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GONZALO TORNÉ
Mentira biográfica, verdad novelesca
Ctxt
24|10|2025
Familiaridades. Escudriñar la biografía de un autor apenas nos da pistas sobre su obra: mil vidas corrientes como las de Jane Austen o belicosas como las de Cervantes, sedentarias como las de Flaubert o aisladas como las de Emily Brontë no nos darán otro Mansfield Park, otro Quijote, otra Educación sentimental ni otras Cumbres borrascosas. Pero la lectura frecuente de un autor nos familiariza con aspectos más esquivos de un poeta o un novelista: aprendemos a reconocer el clima de su mente y las manías, entusiasmos e impaciencias de su temperamento. La relectura de algunos autores se parece a comprender esa mirada familiar con la que se nos informa de una situación, o las palabras amistosas que anticipan el tono de una conversación. Y así comprendemos cómo le costó despedirse a Cervantes de las conversaciones de sus protagonistas, la efervescencia con la que Flaubert daba cuenta de la estupidez de sus burgueses y hasta qué punto a la socarrona y elegante Jane Austen, a la siempre divertida y locuaz Jane Austen, la reina de las escenas de rechazo matrimonial, le cargaba el bueno de Darcy, “¡qué pelma eres, Darcy, que ideal, pero qué pelma!”.
Claves equívocas. ¡La tentación de la explicación biográfica! ¿Hay algo que le guste más al crítico medio, al lector común, al avispado académico que encontrar un trasunto? La lectura como una suerte de simulacro enigmático para encontrar qué realidad “se esconde detrás”. La interpretación como trastienda. Por qué empobrecidos caminos nos lleva. Un ejemplo: leyendo las angustias de Jane Eyre me dio paz la escena donde la protagonista se pone a leer con sus dos primas. ¿Cómo no imaginar a la propia Charlotte leyendo con sus hermanas, Emily y Anne, las formidables Brontë, en un juego de serenidad y desafío? Para reforzar la sensación de trasunto la acción (de apenas tres páginas) transcurre en el páramo y entre los brezos que asociamos ya para siempre al paisaje donde las tres hermanas pasaron su juventud. Pero si seguimos por el camino de los trasuntos, ¿no deberíamos identificar al primo de la ficción, St. John, como una visión idealizada del hermano calavera de Charlotte, Branwell? Y aquí es donde la “lectura biográfica” empobrece la lectura, pues si nos contentamos con la identificación del trasunto nos perderemos la función que St. John tiene en la novela. St. John es el espejo donde Eyre se ve reflejada si se hubiese dejado arrastrar por la tentación de un rigor sin pasión, y actúa como aliciente para valorar mejor a Rochester, su antiguo pretendiente, que quizás fuese un poco bígamo, pero por lo menos le corría sangre en las venas. La fascinación por reconocer una equivalencia más o menos lírica entre el mundo de ficción y la realidad, a partir de la información fragmentaria sobre la vida de los escritores nos aparta aquí, como tantas otras veces, de la estructura y la comprensión de la novela.
Las cosas como son. Pasan los años y se sigue sin escribir un poema más certero sobre las complejas relaciones de la imaginación con el “mundo real”, y las expectativas de muchos lectores al empezar un texto de ficción, como “El hombre de la guitarra azul” de W. Stevens. Stevens nos habla de un artista corriente que coge su guitarra y empieza a tocar. Un coro de hombres (el público) le acusa de no tocar las cosas como son, y le reclaman que toque de manera que las cosas se reflejen exactamente como son. El guitarrista se defiende asegurando que las “cosas como son” pueden cambiar al pasar por su guitarra, pues la guitarra es azul: el ángulo particular de su imaginación. El guitarrista reconoce remendar (además de guitarrista es sastre) el mundo como puede: que el suyo es un mundo al lado del mundo, y que si el público no se reconoce e insiste en quejarse está dispuesto a decir que la suya es la serenata de un hombre solo, antes que renunciar al clima particular de su melodía. Pero el público, obstinado y literal, reconoce que en el sonido de la melodía azul se propaga algo importante, que de manera enigmática el zumbido informe de la experiencia se estructura en un sentido que les concierne. Que las cosas como son encuentran un rumbo en la guitarra azul, que las modifica. Lo que perturba a los espectadores del guitarrista es la imposibilidad de desentrañar el código de la guitarra azul, la alquimia transformadora de la imaginación.
Caminos embarrados. En una de sus novelas más divertidas Julian Barnes se burla de la obsesión de un erudito que trata de localizar el trasunto real de un loro que aletea en una página de Flaubert. A la pregunta: “¿De dónde salió ese loro?”, el libro responde entre carcajadas: “¡Qué más dará!”. El erudito se queda solo en su callejón sin salida, y Barnes levanta acta de la angustia que le sobreviene a algunos lectores ante las transformaciones de la imaginación, cuando perdemos el hilo de sus ancestros reales. En varios de sus ensayos Kundera incide en una idea familiar para cualquier escritor y perturbadora para el cazador de trasuntos: el carácter anárquico de la imaginación. Kundera constata que un chiste que escuchamos se introduce en el libro como un aroma o una atmósfera, que la palabra que no dijimos es la semilla de una conversación torrencial o que la luz de ese atardecer, hace ya tanto tiempo, se convierte en una narración sobre el dinero. El camino está embarrado. El código está perdido. El proceso de la imaginación no puede desandarse ni reconstruirse.
Tribunal o espejo. ¿Qué hay detrás de la crítica biográfica? ¿Del lector que busca el sentido en el trasunto real? Quizás sea el respeto a quedarse a solas con el libro. Si consideramos una novela o un poema como indicios de las opiniones o la conducta del autor (como si toda la estructura de ficción fuese un enigma cuya clave es el propio temperamento de quien escribe) podemos reducirlo moralmente, juzgarlo, afirmar si nos convence o si no, instituirnos como tribunal de su fibra moral. Pero lo cierto es que cuando alguien lee una novela no siempre escucha la voz del autor, no siempre le conoce, no tiene acceso a sus experiencias. El lector recibe las expresiones (y las expansiones) de una imaginación y las traslada a los recuerdos de su vida, a sus expectativas y a su comprensión, donde podrá contrastarlas o rechazarlas. ¿Pero qué contrasta o qué rechaza? Perdido el código que permite comprender las transformaciones de la imaginación, borradas las indicaciones que permitirían remontar el camino en sentido contrario, abandonado en los reinos o los páramos de la imaginación ajena el libro se parece más a un espejo que refleja nuestra biografía, que indaga en nuestra moral, que apela a nuestra biografía. Al menos sucede algo parecido en los libros que nos sientan en la vertiginosa mesa de los adultos.
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