divendres, 26 de novembre de 2021

prudència i audàcia

 18 de diciembre de 2011


Per Olov Enquist
LA VISITA DEL MÉDICO DE CÁMARA
«Estaba curioseando e una librería. El azar y una solapa bien escrita me llevaron ante esta historia que nunca más he podido olvidar

 

Todo sucede en el pequeño reino de Dinamarca, durante la segunda mitad del siglo XVIII. Reinaba Cristián VII, un joven de cuya demencia nadie dudaba y por tanto incapaz de desempeñar, con la necesaria coherencia, las funciones más elementales de la soberanía. Así que buscaron a un médico que pudiera reducir los daños con alguna cura. Encontraron a un alemán que se llamaba Friedrich Struensee. Un médico brillante, hábil y educado en el credo de la Ilustración. Tomó al rey en sus manos pensando que «locura» era un término demasiado conciso para definir lo que podía suceder en el cerebro de un hombre, y sobre todo de ese hombre. Lo ayudó a navegar de modo aceptable por la superficie de las cosas y con ello se ganó su plena confianza. No tardó mucho en convertirse en el amante de la reina, en la persona más influyente del reino y en el hombre que involucró a Dinamarca en la más efímera e increíble de las revoluciones ilustradas que la historia recuerde. Murió decapitado un par de años después, considerado culpable del delito de lesa majestad.
Hasta aquí los hechos. Después hay que saber contarlos, si lo que se pretende es hacer una novela.
Per Olov Enquist es un narrador exquisito y en este particular oficio (destilar historias de la historia) es, según yo lo veo, uno de los mejores. Hoy, a sus setenta y siete años, este sueco es conocido por su compromiso político. No sería de extrañar que antes o después le concedieran el Premio Nobel.

Pero, aparte de esto, escribe de un modo claro con estructuras nítidas y para nada banales, en una medida justa y con cambios de ritmo propios de un joven. Rara vez fuerza las cosas y con frecuencia parece solo seguirlas como muy pocos escritores saben hacer. Tiene un timbre de voz cuyo secreto aún no he podido descubrir; es como si comenzara con la frialdad propia de un parte médico que después se va calentndo al fuego lento de su maravilla personal. El resultado es inusitado: es como oír a un notario leyendo un testamento, solo que ese testamento es el suyo y entonces la voz se vuelve más cálida, y cada palabra se llena de cosas, y el conjunto es algo irrepetible, ordenado pero irrepetible. Una cosa en particular he de reconocerle aunque sea con envidia, y es que tiene un modo desconcertante de captarte, allá donde estés, y de ponerte en medio de la historia que te está contando. Son muchos los que saben hacerlo, pero él lo hace de forma sosegada, como un modesto artesano, y te pilla por sorpresa. De repente te encuentras ahí en medio, totalmente en medio, sin ni siquiera haberte dado cuenta de que alguien te cogió de la mano y te metió dentro de un juego del que nada sabías. Tú entonces déjale jugar y ya verás qué gran placer.

La visita del médico de cámara es probablemente su libro más logrado, pero no es solo por eso por lo que me ha gustado tanto hasta el punto de hablar hoy de él. Es también porque encierra una fantástica lección sobre la Ilustración [...]. Es posible que nunca haya entendido de verdad la fuerza utópica y la locura visionaria de las ideas de la Ilustración hasta que he leído este relato de Enquist sobre la efímera revolución danesa de Struensee, hasta que no me ha hecho ver tan de cerca la realidad de un país al que, en pocos meses, le dieron la vuelta como a un calcetín, bajo la sacudida eléctrica de los temerarios ideales de libertad, racionalidad y naturalidad. Un espectáculo sublime y grotesco. Una especie de Mayo del 68 de porcelana. No os podéis hacer una idea de cómo de repente cientos de páginas leídas y entendidas me cayeron encima de nuevo, pero vivas, e incluso un poco incandescentes. Como os digo, una lección.

Ocurre además que, como en todos los libros, hay siempre una página o unas pocas líneas que se te quedan grabadas para siempre. Yo tengo una escena de La visita del médico de cámara, que habré contado ya mil veces y que obviamente no puedo dejar de contar aquí. Es solo una conversación telegráfica, aunque precisamente son estos pequeños detalles los que distinguen a un narrador. Se trata de una escena entre Struensee y la reina. (Se llamaba Carolina Matilde, tenía veinte años, era inglesa, y aparentemente tenía el encanto y el carácter de una berenjena. Pero solo en apariencia.) Al principio los dos se detestan. Luego sucede algo. Struensee, entre otras pasiones, tenía la de montar a caballo, y la reina en un momento dado, dejando a un lado su soberbia, le concede el privilegio de enseñarle a montar. Eligen para ella un caballo dócil, y en la imperturbable belleza del parque de Bernstorff Struensee la coge de la mano y acepta ser su instructor. Era un hombre que, en dieciséis meses, consiguió transformar una monarquía oscurantista en un paraíso de libertad, igualdad e inocente delirio. Sabia elegir las palabras para resumir el mundo.

«—La primera regla es la prudencia —dice.

—¿Y la segunda? —le pregunta ella.

Audacia —responde Struensee.»

Fin. Os lo he dicho, es solo una conversación telegráfica. Pero, ahora que os la he regalado, aplicadla a cosas menos obsoletas que la equitación y os prometo que os será increíblemente útil.


Alessandro Baricco. Una cierta idea de mundo. Traducció de Carmen García-Beamud. Anagrama, 2020. P. 31-33.

 

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