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dissabte, 11 de juliol del 2026

anotar, segons david foster wallace



Players, Don Delillo
Suttree, Cormac McCarthy
Borges: A life,  Edwin Williamson
Rabbit, run, John Updike


El Harry Ransom Center de la University of Texas va adquirir, l'any 2009 (crec), l'arxiu de David Foster Wallace. Manuscrits, correspondència, apunts de classe...i vora tres-cents llibres de la seva biblioteca, farcits d'anotacions.

dimarts, 22 de juliol del 2025

crítica domèstica


Desde hace un tiempo no leo, subrayo. Pasó de repente. Yo era de los que se echaban en un sillón a leer sin preocuparse por lo que fuera a decir un ensayista o un poeta. Nada me podía interesar menos. Leía por leer, que es como aprendí a hacerlo. Pasando de una frase a otra, luego al párrafo de más abajo, y terminaba por dar vuelta la página. Los libros iban y venían, y nada importaba mucho porque la página —cualquier página— era democrática y dentro de ella cabía cualquier cosa: una novela de misterio o algún verso hermoso de Pepe Cuevas sobre los años setenta. Ahora, en cambio, leo con un lápiz en la mano y subrayo, tiro líneas, pongo signos de exclamación, de interrogación, le contesto en voz alta al narrador —«¡qué se ha creído usted!»— como si fuera lo más normal del mundo. Supongo que así se envejece.

Hace poco, de hecho, me pillé entrando a una librería, cosa que no hacía desde hace un montón de años. No a una librería de libros, se entiende, sino a una de las otras, esas que venden tintas, cartulinas, reglas y gomas de borrar. Iba a comprar lápices de grafito. El plural es importante porque necesitaba muchos. Veinticinco, treinta, algo así. Y como ya no dan bolsas de plástico, llené mis bolsillos con lápices y partí de vuelta a la casa como un estudiante de la Bauhaus, estusiasta y radical. Compré lápices de distintos grosores y con unas especificaciones que aún no entiendo, pero que al menos se vuelven familiares: HB, HB2, 119HB, qué sé yo. Esa jerigonza me importa poco porque los uso solo para una cosa: hacer rayas. Desde que descarté los marcapáginas, los lápices ahora me sirven para indicar dónde dejé la lectura —sencillamente cierro el libro con el lápiz dentro— y, sobre todo, para discutir con el autor, el traductor y, dado el caso, el editor —«¡qué se ha creído usted también!»—. En los márgenes, aunque no lo parezca, hay espacio de sobra para esas lecturas dialógicas en las que recién me estreno, como si la inminencia de los cuarenta años me autorizara de un modo extraño para dejar de pelear con los guardias de los supermercados y empezar a hacerlo con los libros.

La marginalia es un terreno rico y libre para la crítica privada y doméstica. Ahora que que me dedico a ella descubro los placeres de la impunidad, de la ausencia de público, de la anotación que de tan privada incluso queda fuera del alcance de los algoritmos. Esos apuntes son como la literatura chilena: no le importan a nadie. Quizá a los escritores jóvenes que buscan hacer amigos, pero al menos —o por eso mismo, como le decía Andrés Bello a Vicuña Mackenna, a raíz de las bondades de no ser leído por nadie— lo mejor es rayar los costados y no preocuparse por tonteras. Bueno, de la muerte, que es lo único que nos preocupa a los viejos recién estrenados, pero ese es otro tema.


Gonzalo Maier. «¡Pero qué se ha creído!». A: Leer y dormir. Minúscula, 2021. 59-62.


