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dimarts, 29 de març del 2022

llegir als llibres

 


Colson Whitehead. El ferrocarril subterrani. Traducció d'Albert Torrescasana. 4a ed. Edicions del Periscopi, 2018. P. 302-303.

dilluns, 28 de març del 2022

el ferrocarril subterrani en 1'15''

 


El ferrocarril subterrani. Una novel·la brutal sobre l'esclavitud.
Tot el temps del món. 19|3|2018


dissabte, 26 de març del 2022

el ferrocarril subterrani: la sèrie


Allau
Estacions de la creu
The daily avalanche
14|7|2021

Sense cap dubte una de les sèries més potents de la temporada ha estat «The Underground Railroad» (Amazon), l’adaptació de la guardonada novel·la de Colson Whitehead que ha fet Barry Jenkins. Es basa en la xarxa solidària que va existir durant el segle XIX per facilitar la fuga de la gent que volia escapar de l’esclavatge. Però en lloc de fer-ne una crònica realista, en la versió de la novel·la l’organització d’ajuda als fugitius esdevé una xarxa de ferrocarril subterrani amb els seus conductors, els seus revisors i els seus guardabarreres.
Cora Randall (interpretada per la sud-africana Thuso Mbedu) escapa dels abusos que pateix a una plantació de Georgia i va passant per diversos estats sudistes on anirà trobant diverses formes d’opressió, que van des del bon tracte que oculta un pla d’esterilització generalitzada fins al pur genocidi. Paral·lelament un caçador d’esclaus (Joel Edgerton) anirà seguint la pista de Cora per retornar-la al seu amo.

No cal dir que aquesta és una sèrie molt dura, plena de dolor i de violència, però també amb moments de surreal bellesa. No endebades adapta i dirigeix Barry Jenkins, un director preciosista que ja ens va regalar «Moonlight» i «If Beale Street Could Talk». Gràcies a ell, el perillós relat metafòric —un recurs que pot convertir discursos seriosos en un pur aparador— roman ben punyent i carregat del poder de la història compartida, visualitzada sobre tot en àmplies panoràmiques de tota mena de ciutadans de color. Per subratllar encara més que ens trobem davant d’una obra d’autor, els 10 capítols oscil·len en la seva durada des dels 17 als 77 minuts, presenten una retolació agressiva i s’acompanyen de ràfegues de música negra contemporània. 

Veient «The Underground Railroad» és fàcil deduir que la novel·la en la qual es basa ha de valer molt la pena. De fet, quan en Xexu la va valorar molt positivament, em vaig prometre llegir-la. Ara que a casa ja hi és el llibre crec que ha arribat el moment. Mentrestant, per a tots aquells que no els espanti el mal trago, crec que la sèrie és de les més corprenedores que es poden trobar a la tele. 

 

Llegiu també ---> 'El ferrocarril subterrani' i la ferida fundacional americana. Joan Safont. El Nacional. 8|6|2021.




dijous, 24 de març del 2022

conversa amb colson whitehead

 

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CCCB

Colson Whitehead
Conversa amb l'autor d’«El ferrocarril subterrani»
L'escriptora Llucia Ramis conversa amb l’escriptor novaiorquès Colson Whitehead, autor de sis novel·les i de diverses obres de no ficció, que va debutar el 1999 amb The Intuitionist. Whitehead presenta la novel·la El ferrocarril subterrani (Literatura Random House i Edicions del Periscopi, 2017).  El ferrocarril subterrani narra la fugida d’una esclava de la plantació i el seu periple per diferents estats del sud dels Estats Units a bord d’un tren al·legòric que fa referència a la xarxa clandestina que ajudava a fugir els esclaus durant el segle XIX.
Amb aquest relat sobre la violència de l’esclavitud i el drama de la fugida, ha revolucionat l’escenari literari nord-americà. Ha obtingut, entre d’altres, els prestigiosos premis National Book Award 2016 i Pulitzer d’obres de ficció 2017, i ha esdevingut un dels pocs llibres mereixedors de totes dues distincions.També li ha valgut el reconeixement unànime dels llibreters independents del país, que li han atorgat l’Indies Choice Book Award 2017 al millor llibre de ficció per a adults de l’any.
19 octubre 2017

 

dimecres, 23 de març del 2022

el ferrocarril subterrani (els fets, no la novel·la)


JAUME PI
La Vanguardia | Historia y vida
1|11|2020


‘Swing low, sweet chariot / coming for to carry me home’ (Muévete suave, dulce carruaje, que vienes para llevarme a casa). La letra de este tradicional espiritual negro –que han versionado innumerables músicos, desde Louis Armstrong hasta Eric Clapton– parece evocar el deseo humano de ser salvado y portado hacia el paraíso. Sin embargo, tras este aura religiosa se escondió durante años un particular código secreto que miles de esclavos afroamericanos emplearon para escapar de las garras de sus dueños. En ésta y en otras muchas piezas del repertorio góspel estadounidense permanece hoy el legado de aquellas rutas clandestinas, a las que se conoció popularmente como el ferrocarril subterráneo.

