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dijous, 28 de maig del 2026

llegint la metamorfosi (i II)


Cuando despierta transformado en un monstruoso insecto, Gregorio Samsa comprende que en el estado en el que se encuentra, con esas patitas que le han salido a los costados y se agitan sin parar, llegará tarde a la oficina. Es lo único que lo preocupa. No lo estremece el hecho de hallarse convertido en un bicho repugnante, sólo lo angustia no poder abandonar la cama para presentarse puntual en el trabajo. Es uno de los momentos geniales de la literatura. Kafka posterga la reacción de horror de Gregorio Samsa, la guarda para sacarla después, en el momento debido, y cuando descubre que no la necesita se convierte realmente en Kafka. En el humilde cuarto de Praga donde ambienta su historia, Kafka acaba de abrir para la literatura una puerta salvadora que podemos llamar la supresión del grito. Ha desmantelado una antigua fortaleza y ganado un espacio nuevo para la subjetividad de los personajes. Esa subjetividad, eximida del grito, se despliega ahora en ramificaciones que habían quedado inexploradas. Gregorio Samsa, el hombre que no grita, renuncia a todo vínculo con los otros, porque el grito es el último lazo que nos une a nuestros semejantes. Por eso puede decirse que Samsa se vuelve un insecto: porque no grita; de haber gritado, es muy posible que la espantosa alucinación que lo asalta a primeras horas de la mañana se hubiera evaporado. En lugar de eso, Samsa prefiere razonar. Cada nuevo razonamiento solidifica su metamorfosis hasta volverla real e irreversible. Se separa de los demás a base de razonamientos. Por eso, en un sentido, el tema profundo de esta fábula es la conversión de alguien en escritor, la aceptación de la esclavitud que entrañan las palabras, la espantosa inmovilidad de quienes eligen convertir el grito en especulación, que es, en esencia, el sino del escritor, pues todo relato surge de suspender una exclamación de horror o de maravilla, y ahí, en el claro momentáneamente abierto por la ausencia del grito o del llanto, deslizar unas palabras antes de que se extinga la expectación general.

Fabio Morábito. «Gregorio Samsa». A: El idioma materno. SextoPiso, 2014. P. 41-42.


dissabte, 1 de novembre del 2025

els noms dels morts


Los niños deberían aprender a leer y a escribir no por medio de sustantivos (casa, mamá, árbol, montaña), sino de nombres: Luis, Susana, Juan, Filiberto. Si digo montaña, todo el mundo sabe de lo que hablo, imaginará una montaña y hasta podrá dibujarla, pero si digo Patricia, la gente preguntará: ¿Qué Patricia? Tan palabra es Patricia como montaña, tan existentes son las Patricias como las montañas, pero mientras todas las montañas se parecen entre sí, y por eso pueden dibujarse, ninguna Patricia se parece a otra. Aprender a escribir con vocablos que carecen de un referente preciso, que no remiten a ningún objeto y a ninguna idea y que, como las piedras de los ríos, han perdido su significado a fuerza de tanto frotamiento, les enseñaría a los niños a valorar el sinsentido de las palabras, a repetirlas sin más, con perplejidad o alegría, lo que afinaría su capacidad conjetural, idiomática y, de paso, su oído. Y para no caer en el abstraccionismo y dotar a los nombres de una seriedad fuera de toda duda, ahí están los nombres de los muertos. Las clases de escritura se trasladarían a los cementerios, donde los niños se pasearían entre las tumbas para deletrear y memorizar los nombres de los difuntos. Nada como esos nombres grabados en las lápidas (los más puros que hay, porque con ellos ya no se llama a nadie) para intimar con el sonido de las palabras, ese sonido que los actuales métodos de enseñanza de la escritura, basados enteramente en la equivalencia del signo escrito con la cosa que representa, subordinan demasiado pronto a la tiranía del concepto. Nada mejor que ellos, que resplandecen como una cosa autónoma conforme se apaga la memoria del difunto, para probar la arbitrariedad del lenguaje y recordarnos que, a pesar de la palabra montaña, ninguna montaña se parece a otra, que todo es diferente de todo y que la vida está hecha de nombres propios. Sólo esos nombres, al no tragarse la mentira de la equivalencia y de la semejanza, nos proporcionan a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo.

Fabio Morábito. «Los nombres de los muertos». A: El idioma materno. SextoPiso, 2014. P. 27-28.

dijous, 25 de juny del 2020

fluidesa


Fue su manera de poner las comas. Le daba a leer mis textos que ella puntuaba como si cada punto y coma le fueran dictados por Dios. Traté de rebelarme. «La fluidez», le decía, «con tantas comas acabas con la fluidez». Se quedaba en silencio, sonreía y, a lo mucho, replicaba con un «Es tu texto, tú decides». Pero yo no decidía nada, acababa por darle la razón en todo. ¿Qués es la fluidez, al fin y al cabo? En la escuela, cuando el maestro nos pedía nuestras impresiones de lectura sobre algún libro, decíamos invariablemente: «Tiene un estilo fluido», y la respuesta lo dejaba satisfecho. «Estilo fluido» era una máxima incontrovertible como «Dios es bueno». Todos los escritores tenían un estilo fluido. ¡Qué tonto debí de parecerle a ella defendiendo la fluidez de mis textos, como si la literatura fuera una subdivisión de la hidráulica! Ella nunca pronunció la palabra fluido o fluidez, pero ponía comas en lugares recónditos que volvían el camino de la frase más pedregoso, y le otorgaban una credibilidad que antes no tenía. Cuando corregía, sus ojos se concentraban como un cazador que vislumbra la presa. Era tímida, pero en esos momentos se volvía un ave rapaz y temible. Una vez plasmada en la hoja, su puntuación, que podía parecer en extremo escrupulosa y casi pusilánime, se volvía inatacable. «Viniste al mundo a poner comas», le dije una vez. «Sí, las tuyas», contestó sin mirarme. Tenía razón. Antes de conocerla yo conocía las comas, pero no las mías. Mis amigos, que nunca la vieron corregir, no lograban entender que yo hubiera dejado a Susana por una correctora poco agraciada como ella. «Me dio un estilo», les decía. «Te embrujó, que es distinto», decían ellos. «Puede ser, pero me enseñó a embrujar a mi lector», replicaba yo. Sus comas cambiaron no sólo la respiración de mis textos, sino mi respiración corporal. Un estilo, si no es puro maquillaje, te cambia la vida. Y el estilo surge de la puntuación, sobre todo de las comas. Sus comas terribles, casi gotas de plomo en la página, me abrieron los ojos, y nunca se lo agradeceré bastante.

Fabio Morábito. «Fluidez». A: El idioma materno. SextoPiso, 2014. P. 169-170.