dissabte, 22 de febrer del 2025

la biblioteca d'isak dinesen a rungstedlund


«Després passem en un altre ambient, on es guarden els llibres de la seva biblioteca, que conserven als marges breus anotacions. No literàries, però, sinó de vida quotidiana. A la solapa d'El sol també s'aixeca, d'Ernest Hemingway, hi va deixar escrita una llista de queviures: truita, arròs, pasta...I segur que no era pas per desconsideració. L'escriptor nord-americà va ser company de safari del seu marit i el 1954, en rebre el premi Nobel, va dir públicament que hauria hagut de guanyar-lo ella. Això li va fer una il·lusió enorme i la va rescabalar de la decepció per la manca de reconeixement. També glossà Faulkner. En una de les dues edicions de Rèquiem per una monja hi apuntà una llista d'arbres per plantar al jardí. Dante i Virginia Woolf se'n van salvar. Karen tenia fascinació per tot el grup de Bloomsbury. Veig una edició francesa de Les mil i una nits i de L'arpa d'herba de Truman Capote, que Karen va conèixer durant una gira triomfal de conferències als Estats Units. També és preciós un volum il·lustrat, molt gastat, de Peter Pan. «Sabia perfectament anglès i francès», diu Tore [nota de la copista: un nebot de la Dinesen], «i també una mica l'alemany». A l'Àfrica va aprendre el suahili. Tenia una oïda excepcional per a les llengües. Va escriure alguns dels seus llibres en anglès i després els traduïa ella mateixa al danès. Però pràcticament els reescrivia. No hem trobat rastre de cap diccionari danès-anglès entre les seves coses». En una paret hi penja un quadre signat per René Bouché: un retrat de l'escriptora amb el famós barretet negre i les arracades de perles (com la va immortalitzar Cecil Beaton) que la mostra amb una expressió viva, molt suggeridora: les mans allargades, els ulls enormes i molt dolços, esbatanats, com diuen que els tenia sovint, el somriure amb prou feines esbossat al rostre ossut i clar i una posa un xic inclinada, com de persona que —citant el seu estimat Nietzsche— «diu que sí» al destí.»


Sandra Petrignani. L'escriptora viu aquí. Traducció de Carles Biosca. Viena, 2023. P. 176-177.

 


dissabte, 11 de juny del 2022

notes

 

Beniarbeig. Verano de 2000

Leo a Chateaubriand: Mémoires d'outre-tombe, y a continuación vuelvo a Dostoievski: Los hermanos Karamázov. Tomo infinidad de notas de ambos libros: me gusta guardar en los cuadernos páginas enteras de los libros que me interesan, copiar párrafos y párrafos con mi letra: creo que lo que me gustaría en realidad sería haberlos escrito yo.


Rafael Chirbes. Diarios. A ratos perdidos 1 y 2. Anagrama, 2021.


dilluns, 15 de març del 2021

dilluns, 30 de novembre del 2020

anotar, doblegar, potser subratllar


Otro de los grandes debates respecto de los libros tiene que ver con lo que se considera legítimo o no hacer con ellos. ¿Pueden subrayarse?, ¿pueden anotarse comentarios en los márgenes?, ¿con bolígrafo o solo con lápiz?, ¿puede doblarse la esquina de una página para señalar por dónde vamos?

Mi generación ha crecido en una filosofía de respeto reverencial al libro, ya lo he contado. En mi casa, recuerdo que cada libro que se leía era previamente forrado y no estaba permitido, por supuesto, escribir o señalar nada. Yo, desde luego, he sido incapaz hasta hace poco de subrayar un libro, ni siquiera aquellos con los que trabajo o que me sirven de documentación, si no es con un lápiz. Cuando algo me interesaba dejaba un post-it o un pedazo de papel marcando la página, y si acaso una imperceptible señal, tan imperceptible a veces que me obligaba a leer de nuevo la página completa hasta que encontraba lo que me había interesado.

Ahora, sin embargo, me sorprendo cada vez más veces doblando las esquinas, o escribiendo comentarios, subrayados, notas o flechas, aunque siempre con lápiz. De momento.

George Steiner es también de los que piensa que no se puede leer un libro si no es con un lápiz en la mano, o en la oreja. Leí hace tiempo que a Stevenson le gustaba salir al campo a leer; llevaba el libro en el bolsillo izquierdo, y un cuaderno en blanco, para escribir, en el derecho. Cortázar, sin embargo, llenaba sus libros de notas y comentarios a lápiz, y con pluma, y con rotulador y con cualquier cosa que tuviera a mano. Anotaba en francés, inglés o castellano, dependiendo del idioma en que estuviera leyendo, no como Mallarmé, cuyos libros, decía solo hablaban francés.

A Cortázar le gustaba dialogar con los autores a través de los libros. Felicitarlos o discutir con ellos:«No», escribe a veces en los márgenes, «bien», «ça», «¡Voilà!», a veces comentarios más expeditivos como ese que se lee en su ejemplar de Confieso que he vivido, de Neruda, en el que se harta de corregir erratas:  «Ché Otero Silva —escribe en una página refiriéndose al editor—. Qué manera de revisar el manuscrito, carajo».