El nombre no se explica sólo por la coincidencia en el tiempo con el desarrollo de las primeras líneas de tren en los EE.UU., sino porque tanto fugitivos como cómplices utilizaban jerga ferroviaria para lograr un único propósito: la libertad. El ferrocarril era la ruta de escape, como pasajeros eran los esclavos que huían; maquinistas, aquellos que les guiaban o daban ayuda durante la evasión, y estaciones, las casas de acogida donde podían hacer parada y recibir nuevas instrucciones para retomar el camino. Fue una red multirracial, donde blancos y negros del norte colaboraron estrechamente para liberar a entre 30.000 y 100.000 esclavos, según las estimaciones. El lugar de origen de todos ellos era el sur esclavista; mientras que el destino, primero fue el norte de los EE.UU. y, posteriormente, Canadá.

Las huidas de esclavos se remontan a los mismos inicios de la esclavitud en América. Sin embargo, las primeras redes organizadas para ayudarles a escapar arrancan a finales del siglo XVIII, en unos EE.UU. que apenas daban sus primeros pasos como nación independiente. Se suele a citar al filántropo Isaac Hopper como el pionero de un ferrocarril que aún no tenía este nombre. Hopper era cuáquero, abolicionista y de Filadelfia, tres de las características que conservaron muchos de los que le siguieron en su iniciativa. El credo cuáquero siempre se caracterizó por su igualitarismo radical y su activismo, y además estuvo estrechamente ligado al ascenso del movimiento abolicionista en los EE.UU. Por otra parte, la ciudad de Pensilvania fue el principal centro donde se coordinaron durante décadas las redes del ferrocarril.

Ya en los años veinte del siglo XIX comenzó a configurarse y sofisticarse la red, en paralelo al incremento considerable de fugitivos. Mientras los estados del norte iban aboliendo la esclavitud, los del sur precarizaban todavía más las condiciones de los afroamericanos. No solo se trataba de falta de libertad y de malos tratos; el mayor desencadenante de las huidas fueron las crueles prácticas asociadas al tráfico interno. Las madres perdían a sus hijos en subastas públicas en las que hombres y mujeres eran tratados como meras reses. Los dueños se desprendían de sus propiedades simplemente cuando necesitaban dinero o cuando ya no les eran útiles, y además fueron habituales los secuestros para la reventa en el mercado negro –no por casualidad se llama así a la venta ilegal de bienes–. En el norte, las asociaciones abolicionistas ganaban enteros, y entonces, con la ayuda de negros libres y de los primeros fugitivos, trazaron las primeras grandes rutas del ferrocarril.

A grandes rasgos eran dos: la ruta del este y la del oeste. La primera partía de los estados de Georgia, las Carolinas y Virginia y el destino final eran las emergentes ciudades de la costa atlántica, en especial Filadelfia. La segunda tenía como origen las plantaciones de los estados del profundo sur, Luisiana, Alabama y Misisipi, para llegar a Ohio e Indiana siguiendo el curso del río Ohio. Curiosamente, la primera gran ruta conocida no fue ninguna de estas dos. El matrimonio formado por Levi y Catherine Coffin, blancos y también cuáqueros, fijaron su casa, en un pueblo del centro de Indiana, como estación central de un itinerario que partía desde Carolina del Norte. Se calcula que entre 1826 y 1847, más de 2.000 esclavos pasaron por su finca para escapar de la esclavitud, la mayoría rumbo a Canadá.

Escaparse de la esclavitud era una empresa difícil. Aunque unos pocos pudieron emplear el tren o el barco, a la mayoría de fugitivos les esperaba un largo viaje de 800 kilómetros a pie o en carro. Tenían que viajar de noche, en grupos pequeños y no siempre contaban con guías. En estos casos se orientaban tomando como única referencia la estrella polar. Los riesgos eran muy altos y fueron en aumento conforme el éxodo se hizo mayor. Los periódicos del sur publicaron anuncios ofreciendo cuantiosas recompensas para capturar a los fugados. Los campos y bosques se llenaron de cazadores. De hecho, matar a un esclavo no era delito y las penas eran muy altas contra aquellos que les ayudaran en la huida.

