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diumenge, 20 de febrer del 2022

llegir sempre el mateix

 

IGNACIO ECHEVARRÍA
Leer siempre lo mismo
El cultural
23|1|2022

Me entero de que un reciente estudio de la plataforma Deezer viene a concluir que la mayor parte de los aficionados deja de consumir música nueva hacia los treinta años. Lo mismo concluía un estudio algo anterior que en su momento obtuvo una amplia resonancia y que fue publicado en 2015 en la web Skynet & Ebert, bajo el título Music was better back then ("La música era mejor antes"): al parecer, pasados los treinta años se tiende a escuchar música ya conocida, con muy poco margen para los descubrimientos. Según Adam Read, editor musical de Deezer, una de las causas de esto podría ser el exceso de oferta: "Con tanta música brillante por ahí, es fácil sentirse abrumado", dice. Pero otro estudio de la revista de psicología Memory & Cognition sugiere que la razón es más bien que el consumidor permanece anclado emocionalmente a la música que descubrió durante su adolescencia y primera juventud, una etapa de la vida comúnmente idealizada por la memoria. Por su parte, Frank T. McAndrew y Cornelia H. Dudley, profesores de psicología del Knox College, en Estados Unidos, apuntaban razones biológicas: la capacidad del cerebro para hacer distinciones sutiles entre acordes, ritmos y melodías empeora con la edad, con lo que, a partir de la treintena, mucha música nos empieza a "sonar igual", o simplemente a no sonar.
La base científica de todos estos estudios es bastante cuestionable, pero traerlos a colación me sirve para compartir la pregunta que me hice cuando leí sus titulares: ¿Y por lo que toca a la lectura? ¿Cabe pensar en una ancladura semejante de los lectores en los gustos adquiridos durante la adolescencia y juventud?
El primer reflejo no deja lugar a dudas: a cualquiera se le antoja un disparate pretender que hacia los treinta años uno deja de interesarse por libros y autores nuevos, repitiendo lecturas hechas con anterioridad. Aun si elevamos el listón de la edad y pensamos en lectores de cuarenta, de cincuenta años, cuesta pensar que eso pueda llegar a ocurrir. Y sin embargo no dejan de oírse, por parte de unos y otros, persuasivos encomios de la relectura. No hace mucho que yo mismo les hablaba con entusiasmo del último libro de Vivian Gornick, Cuentas pendientes, que lleva por subtítulo Reflexiones de una lectora reincidente, y que constituye una magnífica escenificación de los aprendizajes que depara retomar lecturas del pasado.
Claro que la experiencia de la relectura tiene muy poco que ver con la que entraña escuchar de nuevo la música oída en el pasado. Las diferencias entre una y otra experiencia invitan a abismales consideraciones sobre la naturaleza de un arte y otro, sobre los muy diferentes dispositivos sensoriales, emocionales e intelectuales que ponen en marcha. Se trata, según todos los indicios, de una cuestión de complejidad. De la complejidad mucho mayor que a todos los efectos supone la lectura, así sea de un pésimo libro.
Por otro lado, ¿cabe atribuir a la edad limitaciones en la receptividad que un lector cualquiera tiene para libros escritos con lenguajes y estilos que ya no se corresponden con los de su propio estrato generacional o con los de la tradición que le es familiar? He aquí algo que merecería cierta reflexión. Como la merece a su vez, por sus implicaciones, otra pregunta: las conclusiones de los estudios mencionados, ¿tienen validez más allá de lo que toca al consumo de la música pop? ¿Son extensibles a la música "culta"?
Volviendo a la literatura, ahí están los lectores de género, que leen casi en exclusiva novela negra, o histórica, o ciencia ficción, pongo por caso. Por no hablar de los fans de determinados autores. Puede que no sea tan raro el lector más o menos atrapado en su propio bucle libresco.
¿Existirán estudios comparables a los citados, sobre los hábitos de lectura asociados a la edad?
Quizá nos lleváramos más de una sorpresa.

