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diumenge, 7 de maig del 2023

el cel sobre berlin

Gentilesa involuntària de Jordi Cassany.

 


Algunos de los edificios más fascinantes de la arquitectura contemporánea son precisamente bibliotecas, espacios abiertos a la experimentación y al juego con la luz. Pensemos en la admirada Staatsbibliotek de Berlín, diseñada por Hans Schauroun y Edgar Wisniewski. Allí filmó Wim Wenders una escena de El cielo sobre Berlín. La cámara se desliza por la enorme sala de lectura abierta, asciende por las escaleras y se asoma al impresionante espacio vertical desde las pasarelas superpuestas que flotan como los palcos de un auditorio. La gente hormiguea bajo la luz cenital, entre los bloques paralelos de estanterías, cargando pilas de libros pegados al vientre. O permanece sentada con variados gestos de concentración (la mano bajo el mentón, el puño sosteniendo la mejilla, un bolígrafo que gira entre los dedos como una hélice...).

Sin que nadie llegue a percibirlo, entra en la biblioteca un grupo de ángeles ataviados con esa memorable estética de los años ochenta: amplios abrigos oscuros, jerséis de cuello alto y, en el caso de Bruno Ganz, el pelo recogido en una pequeña coleta. Como los humanos no pueden verlos, los ángeles se acercan con libertad, se sientan a su lado o les colocan una mano en el hombro. Intrigados, se asoman a los libros que están leyendo. Acarician el lápiz de un estudiante, sopesando el misterio de todas las palabras que salen de ese pequeño objeto. Junto a unos niños, imitan sin comprenderlo el gesto de rozar las líneas con el dedo índice. Observan a su alrededor, con curiosidad y asombro, rostros ensimismados y miradas sumergidas en las palabras. Quieren entender qué sienten los vivos en esos momentos y por qué los libros atrapan su atención con tal intensidad.

Los ángeles poseen el don de escuchar los pensamientos de las personas. Aunque nadie habla, captan a su paso un murmullo constante de palabras susurradas. Son las sílabas silenciosas de la lectura. Leer construye una comunicación íntima, una soledad sonora que a los ángeles les resulta sorprendente y milagrosa, casi sobrenatural. Dentro de las cabezas de la gente, las frases leídas resuenan como un canto a capela, como una plegaria.


Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P. 60.


dissabte, 8 d’abril del 2023

el jardí dels finzi-contini


Recuerdo el jardín de los Finzi-Contini en la novela de Giogio Bassani. La he leído y releído muchas veces, y creo que es uno de mis libros favoritos. La gran mansión de los judíos ricos de Ferrara, con su jardín, su pista de tenis y los altos muros que la rodean, representa ese lugar donde quieres ser admitido, pero, cuando te invitan, te sientes un advenedizo inseguro. No perteneces a ese mundo, por muy enamorado de él que estés. Te dejarán entrar durante un solo verano encantado, disfrutar de largos partidos de tenis, explorar el jardín, caer en la red del deseo, pero las puertas volverán a cerrarse. Y ese espacio quedará unido para siempre a tu melancolía. Casi todos nosotros, en algún momento de la vida, hemos espiado desde fuera un jardín de los Finzi-Contini.


Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P. 54.


dimarts, 6 de desembre del 2022

llegir llibres prohibits



IRENE VALLEJO
Leer libros prohibidos
El País semanal
15|10|2022

Mil veces te dijeron que las bibliotecas son lugares aburridos, embalsamados, donde nada sucede ni se mueve. Rincones petrificados donde el tiempo y las palabras se han detenido. Contra el tópico, la realidad es que siempre fueron espacios sitiados, escenarios de conflicto. Recientemente las bibliotecas norteamericanas han denunciado los crecientes intentos de vetar o eliminar obras polémicas, sobre todo en pequeños centros rurales y educativos.
El peligro acecha desde posturas opuestas, como fuego cruzado. A un lado, quienes sostienen que algunas obras clásicas deben ser apartadas o reescritas porque reflejan comportamientos racistas, la exclusión de las mujeres o trillados estereotipos y misantropías. En frente, quienes se oponen a la literatura que cuestiona valores tradicionales y religiosos por considerarla nociva e inmoral.
Desde la mítica Alejandría hasta los códices aztecas, la crónica de la destrucción de los libros es una historia interminable, con incontables rostros. Los imperios y el colonialismo son propensos a esta lamentable costumbre: convierten en botín de conquista la memoria y los sueños del vencido. Son bien conocidas las hogueras nazis y de la guerra civil española, contemporáneas de las purgas soviéticas. Después llegarían la Revolución Cultural china y los Jemeres Rojos de Camboya. Pol Pot, maestro de la literatura francesa, ordenó una feroz persecución contra la letra escrita y, entre otras atrocidades, represalió a sus colegas profesores, a quienes sabían un segundo idioma y a toda la gente provocadora que usaba gafas —síntoma de veleidades intelectuales—. Poco antes, horrorizado por las soflamas anticomunistas del senador McCarthy, Ray Bradbury había escrito Fahrenheit 451 en la biblioteca universitaria de Los Ángeles, "entre los estantes, perdido de amor, volviendo páginas, tocándolas".