Todo ello hizo sofisticar los métodos de escape. Las rutas se alargaron para tratar de despistar a autoridades y cazarrecompensas. No solo las canciones eran un código secreto; se cuidaban todos los detalles para no levantar sospechas. Maquinistas y pasajeros apenas podían hablar, y los miembros de la red clandestina se conocían entre sí por seudónimos.

De esta manera, el ferrocarril funcionó a toda máquina durante décadas. William Still, un esclavo que logró escapar cuando apenas era un niño, se convirtió en una de las grandes figuras de la organización. Desde su estación central en Filadelfia, se calcula que ayudó a más de 800 esclavos a escapar, a veces a un ritmo de 60 al mes. Su caso es especialmente particular porque cuando descubrió que había ayudado a liberar a su propio hermano, se esforzó en documentar sistemáticamente toda la información de los fugitivos. Pese a que rompía la norma de mantener el secretismo, Still tenía claro que ésta era la única manera de ayudar a reunir a familias separadas. Tras la Guerra Civil estadounidense, Still pudo publicar los registros en un libro que todavía hoy es una de las mejores fuentes de las actividades del ferrocarril subterráneo.

El grupo que encabezaba William Still en Filadelfia obtuvo prestigio con un caso muy particular. Se trató del que protagonizó Henry Box Brown. Su apodo no era casualidad: el joven Brown había logrado escapar escondiéndose en una pequeña caja de madera –un envío postal– en la que se mantuvo encerrado más de 24 horas viajando en tren, carro y ferry. La imagen de Brown saliendo de la caja se publicó en muchos medios de todo el norte y se popularizó rápidamente. El fugitivo se convertiría en un importante activista e incluso dio conferencias sobre su caso. Brown fue el primer liberado mediático de la época.

La popularidad de este caso y el éxito del movimiento abolicionista en el norte provocaron el contraataque del sur esclavista. En 1850, un Congreso estadounidense dominado por los sudistas aprobó la Ley de Esclavos Fugitivos, que obligaba a todos los estados a devolver los esclavos a sus dueños. Los fugitivos podían ser buscados por todo el territorio de los Estados Unidos, lo que provocó que los cazadores camparan a sus anchas e incluso secuestraran con impunidad negros libres para ser esclavizados. La norma permitía además a las autoridades federales emplearse más a fondo en la búsqueda de fugitivos, lo que también facilitó las delaciones. La ley provocó altercados graves en el norte, como el que protagonizaron un grupo de negros libres y esclavos fugados en Christiana, Pensilvania, y que acabó con la imputación de 41 personas por parte del gobierno de Washington por un delito de traición.

La principal consecuencia de esta ley fue la extensión del ferrocarril, cuyo principal destino pasaría a ser ahora Canadá, un país donde no existía la esclavitud desde 1793. Los afroamericanos se asentaron en el suroeste del Estado de Ontario, en torno a la emergente Toronto. Se calcula que migraron unas 40.000 personas llegadas mayoritariamente desde las grandes ciudades del norte estadounidense Boston, Pittsburgh y Nueva York. Cruzaban las espectaculares cataratas del Niágara y alcanzaban lo que denominaban la "tierra de la libertad", y lo hacían a pesar de que los esclavistas hicieron circular numerosas historias inventadas sobre las terribles condiciones climáticas y culturales del país vecino.

Y para llegar a la tierra prometida hacía falta un Moisés, y más entre una comunidad profundamente religiosa como era la afroamericana en aquel entonces. Una mujer, Harriet Tubman, cumplió ese papel. Apodada precisamente Black Moses, se la considera la figura más carismática de aquella red clandestina. Nacida esclava con el nombre de Araminta Ross, logró escapar en 1849 pero, una vez libre, no dudó en ponerse en riesgo y regresar hasta 13 veces a su Maryland natal para guiar a esclavos hacia Canadá. Ella misma relató esos peligrosos viajes que emprendió durante 8 años y las estrategias que seguía para burlar a sus perseguidores. Logró ayudar a casi un centenar de personas y siempre presumió de no haber perdido ni un solo pasajero. No contenta con su éxito como astuta conductora, más tarde colaboraría con el abolicionista John Brown, que abogaba por la lucha armada contra la esclavitud, y se implicaría a fondo en el bando unionista durante la Guerra Civil, haciendo incluso labores de espionaje. En los últimos años de su vida (murió en 1910), aún tendría tiempo de enrolarse en el movimiento sufragista.