 

Jesús Marchamalo. Tocar los libros. Cátedra, 2020. P. 123-127.



diumenge, 3 de maig del 2020

el transcriptor


Hasta quizás los treinta años tenía la costumbre de transcribir fragmentos de mis libros favoritos y pegarlos en la pared, sin mayor despliegue que una hoja tamaño carta y una barra de Stic-fix. A veces los transcribía a mano, otras veces los tipeaba e imprimía. Un largo párrafo del capítulo «Nieve», de La montaña mágica, por ejemplo.
Acababa casi siempre memorizando esos fragmentos, pero el objetivo era más difuso: ornamental, sentimental, epigonal. Recuerdo un verano en que todas las moscas de la calle Humberto Trucco descubrieron que si se posaban en alguna letra de alguna de esas palabras yo no las mataría.
No sé por qué abandoné esa costumbre tan alegre. Por pudor, quizás. Supongo que era una variante exhibicionista del subrayado.

Alejandro Zambra. «Traducir a alguien (II)». A: Tema libre. Anagrama, 2019. P. 126.

dimarts, 23 de juliol del 2019

tot allò que no existeix


JAZMINA BARRERA
Todo lo que no existe
Tierra adentro

¿Qué queda de un autor muerto en los subrayados que hizo a los libros que leyó? Jazmina Barrera indaga el caso del narrador estadounidense David Markson; su obsesión la lleva a comportarse como un detective que rastrea ejemplares, líneas y bibliotecas tras la pista de una anécdota singular.