Proscribir un libro, cualquier libro, es una forma particularmente ingenua de barbarie. Necesitamos los textos malignos, incluso aquellos que detestamos. Al extirpar palabras ofensivas o suprimir la memoria de acontecimientos terribles, nos negamos a mirar cara a cara nuestro pasado. Si lo embellecemos o edulcoramos, los errores pretéritos caerán en el olvido y se cerrarán las puertas a otros posibles futuros, quizá mejores. Ante lo perturbador, no sirve el eufemismo ni el escondite. Encubrirlo implica sobrevalorar los poderes purificadores del silencio y confiar en la ignorancia como talismán protector: puro pensamiento mágico.

En el siglo III a. C., mientras Alejandría intentaba reunir el conjunto de los libros del mundo, el emperador chino Shi Huangdi ordenó destruirlos todos. Además, prohibió mencionar la muerte, persiguiendo la inmortalidad por elipsis. En sus delirios solo existía un presente interminable en el que siempre tenía razón. Sin embargo, seguidores del taoísmo y el confucionismo memorizaron y escondieron las obras prohibidas, como los protagonistas de Fahrenheit 451. En sus ensayos, Fernando Báez evoca a bibliófagos que engullían rollos de papiro a fin de digerir sus enseñanzas.

Para evitar estas clandestinidades e indigestiones existen las bibliotecas, zonas de promiscuidad que algunos quisieran cinceladas a su imagen y semejanza. El fuego sigue acechando: se ha editado una versión ignífuga de El cuento de la criada, de Margaret Atwood, capaz de soportar las llamaradas más voraces. Los libros quemados son el detonante de graves acontecimientos en El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead, mientras que un personaje de la serie The Wire, el respetado Brother Mouzone, exclama: "¿Sabes qué es lo más peligroso en América? Un negro con tarjeta de biblioteca".

Tras siglos de resistencia, son espacios —no hay tantos— donde todo el mundo es bienvenido y acogido sin cobrarle nada. Este asombroso logro es fruto de un camino lleno de recovecos. Nunca fueron refugios tranquilos, sino asediados territorios de frontera. Con intolerable osadía, las bibliotecas públicas cobijan en su silencio la algarabía de las innumerables voces. Proponen un pacto que protege todas las disidencias: tenemos derecho a elegir lo que leemos, pero no a imponer qué libros eligen libremente los demás.


dilluns, 19 d’octubre del 2020

de títols (I)


Si un libro es un viaje, el título será la brújula y el astrolabio de quienes se aventuran por sus caminos. Sin embargo, no siempre estuvo ahí para orientar a los navegantes. Los primeros relatos, los más remotos, llegaron al mundo sin nombre ni bautismo. Nuestros antepasados dirían, por ejemplo: madre, cuéntame la historia de la niña que metió una montaña en su cesta, o: ¿Quieres escuchar el cuento de la grulla que robaba sueños?

Es seguro que en la época más temprana de los poemas y las narraciones escritas, no hubo una forma única de nombrarlos. Las listas de libros de las primeras bibliotecas de la historia, en el Oriente antiguo, mencionaban las obras por su tema. «Para rogar al Dios-Tempestad», se lee en una tablilla de arcilla encontrada en Hattusa. La siguiente entrada del listado dice: «Sobre la purificación de un asesinato». Con todo, el método más habitual fue usar las primeras palabras del texto: Enûma Elish (en acadio: «cuando en lo alto...». Como en los viejísimos catálogos de barro, también los Pínakes de la Biblioteca de Alejandría ofrecían listas de obras identificadas mediante la frase inicial. Todavía en la Roma del siglo I detectamos formas fluidas de nombrar los libros. Algunas veces se menciona la Odisea como «Ulises», anticipando veinte siglos a Joyce. Marcial llama a la Eneida «Arma virumque», y Ovidio  «Eneas prófugo». Aunque casi desaparecidas, estas fórmulas antiguas sobreviven en ciertos reductos: las encíclicas papales aún toman su título en latín de las palabras iniciales del texto.