Figuras como Harriet Tubman, William Still, el matrimonio Coffin y tantos otros configuraron así el primer movimiento multirracial en pro de los derechos civiles de los EE.UU., un claro antecedente del que lideró Martin Luther King o el actual Black Lives Matter. Un ejemplo más que nos da la historia de un enorme entramado ilegal que luchó, sin embargo, por la causa de la libertad.


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dilluns, 21 de març del 2022

amb la cora, cap al nord



ROBERT SALADRIGAS
Amb la Cora, cap al nord
Cultura|s
La Vanguardia
16|9|2017

Sona a coincidència inquietant que en els últims temps el biliós Trump ocupi el cim del poder occidental, que fa poc s’hagin produït als carrers de Charlottesville desafiadors i arriscats actes de supremacisme blanc i que aquest any el Pulitzer de novel∙la i el National Award, els dos premis més importants dels Estats Units dedicats a la ficció, hagin recaigut en un afroamericà anomenat Colson Whitehead (Nova York 1969) per la seva sisena i darrera novel∙la, El ferrocarril subterrani, una obra de pes que resquita de l’oblit i transforma en motiu d’actualitat el vell i dolorós flagell de l’esclavitud que la gent negra d’Amèrica va patir en el més profund de la carn i l’esperit entre el segle XVIII i l’abolició oficial, el 1865, del dret de propietat de blancs rics sobre negres pobres i engrillonats. N’hi ha prou amb revisitar literàriament aquell infern a la terra perquè un se senti el cor esmicolat en mil bocins.
Què suposa la suma de casualitats? El conjunt significa alguna cosa? El que sí que haig de dir és que, mentre estava absort en les pàgines d’El ferrocarril subterrani –la fuga d’una esclava, la Cora, d’una plantació del sud cap al nord alliberador–, no m’ha estat possible desprendre’m d’un record que conservo molt viu. És una història que arrenca el 1831, abans de la guerra de secessió americana, quan a la comarca de Tidewater, Virgínia, es produeix l’única temptativa de rebel∙lió protagonitzada per esclaus negres. El líder era un predicador d’uns trenta anys anomenat Nathaniel Turner, una mescla explosiva d’odi i revenja racial, fanatisme religiós i visions al∙lucinants de la  paraula divina. De tot plegat en va quedar un fullet de vint pàgines amb el títol The confessions of Nat Turner, dictat per ell mateix al seu advocat a la presó i aparegut  a Baltimore. Aquest valuós material va servir al novel∙lista, també de Virgínia, William Styron (1925-­2006) per confegir una formidable autobiografia imaginària de l’esclau rebel sota el mateix títol del fullet original, Las confesiones de Nat Turner, amb la qual va obtenir el premi Pulitzer del 1968 i avui dia, mig segle més tard, continua sent un text esplèndid –al costat del cèlebre document clàssic de Linda Brent Incidencias en la vida de una joven esclava (1861)– sobre les complexitats del conflicte socioracial nord­americà més greu i ignominiós, i un referent constant per a tots els que vam tenir la fortuna de llegir-­lo al seu moment i quedar enamorats de la seva mestria.
Cito Styron com a antecedent, malgrat ser blanc, de la mateixa manera que crec que en alguna mesura ho són autors militants de la negritud com ara Richard Wright, Ralph Ellison, James Baldwin, Langston Hughes o TonMorrison. Sigui com sigui, temo que els hipotètics vincles els haurà d’establir cada lector sense perdre de vista una cosa que sembla indiscutible: Colson Whitehead és tan sols tributari de si mateix.
Per exemple: l’impulsora de la narració és sens dubte la jove esclava Cora, gairebé una nena dels camps de cotó de Virgínia propietat de Randall i els seus malvats fills, però amb encert Whitehead, després d’escriure aquest breu i revelador paràgraf introductori, “la primera vegada que en Caesar va proposar a la Cora que fugissin al nord, ella li va dir que no”, dedica el primer capítol a l’Ajarry, l’àvia de la Cora que va solcar l’oceà en un vaixell negrer, va desembarcar en territori confederat, va ser revenuda nombroses vegades, va donar a llum fills de diversos homes i ella va ser l’origen de tot. Després va venir la mare de la Cora, la Mabel, que cal suposar que va aconseguir fugir de les urpes de Randall però de la qual no es va saber res més; més tard, descrita amb pèls i senyals la vida infrahumana de la plantació i la seva incidència beneficiosa en el progrés econòmic del sud, arriba el moment en què la Cora accepta l’oferiment d’en Caesar i fugen plegats de l’infern enfrontant-­se a l’amenaça del més horrorós i inimaginable dels càstigs en el cas de ser capturats.

