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dimarts, 13 de març del 2018

clásicos latosos (3)


KIKO AMAT
Ni Joyce sabía de qué iba su ‘Ulises’
Babelia | El País
9|3|2018

“Hay muchas razones por las cuales la gente cree que hay libros que “deben” leerse”, afirma Mikita Brockman en Contra la lectura, “pero sospecho que (…) pueden resumirse en inseguridad intelectual, esnobismo, temores residuales de clase, egoísmo y una especie de folclore supersticioso arraigado en la tradición”. Ya ven que el concepto de “placer” está ausente del listado. El deseo voraz de leer un clásico “obligatorio” es tan raro como un antojo de escarola en plenos munchies. Uno acude a los clásicos canónicos por culpa y compromiso, sin esperanza de diversión, igual que a misa del gallo. Es una paradoja. A nadie se le ocurriría escuchar música pop para no pasarlo bien (exceptuando a los siniestros, de acuerdo). El arte, por norma general, no sirve ese fin.
Y sin embargo, aquí tienen a Ulises, la segunda novela de James Joyce. Un libro que solo puede leerse sufriendo. Y déjenme decirles, amigos míos, que (invirtiendo la máxima churchilliana) nunca tantos sufrieron tanto por tan poco.
James Joyce nació en Dublín en 1882. Sobrevolaremos raudos su biografía porque, al contrario que Herman Melville, el autor tuvo la nariz metida en libracos durante toda su vida. Solo levantó la cabeza de sus polvorientos tomos para casarse, ponerse pedo e insultar a los nacionalistas irlandeses (y luego huir del país). Sí: Joyce es el perfecto escritor para críticos. A los intelectuales de la cultura oficial les encanta dejar caer nombres como Jack London o Mark Twain, pero en realidad sienten un molesto hormigueo al pensar en el talante proletario y buscavidas de aquellos hombres de acción (y sus novelas, tan populares y divertidas).
Joyce, por el contrario, solo estudió y escribió. Era un purasangre académico, con un currículum más lineal que el de Harold, mi erizo casero (nacido en cautividad). La mayoría de cronistas le pintan como el repelente levanta-dedos de la clase, gafudo y empollón. De los jesuitas fue a la universidad y de ahí a dar clases y soltar filípicas. Ni azada, ni revólver ni inmunda escobilla de váter ensuciaron sus delicadas manos [1]. Nuestro amigo, cada vez más hogareño, bibliólatra y temeroso (de los perros, las tormentas, los caballos y tal vez incluso su ropa interior), se mudó de ciudad europea a ciudad europea, conociendo solo a los fulanos más funestos de cada destino (Ezra Amo a Hitler Pound, WB Odio a la clase obrera Yeats, el envarado Wyndham Lewis…) y, suponemos, encargando comida a domicilio para no mezclarse con la plebe. A lo largo de su vida estallaron dos guerras mundiales, pero a JJ le pillaron fuera, y saltaba el contestador (de la Gran Guerra solo comentó: “Ah, sí, he oído decir que hay una guerra por ahí”). JJ murió en 1941 en Zúrich, ciudad neutral (cómo no), de una peritonitis. Su fantasma, sin embargo, sigue atormentándonos gracias a los críticos literarios, que lo sacan a relucir cada vez que de un texto no se entiende un pijo.
Ese, por supuesto, es su principal problema (o atributo, si ustedes son críticos-con-pipa). Sí: Ulises es un galimatías, simple y llanamente. Leerlo me recordó a la cascada de sinsentidos que escupían por la calle los locos de mi pueblo: lo que los manuales de psiquiatría definen como “ideación delirante y clínica alucinatoria no coherente”. No: la coherencia o la inteligibilidad no eran su fuerte. Y asimismo hay técnica en su locura. Podríamos decir, de hecho, que esta novela es solo técnica. Mikita Brockman dijo de Finnegans Wake que “el estilo está estructurado de manera deliberada para llamar la atención sobre sí mismo”, y lo mismo puede aplicarse a Ulises. Estilo en estado puro, y a la historia que la zurzan. Después de todo solo el vulgo se interesa por cosas mundanas como sentimiento y trama.
