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dimecres, 22 de maig del 2013

frances steloff



Conozco una mujer que comenzó con nada, a la cual considero una gran heroína. No pudo ir al instituto porque su familia era muy pobre y tenía muchos hijos. La familia vivía en una granja de Saratoga, pero ella decidió irse a la ciudad de Nueva York. Empezó trabajando en Brentano y al poco tiempo les dijo que quería tener su propia librería. Se rieron de ella y le dijeron que estaba absolutamente loca, y que nunca sobreviviría al verano. Ella tenía ahorrados ciento cincuenta dólares y alquiló un pequeño sótano en el barrio teatral de Nueva York, y todo el mundo iba allí por las noches a la salida del teatro. Y hoy en día su librería no es solamente la más famosa de Nueva York, The Gotham Book Mart, sino que es un lugar donde todo el mundo quiere presentar sus libros. Tiene visitantes procedentes de todo el orbe: Edith Sitwell vino a verla cuando estuvo en Nueva York, como Jean Cocteau y muchos otros. Y ninguna otra librería de Nueva York tiene ese encanto que procede de ella, de su humanidad y simpatía y del hecho de que la gente puede estar allí y leer un libro sin que nadie repare en ello. Su nombre es Frances Steloff y siempre la menciono cuando alguien afirma que hace falta una habilidad especial para librarse de una vida restringida, limitada o indigente. Frances tiene ahora ochenta y seis años, es una hermosa anciana con el pelo blanco y una piel perfecta que ha desafiado la edad.
Anaïs Nin. «La mujer nueva». A: Ser mujer. Traducció de Teresa Fernández Muro. 4a ed. Debate, 1983. P. 21.

Aquí i aquí, un parell d'apunts que li vam dedicar a la Frances Steloff i la Gotham Book Mart qui-sap-lo.