Cuando David Markson murió en 2010 donó los libros de su biblioteca a la librería Strand en Nueva York. Acto seguido, un fanático de su obra que trabajaba para la competencia, Barnes and Noble, corrió a comprar todos los libros de Markson que pudo encontrar. Dice haber revisado la librería entera, libro por libro, al menos dos veces. Al poco tiempo comenzó con el proyecto Reading David Markson Reading, una página de internet en donde ha ido escaneando y subiendo las anotaciones que Markson dejaba en los márgenes. 
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En 2013, de visita en Nueva York, fui a una librería en Brooklyn llamada Spoonbill and Sugartown. Llevé a la caja Wittgenstein’s Mistress, uno de los pocos libros de David Markson que me faltaba leer. En el mostrador atendía una mujer de pelo cano y largo, con aretes orientales. Me sonrió: David Markson, dijo, elegiste un buen libro. Me imagino, dije yo, he leído varios suyos y me fascinan. Ella dijo, conocí a Markson cuando trabajaba en una librería en Manhattan, cerca de donde él vivía. Markson pasaba mucho tiempo allí. Emocionada, le pregunté cómo era Markson y respondió que era perfeccionista y obsesivo, que eliminaba todos los clichés de sus novelas y los lugares comunes. Dijo también que era modesto, que siempre trabajaba con editoriales independientes, aunque le ofrecieran contratos impresionantes en las editoriales más grandes. No le gustaba dar pláticas ni salir de gira. Era muy reservado. Me contó que una vez dio con un ejemplar de Wittgenstein’s Mistress anotado y marcado por alguien que había odiado la novela. Se quejaba del personaje, de las frases, de todo. La librera le dio el ejemplar a Markson y éste llegó algunos días después, diciéndole que le encantaba el libro, que le agradecía muchísimo que se lo hubiera enseñado. Markson y la librera se encontraban muy a menudo en la calle y platicaban. Eran amigos. La librera dijo haber sentido muchísima tristeza cuando murió.
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Las novelas de Markson se fueron desnudando progresivamente de todo lo que suele componer a una novela: personajes, espacio y acción. Cada vez más, lo que permanecía eran citas de otros autores o referencias a episodios literarios o culturales. El fluir de estas ideas prestadas, de las palabras y las vidas de los muertos, va construyendo las historias. Markson nunca utilizó una computadora. Copiaba las citas que le servían para sus novelas a mano, en fichas que luego guardaba en cajas de zapatos. Sus libros están marcados en los lugares de los que extraía esta información.
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Cuando me mudé a Nueva York, regresé a la librería de Brooklyn. Fui a Williamsburg otro domingo por la mañana y me abrí paso entre la gente y los puestos de antigüedades hasta llegar a Spoonbill. Allí seguía la librera, con su pelo gris en un chongo holgado, sus aretes barrocos y una camisa de mezclilla. Busqué otro libro, el que fuera, para tener un pretexto y hablar con ella. Llevé Austerlitz de Sebald a la caja.
La saludé, y le recordé que había estado allí el año pasado y que había comprado Wittgenstein’s Mistress. Le hablé de la historia que me había contado, acerca del libro lleno de anotaciones en los márgenes que le había prestado a Markson y le pedí que me platicara más sobre la historia. Con toda amabilidad, me contó que la librería en la que trabajaba se llamaba Saint Mark’s Bookstore. Había obtenido el libro anotado en la Jefferson Market Library, una biblioteca hermosa en el West Village, en un edificio antiguo de ladrillo, con un reloj en la punta de la torre y un jardín debajo, con la banca perfecta para sentarse a leer.
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Vivo en la calle Saint Mark’s Place. En mi cuadra hay estudios de tatuajes y piercings, restaurantes coreanos, tiendas de ropa africana, de la india, y una de objetos raros llamada Search and Destroy. Por aquí se pasean todos los días las personas más extrañas. Si hoy en día volvieran a pasar, como cuando tenían veinte años, Patti Smith disfrazada de Óscar Wilde y Robert Mapplethorpe con sus collares de cuentas, no sobresaldrían entre los personajes que llenan las banquetas día y noche.
En la esquina de la cuadra estaba antes Saint Mark’s Bookstore. Era un local luminoso, con libreros altos y negros. Allí, hace algunos años, compré Franny and Zooey y un libro de cuentos de hadas rusos. La librería cerró porque las rentas estaban muy altas y el local ahora está vacío, pero siguen allí algunos estantes, llenos de libros ausentes.
David Markson vivía en la calle 11, a dos cuadras de Saint Mark’s Place. Me lo imagino pasando frente a mi casa, comprando fruta en el puesto de enfrente, comiendo japonés en el Sobaya o borsch en el Weselka. Lo veo con sus camisas de mezclilla y sus lentes de metal, lo veo tan claro que siento que en cualquier momento me lo podría encontrar.
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Markson, que en el nombre lleva el verbo Mark (marcar), rayaba sus libros con cuidado. Sus subrayados eran rectos (los míos son como caminos de terracería). Sus signos favoritos eran la paloma, para las cosas que le gustaban, y el tache para lo que no le gustaba (yo utilizo una estrella para lo que me gusta, dos estrellas para lo que me encanta, e ignoro lo que me disgusta).
Los márgenes de sus libros están llenos de comentarios acerca de lo que va leyendo. A veces expresan una opinión personal: «What an awful couple of pages», dice en la página 224 sobre Mao II de Don DeLillo, y, unas páginas después, tan sólo «Bullshit». Pero a veces Markson interviene el texto para discutir o dialogar con él. Así, por ejemplo, hay una línea en Sexual Personae de Camille Paglia que dice «The poem’s sexual personae puzzled me for a decade.» A lo que Markson responde al margen: «A decade! Not nine years, not eleven?» Discute así con los libros, pone la tinta de su pluma al mismo nivel que las palabras impresas. Se dirige a los escritores, casi todos ellos muertos, hablándoles en presente. Ahora que él también murió, los palimpsestos en esas páginas son diálogos entre fantasmas.