A lo largo de 717 páginas el autor se sirve de lo que él llamaba “palabra interior” [2], así como citas, referencias clásicas, intertextualidad, parodias y sátiras (de obras ignotas), crítica literaria, el callejero de Dublín (edición siglo XIX), palabros, latinajos, jerga, exclamaciones HM (Histeria Manuscrita), palabras soeces [3] y un sinfín de figuras retóricas para construir una historia que nadie entiende. “Vivan las cosas que no hay que explicar”, cantaron aquellos, y Ulises no era una de ellas. Esta novela es como un museo de expresionismo abstracto: necesitas al guía susurrando en tu oreja todo el rato, de otro modo solo ves lienzos con vomitonas. La “palabra interior” de JJ no incluye pistas sobre las conexiones, citas o personajes que aparecen de la nada para esfumarse de igual modo, como hermanos gemelos malvados en una telenovela venezolana. El lector se halla, página tras página, con el proverbial culo al viento. Sin asideros ni faros antiniebla. Perdido, siempre perdido. Y con una jaqueca atroz.
Solo existe una forma de entender qué farfulla Joyce en Ulises, y es hincando los codos cual estudiante de medicina (¡oh, no!). El escritor recomendaba familiarizarse con La Odisea antes de atreverse con su novela, y otros críticos sugerían leer obras previas del autor como Dublineses y Retrato de un artista adolescente. Tampoco está de más, según he podido comprobar, empaparse de historia de Irlanda desde la guerra de las Galias, tener a mano un diccionario de slang antañón, un Latín-Francés-Español robusto y, a ser posible, un submarino microscópico con máquina del tiempo para viajar a 1921, al interior de la mente del autor, y así estar seguros de que no se nos escapa nada. José María Valverde, quien tradujo y anotó la edición de Lumen, llama a todo esto “apoyatura informativa”, y se apunta a la fiesta con un extenso semblante biográfico del autor, así como 25 páginas de explicación por capítulos. Nada de esto suena muy invitante. Si Joey Ramone llega a exigir que su público tuviese “apoyatura informativa” estaría aún muerto de asco en un sótano de Queens. Joyce, lejos de avergonzarse por sus demandas, se jactaba de que había escrito aquella cosa “para tener ocupados a los críticos 300 años”, y reclamaba, como un niño adicto a la atención, que el lector dedicara “una vida entera” a leer sus obras.
En todo esto no les he hablado del argumento de Ulises porque, ya lo habrán intuido, es irrelevante “como televisor en luna de miel”, que decían en Un cadáver a los postres. La novela narra un día en la vida de tres personas. Leopold Bloom es lo que Joyce imaginaba que debía ser un hombre común, pues es lícito sospechar que jamás había hablado con uno. John Carey habla por ello de la perversa “duplicidad” de Ulises: un retrato supuestamente fiel del “hombre de la calle” hecho ininteligible para ese mismo hombre (o todo para el pueblo pero sin el pueblo). Por añadidura, Joyce se mofa de Bloom: critica su plebeyo gusto lector, sus aficiones de patán. Como el pijo que lleva al Up & Down a su primo pobre de pueblo, Joyce le invita a la novela para mirarle por encima del hombro y reírse de sus J’Hayber.
Los otros dos personajes son Molly, esposa de Bloom, y el joven Stephen Dedalus (estudiante pedantuelo e insufrible, dado a declamar sin provocación previa [4]). Los tres hablan, comen, piensan y “flanean”, de un amanecer al siguiente. Ya está. No combaten contra mortífagos ni amaestran dragones, ni siquiera pequeñitos. Si a ustedes no les salen las cuentas (24 horas-717 páginas) no se preocupen, porque, como ya les he dicho, no se trata de eso. Jamás sabremos si hubo una historia ahí, debajo de las capas de erudición celulítica, pues no sobrevivió al Tratamiento Joyce: un pesticida de culteranismo y rimbombancia que mataba todo gozo y todo impulso.
