En vida, Daniel Defoe pasaba por ser un hombre vil y sin honra, y no cabe descartar que él mismo se viera así. Sin embargo, era creyente y tenía unos principios morales según los cuales inventarse una historia era un pecado grave. Para este puritano, escribir una novela equivalía a faltar a la verdad, a pretender corregir la obra de Dios y a burlarse del lector que, salvo que sea un imbécil o un niño, lee para instruirse y no para entretenerse con quimeras. Por otro lado, treinta años de periodismo le habían enseñado que no siempre hay materia que copiar, sino que a veces hay que reordenar, inventar incluso. Su ética profesional desaprobaba la ficción pero toleraba lo que en la jerga de la prensa se llama trucaje. A este acomodo debemos unos libros cuyo éxito comercial acogió satisfecho. Seguramente la gloria eterna de al menos dos de ellos le alegró como alegran las inversiones inciertas que luego resultan mucho más rentables de lo esperado. En cambio, me cuesta imaginar que esa gloria le inspirara orgullo literario, aunque fuera a título póstumo.
[...] Con la edad, a muchos novelistas se les agota la inventiva, y se ven reducidos a escribir sus memorias, biografías y crónicas. Defoe siguió el camino inverso. Dio rienda suelta a su imaginación al acercarse a los sesenta años, porque no pudo antes. Aquel hombre incansable estaba cansado. Le faltaban fuerzas para salir a buscar información sobre el terreno y hurgar en las basuras como había hecho durante tanto tiempo. Miraba con envidia los éxitos editoriales del momento, como por ejemplo la historia de Alexander Selkirk, el náufrago al que encontraron en una isla desierta y que había apasionado a toda Inglaterra. Fue así, para explorar de manera fraudulenta un filón comercial, como escribió las memorias de Robinson Crusoe.
El ideal literario de Daniel Defoe era Papillon: una historia real que ilustraba la valentía del hombre y la hostilidad del mundo, narrada con elocuencia por su protagonista. Como la fórmula le había salido bien una vez, no se abstuvo de volver a usarla: después de Robinson elaboró las Memorias de un caballero, que paseaban al lector por la Europa de la Guerra de los Treinta Años; las del Capitán Singleton, que le hacían descubrir la sociedad de los piratas; las de una ladrona callejera en Londres, Moll Flanders; las de una aventurera de alto vuelo, Lady Roxana; las de un burgués londinense en tiempos de la gran peste; y otras que omito.
Ninguna de estas obras se publicó con su nombre. Parece ser que temió devaluarlas. Era un falsificador más que un mistificador; no quería que le mostraran a plena luz del día y le admiraran, sino engañar al lector sobre la mercancía. Quizá procede de ahí el realismo extraordinario de sus libros...
Emmanuel Carrère. «Moll Flanders, de Daniel Defoe». A: Conviene tener un sitio adonde ir. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama, 2017. P. 51-52.
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