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dimarts, 27 de febrer del 2024

knausgård llegeix coses petites com aquestes (i II)


En el siguiente párrafo aparecen los habitantes de la ciudad como una multitud de figuras anónimas en el supermercado, en la sala del bingo, en la cola del paro o camino del colegio, con la cabeza gacha contra el viento. Están como vistos desde arriba, tan a merced de fuerzas externas como cuando el viento despoja los árboles de hojas. En medio de ese torbellino de personas, el texto se detiene en una de ellas y, de inmediato, la perspectiva cambia: a partir de entonces vemos la ciudad y la vida en ella desde dentro, a través de los sentidos y pensamientos de un tal Bill Furlong. Furlong es lo que entendemos por un hombre corriente, es decir, no hay nada extraordinario en él o en su vida. Vende leña y carbón, está casado y tiene cinco hijas. Trabaja mucho, pero aun así su familia no nada en la abundancia. A veces siente que la vida se le escapa en la rigidez de sus rutinas, piensa que tiene que haber algo más aparte de trabajar, comer y dormir. Pero lo que le pasa a Furlong, y de lo que quizá él no sea consciente, es que es una buena persona. Y, en muchos aspectos, Cosas pequeñas como esas es una novela sobre la bondad de la gente.

¿Qué significa «la bondad de la gente»?

En sí es una idea abstracta, sin ninguna existencia concreta. Como tal, la bondad humana es una especie de vara de medir: nos dice algo de la persona al igual que el litro, como unidad de medida, nos dice algo de la leche. Las acciones de una persona pueden considerarse buenas en mayor o menor medida, malas en mayor o menor medida, sabias en mayor o menor medida o estúpidas en mayor o menor medida; pero la bondad, la maldad, la sabiduría o la estupidez, como la unidad de litro, no existen por sí mismas en nosotros. En esa gran novela sobre la bondad que es El idiota, de Dostoievski, la idea de bondad adquiere existencia física a través del príncipe Myshkin, el ejemplo paradigmático de persona esencialmente buena, y toma su fuerza del choque entre lo ideal y lo real; es como si lo ideal, la bondad humana, dejara completamente al descubierto lo real, como si en la oscuridad de la noche se encendiera la luz en una habitación llena de gente borracha. El idiota es una novela de ideas,o, como el propio Dostoievski lo llamaba, realismo fantástico. La bondad que encontramos en Cosas pequeñas como esas es de un carácter del todo distinto: es apenas nada, algo vago, efímero, evasivo. En Bill Furlong se manifiesta como algún pensamiento por aquí, alguna pequeña acción por allá, pero nunca surge sola, sino siempre entremezclada con otros pensamientos, otros actos. Si aquí la bondad es una luz, no es una luz fuerte, deslumbrante, que deja brutalmente al desnudo una realidad social como ocurre en la novela de Dostoievski, sino una llama débil, temblorosa, a la que cada dos por tres apagan pensamientos, consideraciones o actos que compiten con ella. De hecho, esa llama es tan frágil que el mero hecho de hablar de ella, como estoy haciendo yo ahora, basta para apagarla. Cuando aparezco yo aquí con mi charla sobre «la bondad», se vuelve banal, estúpida y evidente. Nadie habla de la bondad en la novela de Keegan: es solo algo que está ahí, como si nunca se hubiera conceptualizado, algo común, que sencillamente ocurre y no tiene nombre. Y eso, conseguir dar vida a lo que está ahí, hacer que brote desde debajo de los conceptos que lo tienen sujeto con mano firme, eso solo puede hacerlo la novela.

[...] Bueno, eso es la novela: ve el mundo desde dentro, y lo deja abierto. La novela da voz a esa experiencia, que así consigue un lugar. Ese lugar no existe en ningún otro sitio. No existe en las películas ni en el periodismo, tampoco en el ensayo, la filosofía o la psicología, no existe en la biología ni en la química, tampoco en la religión. Ese lugar, ese mundo visto desde el interior y que se deja abierto, solo existe en la novela. [...] Esa fue la razón por la que me impresionó tanto Cosas pequeñas como esas, porque está en el interior, y lo mantiene abierto.

[...] La novela da espacio a un hombre que, por sí mismo, no ocupa ninguno en la acción; un hombre, además, de una capa de la sociedad que no ocupa ningún lugar en su cultura. Pero lo más importante es que la novela da espacio a algo dentro de él —y, con ello, a algo dentro de nosotros— que es tan preciso y efímero que ni él mismo es consciente de ello, y que solo se manifiesta en la escritura.