Se lo ilustraré con un símil moderno: imaginen que Matt Groening decide lanzar Futurama, pero con comentario obligatorio para cada referencia cultural o histórica. Además, al empezar a grabar se vuelve loco y empieza a sonar como un cineasta estonio de arte y ensayo. Gangoso. Aquejado de una rara modalidad de glosolalia que consiste en hablar lenguas desconocidas en pentámetro yámbico. Y pongamos que Groening, ahora cineasta estonio tartamudo (acabo de decidir que lo era, además de gangoso), se cansa de comentar la serie, y sin previo aviso, a mitad de capítulo, empieza a leer el listín telefónico de Tallin, el Manual Completo de Mitos Griegos y la Biblia. Y a ratos, una lista exhaustiva de sus compañeros de estudios desde P3. Y los nombres de los padres, del claustro escolar de cada curso y de toda la AMPA. Y un nutrido bloque de bromas privadas que solo puede comprender un antiguo compañero de piso llamado, pongamos, Heino Ivanov. Fallecido. Y pongamos también que de repente Groening Cineasta Estonio Afónico (una corriente de aire traicionera había sumado afonía a la gangosez y el tartamudeo) se aburre del capítulo real, y lo apaga, dejando solo su comentario en crudo. Y el comentario se extiende durante horas, y horas, y horas, mucho más allá de los treinta minutos de metraje original, hasta tal punto que la historia nuclear desaparece por completo, y solo queda el autor, hablando para sí mismo, sin ninguna ambición de comunicar o emocionar o divertir. Solo él, allí, dando la chapa y dándose aires.
Pues bien, eso es Ulises. Pónganlo en su pipa y fúmenselo, si les van esas cosas.
Lo verdaderamente malévolo de Ulises es que es un libro inmunizado contra esa lectura en diagonal que de tantos bretes decimonónicos nos ha sacado. No hay forma de saltar las partes aburridas o sobreras o folletinescas o experimentales, pues todas lo son, a veces durante capítulos enteros. El capítulo 3, un simple paseíto de Stephen Dedalus por la playa de Sandycove, es la excusa perfecta para que Joyce nos endilgue veinte páginas de patatús lírico y “palabra interior”. De este jaez:
“Ineluctable modalidad de lo visible: por lo menos eso, si no más, pensado a través de mis ojos. Las signaturas de todas las cosas estoy aquí para leer; huevas y fucos marinos, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platazul, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano. Pero añade él: en los cuerpos. Entonces, se daba cuenta de ellos, de los cuerpos, antes que ellos coloreados. ¿Cómo? Golpeando con ellos la mollera, claro. Despacito. Calvo era y millonario, maestro di color che sanno. Límite de lo diáfano en. ¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. Si se pueden meter los cinco dedos a través suyo, es una verja; si no, una puerta. Cierra los ojos y ve”.
Les escucho carcajearse. Alguno en las últimas filas incluso ha cantado lo de Despacito en modo reguetón. Es una reacción común, no se inquieten. Quiero que comprendan que si este fragmento resulta hilarante no es porque esté sacado de contexto. Todo el libro suena así. O peor. El propio JM Valverde, con palpable desánimo, recomienda saltarse entero el capítulo 9 (una disquisición de Dedalus sobre todas las obras de Shakespeare que les acercará al concepto de eternidad) y, con la boca pequeña, añade que el capítulo 14 —escrito en forma de parodia encadenada de todos los estilos de literatura inglesa— “no deja de tener algún interés” para el lector hispano. Algún. Santo cielo, gracias por los ánimos, JM. ¿Cómo se supone que tenemos que llevar nosotros a buen puerto la lectura de este artefacto, si su fan #1 y máximo valedor casi nos está confesando que está hasta el moño de él?
Pero hay más. En el capítulo 12 entra un narrador sin nombre que luego se larga sin haberse presentado. El 17 está escrito en forma de catecismo (Joyce, sin ironía alguna, lo definió como “una sublimación matemático-astronómico-físico-mecánico-geométrico-química de Bloom y Stephen”). El 10 son diecinueve descripciones de personajes menores paseando por Dublín, sin razón aparente. Y el 18, el definitivo Fuck You al lector, es un monólogo interior sin puntuación. De cuarenta y cinco páginas.
No parece que quede mucho más que añadir. Lean Ulises si lo desean, pero sepan que en cada página encontrarán párrafos como el que sigue (les invito a leerlo en voz alta para sus amigos):
“Sus labios labiaron y boquearon labios de aire sin carne: boca para el vientre de ella. Entre, omnienventrador antro. Su boca molde moldeó aliento que salía, inverbalizado: uuiijáh: rugido de planetas cataráticos, globados, incandescentes, rugiendo allávaallávaallávaalláva. Papel”.