Mênin áeide théa. Es hermoso el viejo modo de nombrar las historias por el comienzo, como si, sin querer, arrastrados por su hechizo, empezásemos ya a narrarlas. Italo Calvino rescató ese antiguo procedimiento cuando tituló una de sus más fascinantes novelas: Si una noche de invierno un viajero.

Los primeros títulos fijos, únicos e inamovibles pertenecieron a las obras teatrales. Los dramaturgos atenienses fueron pioneros en titular sus piezas, con las que competían en certámenes públicos y debían quedar a salvo de toda confusión al anunciarlas, promocionarlas o declararlas ganadoras. Prometeo encadenado, Edipo Rey o las Troyanas nunca tuvieron otro nombre o apellido. La prosa, en cambio, tardó más en adquirir títulos duraderos y, cuando los tuvo, fueron a menudo meramente descriptivos: Historia de la guerra del Peloponeso, Metafísica, La guerra de las Galias, Sobre el orador.

Por lo general, los nombres que los griegos y romanos dieron a las piezas de su literatura son escuetos, ajustados, desprovistos de ambición. Suenan monótonos, carentes de originalidad y burocráticos. Cumplen una función esencialmente identificadora. Casi sin excepciones recurren a nombres propios o comunes, sin conjunciones ni verbos —no encontramos nada comparable a El hombre que fue Jueves, de Chesterton, o Mientras agonizo, de Faulkner—. Ni los sustantivos ni la adjetivación tienen una gran densidad expresiva, y suelen carecer de cualidades poéticas —no encontramos nada parecido a Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, o La historia universal de la infamia, de Borges—. A pesar de todo, nos han legado un puñado de títulos misteriosos y destellantes en su sencillez, como Los trabajos y los días, de Hesíodo —que Alejandra Pizarnik reescribió en su poemario Los trabajos y las noches—; Vidas paralelas, de Plutarco; El arte de amar, de Ovidio —que Erich Fromm calcó—; o Ciudad de Dios, de Agustín de Hipona —que dió título a la trepidante película de Fernando Meirelles sobre las favelas de Río de Janeiro—.

En los tiempos de los rollos de papiro, el lugar preferido para anotar el título y el nombre del autor era el final del texto, la parte más protegida del libro rebobinado —el comienzo, en el exterior del cilindro, padecía un especial deterioro, y con frecuencia se rompía—. Fue en el formato códice donde el título conquistó la posición inicial, el rostro de los libros —y también se apoderó del lomo, su espalda—. Agustín de Hipona deja claro que ya en el siglo IV era habitual buscar esa información «en la página liminar», es decir, al principio, en el umbral del relato. Hoy es lo primero que leemos cuando el libro es todavía una incógnita, y esperamos que en menos de diez palabras defina su universo. Si el embrujo actúa, alguien levantará el libro de la mesa y querrá averiguar más sobre él.

 

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P. 357-358.


dilluns, 12 d’octubre del 2020

naufragi escatològic


En el umbral del siglo XX, el bibliómano británico William Blades compró los restos de un valioso libro salvado de un naufragio escatológico. Cuenta Blades que, en el verano de 1887, un caballero amigo suyo alquiló unas habitaciones en Brighton. Encontró en el retrete unas hojas de papel disponibles para limpiarse. Las colocó sobre sus rodillas desnudas y, antes de usarlas con finalidad higiénica, paseó la mirada por el texto, escrito en letras góticas. Tuvo el presentimiento de un hallazgo. Emocionado, resolvió con prisa sus asuntos corporales y las minucias de limpieza, y salió a preguntar si había más hojas en el lugar de donde habían cogido aquellas. La casera le vendió los restos desencuadernados que quedaban y le contó que su padre, a quien le encantaban las antigüedades, tuvo en tiempos un arcón lleno de libros. Tras su muerte ella los guardó, hasta que se cansó del estorbo. Imaginando que carecían de valor, los dedicó a suministro para el retrete, donde estaban a punto de naufragar los últimos pecios de la biblioteca heredada. El libro que tenían entre manos resultó ser uno de los ejemplares más raros y escasos de la imprenta de Wynkyn de Worde, una obra titulada Gesta Romanorum en la que Shakespeare había encontrado inspiración para sus piezas teatrales. Solo quedaba imaginar los tesoros bibliográficos que estuvieron abasteciendo diariamente las letrinas de aquella pensión inglesa.