Karl Ove Knausgård. La importancia de la novela. Traducció de Kirsti Baggethun i Asunción Lorenzo. Anagrama, 2023.


dilluns, 26 de febrer del 2024

knausgård llegeix coses petites com aquestes (I)


El poeta Rainer Maria Rilke escribió en una ocasión que la música podía elevarlo —lo que en sí no tiene nada de especial—, antes de añadir: «Y bajarme en otro lugar». Me encanta esta cita. Me gusta porque la reconozco muy bien. No solo en lo que se refiere a la música, sino también a la literatura. De hecho, sobre todo en lo que se refiere a la literatura. Esa extraña sensación que te invade tras acabar de leer, cuando te quedas sentado con el libro en el regazo, todavía inmerso en su mundo durante unos minutos más. La última vez que tuve esa experiencia fue el invierno pasado, cuando leí la novela Cosas pequeñas como esas, de Claire Keegan. No había oído hablar de Keegan, y cogí el libro por casualidad. Es una novela breve, de solo 96 páginas, y la leí en un par de horas. Al acabarla me quedé sentado unos minutos en mi sillón, con el libro sobre las rodillas, henchido de las sensaciones y la atmósfera del libro, que sentía de un modo muy intenso. Al rato me levanté para sumirme en los quehaceres diarios, y las impresiones de la novela fueron desapareciendo poco a poco, hasta que apenas quedó una sensación que surgía cuando pensaba en ella. Y así ocurre con todas las novelas buenas: pueden llenarme por completo, pero solo en el momento; al acabar la lectura, la vivencia se desvanece.

[...] Me resulta difícil explicar por qué me causó tanta impresión. Recordar lecturas es un poco como recordar un dolor: podemos describir lo que ocurrió y cómo fue, pero, sin las sensaciones que nos llenaron entonces, y dado que esas sensaciones son precisamente el dolor, solo nos referimos a la cáscara, lo que queda tras el dolor en la memoria. La señal del dolor, no el dolor en sí. La lectura es cercanía, es acercarse a algo.

¿A qué nos acercamos en Cosas pequeñas como esas?

Empieza así:

«En octubre hubo árboles amarillos. Después, se atrasó la hora de los relojes y los prolongados vientos de noviembre llegaron, soplaron y desnudaron los árboles. En el pueblo de New Ross, de las chimeneas salía humo que se disipaba y desvanecía en extensos hilos desmelenados antes de dispersarse por los muelles, y pronto el río Barrow, oscuro como ceniza negra, creció con la lluvia.»

En el curso de tres frases, y de la manera más sencilla, se ha abierto un pequeño mundo entero. Las frases traen consigo imágenes: vemos los árboles, la ciudad con las chimeneas de las fábricas, los muelles, el río que la atraviesa; pero las frases están cargadas asimismo de una atmósfera, y creo que eso se debe a que las imágenes —los árboles, las chimeneas de las fábricas— no están descritas desde ellas mismas, sino que todas están relacionadas de alguna forma con el movimiento: vemos los árboles cuando el viento los despoja de las hojas, vemos las chimeneas de las fábricas cuando el viento extrae el humo de ellas, vemos el río cuando crece con el agua de la lluvia. Vemos más que la ciudad: vemos la ciudad a merced de fuerzas externas, vemos un lugar en el que transcurre algo...

 

Karl Ove Knausgård. La importancia de la novela. Traducció de Kirsti Baggethun i Asunción Lorenzo. Anagrama, 2023.


dimecres, 8 de novembre del 2023

la importància de la novel·la


El poeta Rainer Maria Rilke escribió en una ocasión que la música podía elevarlo —lo que en sí no tiene nada de especial—, antes de añadir: «Y bajarme en otro lugar». Me encanta esta cita. Me gusta porque la reconozco muy bien. No solo en lo que se refiere a la música, sino también a la literatura. De hecho, sobre todo en lo que se refiere a la literatura. Esa extraña sensación que te invade tras acabar de leer, cuando te quedas sentado con el libro en el regazo, todavía inmerso en su mundo durante unos minutos más. La última vez que tuve esa experiencia fue el invierno pasado, cuando leí la novela Cosas pequeñas como esas, de Claire Keegan. No había oído hablar de Keegan, y cogí el libro por casualidad. Es una novela breve, de solo 96 páginas, y la leí en un par de horas. Al acabarla me quedé sentado unos minutos en mi sillón, con el libro sobre las rodillas, henchido de las sensaciones y la atmósfera del libro, que sentía de un modo muy intenso. Al rato me levanté para sumirme en los quehaceres diarios, y las impresiones de la novela fueron desapareciendo poco a poco, hasta que apenas quedó una sensación que surgía cuando pensaba en ella. Y así ocurre con todas las novelas buenas: pueden llenarme por completo, pero solo en el momento; al acabar la lectura, la vivencia se desvanece.

