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| Murillo design. Atlas Culinary Adventures. 2004. |
Cocino todos los días. Es una tarea que me relaja y me permite pensar. Pienso mientras pico los ajos y el perejil. Pienso y me desahogo triturando el tomate. Pienso y lloro pelando las cebollas. Cocino en silencio, en aparente silencio, pero dentro de mí hierven los pensamientos.
Uso la tabla para trocear las verduras y las carnes. Poseo una buena colección de cuchillos. Me atrae el sonido de los cuchillos atravesando las piezas y el ruido tosco del filo contra la madera. Me convierto en asesino y no me detiene ninguna razón humanitaria. Reviento la pieza con el cuchillo como si fuera el cuello de la víctima. Así imparto la ley en mi cocina.
Nunca dejo el fuego para atender otros quehaceres. El buen cocinero, como el capitán de un barco, jamás abandona la nave. Además, los guisos necesitan vigilancia constante, porque de lo contrario se evaden, se disuelven o se queman.
La cocina requiere imaginación, valentía y paciencia. Las revoluciones no se preparan en unas horas. La venganza se sirve en plato frío. El menú de los sentimientos tiene una carta amplia y variada.
La carne va dorándose lentamente tras el cristal del horno y tras el vidrio agoniza la tarde. Cocinar, a veces, también provoca melancolía. Pero no consigo evitar que invadan mi cabeza macabros pensamientos. Y ahora es otra vez la carne del enemigo la que sufre dentro del horno.
Me gusta trabajar a solas en la cocina. A veces soporto un pinche a mi lado, alguien servil y prudente que me ayude con discreción. Odio el ruido, las voces, la falta de respeto a los sentimientos.
José Antonio Garriga Vela. "El cocinero". A: Poesía a la carta: la gastronomía en el arte y la literatura. Revista Litoral, núm. 241. P. 62.
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P.S.: Fa molt de temps, pels bars de Gràcia corria una fórmula eficaç per a posar fi a les converses pretesament intel·lectuals (i pesades, i rotllo) dels estudiants de filologia. No me enorgullesco de los libros que he leído, sino de mis lentejas con choriso, va fer fortuna, però no em va reportar mai ni fama ni un duro ni res. Ni una trista canya. Sí, és meva, i, a banda, ben veritat, perquè les meves llenties amb xoriço -mal m'està el dir-ho- són de traca i mocador. I ara no me'n sé avenir, que se'm fa molt estrany haver passat quasi dos anys en aquesta casa i encara és hora que trepitgi la cuina. No se'n parli més, a partir d'ara (i de tant en tant) us cridaré a taula. La cosa anirà del que he menjat mentre llegia.