Oír la voz de Sylvia Plath leyendo sus poemas en una grabación es una sorpresa sobrecogedora, por no decir intimidante. No es fantasmal, como podría esperarse luego de tantas décadas de su muerte, ni un reflujo vaporoso; es una voz hecha de mármol, de dicción pulida, precisa, de una perfección casi inhumana: es como si los tonos de Eliot, tan omnipresentes en ese período, hubiesen sido transfundidos a las venas de una mujer, con toda la autoridad de sus cadencias rituales. La voz es oscura, profunda y amenazadora, no tiene el sonido de la juventud, sino el de algún ser que pasó su madurez, una anciana, o incluso un anciano; su registro es sorprendentemente grave y casi siniestro; sorprende e incomoda.
Creo que sorprende e incomoda porque el duro mármol de que está hecha ha permanecido largo tiempo cubierto con poliestireno.
La celebridad póstuma de Sylvia Plath —su leyenda— le ha otorgado la proteica liviandad del plástico. Ha pasado a representar todo para todos y en especial para las mujeres. Ha sido derrotada no tanto por su propia mano como por esa categoría letal que hoy en día llamamos "ícono". Su voz llega ligera, aguda, frágil y débil a través del estrépito de sus exégetas ideológicos. Su dolor condesciende hasta la queja. "No te sorprende mi corazón", pregunta, sin ayuda de ningún signo de interrogación, en su poema "39,5° de fiebre". Pero la publicidad ha bajado su temperatura. Ha transformado a su autora en objeto de confusiones, de malentendidos y de errores.
El mayor error es este: creer que la vida del poeta tiene el mismo peso que los poemas mismos.
Cynthia Ozick. «Fuego y humo: los diarios de Sylvia Plath». A: Metáfora y memoria. Ensayos reunidos. Traducció d'Ernesto Montequin. Mardulce, 2016.
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