¿Acaso esa vivencia significa algo? ¿Es de alguna manera importante? ¿O leer novelas no es más que una forma atractiva de pasar el tiempo? Por regla general pensamos que lo importante es lo que cambia o influye en algo, es decir, un fenómeno, acto o comentario que, de una u otra manera, tiene consecuencias más allá de sí mismo. Cuanto mayores y más trascendentales sean las consecuencias, más importante es. Si os preguntara qué es importante en este momento, algunos tal vez contestaríais «La guerra de Ucrania»; otros, «La crisis climática», y otros, «La inflación y la pobreza creciente» o, tal vez, «El auge del populismo de derechas» o «El racismo estructural». Para algunos, tal vez sería un conflicto agotador en el trabajo, una madre enferma a punto de morir o un flamante enamoramiento. O podría ser algo más cotidiano: un dolor de muelas, un cosquilleo en la garganta que hace que no puedas evitar toser aquí, en esta sala, y la incomodidad que sientes por molestar a otros miembros del público. Dudo de que a la pregunta «Qué es importante» muchos de vosotros hubierais contestado «La novela». Que la novela es importante.

Pero ¿es importante la novela? ¿Por qué y para quién?

Antes de proseguir, tal vez deba informaros de que no soy imparcial a la hora de tratar este tema. He leído novelas durante toda mi vida, e incluso he escrito unas cuantas, así que, si contesto que no a esa pregunta, estaré diciendo al mismo tiempo que he echado a perder toda mi vida adulta en algo insignificante y que, en el fondo, no tiene ningún sentido. Si contesto que sí, que la novela importa, podría entenderse como una autodefensa desesperada. Pero eso no cambia la pregunta. Ni siquiera tiene nada que ver con ella. Porque allí estaba yo, sentado en mi sillón, con la novela Cosas pequeñas como esas en las rodillas, henchido de sus intensas sensaciones y atmósfera...


Karl Ove Knausgård. La importancia de la novela. Traducció de Kirsti Baggethun i Asunción Lorenzo. Anagrama, 2023. P. 7-11.


diumenge, 29 d’octubre del 2023

recordar lectures


Recordar lecturas es un poco como recordar un dolor: podemos describir lo que ocurrió y cómo fue, pero, sin las sensaciones que nos llenaron entonces, y dado que esas sensaciones son precisamente el dolor, solo nos referimos a la cáscara, lo que queda tras el dolor, no el dolor en sí. La lectura es cercanía, es acercarse a algo.

 

Karl Ove Knausgård. La importancia de la novela. Traducció de Kirsti Baggethun i Asunción Lorenzo. Anagrama, 2023. P. 11.


dijous, 13 de juliol del 2017

l'escriptor que us roba les nòvies



«Aprofitant el pas per la Programació contínua de Kosmopolis de Karl Ove Knausgård, una de les veus més rellevants de la literatura contemporània actual, considerat per alguns crítics com el Proust del segle XXI, el van sotmetre al qüestionari del cèlebre autor francès...».

 ------> Karl Ove Knausgård, l’escriptor que ens roba les nòvies, Jordi Nopca. Ara, 27|6|2017.

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PS: He robat el títol de l'apunt a en Jordi Nopca que, al seu torn, l'ha tret d'una cançó de l'Albert Pla. Ho dic per si a algú se li acut alçar-me la bandera del català correcte, «es diu xicotes!», o, en el pitjor dels casos, la bandera la lila, «que són de la vostra propietat, les nòvies? Quanta feina per fer, encara!». Hi ha gent (afartadora) que no es deixa perdre cap oportunitat d'arrufar el nas. Que el martell de Thor caigui sobre els seus caps. Amén.