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En sus últimas novelas sigue existiendo un personaje principal. Un Lector, o Autor, una especie de narrador cada vez más sutil. La voz de Markson en sus notas, que irrumpe de pronto en las palabras de alguien más, me recuerda a los personajes de sus novelas, que intervienen muy de vez en cuando entre las citas y los datos para decir apenas algo como «Me he estado tropezando mucho últimamente». La voz discreta de un narrador esquivo.
Entiendo por qué a Markson le gustó tanto ese ejemplar que le dio la librera, donde alguien se había dado a la tarea de rebatir su escritura con vehemencia. Esa lectura cercanísima debió haber sido para él un gran halago; para poder odiar algo con tanto fervor, como el hombre que rayó su novela, no podía sino amarlo también un poco. Ése era el homenaje que Markson había rendido a sus dos mil quinientos libros, a todos esos autores, a la literatura, la filosofía y la música. Ésa era la devoción por el pasado a la que había dedicado su vida.
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Saqué la credencial de la biblioteca para ver si podía dar con el ejemplar rayado de Wittgenstein’s Mistress. Me desanimé cuando entendí que Jefferson’s Market Library es parte del sistema de la New York Public Library, lo cual quiere decir que las copias de los libros circulan entre todas las bibliotecas de Brooklyn, Manhattan, etcétera. Las cinco copias que tiene la NYPL de Wittgenstein’s Mistress estaban prestadas. Lo más que podía hacer era esperar a que me avisaran cuando llegara alguno de los libros. Me imaginé los cinco libros circulando en diez pares de manos, en cinco direcciones postales distintas de Nueva York. Hubiera querido tener acceso a la base de datos de la biblioteca, para ver en qué puntos cardinales se encontraban, de qué edad eran los lectores, qué otros libros habían sacado.
La primera copia que llegó era de pasta dura y estaba impecable. Tenía sólo dos marcas. En la página 24 estaba subrayada la palabra «gazed» (que me parece intraducible al español, y que alude a una manera particular de ver). La frase entera decía «And thereafter gazed at it» y se refiere a cierto momento de la historia en el que la protagonista cuenta que estiró un caballete en blanco y luego lo contempló durante días.
Wittgenstein’s Mistress es la historia de Kate, una pintora, única sobreviviente en un mundo postapocalíptico. La novela está escrita con frases cortas, concretas y aforísticas, como las del Tractatus de Wittgenstein. Kate escribe la novela en una máquina de escribir y narra su búsqueda de otros seres vivos en el mundo, en medio de referencias literarias, filosóficas e históricas. Se mueve en el mundo fantasma de una civilización perdida, pero en su mente cabe todo el pasado de la humanidad. «Deambulaba por un vacío infinito. A veces, en vez de eso, cuando no estaba loca, me daba por la poesía». En su mente se confunden las referencias. A veces dice algo y luego recuerda que la frase era de alguien más, que la subrayó en el libro de alguien más cuando estaba en la universidad. Pero si la humanidad ya no existe, si lo único que queda es la memoria de Kate, no importa que los nombres se confundan. No importa saber a quién hay que atribuir cada idea y cada oración. Viven ya sólo en su mente y por lo tanto le pertenecen. Ella es toda la historia del mundo, en ella coexisten los músicos, los escritores y los arquitectos. Kate está llena de fantasmas.
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En el libro, muchas páginas después había una línea enmarcada en un rectángulo: «The world is everything that is the case.» Junto tenía una nota escrita con una letra diminuta que decía tan sólo «Wittgenstein».
De niña, las lecturas equivocadas en el momento equivocado me provocaron una fobia hacia la filosofía que me ha costado mucho trabajo superar. Me acerco a ella todavía como a un doberman cuando dicen que «no muerde». Intenté leer el Tractatus y fracasé. Entendí que esa línea, «El mundo es todo lo que es el caso», era el comienzo y que era crucial, pero no llegué mucho más lejos.
Fui a devolver el libro de Markson decepcionada. El bibliotecario era un joven alto, de camisa amarilla y lentes negros. «I had this book on hold but I want to return it», le dije. ¿Acaso estaba buscando otra edición?, preguntó confundido. Entonces le conté la historia entera. Me dijo que era una anécdota hermosa, que le parecía muy táctil. Emocionado, abrió la base de datos y dijo que, si la mujer había sacado esa copia de esa misma biblioteca, podríamos buscar una que no estuviera de base en Mid-Manhattan. Encontró una que había sido rentada cuarenta y tres veces y sugirió probar suerte con esa. Eché un vistazo a la base de datos y vi que junto a otra de las copias decía «discarded». Pregunté si no podría ser esa mi copia, si no la habría denunciado alguien por estar tan maltratada. Pregunté qué hacían en la biblioteca con las copias dañadas y el librero respondió que se las daban a un vendedor que las vendía en e-bay o las tiraba a la basura.
Estoy segura de que ése era mi ejemplar. Cuando volví por la que había circulado cuarenta y tres veces, estaba completamente limpia. Mi copia estaba en manos de alguien más o en un basurero o en el papel reciclado de una tarjeta navideña. Era el espectro de un libro.
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Decidí leer A Very Short Introduction to Wittgenstein. Pedí ayuda a mi amiga Irene que es filósofa y volví a leer el Tractatus. Seguí dándole vueltas a la frase «El mundo es todo lo que es el caso». David Forster Wallace dice que Wittgenstein’s Mistress está llena de malas lecturas de las ideas de Wittgenstein. Por ejemplo, Wittgenstein dice que el mundo es todo lo que es el caso, pero también todo lo que no lo es. El mundo es la disposición de los objetos existentes, pero también es todo lo que no existe: lo que se puede narrar o imaginar. El mundo de Kate es esa miscelánea de objetos sin vida, pero también el pasado de la humanidad que Kate recuerda o imagina. Mi calle es ese conjunto de tiendas y gente rara, pero también es Patti Smith y Robert Mapplethorpe escuchando a Billie Holiday en el Five Spot y David Markson entre los estantes negros de Saint Mark’s Bookstore. Todo eso que no es, que ya fue y que me imagino, también existe. Dialogamos todo el tiempo con fantasmas, caminamos entre fantasmas y aun vivos vamos dejando atrás espectros propios, en forma de notas y de ausencias.

