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divendres, 1 de juliol del 2022

l'home sense qualitats


1986
9 de abril

Apabullante Musil. Emprendo la lectura de El hombre sin atributos por tercera vez en mi vida. La primera fue durante la mili: empecé a leerla en el campamento, y la acabé en la centralita de teléfonos donde hacía guardias en el Cuartel de Ingenieros de la calle Zapadores de Valencia. Leí mucho por aquellos meses, ya que eran frecuentes las guardias que yo apenas cumplía: a la centralita llamaban muchas mujeres solitarias que se excitaban con los soldados, los enredaban en conversaciones eróticas, y los incitaban a que se masturbaran mientras charlaban con ellas, retransmitiéndose mutuamente jadeos y palabras soeces, así que siempre había algún muchacho de la compañía dispuesto a hacerse cargo de la central durante mis guardias. Mientras él charlaba con sus interlocutoras, susurraba obscenidades, gemía y se masturbaba, yo podía leer en el cuartito de al lado tranquilamente tumbado en una colchoneta que utilizábamos durante las guardias nocturnas.

Una vez más, Musil consigue anonadarme. Cómo cala en los mecanismos esenciales: los personajes se llenan de contradictorios zigzags y la sociedad es un chiste con el que uno puede mearse de risa; o echarse a llorar: el chiste forma parte del sistema de reacciones ante la falta de sentido. Sus imágenes asocian elementos absolutamente dispares, y con ese método, que a veces roza el absurdo, consigue una correspondencia entre lo superficial y lo más hondo. Rompe tu lógica y descubre lo que aparece cuando uno se decide a utilizar otro sistema para ver las cosas.


Rafael Chirbes. Diarios. A ratos perdidos 1 y 2. Anagrama, 2021.


dissabte, 3 d’octubre del 2020

el secret del bon bibliotecari


En 1930, Robert Musil imaginó a un bibliotecario abnegado que trabaja en la Biblioteca Imperial de Viena y que conoce uno por uno todos los títulos de sus gigantescos fondos. «¿Quiere saber cómo he podido familiarizarme con cada uno de estos libros?» —pregunta a un atónito visitante—.
«Nada me impide decírselo: no he leído ninguno.» Y añade: «El secreto de todo buen bibliotecario consiste en no leer los libros que tiene a su cargo, exceptuando el título y el índice. ¡El que mete las narices en un libro está perdido! [...] Nunca llegará a tener una perspectiva del conjunto». Al oír estas palabras, nos dice Musil, el visitante desea hacer una de estas dos cosas: o echarse a llorar o encender un cigarrillo, pero sabe que entre las paredes de la biblioteca las dos opciones le están prohibidas.

Alberto Manguel. La biblioteca de noche. Traducció de Carmen Criado. Alianza, 2006. P.334.


dijous, 20 de juny del 2019

la idea més bella del món


En El hombre sin atributos, de Robert Musil, el personaje del general Stumm espera descubrir «la idea más hermosa del mundo». El capítulo 100 de la enorme novela inacabada de Musil está dedicado a la visita de Stumm a la biblioteca. Le da demasiada vergüenza preguntar por «la idea más hermosa del mundo» cuando pide un libro, pues confiesa que la frase suena como «un cuento de hadas», pero confía en que el bibliotecario, que conoce los millones de libros que pueblan aquel palacio del conocimiento, sabrá guiarle hasta ella. No es capaz de precisar qué es lo que quiere, el libro que tiene en mente no trata de un único tema.
[...] Los interminables volúmenes, las bibliografías, las listas, las categorías, los casilleros dedicados a un tema u otro tienen un efecto traumatizante en el pobre Stumm, que queda aún más desorientado cuando el bibliotecario le confiesa que él nunca lee los libros de la biblioteca, sólo los títulos y los índices. «El que se detiene en su contenido está perdido como bibliotecario. Nunca obtendrá una idea de conjunto», le dice a Stumm.
La comicidad de Musil aporta una verdad. Perder la idea de conjunto constituye una virtud intelectual, puesto que requiere una renuncia, una confusión, una reorientación y unos pensamientos nuevos. Sin ello, el conocimiento progresaría a duras penas por una variedad de estrechos surcos, pero no se producirían grandes avances, pues cuanto más estrecha sea mi perspectiva, más fácil me será aceptar los códigos predeterminados de una disciplina como si fueran verdades inviolables. La duda es el motor de las ideas. Estar dispuesto a perder la idea de conjunto refleja una apertura hacia los demás guiada por una serie de propuestas desconocidas. Significa contemplar una forma de intersubjetividad descon- certante e incluso radical y alarmante. También significa que, por más feliz que te encuentres entre los pocos residentes de tu particular isla, esa islita no es el mundo entero.

Siri Hustvedt. «Excursiones a las islas de los poco privilegiados». A: Vivir, pensar, mirar. Traducció de Cecilia Ceriani. Anagrama, 2013. P. 150-151.

dissabte, 25 de gener del 2014

el secret del bon bibliotecari


En 1930, Robert Musil imaginó a un bibliotecario abnegado que trabaja en la Biblioteca Imperial de Viena y que conoce uno por uno todos los títulos de sus gigantescos fondos. «¿Quiere saber cómo he podido familiarizarme con cada uno de estos libros?» —pregunta a un atónito visitante—. «Nada me impide decírselo: no he leído ninguno.» Y añade: «El secreto de todo buen bibliotecario consiste en no leer los libros que tiene a su cargo, exceptuando el título y el índice. ¡El que mete las narices en un libro está perdido! [...] Nunca llegará a tener una perspectiva del conjunto». Al oír estas palabras, nos dice Musil, el visitante desea hacer una de estas dos cosas: o echarse a llorar o encender un cigarrillo, pero sabe que entre las paredes de la biblioteca las dos opciones le están prohibidas.

Alberto Manguel. La biblioteca de noche. Traducció de Carmen Criado. Alianza, 2006. P.334.

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P.S.: Robert Musil. Der Mann ohne Eigenschaften. Ernst Rowohlt, 1930. L'home sense qualitats, vaja.