.................................
[1] En 1904, por eso, se presentó a un concurso de canto y ganó el tercer premio. Abandonó el escenario en plena rabieta, pues estaba en desacuerdo con algunas reglas del premio.
[2] Tuvo que inventarse un neologismo pedante para no utilizar “corriente de conciencia” o “monólogo interior”, que eran los términos aceptados.
[3] Sí: hay salacidad a destajo en Ulises. Vaginas, onanismo, ventosidades. Pero ustedes no disfrutarán nada de esto, porque está sepultado entre párrafos de jerigonza inexpugnable.
[4] Posiblemente autobiográfico.

dimarts, 16 de gener del 2018

a propòsit dels clásicos latosos d'en kiko amat


[La prèvia. Tot ve d'aquí]

IGNACIO ECHEVARRÍA
Preferiría no hacerlo
El Cultural | El Mundo
12|1|2018

La perfecta idiotez se ignora a sí misma. ¿Un ejemplo? El título puesto por Kiko Amat a la primera entrega de su prometedora serie “Clásicos latosos”, en Babelia. Allá va: “¿Por qué estamos obligados a leer un tostón como Moby Dick?”.
Reparen, por de pronto, en la infantiloide perspectiva de quien se siente “obligado” a leer un libro, cualquiera que sea, como si se tratara de los deberes de clase. Y puesto que en términos de clase se piensa (de clase de infantes, quiero decir), la idea de que la obligación se nos impone a todos, niños y niñas, listos y tontos. 
Luego, ya de partida, ese calificativo, “tostón”, tan informal, tan de niño travieso (la gorra de béisbol con la visera al revés) que en lo que está pensando es en salir por fin al patio a corretear e intercambiar los cromos que, pasados los años, ilustrarán con estética pop su memoria sentimental, nutrida de tiras cómicas, marcianitos, teleseries, comecocos y discos ochenteros.
Si el lector, intrigado por la “desafiante” pregunta, cede a la tentación de leer la respuesta que su autor propone, descubrirá que, lejos de tratarse de una broma más o menos provocadora, el artículo constituye un serio y esforzado intento, por parte de una inteligencia miope, de desmontar el crédito que a Moby Dick atribuyen “Wikipedia y mucha otra gente, en su mayoría profesores universitarios”. Ay, esos profesores...
Y es que, jo, la novela es muy gorda, y demasiado larga. No se entiende muy bien lo que quiere decir. Además, está llena de digresiones (o como se diga) y habla de un montón de cosas que no nos interesan. El capitán Ahab es un buen personaje, vale, pero Melville no lo deja expresarse, ¡no lo deja hablar! Y lo peor de todo: la maldita ballena blanca no sale hasta el final, con lo que la travesía del libro se hace aburridísima...
Este es el nivel de argumentación del artículo, más o menos, para que se hagan ustedes una idea. 
Pero que un moderniki más o menos profesional haga ostentación e industria de su propia indigencia como lector no deja de ser excusable, o por lo menos comprensible. Lo alucinante en este caso viene a ser que la iniciativa de dedicar toda una serie a disuadir de la lectura de libros clásicos se ofrezca avalada y promovida por un suplemento cultural.
La conveniencia de incentivar y promover la lectura suele ser la razón con que suele justificarse, desde el entorno de los suplementos literarios, el escasísimo caudal de críticas negativas que éstos contienen, así como el evitamiento de toda polémica de cierto calado, como no sean las que excitan el morbo de los lectores, siempre por la vía del escándalo. Tanto más irritante resulta, siendo así, que se halague la cortedad y la molicie de los lectores más horizontales reafirmándolos en sus prejuicios más imbéciles.
“Kiko Amat hace un resumen de algunas de esas grandes obras de la literatura que seguro que ustedes no tienen intención de leer”, reza, con simpática complicidad, el sumario de la primera entrega de “Cásicos latosos”.
Con magnífica ironía, Luis Magrinyà replicaba en su cuenta de Twitter: “Fuentes fidedignas confirman que se han vuelto tan tan tan osados que los próximos clásicos latosos van a ser Corazón tan blanco, Sefarad y Bartleby y compañía”. 
Tendría sin duda mucho más interés -y bastante más riesgo, por supuesto- que el celo iconoclasta de Kiko Amat se dirigiera hacia títulos como ésos. Pues no da la impresión de que, puestos a disuadir de la lectura de según qué libros frente a otros, sean obras como Moby Dick las que reclaman este servicio con más urgencia. O quizá sí, a la vista del número incesante de libros inanes que, desde las páginas del mismo suplemento, son calificados una semana tras otra con los adjetivos más superlativos.
“¿Conviene leer los clásicos? Más aún: ¿conviene leerlos hasta el final?” He aquí la gran pregunta con que, en su cuenta de Facebook, El País promocionaba la nueva sección de Kiko Amat. 
Una de esas preguntas que retratan a quien las hace. Ya no digamos al alumno que, todo contento de sabérsela, levanta la mano para contestar. 

dijous, 15 de setembre del 2016

la vida és massa curta


Libros que fui incapaz de terminar
Bibliomanía en mi menor. 18|8|2016.
Kiko Amat
Hace mucho que no me dejo recomendar libros ni por mi santa madre. Nadie acertaba, y eso que soy transparente cual vasija de delicado cristal. Pero la gente sigue empeñada en recomendarme cosas; debe tratarse de algún tipo de compulsión patológica. A veces algunos de esos pobres chiflados incluso me describían el argumento, como si fuese aquello algún tipo de incentivo irresistible. Pero esta magulladora vida me ha enseñado que mucha gente maravillosa tiene un gusto atroz (o cuanto menos no compatible con el propio) y viceversa. En el pasado, y para evitar la tabarra argumental que sin duda se avecinaba, me avine a leer novelas que me recomendaron algunos bienintencionados plúmbeos. Fue un acto condenado al fracaso. No pasé de la página 60 del intrincado, cenagoso y exasperante Vineland, de Thomas Pynchon, o el simplemente plomizo Oblomov de Iván Goncharov (en la página 58 el fulano aún no se ha levantado del diván; comprenderán que no puedo ser cómplice de una indolencia narrativa de ese calibre). Tampoco soporto Crimen y castigo, diga lo que diga todo el mundo, ni el resto de rusos barbudos. Beckett y Joyce me parecen unos latosos intolerables, como la mayoría de modernistas (menos B.S. Johnson), y un buen número de escritores del XIX (exceptuando a Wilde y Dickens) escriben como gente fallecida. Otro notable porcentaje del canon americano de los sesenta es, pura y llanamente, ilegible hoy (Mailer y Vidal son prescindibles en un 90% de su producción, además de incapaces de ocupar menos de 700 páginas por libro). ¿Y quién anhelaría hoy malgastar un mes entero de su vida leyendo a Henry James, Eugenio Oneguin o La Regenta? En serio: la vida es demasiado corta, y La montaña mágica avanza al ritmo de los grandes glaciares.


dijous, 15 de gener del 2015

sexe escrit


«1. Déu, com odio el sexe. No em malinterpretin: sóc tan entusiasta de la vella tremolor-de-genolls com el que més, però en literatura m'enerva la inclusió a canonades d'escenes de sexe, i sempre que dic això la gent em mira com si fos Rouco Varela. El que passa és que el sexe en novel·les em sembla innecessari, pompós (o groller; no sé què és pitjor) i còmic (sense voler). O sigui, ja sé el que és el sexe: "2 minuts i 52 segons de sorolls xipollejants", que va dir Johnny Rotten. Un assumpte de pur bombament hidràulic, cec frenesí i ofuscació del seny estètic: l'últim que necessito és que vingui un autor cursi a comparar-ho amb un eclipsi lunar.
2. Per fortuna, no estic sol en aquesta erotofòbia literària. Al Regne Unit, els ocellots del Literary Review han decidit premiar-multar les pitjors escenes de sexe de cada any editorial, i l'han instituït en el Bad Sex Award. Aquest dubtós trofeu es lliura des del 1993, i comparteix amb els Golden Raspberry hollywoodians la ingrata característica de ser un regal que ningú no desitja a la seva porta.
El Bad Sex Award es lliura partint d'unes coordenades prou semblants a les que els esmentava al paràgraf anterior: segons Jonathan Beckham, l'actual editor del Literary Review, es premien les escenes de sexe "1) implausibles, 2) absurdes, 3) sobreescrites o 4) inconscientment còmiques". O tot alhora. Contràriament al que vostès podrien suposar, no solen guanyar-lo pallussos analfabets amb credencials pulp; més aviat el contrari. Entre els nominats per al 2014 trobem el guanyador del Booker Prize Richard Flanagan, per The narrow road to the deep North i perles com "el que els havia mantingut separats, allò que havia restringit els seus cossos abans, ara havia desaparegut. Si la terra girava, ara va vacil·lar, si el vent bufava, va esperar. Mans van trobar carn; carn, carn". També el famós escriptor Haruki Murakami i la seva novel·la Colorless Tsukuru Tazaki and his years of pilgrimage han estat seleccionats, sens dubte per la frase "el seu pèl púbic estava tan humit com una selva tropical"; entre d'altres febles ximpleries.
Un altre cavall favorit és Wilbur Smith i la seva novel·la Desert God (va primera en les enquestes de The Guardian), per la frase (agafin-se): "Aquella cortina ondulant no cobria els seus pits, que empenyien a través seu com uns éssers vius. Eren rondes perfectes, blanques com la llet d'euga, i la punta dels mugrons de robí es van frunzir quan la meva mirada va passar per damunt d'ells. El seu cos no tenia pèl. Les seves parts pudendes també estaven totalment desproveïdes de pèl. Les puntes dels seus llavis interns sortien tímidament per la clivella vertical. La dolça rosada de l'excitació femenina brillava sobre ells". Ha ha ha. "La dolça rosada de l'excitació femenina"? Quina mena de reperfumat tros de gelea errant és capaç d'escriure res tan melindrós?
Com bé es poden imaginar, no tothom es pren la seva nominació amb generositat i elegància. Sebastian Faulks, Mr. Tinc-una-escombra-allotjada-al-meu-recte (a més de ser el paio amb el pentinat jewfro més grotesc de la literatura anglesa) es va posar fet una autèntica fera. I això que havia engiponat perles com "mentrestant les seves oïdes es van omplir amb el so d'un panteix suau però frenètic, i va passar algun temps abans que ella no l'identifiqués com a propi", i l'inoblidable "això és tan meravellós que sento que podria desintegrar-me, podria trencar-me en mil fragments". Tom Wolfe el va guanyar l'any 2004 per la seva genuïnament putrefacta Sóc la Charlotte Simmons —que, ves per on, jo vaig criticar en aquest suplement— i va ser un dels pocs que han declinat la invitació. Anys després, el 2012, tornaria a ser nominat. Per Bloody Miami. I per petard.
I el 2014, sento que pregunten? Finalment el va aconseguir Ben Okri, l'autor nigerià, pel seu The age of magic i aquest fragment en concret: "Quan la seva mà va fregar el seu mugró, va activar un interruptor i ella es va encendre. Ell va tocar el seu ventre i la seva mà semblava que cremés a través d'ella. (...) Ell prodigava tocs indirectes al seu cos, i sensacions agredolces van inundar el seu cervell". Sensacions agredolces. Al seu cervell? Seria un ictus, Okri.»

Kiko Amat. «Sexe fotut». La Vanguardia. Cultura|s, p. 22.