Vegeu també -------> Markson, n'aquesta santa casa.

dimarts, 12 de juliol del 2016

subratllar


Robert Mitchum: 'Baby, I Don't Care', de Lee Server, subratllat fins a dir prou per Tony Shafrazi. Una cèlebre broma.

Hubo un tiempo en que resultaba difícil, a la vista de cualquier libro de mi biblioteca, saber si lo había leído o no; tanto era el cuidado que, al hacerlo, ponía yo en no estropear las cubiertas, en no agrietar los lomos, en evitar que los pliegos se despegaran, en no marcar las páginas. Confieso, abochornado, que en ocasiones llegaba a forrar el libro en cuestión. Conste en mi descargo que hablo de un tiempo en el que preservar según qué libros de la ruina a que los condenaba una lectura corriente era tarea de expertos como yo mismo, capaces de completar dicha lectura sin nunca abrir el libro más de cuarenta y cinco grados. Recuerdo en especial -por haberlos atesorado- los libros de bolsillo de Alianza, que era toda una hazaña terminar sin verlos transformados en un puñado de fascículos.
Todo eso quedó atrás cuando me aficioné a subrayar los libros; un hábito que en mi caso vino dado por la práctica de la crítica. Siempre he pensado que el buen crítico es un lector que sabe subrayar adecuadamente, y que, por virtud de ello, sabe construir una lectura representativa del texto, basada en citas oportunas. Me viene ahora al recuerdo lo que escribía Walter Benjamin en una de sus trece tesis sobre la técnica del crítico: “Polémica significa destruir un libro citando unas cuantas de sus frases”. Aunque no siempre se trata de eso, por supuesto.
El caso es que comencé a subrayar los libros y ya no he dejado de hacerlo. Al principio me conformaba con tímidas, casi imperceptibles señales en los márgenes, y con discretos corchetes; pero enseguida empecé a subrayar -literalmente- líneas, primero, y luego párrafos enteros, con el añadido ocasional de signos de todo tipo y, a menudo, anotaciones que por lo común ni yo mismo soy capaz de descifrar pasado un tiempo. Siempre hechas a lápiz, eso sí, nada de tintas ni de fosforitos. Una vez perdido el respeto a la integridad de la página, pronto se lo perdí a la del volumen en su conjunto, y ya no me anduve con aquellos cuidados de antaño. Pero si antes sufría al prestar un libro por temor al estado calamitoso en que muy probablemente iba a serme devuelto (en el caso de que me fuera devuelto, pues ya se sabe), me ocurre ahora que no puedo prestar mis libros por el pudor que me produce que vean qué es lo que subrayo de ellos.
Y es que subrayar un libro viene a ser, según cómo, un acto íntimo, que puede llegar a delatar bastante cosas, algunas muy pintorescas, de quien lo ha cometido. Y que, más frecuentemente, da lugar a toda suerte de extrañezas.
Todos hemos leído en alguna ocasión un libro con los subrayados de otro, ya se trate de un conocido, ya de un lector anónimo que lo tuvo antes que nosotros (en el caso de un libro de segunda mano, o cedido en préstamo por una biblioteca). Y a muchos nos ha intrigado el criterio a veces tan extravagante con que aparecían destacados determinados pasajes a los que no terminábamos de encontrar ningún mérito o atractivo particular.
Una extrañeza de naturaleza semejante ha podido invadirnos al releer un libro subrayado tiempo atrás por nosotros mismos, con énfasis e intenciones que en el presente se nos escapan. ¿Cómo entonces exponer a los ojos de quien sea un libro subrayado bajo vaya uno a saber qué influjos o intenciones?
Y sin embargo, la lectura verdaderamente compartida sería aquella en la que uno subraya en sintonía con el otro, en un grado de complicidad semejante al que supone compartir el sabor de una manzana. No una manzana cualquiera -tú la tuya, yo la mía-, sino esa misma manzana. “Si es cierto que no puedes contarle a alguien algo que no has experimentado, el acto de leer es aquel en el que uno lee con alguien.”
Es el poeta Robert Creeley quien dice esto en la entrevista que concedió a The Paris Review en los años sesenta, recogida hace poco, junto a su esencial Autobiografía y un puñado de poemas memorables, en un precioso volumen editado por la Universidad Diego Portales de Chile (Robert Creeley, Autobiografía y otros textos, 2010).
Apuro me daría prestar a quien fuese este libro, que tengo subrayado de un modo indecoroso, pues casi no queda renglón sin marcar. Pero es que hay libros de los que bastaría subrayar la portada. Son aquellos que estamos obligados a releer.