 

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P. 378.


divendres, 18 de setembre del 2020

enheduanna


La historia de la literatura empieza de forma inesperada. El primer autor del mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer. 
Mil quinientos años antes de Homero, Enheduanna, poeta y sacerdotisa, escribió un conjunto de himnos cuyos ecos resuenan todavía en los Salmos de la Biblia. Los rubricó con orgullo. Era hija del rey Sargón I de Acad, que unificó la Mesopotamia central y meridional en un gran imperio, y tía del futuro rey Naram-Sim. Cuando los estudiosos descifraron los fragmentos de sus versos, perdidos durante milenios y recuperados solo en el siglo XX, la apodaron «la Shakespeare de la literatura sumeria», impresionados por su escritura brillante y compleja. «Lo que yo he hecho nadie lo hizo antes», escribe Enheduanna. También le pertenecen las más antiguas notaciones astronómicas. Poderosa y audaz, se atrevió a participar en la agitada lucha política de su época, y sufrió por ello el castigo del exilio y la nostalgia. Sin embargo, nunca dejó de escribir cantos para Inanna, su divinidad protectora, señora del amor y de la guerra. En su himno más íntimo y recordado, revela el secreto de su proceso creativo: la diosa lunar visita su hogar a medianoche y la ayuda a «concebir» nuevos poemas, «dando nacimiento» a versos que respiran. Es un suceso mágico, erótico, nocturno. Enheduanna fue —que sepamos— la primera persona en describir el misterioso parto de las palabras poéticas. 

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P. 164-165.

 

dijous, 17 de setembre del 2020

escrit per a vosaltres

 

De niña creía que los libros habían sido escritos para mí, que el único ejemplar del mundo estaba en mi casa. [...] He crecido, pero sigo manteniendo una relación muy narcisista con los libros. Cuando un relato me invade [...], vuelvo a creer que yo, especialmente yo, soy la lectora a quien ese libro andaba buscando.

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P. 110.
ANNA GUITART
Escrit per a vosaltres
Arallegim

Sempre que acabo un llibre que m’ha agradat molt, em passen dues coses. La primera, més íntima, és que em sento realment afortunada d’haver-lo llegit. La segona és que voldria que tothom el llegís. M’entra una mena de neguit entusiasta per compartir-lo, el recomano i el regalo amb la il·lusió, segurament una mica ingènua, que agradi tant com a mi. Això és justament el que m’està passant amb El infinito en un junco, d’Irene Vallejo (Siruela), que s’acaba de publicar en traducció catalana a càrrec de Núria Parés Sellarés ( L’infinit dins d’un jonc, Columna).
Va sortir fa un any, i ara penso que hauria d’haver fet cas de seguida al llibreter Xavier Vidal, de la No Llegiu, el primer que vaig veure que en parlava. Ja puc entendre el seu entusiasme per un assaig que recorre la història dels llibres des del món antic d’una manera rigorosa i apassionant. Només obrir-lo, ens trobem amb un grup d’homes misteriosos que recorren camins de Grècia. On van? Què busquen? Aquesta és la primera de les moltes històries que ens explica la Irene Vallejo, i que serveixen per teixir l’assaig. Diu que, abans de posar-se a escriure, va pensar en com explicaria la Xahrazad de Les mil i una nits la història dels llibres: va funcionar, perquè es revela com una gran narradora. És apassionada, culta i també molt generosa: comparteix el seu amplíssim coneixement amb naturalitat, contextualitza i fa referències al present per explicar la importància de determinats fets i no li falta sentit de l’humor. Ens fa conscients que la història del llibre és una història col·lectiva, fent aparèixer tots aquells que van permetre que avui llegim com ho fem. Recorre els moments clau de la seva existència, que a vegades semblen trets d’una novel·la de ciència-ficció, però que són ben reals, i que ens fan ser conscients de tots els perills que van amenaçar l’evolució dels llibres.
En un moment del text, la Irene Vallejo diu que a vegades ha tingut la sensació de ser la lectora que un determinat llibre buscava. A mi em va passar exactament això llegint el seu: em semblava que estava escrit per a mi. Però, si l’agafeu, segurament descobrireu que està escrit per a vosaltres.