Fins aquí la novel∙la de la fugida els capítols o episodis de la qual relacionen terres (Geòrgia, Carolina del Sud, Carolina del Nord, Tennessee, Indiana) amb noms de personatges (en Caesar, la Mabel, Ridgeway, el tenaç caçador d’esclaus, l’Ethel, Stevens). Seqüències d’una novel∙la ferotgement realista, històrica, expressada amb un llenguatge simple i directe, que no li impedeix d’abordar els conceptes de raça i justícia social, d’esclavitud i capitalisme. Ara bé: què era l’entitat abolicionista “ferrocarril subterrani” segons la imaginació de Whitehead? Doncs una realitat absurda: estricta ficció; símbol; metàfora. Entre aquells extrems es desplaça el relat i ve induït a desplaçar-­se el lector desconcertat, anguniejat per la terrible història que se li explica sobre l’aliança de l’ordre capitalista amb l’arrogància sense límits del supremacisme blanc. Quant hauria de viatjar la Cora i cap a on del món d’avui per deixar enrere l’esclavitud? |

 




dimecres, 16 de març del 2022

colson whitehead: de sobte, un miracle


ENRIQUE DE HÉRIZ
Colson Whitehead: de sobte, un miracle
elPeriódico
12|9|2017

'El ferrocarril subterrani' sembla una novel·la més sobre l'experiència de l'esclavitud però un miracle porta el llibre a un territori transcendent

Comencem a Geòrgia, a la plantació dels germans Randall. Coneixem Ajarry, esclava traslladada d’Ouidah, port de sortida dels primers vaixells negrers a la costa de l’actual Benín; seguim amb la seva filla Mabel, nascuda a la plantació, per arribar a Cora, la neta, que serà la protagonista. Fins aquí, una saga d’esclavituds que ens sembla haver llegit altres vegades: ens resulta en part coneguda, malgrat la bellesa terrible de l’escriptura i l’horror innegable del que es relata.
Quan Cora decideix acceptar el repte d’acompanyar Caesar, un jove esclau que s’ha proposat fugir de la plantació, s’afegeix a la clàssica novel·la d’esclaus una variant, més clàssica encara, de relat d’aventures. Totes dues novel·lades amb intel·ligència, ritme i un gust exquisit. Totes dues, no obstant, a punt de sucumbir a la impossible comparació amb 'Beloved', la novel·la seminal de Toni Morrison. De sobte, un miracle. Un miracle doble: l’existència del ferrocarril subterrani salva la vida de Cora al mateix temps que, portant-la a un territori literari valent, enginyós i inesperat, salva també la novel·la i la situa en una categoria molt més transcendent del que insinuava fins llavors.
Realitat i ficció
El ferrocarril subterrani era el nom d’una xarxa d’abolicionistes clandestins que ajudaven els esclaus a fugir cap als estats lliures del nord i el Canadà. Whitehead aprofita l’existència real d’aquesta xarxa per traçar un viatge oposat al que se li suposa a qualsevol novel·lista. Si la ficció persegueix, generalment, arrencar sentits metafòrics de la realitat, ell es proposa exactament el contrari: traduir una metàfora en realitat literal. Cora i el seu company de fugida recalen en una granja on un còmplice els convida a obrir una portella darrere de la qual existeix, de manera física i indiscutible, el ferrocarril subterrani. A aquestes altures, la veu de l’autor ha assolit al llarg de les pàgines anteriors la solvència i l’aplom suficients per assenyalar una paret i dir-nos: «Vet aquí un ferrocarril.» I nos-altres hi pugem. 'Chapeau'.
Whitehead –que no casualment ha basat la seva meritòria carrera prèvia en l’exploració i la barreja de gèneres tan diversos com la novel·la històrica i el relat de zombis– porta Cora, amb l’excusa del ferrocarril, per un viatge que en cada estat, en cada estació, ens mostra una vinyeta diferent de l’horror fundacional dels Estats Units. La magistral Cora –pària entre els pàries, dona a més, menyspreada fins i tot pels seus– té un contrapunt salvatge en Ridgeway, un caçador de recompenses que es dedica a perseguir esclaus, un altre personatge sòlid, eficaç, ben descrit.
Whitehead demostra un fabulós domini de l’ofici. No és casual que 'El ferrocarril subterrani' obtingués un envejable doblet de premis: Nacional i Pulitzer. Tampoc deu ser casual que per aquestes mateixes pàgines, i sota aquesta firma, hagin passat en pocs mesos obres que –com 'Tornar a casa', de Yaa Gyasi, o 'El venut', de Paul Beatty, totes dues beneficiades també amb els premis més prestigiosos– apuntaven a noves perspectives literàries sobre la plaga de l’esclavitud. Potser és perquè els clarobscurs del present ens assenyalen en quin mirall del passat ens hem de mirar.


dilluns, 14 de març del 2022

un ferrocarril terrible i espectacular


PERE ANTONI PONS
Un ferrocarril terrible i espectacular
Arallegim
16|9|2017

Els premis no són ni una broma ni una pantomima mercadotècnica en el sistema literari nord-americà. Si una novel·la és guardonada amb el National Book Award del 2016 i amb el Pulitzer del 2017, com ha sigut el cas d’El ferrocarril subterrani, els lectors tenen la garantia que, més enllà dels gustos de cadascú, es tracta d’una obra especial. Basta recordar que l’insòlit doble honor que ha sigut concedit a la sisena novel·la de l’afroamericà Colson Whitehead (Nova York, 1969) té poquíssims precedents, entre els quals hi ha títols de gegants com Faulkner i Updike. Deixem-ho córrer, però, perquè parlar de premis en la ressenya d’una novel·la que tracta d’una manera tan dura, honesta i imaginativa el tema de l’esclavitud té alguna cosa d’indecent. Una influència clara en la literatura de Whitehead són Toni Morrison i les seves novel·les corals sobre la tragèdia col·lectiva dels negres americans. Whitehead es fa seu el realisme màgic, o oníric, o un punt al·lucinat, entre la sofisticació de la narrativa postmoderna i la fluïdesa visceral de l’oralitat, entre el document verídic i el mite. Amb tot, la manera com Whitehead aborda el passat dels Estats Units i en redibuixa des de la ficció alguns aspectes per complir millor els seus propòsits remet més aviat a E.L. Doctorow i a les seves versions alternatives de la història.
El ferrocarril subterrani és el nom amb què es coneixia una extensa xarxa de rutes secretes, de refugis i de persones (abolicionistes i lliberts) que, entre finals del segle XVIII i fins als anys 60 del XIX, va ajudar milers d’esclaus negres a escapar-se dels estats del sud i a arribar fins als estats del nord o al Canadà. Whitehead reconstrueix aquella heroica xarxa antiesclavista, però ho fa convertint en real el figurat ferrocarril subterrani, amb la seva locomotora i els seus vagons, amb les seves estacions amagades i els seus túnels quilomètrics. L’agosarada invenció de donar una entitat física al ferrocarril permet a l’autor escapar-se del realisme cruel i inhumà de la història –el brutal sotmetiment sofert pels negres a mans dels blancs– i fer incursions alliberadores en el gènere de la faula i en les seves possibilitats simbòliques. 
La protagonista de la novel·la és una esclava jove, la Cora. En la seva memòria familiar i íntima hi ha condensat tot el dramatisme de la seva condició. Neta d’una esclava robada de l’Àfrica, filla d’una esclava de la qual no ha sabut res més des que va intentar fugir, víctima d’una violació múltiple quan només tenia catorze anys, un dia la Cora ja no pot més i s’escapa amb un altre esclau, el Cèsar, de la terrible plantació de Geòrgia en què malviuen. El seu periple la portarà per diversos estats i la farà entrar en contacte amb personatges de tota mena.
La capacitat de Whitehead per crear una rica galeria de personatges memorables és desbordant. Destaca el Ridgeway, un caçador d’esclaus sanguinari que, tot i la seva imponent presència individual i concreta, té també una dimensió simbòlica. Amb les seves constants invocacions a “l’imperatiu americà”, encarna la immoralitat depredadora que batega rere els dos pecats originals dels Estats Units: l’extermini dels indis i l’esclavitud. A més, la fúria implacable amb què persegueix la Cora, com un destí ominós contra el qual sembla que no es pot fer res, també pot ser llegida en clau contemporània. 
Estructurada com un mosaic que mai resulta confús, escrita amb una prosa d’una precisió diamantina -bona traducció d’Albert Torrescasana–, El ferrocarril subterrani és una novel·la terrible i prodigiosa, que es mou amb intel·ligència, cruesa i emotivitat entre la tragèdia i l’aventura, entre la desesperació i la bellesa, entre la poesia i la calamitat.✒


dijous, 10 de març del 2022

tren cap a la llibertat

 