dilluns, 21 de gener del 2019

la mà de kafka


IGNACIO ECHEVARRÍA
La mano de Kafka
El Cultural
4|1|2019

Fue Reiner Stach, el biógrafo de Kafka, quien me lo hizo notar. Y eso que, como todos, yo había visto y observado la fotografía centenares de veces. Me refiero a la única fotografía que se conserva de Kafka y de Felice Bauer juntos. Una fotografía bien conocida, de la que suele recortarse el retrato más divulgado de Kafka, con su rostro afilado, de mirada muy intensa bajo las cejas pobladas y la oscura mata de pelo. Del contorno de la cabeza sobresalen las orejas puntiagudas, que confieren a Kafka un cierto aire de gnomo o de vampiro.
La fotografía fue tomada a principios de julio de 1917, con motivo del segundo compromiso matrimonial de Kafka con Felice, tres años posterior al primero. Stach la describe así: “Una convencional fotografía de estudio: Kafka de pie, Felice sentada en una silla que, para compensar las estaturas, o tiene la altura de un taburete de bar o está sobre una tarima. Kafka con un traje de verano claro y pañuelo en el bolsillo, corbata oscura estampada sobre camisa blanca; Felice con falda larga y blusa blanca, con un medallón sobre el pecho en el que probablemente se encuentre el retrato de Kafka, y en el regazo una cartera negra que puede que contenga novecientas coronas. Apenas se tocan, tan sólo la mano de Kafka se apoya, extrañamente doblada, en un pliegue de su falda”.
Al leer esto último busqué la fotografía para observarla de nuevo y, en efecto, ahí estaba esa mano, la mano de Kafka, una especie de garra abatida cuya posición sólo puede interpretarse como un rechazo a tocar de ninguna manera el cuerpo de su prometida. Bien mirada, esa mano subvierte la foto entera y la convierte en un inequívoco testimonio del horror que subyace a ese retrato de pareja supuestamente enamorada. La primera edición española de las cartas a Felice, publicada por Alianza, llevaba en las sobrecubiertas de sus tres volúmenes una reproducción de esta foto. Por mucho que los diseñadores no repararan en ello, no cabe comentario más concluyente a esa correspondencia.
Leyendo el tomo de las cartas de Kafka recién publicado por Galaxia Gutenberg, me vino al recuerdo esa foto, con esa mano agarrotada, al leer el siguiente pasaje de una de las cartas que dirige a su amigo Max Brod. La carta está escrita desde Riva, donde Kafka empleaba sus días de vacaciones en un sanatorio naturista. Está fechada en septiembre de 1913, justo un año después de que conociera a Felice en la casa de la familia Brod, precisamente. Dice Kafka: “La necesidad de soledad es algo autónomo, siento avidez de la soledad, la idea de un viaje de boda me espanta, cualquier pareja de recién casados de viaje, la relacione conmigo o no, me parece un espectáculo repugnante, y cuando quiero provocarme asco, sólo tengo que imaginarme rodeando la cintura de una mujer con el brazo”.
El pasaje parece un comentario avant la lettre a la fotografía de 1917. Explica muy bien la naturaleza del gesto de esa mano que se resiste a tocar de ninguna manera la cintura de Felice, amagando únicamente un contacto que se evita a toda costa.
Es imposible, una vez detectado, sustraerse a ese gesto, que transforma por completo el efecto de la foto. Ya sólo cabe mirar esa mano de chimpancé, en el extremo de un brazo larguísimo. (Uno se acuerda del Informe para una academia, cuyo protagonista es un mono amaestrado).
En los diarios y las cartas de Kafka quedan testimonios del desagrado físico que sintió desde el primer momento respecto a Felice, a la que en un principio tomó por una criada. “Nariz casi rota. Pelo rubio, algo lacio, nada atractivo. Barbilla robusta”... Su boca, en particular, con algunos dientes de oro, le producía especial aprensión. En las amorosas cartas que le dirige, rara vez comparece el cuerpo como sujeto del deseo. Entre su primer encuentro y el segundo transcurre casi medio año. Para entonces, ya le ha mandado más de un centenar de cartas en las que se hace patente que la escritura misma -escribir, escribir, escribir- es el objeto mismo del deseo. 


dimarts, 16 de gener del 2018

a propòsit dels clásicos latosos d'en kiko amat


[La prèvia. Tot ve d'aquí]

