dimecres, 7 de desembre de 2022

els copistes


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LOS COPIONES

Los Bouvard, los Pécuchet

Si hay artistas sin obra, también es cierto que bastantes obras están desprovistas de autor, o lo han perdido.

El escritor no es una necesidad de la literatura, del mismo modo que el artista no es un elemento indispensable de la experiència estética. De hecho, los corpus literarios abrigan numerosas obras sin paternidad. Los cuentos son, por excelencia, entidades sin autor, hasta el momento en que caen en manos y bajo la pluma de maestros de la reescritura como Perrault y los hermanos Grimm...Asimismo, es imposible establecer la genealogía del ciclo de los relatos indonesios de Kancil (el astuto ciervo enano); y la de su homólogo europeo, el ciclo de Renart, dispone de varios padres, por otra parte poco conocidos. Y por último tampoco las epopeyas del Mahabharata y del Ramayama —cuyas teomaquias constituyen los monumentos originales de las tradiciones culturales indias en sánscrito, pero también una fuente esencial para el conjunto indoeuropeo— tienen un autor, sino un linaje múltiple resumido por un sustantivo erigido en nombre propio: se dice que son obra de Vyasa, es decir el «compilador» o, más exactamente, «el que difunde los textos».

Para el artista, copiar no es inventar, no es crear, pues nada se agrega a la exigencia de lo nuevo, ni se prosigue la historia ni se completa el museo. Copiar es el antijuego. Pero también es mostrar hasta qué punto eran medallas de escaso valor los atributos prometeicos de nuestros genios. Pues el copista, en sus versiones modernas, es un ironista. Cuando no es un ironista entonces es un imbécil. No existe un punto intermedio, ni territorios de poblaciones diferenciadas entre César Paladión y los dos oficinistas flaubertianos. El escriba es puro espíritu o simple mecánica, alguien inspirado o completamente desprovisto de inteligencia.

En el primer caso, el único que nos atañe, el plagio no es una forma de escurrir el bulto renunciando a la originalidad ni tampoco una retirada de la voluntad, como quien busca la paz espiritual en la boca del cañón de una pistola. No, la copia confesa de obras pretende ser la ocasión de una gran carcajada. Un chiste que indique hasta qué punto la fantasía de la posteridad se ha consumado.

El artista Gérard Collin-Thiébaut copió en tres gruesos cuadernos Clairefontaine La educación sentimental de Gustave Flaubert. Comenzó su tarea de copista el 17 de mayo de 1985 —el día siguiente a la fecha en la que el novelista había acabado su manuscrito, el 16 de mayo de 1869— y llegó a la última página el domingo 13 de octubre de 1985. Los tres cuadernos se expusieron en una vitrina en el centro de la sala Coypel de la biblioteca nacional el 18 de noviembre de 1985 (el día después del aniversario de la primera edición de la obra de Flaubert, el 17 de noviembre de 1869). Copiar no es no hacer nada, es reducir la producción a la reproducción, exactamente respetar el propósito de no añadir nada. Así, desde principios de los años ochenta, Sherrie Levine, artista simulacionista americana, inscribía su firma en la parte inferior de imágenes muy conocidas de Walker Evans, Giorgio Morandi, Mondrian. La propia artista comparó su actividad con la de Bouvard y Pécuchet: el mundo está tan lleno que nos ahogamos...Tan sólo podemos imitar un gesto, siempre anterior. El plagiario, que sucede al pintor, ya no alberga en su seno pasiones, sino más bien esa inmensa enciclopedia de la que se abastece...


Jean-Yves Jouannais. Artistas sin obra: "I would prefer not to". Traducció de Carlos Ollo Razquin. Acantilado, 2014. P. 141-143.


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