Para que una casa sea digna de ser llamada 'hogar' ha de tener más libros que baldosas. No se trata, por supuesto, de que se acumulen los volúmenes por todos lados, empantanando la casa, complicando la convivencia o precipitando divorcios..., sino de que se superpongan las lecturas dentro de uno mismo, ampliando el mundo interior, ensanchando la forma de mirar. Es así, pero por otra parte he comprobado que es rarísimo que en nuestros días una cosa se dé sin la otra. Si amas la literatura, te gustan los libros: hay poco margen de error en esa máxima. Y que los libros puedan acabar gustándote tanto como los textos es un peligro cierto, sí, pero es ante todo un placer, uno de los más adictivos, felices y duraderos.
Pero los libros también pueden ser una gran trampa, nos confunden, nos alejan. Destacan y enaltecen lo que de trascendente tiene la realidad, de modo que nos despistan del hecho de que la vida no es trascendente, sino algo muy superior que no podemos entender y para lo que, por tanto, no hay palabras. La literatura, a menudo con un talento descomunal, y desde luego con la más admirable de las intenciones muchas veces, intenta explicar las cosas sin aceptar, o incluso sin saber, que son inexplicables. Los mejores libros del mundo sólo acertarán a hacernos vislumbrar o intuir una diminuta porción de lo que hay, algo minúsculo...
Juan Marqués. El hombre que ordenaba bibliotecas. Pre-textos, 2021.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada