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dijous, 10 de juliol del 2025

trieste, 1978

 

Siempre escribo en mis libros. Cuando los releo, la mayor parte de las veces no me explico por qué pensé que merecía la pena subrayar determinado pasaje, o cuál era mi propósito con determinada observación. Ayer me encontré con un ejemplar de René Leys, de Victor Segalen, fechado de mi mano en «Trieste, 1978». No recuerdo haber estado nunca en Trieste.

 

 Alberto Manguel. Diario de lecturas. Traducció de José Luis López Muñoz. Alianza, 2004.


dimarts, 21 de febrer del 2023

el desert dels tàrtars


Febrero

Sábado

Como muchos de mis libros preferidos, el de Buzzati es uno de los que leí por primera vez en la adolescencia: la historia de Drogo, joven oficial destinado a «la Fortaleza», en el límite del llamado desierto de los tártaros, quien, al correr de los años, llega a obsesionarse con la idea de demostrar su valor militar en combate con unos tártaros que nunca llegan a materializarse. La Fortaleza es un refugio incómodo: las entradas y salidas están controladas por un complicado sistema de contraseñas. Recuerdo mi terror (que vuelvo a experimentar ahora) al verme preso en la pesadilla del protagonista con sus absurdos secretos cotidianos: secretos confiados a un solo oficial al mando que puede perder la memoria en el camino. La telaraña de reglas sin sentido y la amenaza de un enemigo invisible eran para mí por entonces el eco de todas las frustraciones e impotencias de la adolescencia; ahora se vuelven eco de todas las frustraciones e impotencias de una más que avanzada edad adulta.

La Fortaleza de Buzzati existe dentro de los círculos concéntricos de sus propios rituales, un lugar mágico que deja fuera al tiempo. No es que el tiempo se haya detenido sino que, más horrible aún, continúa su propio ritmo, distanciándose del resto del cosmos. En un lugar como ése, todo lo que eres en tu fuero íntimo quiere que te marches; todo lo que se halla fuera te lo impide.

Hay un pasaje memorable en el capítulo sexto, en el que se describe a Drogo, dormido, mientras sueña con el viaje interminable que él mismo es incapaz de imaginar. «¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas [...]. Detrás de aquel río —dirá la gente—, diez kilómetros más y habrás llegado. Pero nunca se acaba.» Me pregunto si era en esta escena en la que pensaba Alejandra Pizarnik (que sin duda había leído la novela) cuando escribió aquel poema que tanto me gusta recordar: «Y es siempre el jardín de lilas del otro lado del río. Si el alma pregunta si queda lejos se le responderá: del otro lado del río, no éste sino aquél».


Miércoles

Ayer terminé de leer El desierto de los tártaros. Las últimas páginas son asombrosas. Paseo por el jardín con el eco de sus palabras en mi cabeza. La gata me sigue.

Cuando Drogo muere (un anciano que no ha visto nunca realizado su deseo de luchar contra los tártaros), Buzzati está allí para consolarlo. En la muerte de don Quijote, Cervantes no encuentra palabras para despedirse de su amigo, su creación o su creador, y puede sólo balbucir: «Dio su espíritu: quiero decir que murió». Al morir Drogo, Buzzati le dice a su criatura que hay todavía otra batalla mejor esperándolo, no contra los tártaros, no contra «hombres semejantes a él, atormentados como él por deseos y dolores, de carne que podía herirse, con caras que se podían mirar», sino contra «un ser omnipotente y maligno». Y Buzzati tiene esto que decirle a Drogo: «Valor, Drogo, ésta es la última carta, marcha al encuentro de la muerte como un soldado, y que tu existencia equivocada acabe bien, al menos eso. Véngate finalmente de la suerte, nadie cantará tus alabanzas, nadie te llamará héroe o algo similar a héroe, pero precisamente por eso vale la pena. Cruza con pie firme el límite de la sombra, erguido como en un desfile, y sonríe incluso, si lo logras. Después de todo, tu conciencia no está demasiado agobiada de faltas y Dios sabrá perdonar».

En la hora de mi muerte, ésas son las frases que me gustaría recordar.


Alberto Manguel. Diario de lecturas. Traducció de José Luis López Muñoz. Alianza, 2004.


dimecres, 1 de febrer del 2023

no expliqueu l'argument, gràcies


No me gusta que nadie me resuma un libro. Prefiero que se me tiente con un título, con una escena, con una cita, pero no con la historia completa. Amigos entusiastas, notas de solapas, profesores e historias de la literatura destruyen buena parte del placer de leer contándonos el argumento. La memoria también puede acabar con gran parte del placer de no saber lo que va a pasar. Apenas recuerdo qué impresión me causó ignorar que el doctor Jekyll y el señor Hyde eran una y la misma persona o que Robinson Crusoe se encontraba con Viernes.


Alberto Manguel. Diario de lecturas. Traducció de José Luis López Muñoz. Alianza, 2004.

 

dimecres, 11 de gener del 2023

diari de lectures

 

Hay libros que leemos con superficial interés olvidando una página cuando empezamos la siguiente; los hay que leemos con reverencia, sin atrevernos a estar de acuerdo ni a disentir; otros que ofrecen sólo información y excluyen cualquier comentario nuestro; otros aún que, como nos han gustado durante tanto tiempo y de manera tan íntima, sólo podemos repetirlos palabra por palabra, ya que los conocemos, en su sentido más profundo, de memoria. Y otros muchos, por fin, que participan de todo lo anterior y que, en lugar de provocar nuestro silencio (reverente o feliz), nos toman por las solapas y nos exigen que respondamos con una opinión, una idea, una pregunta, un recuerdo, un deseo.

Leer es un diálogo. Los locos intervienen en conversaciones imaginarias que, al parecer, oyen resonar en algún lugar de su cabeza; los lectores mantienen, en silencio, un diálogo parecido con las palabras escritas en la página. De ordinario no queda constancia de la respuesta del lector, pero a veces hay alguno que siente la necesidad de empuñar el lápiz y contestar en los márgenes de un texto. Este comentario, esta glosa, esta sombra que a veces acompaña a nuestros libros preferidos extiende el texto, lo lleva a otro tiempo y lo transforma en otra experiencia; arraiga la ilusión de que un libro nos habla y nos presta realidad a nosotros, sus lectores.

Hace un tiempo, al cumplir cincuenta y tres años, decidí volver a leer unos cuantos de mis libros preferidos y me sorprendió constatar cómo su intrincado mundo pasado parecía reflejar el brumoso caos social del mundo en el que estaba viviendo. Un artículo de periódico quedaba repentinamente iluminado por cierta escena de una novela; un episodio medio olvidado era recobrado por cierto suceso ficticio; una sola palabra leída provocaba una larga reflexión. Decidí llevar un registro de tales momentos.

Para dar ilusión de estructura u orden (o cualquier andamiaje imaginario que decidamos aplicar a nuestra imaginación) se me ocurrió que, releyendo un libro por mes, podría, al cabo de doce meses, completar un año de lecturas y obtener algo parecido a un diario personal y a un volumen de notas, de reflexiones, de impresiones de viaje, de retratos de amigos, de comentarios sobre acontecimientos públicos y privados, todo ello provocado por mis varias lecturas. Hice una lista de cuáles serían los libros escogidos. (Me parecía importante, por una cuestión de equilibrio, que hubiera un poco de todo. Como soy, más que nada, un lector ecléctico, no fue difícil conseguirlo.) Las páginas que siguen son el resultado de ese capricho.

Mondion, agosto 2003

 

Alberto Manguel. Diario de lecturas. Traducció de José Luis López Muñoz. Alianza, 2004.

 

dimecres, 3 de febrer del 2016

petita biblioteca d'obres eròtiques (i literàries)


Pocos géneros son más arduos que el de la literatura erótica que debe abrirse un mal definido camino entre lo fríamente clínico y lo meramente soez. La obra de Sade, por ejemplo, sin su contexto filosófico, es una tediosa lista de arduas combinaciones gimnásticas; las sucesivas Sombras de Grey no son más que una glosa de Sade mal leído por Corín Tellado. Una biblioteca de obras eróticas que sean también literatura no sería voluminosa: incluiría clásicos como los poemas de Abu Nuwas, la larga novela El Señor del gozo perfecto, de Xu Changling; La lozana andaluza, de Delicado, y Las relaciones peligrosas, de Laclos, algún escrito de Pieyre de Mandiargues y de Anäis Nin, alguna novela de Alan Gurganus y de Alan Hollinghurst, la obra completa de Alberto Ruy Sánchez y algunas pocas más. En literatura al menos, las relaciones eróticas no se circunscriben necesariamente a nuestra especie y ciertas obras admirables describen una relación más franciscana: Mi mujer mona, de John Collier, con una chimpancé; Mi perra Tulip, de J. R. Ackerley, con una cachorra; El rabino pagano, de Cynthia Ozick, con un árbol. Para el lector en castellano, a esa sensual y aristocrática lista debe agregarse ahora Oso, de Marian Engel.

ALBERTO MANGUEL. «Pasión animal y literaria». EL PAÍS-Babelia. 27|5|2015.




dilluns, 9 de novembre del 2015

la biblioteca, la nit



La Gran Biblioteca de Montreal presentará a partir de la semana próxima una exposición virtual de 10 de las más fascinantes bibliotecas en el mundo, creada por el quebequense Robert Lepage.
Ex Machina y su director Robert Lepage diseñaron la exposición La biblioteca, la noche inspirándose de un libro del escritor canadiense de origen argentino Alberto Manguel, quien también participó en la exposición.
A través de lentes de realidad virtual, los visitantes viajarán al corazón de cada una de las 10 bibliotecas, comenzando por la de Alberto Manguel. Luego podrán pasear virtualmente en la biblioteca del Parlamento de Canadá en Ottawa, en la del Congreso en Washington y en la biblioteca del Nautilus, un  lugar imaginario basado en el libro de Julio Verne Veinte mil leguas de viaje submarino.

10 bibliotecas del mundo bajo la lupa virtual del canadiense Robert Lepage y el argentino Alberto Manguel.  Leonora Chapman. Radio Canada International. 28|octubre|2015.