dissabte, 25 de juny de 2022

l'idiota



1985
30 de octubre

Conozco pocas novelas tan soberbiamente construidas —y concluidas— como El idiota de Dostoievski. Consigue que acabe siendo parte de la narración cualquier cosa que le eche a la olla el autor. Lo cocina todo. Me la termino en el tren, durante un trayecto Bayona-París. El último capítulo es tan hermoso y conmovedor que lo soporto a duras penas. Me duele. En medio del aburrimiento y el miedo —¡qué inseguro todo!— este libro se ofrece como un faro poderoso: la llamada de algo mejor, una llamada desde lo incomprensible a quien nada comprende. Lo mejor del alma humana parece coagularse en este libro hermético que se resiste a ser descodificado, y en cada asalto te regala unas briznas de cuanto contiene. Uno sabe que el tesoro está ahí dentro aunque no sea capaz de alcanzarlo. Lo consuela la vibración que emite su reactor. Escribo estas líneas inquieto, emocionado, con los poros abiertos. En torno al tren que avanza velozmente, se extiende la noche. El malvado Rogozhin y el buen idiota Myshkin velan en una habitación el cadáver de la mujer que más han amado y que empieza a descomponerse. Ellos dos —dos niños con un juguete secreto— bisbisean para que nadie los escuche, y se han acostado en la misma cama. Rogozhin lo había previsto todo. Cuánta belleza en esa habitación a oscuras. El príncipe acaricia las mejillas de Rogozhin, que tras haber asesinado a la mujer, delira. Dostoievski, insaciable, le exige al alma un esfuerzo aún mayor en su ascenso al monte Calvario, un escaloncito más, y ya llegamos. Ánimo, compañero. Ya falta menos.


Rafael Chirbes. Diarios. A ratos perdidos 1 y 2. Anagrama, 2021.


Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada