
El 1895 el Marquès de Queensberry, creador de les regles que encara en l’actualitat regeixen la boxa, enfurismat pels rumors de la relació del seu fill Lord Alfred Douglas amb el dramaturg irlandès
Oscar Wilde, acusà aquest de “donar-se aires de sodomita”. Quan Wilde va decidir que no podia ignorar la provocació, i que havia de portar Queensberry davant la justícia per difamació, el Marquès, com a venjança, va recórrer tot Londres per fer una llista de nois joves disposats a testificar contra Wilde. Malgrat conèixer l’existència de la llista, Wilde va portar el seu cas endavant. La seva denúncia particular va fracassar al cap de dos dies i el mateix Wilde va haver de respondre a una acusació pública d’acord amb la Secció 11 de la Llei Orgànica de Judici Criminal de 1886, la qual havia convertit en delicte criminal els “actes d’indecència greu” entre homes.
El 19 de maig de 1897, després de dos anys de presó, Wilde va ser alliberat. Va marxar de seguida a l’estranger i no va tornar més a Anglaterra fins a la seva mort el 1900.
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Lunes noche
29 de abril de 1895
Prisión de Holloway
Mi más querido muchacho,
Esta carta es para garantizarte mi inmortal, mi eterno amor. Mañana todo habrá concluido. Si prisión y deshonor son mi destino, piensa que mi amor por ti y esta idea, esta aún más divina fe, de que me amas recíprocamente, me sostendrán en mi desgracia y me harán capaz, espero, de soportar mi aflicción con más paciencia. Puesto que la esperanza, o mejor aún la certeza, de encontrarte de nuevo en alguna parte es la meta y el estímulo de mi vida presente, ¡ah!, debo continuar viviendo en este mundo precisamente por eso.
El querido ---------vino a verme hoy. Le he dado varios mensajes para ti. Me dijo algo que me tranquilizó: que a mi madre nunca le faltará de nada. Yo me he encargado siempre de su mantenimiento, y pensar que pudiera padecer privaciones me habría hecho muy desgraciado. En cuanto a ti (gentil muchacho con un corazón como el de Cristo), en cuanto a ti, tan pronto como hayas hecho lo que tengas que hacer, te ruego vayas a Italia y recobres la calma, y escribas esos deliciosos poemas que haces con tan rara perfección. No te expongas solo a Inglaterra por ninguna razón, sea la que fuere. Si un día, en Corfú o en alguna isla encantada, hay una casita en la que podamos vivir juntos, ¡oh!, la vida sería más dulce de lo que nunca ha sido. Tu amor ha abierto las alas y es firme, tu amor viene a mí atravesando los barrotes de mi prisión y me conforta, tu amor es la luz de todas mis horas. Los que no saben lo que es el amor, escribirán, lo sé, si el hado nos es adverso, que yo he ejercido una mala influencia en tu vida. Si eso dicen, escribirás o podrás decir a tu vez, que no es así. Nuestro amor siempre ha sido hermoso y noble, y si yo he sido el blanco de una terrible tragedia, ello ha ocurrido porque la naturaleza de nuestro amor no ha sido entendida. En tu carta de esta mañana me decías algo que me ha dado valor. Necesito recordarlo. Escribías que era mi deber contigo y conmigo mismo vivir a despecho de todo. Pienso que es verdad. Lo intentaré y lo conseguiré. Te ruego que tengas siempre informado a Mr. Humphreys de tus movimientos, pues así cuando él venga podrá contarme lo que estás haciendo. Parece que a los abogados se les permite ver a los presos con bastante frecuencia. De este modo podré comunicarme contigo.
¡Estoy tan feliz de que te hayas ido! Sé lo que ha debido costarte. Hubiera sido una agonía para mí saber que estabas en Inglaterra cuando tu nombre era mencionado en el tribunal. Espero que tengas ejemplares de todos mis libros. Todo lo mío se ha vendido. Alargo hacia fuera mis manos buscándote. ¡Ojalá viva para tocar tu pelo y tus manos! Sé que tu amor cuidará de mi vida. Si muriera, deseo que vivas una amable y tranquila existencia en algún lugar, con flores, cuadros, libros y mucho trabajo. Intenta que sepa de ti pronto. Te estoy escribiendo esta carta en medio de gran sufrimiento; todo un largo día en el tribunal me ha agotado. Queridísimo muchacho, el más dulce entre todos los jóvenes, el más amado y el más amable. ¡Oh! ¡Espérame! ¡Espérame! Soy, como siempre desde el día en que nos encontramos, devotamente tuyo y con inmortal amor.
Oscar