 

divendres, 4 de setembre del 2020

un regalet per a en catul


El joven poeta Catulo —siempre fue joven, pues murió a los treinta años— cuenta una reveladora anécdota de amistad y librerías ambientada a mediados del siglo I a. C. Como precedente de nuestras inocentadas navideñas, a finales de un frío mes de diciembre, durante las fiestas saturnales, recibió un regalo en son de broma de parte de su amigo Licinio Calvo: una antología poética de los autores que ambos consideraban los más nefastos del momento. «Grandes dioses, qué horrible y condenado librito has enviado a tu Catulo para que se muriera de una vez», refunfuña Catulo. Y a continuación trama su venganza: «Esta fechoría no te saldrá barata, gracioso, porque en cuanto amanezca correré a los arcones de los libreros y compraré los peores venenos literarios para devolverte estos suplicios. Mientras tanto, volved allí de donde en mala hora salisteis, calamidad de nuestros tiempos, pésimos poetas»...

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P. 295.

dilluns, 6 de juliol del 2020

a cavall



Combatir el desempleo, la crisis y el analfabetismo mediante amplias dosis de cultura sufragada por el Estado: ese era uno de los cometidos de la Work Progress Administration. En torno a 1934, cuando se concibió el proyecto, las estadísticas solo registraban un libro per càpita en el estado de Kentucky. En el empobrecido territorio montañoso del este, sin carreteras ni electricidad, era impensable poner en marcha un sistema de bibliotecas móviles en vehículos, que tanto éxito estaban alcanzando en otras zonas del país. La única alternativa era lanzar a las aguerridas bibliotecarias por las trochas de los Apalaches para que llevasen a cuestas los libros hasta los reductos más aislados.
Una de ellas, Nam Milan, bromeaba diciendo que sus caballos tenían las patas más cortas en un lado que en otro, para no resbalar en los escarpados senderos de la sierra. Cada jinete recorría tres o cuatro rutas distintas cada semana, con trayectos de hasta treinta kilómetros por día. Los libros, procedentes de donaciones, se almacenaban en oficinas de correos, barracones, iglesias, juzgados o en viviendas particulares. Las mujeres, que tomaban su trabajo tan en serio como los infatigables carteros de la época, recogían los lotes en las distintas sedes y los distribuían por escuelas rurales, centros comunitarios y hogares campesinos. No faltaba la épica en sus cabalgadas solitarias: los documentos recogen anécdotas de caballos reventados en medio de ninguna parte, ante lo cual las mujeres continuaban el camino a pie, acarreando la pesada alforja de mundos imaginarios. [...] Aunque en 1936 el circuito alcanzaba a 50.000 familias y 155 escuelas, con un total de 8.000 kilómetros recorridos al mes, las bibliotecarias montadas de Kentucky apenas cubrían un décimo de las peticiones. 
[...] El programa empleó a casi mil bibliotecarias hípicas durante una década. La financiación terminó en 1943, el año de la disolución de la WPA, cuando la Guerra Mundial sustituyó a la cultura como antídoto frente al desempleo.

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P. 400-401.

dijous, 18 de juny del 2020

el futur pot arribar a ser molt antic


Tras la noticia, se ha desatado el verborreico concierto de comentarios, indignaciones e ironía en las nerviosas redes sociales. Suenan los «será posible?» y los «ya era hora», la polémica alcanza el punto de efervescencia. Los periódicos y las emisoras de radio consultan a sus expertos habituales. No hay tregua. Twitter vomita la penúltima novedad inaudita: la acedemia sueca ha concedido el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.
Asisto divertida a la cacofonía mediática de apocalípticos e integrados. Los entusiastas celebran que las jerarquías y el esnobismo literario hayan saltado al fin por los aires. Los indignados desconfían del postizo vanguardismo del vetusto comité sueco. Sospechan que aquí no hay intención de desacralizar o expandir el concepto de escritor, ni una derrota de los aduaneros uniformados que vigilan las lindes de la literatura y solicitan visado de entrada: en esta elección ven simple oportunismo y sed de repercusión pública. Los más exaltados prefieren llamarlo banalización y se preguntan escandalizados cuál será el siguiente paso tras tamaña insensatez. ¿Detrás del cantautor irrumpirán en el sancta sanctorum de la academia una jauría de hijos bastardos de la palabra —guionistas de cine y televisión, autores de cómics, monologuistas, diseñadores de videojuegos y proyectos transmedia, epigramistas de Twitter —? ¿Son ellos las tribus del porvenir?
Yo, invadida por el libro que escribo, pienso en Homero. Pienso en la multitud de bardos itinerantes agazapados detrás de su nombre. Ellos fueron los primeros. Cantaban para entretener a los ricos en sus palacios y a la gente humilde en las plazas de las aldeas. Por aquel tiempo, ser poeta era un asunto de suelas gastadas, de polvo de los caminos, del instrumento a la espalda, de recitales al caer la noche y ritmo en el cuerpo. Aquellos artistas caminantes, los andrajosos enviados de las musas, sabios bohemios que explicaban el mundo en canciones, mitad enciclopedistas y mitad bufones, son los antepasados de los escritores. Su poesía vino antes que la prosa, y su música, antes que la lectura silenciosa.
Un Nobel para la oralidad. Qué antiguo puede llegar a ser el futuro.