dilluns, 13 de maig del 2013

autoedició



En los años cuarenta, los editores norteamericanos rechazaron dos de mis libros, Winter of Artifice y Under a Glass Bell. Winter of Artifice había sido publicado en Francia, en inglés, y Rebecca West, Henry Miller, Lawrence Durrell, Kay Boyle y Stuart  Gilbert lo habían elogiado. En Norteamérica consideraron que ninguno de los dos libros eran comerciales. Quiero que los escritores sepan cuál es su situación en relación a estas opiniones de los editores comerciales, y ofrecerles una solución que todavía es eficaz hoy en día. Me refiero a los escritores que son el equivalente de los investigadores científicos, cuyo interés literario no produce beneficios inmediatos.
No acepté el veridicto de los editores y decidí imprimir mis propios libros. Por setenta y cinco dólares compré una prensa para imprimir de segunda mano que funcionaba con el pie, como las máquinas de coser antiguas, y había que pisar el pedal con mucha fuerza para producir energía suficiente para que girase la rueda.
La propietaria del Gotham Books Mart en Nueva York, Frances Steloff, me prestó cien dólares para mi empresa, y Thurema Sokol me prestó otros cien. Utilicé cajones de embalar naranjas para fabricarme estantes, pagué cien dólares por los tipos y compré restos de papel que es lo mismo que comprar trozos de tela para hacerte un vestido. El poco papel sobrante de las ediciones de lujo era muy bonito. Me ayudaba un amigo, Gonzalo More. Tenía un gran talento para diseñar libros. Yo aprendí a componer los tipos y él manejaba la máquina. Aprendimos a manejar la imprenta con un manual, lo que dio origen a cómicos accidentes. Por ejemplo, el libro decía: «engrasar los rodillos», y nosotros engrasamos los rodillos enteros, incluyendo la parte de goma, y estuvimos toda una semana preguntándonos por qué no podíamos imprimir.
James Cooney, de la revista Phoenix, nos dió consejos técnicos que nos fueron muy útiles. Nuestro desconocimiento de la tipografía inglesa también nos hizo cometer algunos errores como mi separación, ahora famosa, de la palabra «lo-ve » en Winter of Artifice. Pero lo más importante fue que, al tener que colocar cada letra a mano, aprendí a economizar palabras y así mejoré mi estilo. Después de estar con una página durante un día, llegaba a descubrir las palabras que sobraban. Al final de cada línea me preguntaba: ¿es absolutamente necesaria esta palabra, esta frase?
Era un trabajo muy duro que requería mucha paciencia. Teníamos que componer el texto, cerrar la pesada plancha de plomo y llevarla hasta la máquina, poner después la máquina en funcionamiento y entintarla a mano. También teníamos que imprimir las láminas de cobre de las ilustraciones, montándolas primero en unos soportes de madera de una pulgada de espesor. Imprimir las láminas de cobre suponía entintar cada lámina por separado, limpiarla después de cada impresión y empezar de nuevo el proceso. Así una y otra vez. Me costó meses componer Under a Glass Bell y Winter of Artifice. Una vez que las páginas estaban impresas había que colocarlas entre unos rodillos secantes y después cortarlas, reunirlas por signaturas y juntarlas para llevárselas al encuadernador. Luego teníamos que volver a distribuir los tipos en sus cajas correspondientes.
Tuvimos problemas para encontrar un encuadernador que quisiera encargarse de tiradas tan cortas y aceptara la forma poco convencional de los libros.
Coberta de Under a Glass Bell.
Frances Steloff consintió en encargarse de la distribución y organizó una fiesta de presentación de los dos libros en el Gotham Book Mart. Los libros, una vez teminados, eran muy bonitos y en la actualidad se han convertido en ejemplares raros muy buscados por los coleccionistas.
La primera tirada de Winter of Artifice constaba únicamente de trescientos ejemplares, y en una fiesta conocí a un editor que me dijo asombrado: «No sé cómo se las arregló para llegar a hacerse tan famosa con sólo trescientos ejemplares.»
Frances Steloff entregó a Edmund Wilson Under a Glass Bell y éste publicó una crítica elogiosa en el New Yorker. Inmediatamente todos los editores estuvieron dispuestos a sacar ambos libros en ediciones comerciales.
Por aquel entonces todavía no se empleaba la palabra «underground», pero mi obra se conoció gracias a mi pequeña imprenta y al hecho de que se corriera la voz. El único handicap era que los periódicos y revistas no se ocupaban de los libros que salían de imprentas tan insignificantes y me resultaba casi imposible conseguir una crítica. La de Edmund Wilson fue una excepción. Le debo mi lanzamiento y únicamente siento que su buena acogida no se extendiera al resto de mi trabajo.
Con un préstamo del abogado Samuel Goldberg pude reimprimir los dos libros.

Anaïs Nin. «La historia de mi imprenta» («Publish-It-Yourself Handbook», 1973). A: Ser mujer (In favor of the sensitive man and other essays). Traducció de Teresa Fernández Muro. 4a ed. Debate, 1983. P. 71-73.

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dimecres, 20 de juliol del 2011

genis i companyia (i II)


Frances Steloff, 1978. Fotografia de Lynn Gilbert.

"A menudo me han preguntado qué hace que la Gotham Book Mart sea distinta de otras librerías. Un factor  es nuestra preocupación por tener libros que los clientes, de un modo natural, esperarían encontrar dentro de nuestros campos de especialización; otro es el servicio. Siempre les digo a nuestros ayudantes que nuestros clientes se desvían para venir a nosotros, a menudo dejando atrás Doubleday, Scribner y Brentano, librerías todas ellas que quedan a pocas manzanas de nosotros. A menudo, yo me sentía a disgusto cuando no teníamos los títulos que los clientes esperaban encontrar, y que tendrían que haber estado en nuestro fondo. 
Muchas veces, cuando esto sucedía, mi decepción era mayor que la del cliente.