dimarts, 19 de maig del 2020

anna karènina


Me acosté en la cama y puse una compresa caliente bajo la espalda. Tenía que quedarme veinte minutos inmóvil, extendí el brazo hacia el librero y el primer libro que alcancé fue Ana Karenina. No lo había leído, decidí hojear las primeras páginas mientras duraba el efecto de la compresa y cuando el calor se disipó, había leído más de cuarenta. Volví a poner el libro en su lugar. Me acordé de él hasta el otro día, cuando me apliqué otra compresa. Extendí la mano, abrí el libro y seguí leyendo. No tenía la intención de echarme semejante tabique, pero no quería quedarme mirando el techo y llegué a la página ochenta cuando se disipó el calor de la compresa. Devolví el libro a su lugar. Ochenta páginas eran un buen trozo para hacerme una idea del conjunto. Me dije que podría acometer las ochocientas setenta páginas del libro en un futuro no muy lejano, quizá dentro de unos meses. Tres días después me encontraba en la sala de espera del dentista y en los anaqueles de las revistas había un solo libro grueso: Ana Karenina. Lo agarré y reanudé la lectura en el punto en que la había interrumpido. Era otra traducción, con un estilo más rebuscado. El doctor me hizo esperar una hora y media, tiempo durante el cual avancé hasta la página 160. Dije avancé, porque yo no estaba leyendo Ana Karenina, sino echando las bases para leerlo en un futuro más o menos cercano. Al absorber cada página sólo estaba tanteando el terreno. Eso no quiere decir que las absorbiera de manera descuidada, sino que me contenía en cuanto a emociones y pensamientos. Me decía: «Aquí hay indignación», «Esto es para reírse», «Esto otro para conmoverse», pero no me indignaba, no reía ni me sentía conmovido, porque no lo estaba leyendo. Es verdad que a veces me dejaba llevar por los acontecimientos y tenía que decirme: «Calma, es sólo un ensayo». Se juntaron varios factores que hicieron que, en cosa de tres semanas, entre aplicaciones de compresas y visitas al dentista, llegué a la última página. Satisfecho, guardé el libro en su sitio. Me había hecho una idea muy sólida de él. Pronto lo leería.

Fabio Morábito. «Ana Karenina». A: El idioma materno. Sexto Piso, 2014. P. 43-44.

dissabte, 7 de març del 2020

subratllar


Cada vez más a menudo, en lugar de leer un libro, lee los subrayados que ha hecho en tantos años de lectura. Ha subrayado libros desde la adolescencia y son pocos los que se han salvado de tener alguna marca hecha a pluma o a lápiz. Cuando le da por observar los estantes de su biblioteca siente orgullo por tantos subrayados que encierran. Representan una biblioteca dentro de otra, que ha ido creando con esfuerzo. No ha vacilado nunca a la hora de poner un subrayado. En tantas cosas ha sido tibio y negligente, pero no en eso. Aun cuando ha tenido el ánimo por los suelos, ante una frase o un pasaje notables se ha puesto religiosamente de pie para buscar un lápiz y cumplir su deber. Puede decirse que el día que no se levante se habrá acabado todo. Mientras no renuncie a subrayar, habrá esperanza. Ahora que se acerca la vejez empieza a beneficiarse del fruto de esos innumerables sacrificios. Sea cual sea el libro que tome de sus estantes, sabe que le brindará a través de sus subrayados unos diez o veinte minutos de lectura intensa y selectiva. Ha llegado el momento, por así decirlo, de que los libros le devuelvan parte de aquello que él les dispensó a lo largo de tantos años de lectura. Le ofrecen sus subrayados, haciéndose ellos mismos a un lado. Al repasar esos surcos dejados por su pluma o su lápiz no sólo extrae una savia de conocimiento preciosa, sino que profundiza en su introspección, pues no hay como leer los propios subrayados para conocerse. En un gesto tan simple y espontáneo nos descubrimos sin tapujos, pues decimos más profundamente lo que sentimos cuando lo decimos con palabras de otros. Mira con lástima a muchos amigos suyos, poseedores de espléndidas bibliotecas que casi carecen de subrayados. Por permanecer cómodamente sentados en vez de levantarse a buscar un lápiz, ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y buscan en vano en los libros leídos una marca cualquiera hecha de pasada, al descuido, para intuir algo de lo que eran, algo de lo que han sido.

Fabio Morábito. «El subrayador». A: El idioma materno. SextoPiso, 2014. P. 99-100.

dimecres, 4 de desembre del 2019

ningú no llegeix res


Un amigo mío me habla pestes de un escritor reconocido. Me dice que le parece tan malo, que no ha leído una sola línea suya. Le pregunto cómo puede sustentar su juicio si no lo ha leído, y me contesta: “Por puro olfato”. Le digo que a mí me parece un escritor pasable. Lo digo por puro olfato, porque tampoco lo he leído: Seguimos discutiendo, él esgrimiendo sus razones olfativas y yo las mías. No es difícil imaginar a un escritor cuyos libros nadie ha leído y sobre el cual todos opinan por olfato. Su primer libro, por ejemplo, se publica gracias a su amistad con el editor, el cual, bien sea por olfato o por falta de tiempo, sólo hojea el manuscrito y luego lo entrega al corrector de estilo de la editorial, que no lo lee, sino que lo corrige, que es distinto.
El libro, una vez publicado, da lugar a entrevistas hechas por periodistas que han leído sólo la contraportada, cosa bastante común, y es reseñado brevemente por reseñistas que también sólo han leído la contraportada. Se vende poco, pero no menos que otros. Los pocos compradores leen la contraportada y luego olvidan el libro en una repisa del librero, como ocurre a menudo. El autor publica un segundo, un tercer y cuarto libro, que suscitan entrevistas, reseñas, ventas bajas y cero lectores. Al cabo de una década tiene ya una trayectoria sólida, pero nadie lo ha leído. Es más, ni él mismo se ha leído, porque, como suele referir en las entrevistas, escribe en estado de trance, de modo que apenas revisa lo que escribe. En resumen, el único que ha pasado reseña concienzuda a sus líneas es el corrector de estilo de la editorial, que no lo ha leído propiamente, sino corregido, por lo cual no representa una fuente confiable para saber de qué tratan los libros de nuestro autor. Entre más libros suyos se publican, más difícil se vuelve que alguien lo lea, porque ha alcanzado esa modesta notoriedad que en lugar de azuzar la curiosidad del público, la mata de raíz. En suma, es un autor, de tan invisible, perfecto. Un clásico. Y a su muerte sus libros acaban en las escuelas, donde, como es sabido, nadie lee nada.

Fabio Morábito. «Nadie lee nada». A: El idioma materno. SextoPiso, 2014. P. 95-96.

dimarts, 19 de novembre del 2019

escriure per a continuar llegint


Hay árboles en los que se apoya un bosque. Puede que no sean los árboles más viejos, ni los más grandes ni los más altos; puede que no se distingan de la mayoría de los otros árboles, pero por algún motivo son las plantas que dieron un paso decisivo en el subsuelo, que inclinaron el tronco en la dirección debida en el momento debido y abrieron el camino a sus congéneres para transformar en bosque una simple arboleda. Lo mismo ocurre con los libros. En unos cuantos de ellos se apoya nuestra biblioteca. Puede que no sean los más viejos, ni los que más amemos, ni los que hayamos leído más veces, pero por algún motivo han determinado la dirección y el carácter del conjunto. En mi caso, uno de estos libros es El extranjero, de Albert Camus, un libro que me ha marcado en mi adolescencia y que, cada vez que lo releo, me gusta menos. Sin embargo, reconozco en él un ascendente sobre los otros libros de mi biblioteca, y ésta me parece impensable sin su presencia. Otro puntal de mi estantería es Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Al revés que El extranjero, cada vez que lo releo, me gusta más. Sobre estas dos columnas de Hércules se sostiene mi biblioteca. 
Pero el símil es exagerado, pues mi biblioteca no tiene nada de hercúleo, siendo harto modesta, tanto en cantidad de libros como en rarezas. Cuando ha caído en mis manos algún libro raro, de esos que hacen la delicia de los coleccionistas, lo he regalado enseguida. Carezco del menor orgullo bibliófilo y me aterran esas grandes bibliotecas que a la muerte de su dueño son adquiridas por alguna fundación o universidad. Un escritor de narrativa o de poesía que posea más de mil libros empieza a ser sospechoso. Para qué escribe, me pregunto. Sólo debería escribirse para paliar alguna carencia de lectura. Ahí donde advertimos un hueco en nuestra biblioteca, la falta de cierto libro en particular, se justifica que tomemos la pluma para, de la manera más decorosa posible, escribirlo nosotros. Escribir, pues, como un correctivo. Escribir para seguir leyendo.

Fabio Morábito. «Los demasiados libros». A: El idioma materno. SextoPiso, 2014. P. 23-24.