos sí.

En los cuentos de Keegan también se puede encontrar una solapada crítica a la Iglesia Católica, con personajes que dudan de su fe o se preguntan dónde está Dios. “La Iglesia Católica ha cambiado mucho en Irlanda. Su imagen ha decaído por varios casos de abusos sexuales que hubo en instituciones católicas. La gente que antes iba ciegamente a misa ahora no está yendo más. Muchas iglesias están vacías –explica la escritora–. Los que están en las iglesias son inmigrantes católicos del este de Europa y las personas mayores. Los más jóvenes tuvieron malas experiencias con la Iglesia y no creo que quieran volver. Yo tuve un mensaje muy claro: como era mujer no podía servir en misa, no podía hacer nada.”


–Sus cuentos tienen atmósferas muy chejovianas, ¿es deliberado ese clima que maneja?

–Sí, admiro muchísimo a Chéjov, sus cuentos son muy compasivos, muy humanos; se relaciona con las personas y no las juzga. Entiende mucho la fragilidad y dureza de la vida, pero al mismo tiempo es tierno, amigable y nunca racionaliza ni explica las emociones.


–¿Cómo trabaja la escritura de un cuento?

–Escribo muy despacio, hago como treinta borradores de una historia, me lleva mucho tiempo convertir una historia en cuento. Para transformar una historia en un cuento, hay que sacarle muchas cosas de modo que parezca que el cuento se desmorona, pero sigue ahí. Una buena historia es la que está casi incompleta y parece frágil. Es como la diferencia entre sentarse al lado de alguien que no para de hablar, y que sabés que no va a decir nada importante, o sentarte al lado de alguien que está muy callado y probablemente te va a decir algo. Nos pasamos la vida hablando, pero la mayoría del tiempo no decimos nada. Un cuento revela lo que no se dice.

 

dimecres, 7 de febrer del 2024

menys és (molt) més


XAVIER SERRAHIMA
Tres llums de Claire Keegan
Menys és (molt) més
El racó de la paraula
4|4|2017


En el món de la literatura —com en el de l’art (i, en realitat, en la vida mateixa)— encara són molts els que creuen que més és, sempre, més; que, com més gran, com més llarga és l’obra, millor; que quantitat (de pàgines, en el cas de la lletra escrita), és sinònim de qualitat. Talment com si els que ofereixen un llibre més breu, ja sigui una novel·la o bé una narració, no haguessin estat capaços de superar el repte. Oblidant que la contenció, que no dir res que no sigui imprescindible és —o, si més no, hauria d’ésser— un dels majors mèrits de la literatura.

[...] I l’autora irlandesa no és que digui molt amb ben poc, sinó que —sense dir-ho, de fet— amb un (quasi) no-res, ho diu (quasi) tot. I ho diu, i aquest aspecte és bàsic, sense explicar-ho, fent-ho veure o intuir al lector; desvetllant-li emocions i no pas donant-les-hi fetes; creant amb la màgia de l’escriptura, les emocions que en cada moment creu més convenients. Unes emocions (i uns sentiments) que, potser, no són immediatament visibles o accessibles, però que arriben al lector, inconscientment, amb una força devastadora; que, tot d’una, esclaten i esdevenen no ja visibles, sinó indelebles...


dilluns, 5 de febrer del 2024

claire keegan


Claire Keegan: “En los tiempos muy duros, la biblioteca me mantuvo sana”
Redacción Clarín
9|12|2016


A pesar de ser una de las escritoras de habla inglesa más traducidas de la actualidad, su literatura se lee en más de ocho lenguas, Claire Keegan nunca pensó en escribir. La autora de los libros de relatos Antártida, Recorre los campos azules y de la nouvelle Tres luces –todos publicados por la editorial argentina Eterna Cadencia–, nació en Irlanda en 1968, en el seno de una familia rural y su encuentro con la escritura fue casi un accidente. “Empecé a escribir”, dice, “cuando estaba desempleada y vivía con mi madre, me compré una máquina para tipear las solicitudes de empleo y así, inesperadamente, apareció mi primer relato”.

Paradójicamente, Keegan llegó a España de la mano de la misma editorial que publicó su obra en la Argentina, Eterna Cadencia. La escritora suma una importante cantidad de premios, el Davy Byrnes Award y el Rooney Prize for Irish Literature entre otros, y su prosa cruda y contundente fue comparada nada menos que con las de las narradoras norteamericanas Carson MacCullers y Lorrie Moore. Además, cuenta con el padrinazgo de dos “pesos pesados” de la literatura universal, Haruki Murakami y Richard Ford.

Escritora al fin, no se molesta en crear un mito autorreferencial, ni se entretiene en respuestas complacientes que pongan al entrevistador en la comodidad de creerse muy despierto. “No, manifiesta rotundamente, no estoy buscando crear una visión sintética y poderosa de Irlanda y no creo que mis textos tengan esa mágica aridez a la que se refiere, eso corresponde a su lectura. Yo estoy mucho más interesada en preguntarme qué significa estar viva en un momento determinado”. Sobre la soledad –otra cuestión que al entrevistador le pareció particular en los textos de Keegan– respondió: “Una gran, enorme parte de la literatura se trata de si es posible o no comunicarse con un otro. Podría decir que una buena historia es un retrato de la manera en que lidiamos con eso y me río cuando la gente dice que mis cuentos son oscuros; no conozco a nadie que piense que la vida es fácil”.

-Infancia y pobreza parecen los motores de sus relatos. ¿Hay en eso una intención de plantear su propia literatura, una literatura irlandesa?