EDUARDO LAGO
Tren subterráneo hacia la libertad
El País
18|9|2017

Colson Whitehead (Nueva York, 1969) forma parte de una formidable constelación de escritores afroamericanos, algunos de cuyos nombres más relevantes son Yaa Gyasi, Jesmyn Ward, Ta-Nehisi Coates, Teju Cole, Chimamanda Adichie, Paul Beatty o el canadiense Lawrence Hill, hombres y mujeres que están cambiando el rostro de la literatura que se escribe hoy en aquel país. Nacido en Nueva York en 1969, Whitehead es autor de seis novelas que llaman la atención por su inventiva y por la destreza con que saquea las posibilidades de los géneros narrativos. Entre sus títulos más destacados cabe señalar El intuicionista, su mágico debut; Los días de John Henry, en torno a un personaje legendario celebrado en baladas de folk; Sag Harbor, emotiva historia de adolescentes, o Zona Uno, novela de zombis en un Manhattan posapocalíptico. El ferrocarril subterráneo (2016), su última novela, obtuvo los Premios Pulitzer y Nacional del Libro. El título es una alusión metafórica a la compleja red de caminos y refugios secretos que tenían como fin posibilitar la huida de los esclavos de las plantaciones del sur hacia los Estados donde podían vivir en libertad. Se calcula que en la primera mitad del siglo XIX cerca de 100.000 hombres y mujeres de raza negra lograron escapar por medio del sistema del tren subterráneo, en cuyas operaciones de salvación colaboraron numerosos abolicionistas blancos.
La novela de Colson Whitehead sigue la suerte de la última representante de un linaje de esclavas, desde Ajarry, que tras ser raptada en África Occidental por unos traficantes efectúa un viaje atroz a bordo de un barco de esclavos, yendo a parar a una plantación de Georgia. En la novela, la metáfora del tren subterráneo se hace realidad. Hay, en efecto, un ferrocarril en el que los esclavos pueden huir hacia los Estados abolicionistas. Mabel, hija de Ajarry, logrará huir en él, abandonando en la plantación a su hija Cora, protagonista de la novela. Andando el tiempo, Cora también conseguirá escapar en compañía de un esclavo llamado César. El contrapunto de la historia es el personaje de Arnold Ridgeway, cazador de esclavos que no soporta no haber sido capaz de atrapar a Mabel, cuya fuga la convirtió en un personaje de leyenda.
Son muchas las líneas maestras que confluyen en la escritura de White­head; el referente más inmediato es Toni Morrison, pero hay otros entrecruzamientos patentes, desde Twain y Faulkner hasta Pynchon, con quien Whitehead comparte ciertas afinidades narrativas. El ferrocarril subterráneo es una novela compleja y exigente, escrita con una prosa que destila belleza y potencia. Whitehead hace gala de una gran destreza técnica, logrando una voz de gran elasticidad. En todo caso, la dimensión dominante es de orden moral. Las atrocidades que se describen trascienden los límites de lo soportable. En una fiesta celebrada en una plantación los propietarios desuellan a latigazos a un esclavo llamado Big Anthony, y tras castrarlo lo rocían con aceite, quemando después su cuerpo aún con vida a fuego lento. De la suerte que aguarda a las esclavas, mejor no hablar, aunque conviene recordar que nada es invención del autor. Al narrar el viaje subterráneo de Cora, Whitehead no hace más que revivir uno de los traumas que definen el ser su nación. Arnold Ridgeway, el cazador de esclavos, tiene un nombre para justificar sus acciones indecibles: “El imperativo americano”. Hoy lo llamaríamos supremacía blanca y se sigue hablando de ello en los periódicos. La novela deja en el lector la inquietante sensación de que el ferrocarril subterráneo no ha llegado aún a su destino. Como dice un personaje: “América es un engaño, el más grandioso de todos. En su fuero más íntimo, la raza blanca cree que está en su derecho de apropiarse de la tierra, de matar a los indios, de hacer la guerra, de esclavizar a sus hermanos. Si hubiera alguna justicia en el mundo, esta nación no debería existir, pues sus cimientos son el robo, el asesinato y la crueldad”.