Aparte de las revistas literarias y del gremio a las que estábamos suscritos, siempre podíamos contar con las preguntas de nuestros clientes para saber cuáles eran los mejores libros de los temas en los que estábamos especializados. Ellos eran los expertos. Solía recordar el consejo que, allá por diciembre de 1919, cuando fundé la pequeña librería en la calle 45, me dió mi viejo amigo George Mischke. Cuando le pregunté cómo sabría qué libros tener en existencia, me contestó: "No te preocupes, Fran, tus clientes te educarán", y han estado educándome desde entonces."

Frances Steloff. En compañía de genios: memorias de una librera de Nueva York. Rosa Cúbica, 1996. P. 323.


dilluns, 18 de juliol del 2011

genis i companyia (I)


 
"En el verano de 1983, poco antes de emprender un viaje a Nueva York, una amiga me recomendó encarecidamente que acudiera a una pequeña librería literaria situada, inverosímilmente, en pleno centro de la ciudad, a pocos pasos de Times Square.
La librería, que visité apenas pude, resultó ser un auténtico sueño. Sus abarrotados estantes, que a veces contenían una doble fila de libros, guardaban la más apetecible selección de literatura contemporánea que pudiera desearse, ordenada en estricto orden alfabético. En aquella época el autor de mis desvelos era James Joyce. Al principio, me ofendió seriamente ver que, llegado a la "J", no aparecíera por allí ningún libro del irlandés genial, sobre todo porque me había fijado que en una mesa, casi cubierta por una gruesa capa de papeles, había una excelente reproducción, en tamaño reducido, de la estatua que adorna la tumba de Joyce en Zurich. Creo que me faltó poco para quejarme, pero pronto di con un mueble especial rebosante de libros de y sobre el Maestro. En fin, por repetir las palabras que Frances Steloff le oyó decir a Cyril Connolly después de su primer contacto con la Gotham Book Mart: "Jamás había visto bajo un mismo techo tantos libros que me apeteciera leer". Y, sin embargo, el verdadero encanto de la librería, aquello que hacía que uno se sintiera verdaderamente a gusto en ella, no había que buscarlo sólo en la fastuosidad de su fondo. Su misma atmósfera, el aparente caos de las estanterías llenas a rebosar, el constante ir y venir de los atentos dependientes, las viejas fotografías de escritores que cubrían las paredes, le daban un aire que contrastaba gratamente con el aséptico entorno de las librerías "de cadena" de la Quinta avenida, a cuatro pasos de allí y que había visitado poco antes.

Por supuesto, durante los dos meses que duró mi estancia en Nueva York, volví muchas veces a aquella inagotable librería, y terminé por familiarizarme con cada una de las secciones. Como soy una persona tímida, y puesto que por aquel entonces mi inglés distaba de ser fluido, la verdad es que no llegué a hablar mucho con los dependientes -que, por otra parte, se guiaban por el sabio, pero lamentablemente no universal principio de dejar en paz a los clientes, a menos que éstos pidieran su ayuda- pero ello no me impidió reparar en una viejecita entrada en años que, a pesar de su avanzada edad, circulaba de un lado a otro del local con envidiable vitalidad y con aspecto de llevar las riendas de todo aquello.

Tres años después, otra escapada veraniega me llevó a la Universidad de Cambridge y a su excelente biblioteca. Buscaba cierto artículo en los tomos encuadernados de la revista norteamericana Journal of Modern Literature cuando di casualmente con un número monográfico dedicado a la Gotham Book Mart de Nueva York. Por las fotografías que ilustraban la revista supe que la viejecita hiperactiva que había llamado mi atención tres años antes no era otra que la propia Frances Steloff, la fundadora de la librería, cuyas memorias, convenientemente ilustradas, formaban el grueso de aquel número monográfico. Se trata, en efecto, del libro que el lector tiene ahora en sus manos."



Introducció de José Manuel de Prada (que també és el traductor) a: Frances Steloff. En compañía de genios: memorias de una librera de Nueva York. Rosa Cúbica, 1996.