-No sé cómo responder a eso… Usted parece sorprendido de que la infancia pueda ser el motor de una historia pero todos fuimos chicos durante 12 años y ése período está lleno de historias. ¿Por qué la literatura no saldría de ahí? Chéjov, Tolstoi, Hardy, Joyce, Elliot, han escrito muchísimo acerca de la soledad, la infancia y la pobreza. Yo no estoy haciendo nada nuevo, simplemente busco, con gran dificultad, voces frescas para eso que es tan viejo como la naturaleza humana.

-La mayoría de sus relatos están sostenidos por lo que no dicen y por sus finales muchas veces sorprendentes. ¿Vale más el procedimiento de escritura que la misma historia?

-No, yo escribo cuentos, no trato de establecer procedimientos de escritura. Escribo sobre cómo se siente vivir con un caudal de deseos y necesidades que nunca será totalmente satisfecho, eso genera problemas y muchas veces daño: mucha gente en Irlanda no está en condiciones de proteger a los suyos por el elevadísimo costo de las propiedades y las hipotecas. Quizá lo que nos enseñó el fracaso del boom irlandés es que, de verdad, suficiente es suficiente.

Keegan se confiesa amante de Antón Chéjov. “Es el autor con quien mantengo mi relación más cercana, lo admiro inmensamente”, dice, pero toma distancia del ambiente literario. “Además de escribir, enseño literatura y leo los trabajos de mis alumnos, atiendo las consultas de mis traductores y desde que salió Recorre los campos azules ya visité veinte países. Cuando me queda un minuto quiero irme lejos y para mí es más interesante hablar con un pescador que con un escritor”.

-Parece mucha actividad literaria para alguien que no pensaba ser escritora.

-Es verdad que no estaba en mis planes, no tenía ningún tipo de ambiciones en ese sentido y probablemente eso resulte mejor para la escritura. Con esa máquina de escribir que le conté llené 300 solicitudes de empleo que fueron respondidas con 300 cartas de rechazo. Ahora creo que fue una suerte, pero fue un tiempo muy duro y la biblioteca fue lo que me mantuvo sana.

-Sin embargo, su voz parece haber estado lista para hacerse oír, clara y sólida.

-Bueno, eso es un gran halago y me alegra, pero a mí nunca me resultó fácil escribir, ni confiar en quienes dicen eso.

 

dimecres, 8 de novembre del 2023

la importància de la novel·la


El poeta Rainer Maria Rilke escribió en una ocasión que la música podía elevarlo —lo que en sí no tiene nada de especial—, antes de añadir: «Y bajarme en otro lugar». Me encanta esta cita. Me gusta porque la reconozco muy bien. No solo en lo que se refiere a la música, sino también a la literatura. De hecho, sobre todo en lo que se refiere a la literatura. Esa extraña sensación que te invade tras acabar de leer, cuando te quedas sentado con el libro en el regazo, todavía inmerso en su mundo durante unos minutos más. La última vez que tuve esa experiencia fue el invierno pasado, cuando leí la novela Cosas pequeñas como esas, de Claire Keegan. No había oído hablar de Keegan, y cogí el libro por casualidad. Es una novela breve, de solo 96 páginas, y la leí en un par de horas. Al acabarla me quedé sentado unos minutos en mi sillón, con el libro sobre las rodillas, henchido de las sensaciones y la atmósfera del libro, que sentía de un modo muy intenso. Al rato me levanté para sumirme en los quehaceres diarios, y las impresiones de la novela fueron desapareciendo poco a poco, hasta que apenas quedó una sensación que surgía cuando pensaba en ella. Y así ocurre con todas las novelas buenas: pueden llenarme por completo, pero solo en el momento; al acabar la lectura, la vivencia se desvanece.

¿Acaso esa vivencia significa algo? ¿Es de alguna manera importante? ¿O leer novelas no es más que una forma atractiva de pasar el tiempo? Por regla general pensamos que lo importante es lo que cambia o influye en algo, es decir, un fenómeno, acto o comentario que, de una u otra manera, tiene consecuencias más allá de sí mismo. Cuanto mayores y más trascendentales sean las consecuencias, más importante es. Si os preguntara qué es importante en este momento, algunos tal vez contestaríais «La guerra de Ucrania»; otros, «La crisis climática», y otros, «La inflación y la pobreza creciente» o, tal vez, «El auge del populismo de derechas» o «El racismo estructural». Para algunos, tal vez sería un conflicto agotador en el trabajo, una madre enferma a punto de morir o un flamante enamoramiento. O podría ser algo más cotidiano: un dolor de muelas, un cosquilleo en la garganta que hace que no puedas evitar toser aquí, en esta sala, y la incomodidad que sientes por molestar a otros miembros del público. Dudo de que a la pregunta «Qué es importante» muchos de vosotros hubierais contestado «La novela». Que la novela es importante.

Pero ¿es importante la novela? ¿Por qué y para quién?

Antes de proseguir, tal vez deba informaros de que no soy imparcial a la hora de tratar este tema. He leído novelas durante toda mi vida, e incluso he escrito unas cuantas, así que, si contesto que no a esa pregunta, estaré diciendo al mismo tiempo que he echado a perder toda mi vida adulta en algo insignificante y que, en el fondo, no tiene ningún sentido. Si contesto que sí, que la novela importa, podría entenderse como una autodefensa desesperada. Pero eso no cambia la pregunta. Ni siquiera tiene nada que ver con ella. Porque allí estaba yo, sentado en mi sillón, con la novela Cosas pequeñas como esas en las rodillas, henchido de sus intensas sensaciones y atmósfera...


Karl Ove Knausgård. La importancia de la novela. Traducció de Kirsti Baggethun i Asunción Lorenzo. Anagrama, 2023. P. 7-11.