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. 8a ed. Siruela, 2020. P.109.

dissabte, 30 de maig del 2020

el primer llibre que ha entrat a casa en els temps del coronavirus

ALBERTO MANGUEL
El libro, un invento asombroso
Babelia | El País
18|12|2019

Borges, alabando la invención del libro, dijo que era el más asombroso de los inventos humanos. “Los demás son extensiones de su cuerpo,” explicó. “El microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es la extensión de su voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.
El propósito de este amenísimo ensayo de la filóloga y novelista Irene Vallejo es seguir la fortuna de esta extraordinaria invención durante sus primeros siglos de vida, desde los tiempos de Alejandría cuando el prestigio del libro era tal que en el Museo o Casa de las Musaso a los reyes Ptolomeos les pareció importante emblematizar el poder real con la casi infinita acumulación de volúmenes, hasta los de Roma y los albores del Renacimiento, con ciertas proyecciones al futuro, es decir, a nuestro tiempo.
Una cita de Antonio Basanta que le sirve como uno de los epígrafes declara que “leer es siempre un traslado, un viaje”. Vallejo entiende esto en dos sentidos principales: como viaje físico, el que tuvieron que emprender los buscadores de libros alejandrinos, o Alejandro Magno, lector- conquistador, y también como mental, como el que emprenden los hombres-libros de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, o el Mendel de Stefan Zweig, donde los libros son entendidos como un instrumento de unión, de defensa “frente al inexorable reverso de toda existencia”, dice Zweig, “la fugacidad y el olvido”.
El infinito en un junco no sólo es una crónica de la evolución del libro antiguo. “Si un libro es un viaje”, escribe Vallejo, “el título será la brújula y el astrolabio de quienes se aventuran por sus caminos”. Así nos brinda un delicioso capítulo sobre los encantos del título, cambiantes en los inicios. Los únicos libros con títulos fijos fueron las obras de teatro, como si el diálogo dramático necesitase un ancla de la cual un texto en prosa o verso podía prescindir. Llevando su inquisición a nuestro tiempo, Vallejo lista títulos que deben su identidad a propósitos muy diversos: ironía, desasosiego, sorpresa, secretos presentidos.
Estas estrategias ponen en claro la enigmática relación de autor y lector, de seductor y seducido, el libro entendido como instrumento de experiencia compartida, eliminando las barreras del tiempo y del espacio. No falta de esta crónica una reflexión sobre los profetas del apocalipsis del libro. Vallejo dice que estos pronósticos concuerdan con nuestras sensaciones en este tercer milenio. “Los plazos de la obsolescencia se acortan cada vez más. El armario debe renovarse con las tendencias de temporada, el móvil más reciente sustituye al antiguo; nuestros equipos nos piden constantemente actualizar programas y aplicaciones…”. Y Vallejo concluye: “Si no permanecemos alerta, tensos y al acecho, el mundo nos tomará la delantera”. Los ejemplos de artefactos inventados para ayudar al libro a sobrevivir no son alentadores, pero, como dice Vallejo, “es un error pensar que cada novedad borra y reemplaza las tradiciones”. El teléfono móvil imita la tablilla de arcilla de Mesopotamia y en nuestras pantallas el texto se desenrosca como en los rollos de papiro antiguos.
El encanto particular de este libro reside en su estilo. Vallejo ha decidido sabiamente prescindir o liberarse del estilo académico y ha optado por la voz del cuentista, la historia entendida no como ristra de documentos citados, sino como fábula. Otros autores (Greenblatt, Turner, Straten, Cánfora, Reynolds, Wilson, Casson y muchos más) proveen el trasfondo histórico y filológico de la historia del libro antiguo, pero para el lector común y corriente (a quien reivindicaba Virginia Woolf) es más conmovedor y más inmediato este encantador libro de Vallejo, por ser simplemente un homenaje al libro de la parte de una lectora apasionada.