IGNACIO ECHEVARRÍA
Preferiría no hacerlo
El Cultural | El Mundo
12|1|2018

La perfecta idiotez se ignora a sí misma. ¿Un ejemplo? El título puesto por Kiko Amat a la primera entrega de su prometedora serie “Clásicos latosos”, en Babelia. Allá va: “¿Por qué estamos obligados a leer un tostón como Moby Dick?”.
Reparen, por de pronto, en la infantiloide perspectiva de quien se siente “obligado” a leer un libro, cualquiera que sea, como si se tratara de los deberes de clase. Y puesto que en términos de clase se piensa (de clase de infantes, quiero decir), la idea de que la obligación se nos impone a todos, niños y niñas, listos y tontos. 
Luego, ya de partida, ese calificativo, “tostón”, tan informal, tan de niño travieso (la gorra de béisbol con la visera al revés) que en lo que está pensando es en salir por fin al patio a corretear e intercambiar los cromos que, pasados los años, ilustrarán con estética pop su memoria sentimental, nutrida de tiras cómicas, marcianitos, teleseries, comecocos y discos ochenteros.
Si el lector, intrigado por la “desafiante” pregunta, cede a la tentación de leer la respuesta que su autor propone, descubrirá que, lejos de tratarse de una broma más o menos provocadora, el artículo constituye un serio y esforzado intento, por parte de una inteligencia miope, de desmontar el crédito que a Moby Dick atribuyen “Wikipedia y mucha otra gente, en su mayoría profesores universitarios”. Ay, esos profesores...
Y es que, jo, la novela es muy gorda, y demasiado larga. No se entiende muy bien lo que quiere decir. Además, está llena de digresiones (o como se diga) y habla de un montón de cosas que no nos interesan. El capitán Ahab es un buen personaje, vale, pero Melville no lo deja expresarse, ¡no lo deja hablar! Y lo peor de todo: la maldita ballena blanca no sale hasta el final, con lo que la travesía del libro se hace aburridísima...
Este es el nivel de argumentación del artículo, más o menos, para que se hagan ustedes una idea. 
Pero que un moderniki más o menos profesional haga ostentación e industria de su propia indigencia como lector no deja de ser excusable, o por lo menos comprensible. Lo alucinante en este caso viene a ser que la iniciativa de dedicar toda una serie a disuadir de la lectura de libros clásicos se ofrezca avalada y promovida por un suplemento cultural.
La conveniencia de incentivar y promover la lectura suele ser la razón con que suele justificarse, desde el entorno de los suplementos literarios, el escasísimo caudal de críticas negativas que éstos contienen, así como el evitamiento de toda polémica de cierto calado, como no sean las que excitan el morbo de los lectores, siempre por la vía del escándalo. Tanto más irritante resulta, siendo así, que se halague la cortedad y la molicie de los lectores más horizontales reafirmándolos en sus prejuicios más imbéciles.
“Kiko Amat hace un resumen de algunas de esas grandes obras de la literatura que seguro que ustedes no tienen intención de leer”, reza, con simpática complicidad, el sumario de la primera entrega de “Cásicos latosos”.
Con magnífica ironía, Luis Magrinyà replicaba en su cuenta de Twitter: “Fuentes fidedignas confirman que se han vuelto tan tan tan osados que los próximos clásicos latosos van a ser Corazón tan blanco, Sefarad y Bartleby y compañía”. 
Tendría sin duda mucho más interés -y bastante más riesgo, por supuesto- que el celo iconoclasta de Kiko Amat se dirigiera hacia títulos como ésos. Pues no da la impresión de que, puestos a disuadir de la lectura de según qué libros frente a otros, sean obras como Moby Dick las que reclaman este servicio con más urgencia. O quizá sí, a la vista del número incesante de libros inanes que, desde las páginas del mismo suplemento, son calificados una semana tras otra con los adjetivos más superlativos.
“¿Conviene leer los clásicos? Más aún: ¿conviene leerlos hasta el final?” He aquí la gran pregunta con que, en su cuenta de Facebook, El País promocionaba la nueva sección de Kiko Amat. 
Una de esas preguntas que retratan a quien las hace. Ya no digamos al alumno que, todo contento de sabérsela, levanta la mano para contestar.