Ignacio Echevarría. Libros subrayados. El Cultural.  20|05|2011.


dissabte, 10 de gener del 2015

era broma




Fa cosa d'uns mesos, la xarxa anava plena d'aquesta foto, no sé si l'havíeu vist mai. De fet, no era ben bé aquesta, era força més petita. El detall és important, sobretot perquè la mida no permetia llegir el text que consta a la part superior de les pàgines: Robert Mitchum, Phantom years. Si s'hagués vist prou bé, hauria costat una miqueta més de fer-lo passar per «un exemplar de l'Ulisses de Joyce, profusament subratllat, que es diu en aquests casos, per David Foster Wallace» —d'això es tractava— i ens haguéssim estalviat un munt de comentaris sobre la perícia de DFW amb el retolador i com de llest n'arribava a ser, i quin gran lector, pobret, malaguanyat.
Al final ni era l'Ulisses ni l'havia guixat en DFW. És una biografia de Robert Mitchum —Robert Mitchum: Baby, I Don't Care', de Lee Server— subratllada fins a dir prou per Tony Shafrazi, a qui no tinc el gust, i viralitzada —ecs—, amb enganyifa inclosa, per un tal James Boice, a qui tampoc no. Una broma, pots comptar.



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P.S.: La gent es va empassar l'ham —la gent sempre són els altres— perquè, efectivament, en DFW tenia el costum de farcir els llibres d'anotacions. Això se sap gràcies a que el Harry Ransom Center de la University of Texas va adquirir l'arxiu personal de l'escriptor (manuscrits, correspondència, apunts de classe i vora tres-cents llibres de la seva biblioteca) i ha penjat a la xarxa unes quantes imatges d'exemplars anotats, aquests sí, per David Foster Wallace, en pau descansi. Aquí.




dissabte, 2 d’abril del 2011

anotar, doblegar, potser subratllar


El arco y la lira d'Octavio Paz, anotat i subrallat per Julio Cortázar.

Mi generación ha crecido en una filosofia de respeto reverencial al libro, ya lo he contado. En mi casa, recuerdo que cada libro que se leía era previamente forrado y no estaba permitido, por supuesto, escribir o señalar nada. Yo, desde luego, soy incapaz de subrayar un libro, ni siquiera aquellos con los que trabajo o que me sirven de documentación. Cuando algo me interesa dejo un post-it o un pedazo de papel marcando la página, y si acaso una imperceptible señal con lápiz, tan imperceptible a veces que me obliga a leer de nuevo la página completa hasta que encuentro lo que me había interesado.

Jesús Marchamalo. Tocar los libros. Fórcola, 2010.  P. 70.