Al Lluís Anglada, que tot sovint m'acusa
de no llegir cap altra cosa que no siguin novel·les d'amor.
Fa molt que, en el meu particular camí de perfecció (qui sap si no fóra millor dir-ne
odissea), he abandonat la compra compulsiva de llibres, activitat que m'havia proporcionat moments estel·lars -sí-, enormes decepcions -també-, i que m'ha permès viure sense haver de sol·licitar mai els serveis d'un interiorista. Per no parlar de l'argument de pes a esgrimir davant els inefables agents de la propietat immobiliària: anorrear per complet la seva retòrica del "lluminós", "ideal parelles", "cuina-office", "àmplies vistes", "un piset amb moltes possibilitats", etc., amb un simple, lacònic i incontestable "no té prou parets".
He arribat a la renúncia, d'entrada, per exigències del pressupost familiar, que al llarg dels anys s'ha anat complicant amb despeses inversemblants -així és com les qualificaria la compradora compulsiva de llibres que vaig ser en altre temps- com, per exemple, tres o quatre assegurances que pagues a fons perdut, com qui conjura la fatalitat, amb el desig de no haver-te'n de beneficiar mai. I després estan els trasllats. Cinc en el període comprès entre el 1991 i el 2004, amb els seus corresponents recordatoris a la mare que va parir Gutenberg i la constatació, terrible, que només n'has llegit, si fa no fa, un terç dels llibres que carreteges, alguns encara amb la cel·lofana intacta.
Clar que la meva renúncia no és tal, si considerem que em guanyo la vida en una biblioteca, la qual cosa em permet tocar molt gènero sense haver d'arriscar ni un euro. Aquest fet ha modificat, essencialment, la natura de les meves compres en matèria llibresca; la compulsió s'ha restringit, sense gaire esforç per part meva, val a dir, a casos excepcionals -aquest l'haig de T-E-N-I-R, acostumo a dir (la possessió és un altre repte en el meu camí de perfecció)-, i ara compro aconductada.
Però, de tant en tant -la setmana passada, per exemple-, quedo amb la compradora compulsiva de llibres que ja no sóc i anem a fer el volt. Normalment em presento cinc minuts abans de l'hora convinguda, pel gust de veure-la arribar, estupenda, lliure de pòlisses i de potes de gall, com si per damunt seu no hagués passat ni un sol dia.
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La semana pasada, en plena Via Po de Turín, Colum McCann, plantado literalmente en medio de la calle, me habló de una novela que había regalado ya unas 100 veces. ¡Unas cien veces! La novela, dijo, era Stoner, de John Williams. Como, además de gran escritor, McCann siempre ha sido un lector que tiene un gusto ajeno al tedio de lo comúnmente aceptado en novela, me dije que en cuanto llegara a Barcelona trataría de buscar ese libro.
La novela cuenta la historia de William Stoner, hijo de unos campesinos de Misuri, nacido a finales del XIX y enviado con gran esfuerzo por sus padres a la universidad para que estudie en la Facultad de Agricultura, donde un día, un profesor que está iniciando a sus alumnos en las virtudes de la literatura, se dirige directamente a él en clase para decirle: "El señor Shakespeare le habla a través de 300 años, señor Stoner, ¿le escucha?".
[...]La luz, nos dice el autor, penetraba en aquel momento por las ventanas del aula y se posaba sobre los rostros de los compañeros de clase, de manera que la iluminación parecía venir de dentro de ellos mismos para salir hacia la oscuridad. Para el rústico joven Stoner, ese instante fue una iluminación, una gran revelación que, con el tiempo, incluso le llevaría a renunciar a la granja de sus padres y a convertirse en profesor de la universidad de Misuri, donde llevaría una vida sin alicientes, equivocándose en todo. Una vida laboriosa al servicio de la literatura, con multitud de errores sentimentales. La biografía de alguien que vistió siempre un traje equivocado. Y una vida condensada en una novela extraordinaria, que cuenta cómo "a alguien se le concedió la sabiduría y al cabo de los años encontró ignorancia".
[...]Impresiona el modo de contar de John Williams, su fuerza inusitada para los dramas minúsculos y para el recuento cotidiano de nuestras resignaciones y decepciones, y sorprende que Stoner, siendo la obra maestra que es, haya podido ser ignorada durante tanto tiempo. Quizás despistó a más de uno por su aparente sencillez.
Enrique Vila-Matas. "Obra maestra ignorada". El País, 18/10/2011.
Ya sea porque buscaban hacerse ricos, o tal vez simplemente para sobrevivir, los escritores se han entregado tradicionalmente a los oficios más diversos: desde buscadores de oro a carteros, desde soldados de fortuna a industriales, desde contrabandistas de opio a fogoneros en un barco en China; conductores de autobús, verdugos, guardias, vendedores de bisutería...Malraux fue ministro; Jack London sobrevivió como cazador de ballenas en el Ártico. Colette abrió un salón de belleza y Orwell pasó de ser policía en Birmania a vivir lavando platos en Londres. Gorki trabajó como pinche de cocina en el Volga; Saint-Éxupéry pensó toda su vida que su verdadero trabajo era el de aviador; e Italo Svevo dejó de ser un gran industrial para poder escribir: le bastaba concluir una línea para sentirse pagado.
Trabajos forzados es una apasionante y amena guía de supervivencia que recorre los modos con que los astros más brillantes del universo literario han ido capeando el temporal del hambre.
[De la contracoberta]

Antes de publicar sus grandes obras Balzac vivía en una buhardilla acosado por las chinches y sus acreedores, pues entre 1821 y 1832 fue negro literario, editor promiscuo e impresor suicida. Así, por aquellos años de embargos, deudas y negocios rocambolescos escribió El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo (1827), opúsculo que no fue incluido en sus Obras completas por "inmoral, inapropiado e inmaduro", pero cuyo manuscrito sí forma parte de los originales atesorados por la Maison de Balzac. El narrador advierte que el libro se basa en la obra apócrifa de su tío, el barón de l'Empésé, quien a punto de morir convocó a todos sus acreedores para comunicarles que antes de cometer la bajeza de pagarles sólo el diez por ciento de sus deudas prefería no darles ni un duro. Sin embargo, lo mejor del libro son los aforismos ("mientras más deudas se tienen, más crédito se tiene" o bien "una persona que crea valores, un productor, es decir, un acreedor, le debe algo a los deudores o consumidores: el no tener que pagarle lo que se le debe. Pues si no le debieran nada, lógicamente se moriría de hambre") y sobre todo sus desopilantes 'Lecciones sobre las deudas y el arte de no tener que pagarlas', genuino curso de alta dirección que no desentonaría en las modernas escuelas de negocios, a la vista de las quiebras, desfalcos y estafas en formato burbuja, enema y pirámide que han arruinado al mundo. Entre Madoff o Lehman Brothers, bienvenido Balzac Broken & Broker.
Fernando Iwasaki. Babelia. 15/1/2011.