dimecres, 7 de juny del 2017

el corcó feminista


«La diferència entre la generació de Siri Hustvedt i la meva és que jo no he pogut passar un semestre a la universitat sense haver d’empassar-me Judith Butler, Simone Weil o Julia Kristeva; en canvi Hustvedt descobria el feminisme als 14 anys llegint amb actitud rebel Simone de Beauvoir o Kate Millett.
Aquell discurs trencador avui s’ha fet mainstream. Per això em sorprèn veure com cert feminisme encara gira entorn del victimisme i l’exclusió. Ho escric a partir d’una anècdota entre escriptors que explica moltes coses sobre aquest debat.
Karl Ove Knausgård s’ha fet famós per escriure una autobiografia en sis volums. L’escriptor noruec intenta traslladar, sense filtres, la realitat que ha viscut al text. Quan va sortir el primer volum de la sèrie, un de cada deu noruecs tenia el llibre a casa; i ràpidament es va convertir en un fenomen editorial a nivell mundial. Siri Hustvedt, escriptora i assagista americana, és un dels estendards del feminisme novaiorquès. D’ascendència noruega, es va fascinar pel fenomen Knausgård i va ser una de les primeres a entrevistar-lo. Hustvedt li va preguntar com és que, entre totes les referències a escriptors que hi havia a la novel·la, només hi havia una dona. Knausgård, amb el seu posat esquerp i absent, va contestar: “no són competència” (en anglès original, encara més sec: no competition).
Aquesta resposta, que ella no va repreguntar, va afectar Hustvedt intensament. Perquè d’aquestes dues paraules n’ha fet un assaget de vint pàgines, que es recull al llibre “La dona que mira els homes que miren a les dones – assajos sobre feminisme, art i ciència” (publicat a Edicions 62 i traduït per Ferran Ràfols).
A partir d’aquesta anècdota costa molt trobar una entrevista extensa a Knausgård en la qual no hi aparegui aquest comentari i les seves conseqüències: “Una vegada, quan feia una classe d’escriptura, era com si estigués en un judici. Tot tractava sobre la moral. Em sentia com si fos en una secta, com si la manera com llegien ells els meus llibres fos l’única manera en què es podien llegir, i per mi la literatura és justament el contrari: és obrir les coses (...) He estat en entrevistes on tot anava sobre el que estava malament als llibres. Em deien que, sense jo ser-ne conscient, expressaven valors patriarcals opressius per a les dones (...) El que jo havia fet, el que jo havia escrit, de sobte es transformava en el que jo no havia escrit i hauria d’haver escrit. O sigui que la conversa ja no era sobre el llibre sinó sobre els valors de les dones que havien llegit el llibre i m’estaven entrevistant”.  
Les respostes de Knausgård van directament al nucli del problema d’un cert feminisme que, malgrat tenir tribuna a les universitats i haver fet omnipresents els estudis culturals, no accepta cap intel·lectual que no tingui en compte el seu discurs. Això deixa molt de camp per córrer a una actitud afectada i victimista, que és el to general de l’assaig de l’americana. “L’autocensura no és bona idea si vols fer literatura”, deia Hustvedt. En canvi, al noruec el critiquen perquè s’ha exposat sense mentir ni voler encaixar enlloc.
L’obsessió de l’autora, que tan aviat critica com perdona la vida a l’escriptor, és saber per què el noruec no comparteix les seves opinions. I per tant, l’assaig sencer és una especulació sobre el que Knausgård li hauria d’haver respost en aquella entrevista.
Així, Hustvedt es lamenta perquè la semiòloga estructuralista Julia Kristeva és l’única dona que apareix al volum. La tesi de l’autora és que Kristeva estava de moda quan Knausgård estudiava a Bergen, i que si hagués estat una altra època hi hagués posat Virginia Woolf o Simone Weil com a quota de dona literària o intel·lectual. No sé si Hustvedt hagués preferit que Knausgård hagués escrit amb la calculadora a les mans per veure quants escriptores i escriptores li sortien per pàgina per quadrar amb la paritat de gènere.
El problema de l’assaig de Hustvedt és que exalta els mateixos clixés que critica – perquè sense aquests clixés es quedaria sense discurs. Quan diu que Knausgård és femení perquè parla de tasques domèstiques li està atribuint uns prejudicis que un lector contemporani no hauria de tenir; i quan diu que té “una part aclaparadorament femenina, el nucli tou, ferit i ple de sentiments” tracta a les dones com a éssers tous, ferits i sentimentals.
La gràcia de Knausgård és que fa una literatura que no accepta, per molta pena que faci als estudis culturals, lectures de gènere fàcils i còmodes. I per això mateix és bo. El noruec no està preocupat ni interessat pels mateixos temes que Hustvedt, i per això ella i la seva prosa repel·lent no el saben llegir bé. La conclusió de l’assaig, “sembla que els milers de pàgines no han servit per il·luminar-lo sobre la dona que té a dins” demostra, a banda d’una actitud paternalista, que no ha entès el gest que el noruec pretén amb els seus llibres.  
Per això hi ha un cert feminisme que no ens prendrem seriosament fins que deixi de ser una forma més de victimisme. Entenc que Hustvedt, que presumeix de moure’s amb dificultat en un món d’homes, el que voldria és sotmetre Knausgård a la seva visió del món. “Quan la meva Lluita es va publicar”, diu Hustvedt, “va ser com si un home adult s’hagués despullat, hagués sortit a la plaça del poble i hi hagués construït un banc per poder somicar i fer el ploricó”. A Hustvedt li encanta poder dir això, se li veu el plaer de veure un home rebaixat i plorant al mig d’una plaça. Perquè rere un discurs erudit i delicat sobre feminisme, el que es veu al seu assaig són unes ganes enormes d’encular algun mascle alfa.»

Marina Porras. El corcó feminista. La llança. 30|5|2017.