dilluns, 7 de març del 2022

imperatiu americà


LLORENÇ CAPDEVILA
Imperatiu americà
Segre
8|4|2019

 

Entre les ignomínies més brutals comeses per la raça humana en els darrers segles hi ha, sens dubte, l’Holocaust perpetrat en els camps d’extermini nazis i l’esclavisme de base racista que, amb la complicitat i la participació de negrers europeus, es va mantenir a Amèrica (el cas més conegut és el dels estats del sud dels EUA) fins ben avançat el segle XIX. El cinema i la literatura s’han ocupat a bastament d’una i altra atrocitat.

[...] La darrera que m’ha caigut a les mans és la novel·la El ferrocarril subterrani (Edicions del Periscopi, 2017), del novaiorquès Colson Whitehead, traduïda amb encert al català per Albert Torrescasana. És un relat escruixidor sobre les condicions inhumanes en què vivien els esclaus a Amèrica, sobre la crueltat i la hipocresia dels blancs que els tenien sotmesos, sobre l’infern que els tocava suportar, però també sobre la recerca de la llibertat i l’esperança que representava el ferrocarril subterrani que dona nom al llibre, una xarxa de solidaritat que facilitava la fugida dels esclaus. I, més enllà de retratar l’horror i l’esperança amb una prosa sòbria i ràpida, pinzellades de surrealisme màgic i una atmosfera onírica, la novel·la de Whitehead és també una crítica mordaç cap a alguns dels valors supremacistes sobre els quals es va fonamentar la creació els EUA i la idea del somni americà. En un moment determinat, el caçador d’esclaus que persegueix la protagonista, un home brutal i menyspreable, declara que “al meu pare li agradava el seu discurs indi sobre el Gran Esperit. Després de tants anys, jo sóc més partidari de l’esperit americà, el que ens va portar del Vell al Nou món per conquerir, construir i civilitzar. I destruir el que convingui. Per il·lustrar les races inferiors. I, si no, per sotmetre-les. I, si no, per exterminar-les. El nostre destí per prescripció divina: l’imperatiu americà”.

El ferrocarril subterrani parla, alhora, del passat i del present dels EUA, on “l’única cosa més perillosa que un negre amb una pistola (···) era un negre amb un llibre”.


dimarts, 1 de març del 2022

colson whitehead


Escriptor, guanyador del premi Pulitzer 2017 i 2020
Colson Whitehead va néixer el 1969, es va criar a Manhattan i viu a Nova York.
És escriptor i professor universitari. Després de graduar-se a Harvard, va començar a escriure crítiques de televisió, literatura i música a The Village Voice. Va ser mentre treballava per a aquest magazín digital que va esbossar les primeres obres. És autor de sis novel·les i dues obres d’assaig i, des del seu debut literari amb The Intuitionist (1999), els seus llibres han rebut nombrosos premis i reconeixements al seu país. El 2020 ha estat guardonat per segona vegada amb el premi Pulitzer per The Nickel Boys (2019).
La novel·la anterior, El ferrocarril subterrani (Literatura Random House i Edicions del Periscopi, 2017), narra la fugida d’una esclava de la plantació i el seu periple per diferents estats del sud dels Estats Units a bord d’un tren al·legòric que fa referència a la xarxa clandestina que ajudava a fugir els esclaus durant el segle XIX. Amb aquest relat sobre la violència de l’esclavitud i el drama de la fugida, ha revolucionat l’escenari literari nord-americà i obtingut, entre d’altres, els prestigiosos premis National Book Award 2016 i Pulitzer d’obres de ficció 2017. També li ha valgut el reconeixement unànime dels llibreters independents del país, que li han atorgat l’Indies Choice Book Award 2017 al millor llibre de ficció per a adults de l’any.
Alguns dels seus altres llibres també han estat traduïts al castellà: El coloso de Nueva York (Literatura Random House, 2017), Zona Uno (Planeta, 2012) i La intuicionista (Literatura Random House, 2000).
Els seus articles, ressenyes i escrits han aparegut en nombroses capçaleres com The New York Times i les revistes The New Yorker, New York Magazine, Harper’s i Granta.

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