EDUARDO MENDOZA ¿Me gusta Sant Jordi? El Cultural 23|4|2022
Una de las (poquísimas) ventajas de la edad es ver cómo van cambiando gradualmente algunas cosas. Y Sant Jordi ha cambiado muchísimo. ¿Para bien o para mal? No hagamos spoilers. Mi primer Sant Jordi como autor fue en 1976. Una mesita, una silla de tijera y una pila de libros que apenas menguaba con el paso de las horas. En aquella época sólo firmábamos autores locales, lo que hoy se llama producto de proximidad. La publicidad era mínima, ningún periódico sacaba un cuadernillo de libros y la televisión, con un solo canal, no estaba para tonterías. De internet y de redes sociales, nada de nada. La jornada discurría con calma, al menos a ratos: eran los primeros años de la transición y algunos grupos aprovechaban la efeméride para manifestarse, con las consiguientes carreras, porrazos y alguna bala de goma que no hacía distingos entre autores, lectores y paseantes. Pero entonces, como ahora, Sant Jordi tenía una característica que lo distinguía de otras ferias del libro: se desarrollaba en una sola jornada y comprar un libro era poco menos que obligatorio.
Andando el tiempo, con estos ingredientes y la sobredosis de información, lo que había sido una festividad local, literaria, floral y un poco cursi, se convirtió en un fenómeno de masas; y los autores, en objetos de consumo, piezas de coleccionista, carne de selfi. Repito la pregunta inicial: ¿es eso malo? Yo creo que no. Por supuesto, los autores hemos salido muy beneficiados, y no sólo desde el punto de vista económico. La popularidad no nos ha aumentado el ego, cosa imposible, y es probable que uno acabe el día más humilde de cómo lo empezó, porque no importa cuántos lectores tenga en su cola, siempre hay alguien al lado que tiene más.
Todo lo que acabo de decir es anecdótico. Lo importante es esto: somos la primera generación de escritores que, si no se cierra en banda, tiene un contacto directo, continuo, abundante y transversal con sus lectores. Antes el escritor más popular (por ejemplo, Victor Hugo; por ejemplo, Dickens) recibía muestras de veneración. Pero de sus lectores no sabía nada. Su mundo se limitaba a una tertulia de café con sus iguales; lo que escribía lo echaba al viento y no percibía más eco que el de los aplausos y alguna carta de devoción delirante. Hoy sabemos quién nos lee, qué cara tiene, qué piensa, qué le gusta y por qué.
En los remotos tiempos a que me refería al principio, yo era una persona tímida y el barcelonés no era osado ni engreído en sus contactos sociales. La relación entre el autor que ofrecía humildemente su libro y el comprador que solicitaba humildemente una firma era de una exquisitez casi franciscana. Un leve intercambio de murmullos y sonrisas. Cuando empezó el mogollón y el compadreo, mi primera reacción fue de espanto. Me equivoqué. La relación siempre es cordial, afectuosa. Y los que escribimos intuimos por fin qué estamos haciendo cuando nos empeñamos en llevar la imaginación al papel. Quizá sea éste el pago más gratificante.
EDUARDO MENDOZA Mi sufrida biblioteca El País 13|5|2016
Tengo la costumbre de deshacerme de los libros que he leído. Y también de los que todavía no he leído, si veo que tienen mal pronóstico. El origen de esta costumbre, que muchas personas encuentran bárbara y desalmada, no es intelectual. Durante una larga etapa de mi vida combiné la movilidad con una relativa escasez de medios, con lo que me vi forzado a ir dejando atrás objetos estimados pero no de primera necesidad. Las primeras víctimas de esta emergencia siempre fueron la vajilla y los libros; la vajilla, por su fragilidad; los libros, por su volumen; en ambos casos, por la pesadez de embalar y meter en cajas cosas de tamaños y formas difíciles de acoplar. Total, que acababa tirando platos, vasos y tazas de muy escaso valor, y pilas de libros de un valor material aún más escaso, aunque quizá de mayor valor sentimental. Pero lo bueno de los apuros es que el sentimentalismo desaparece cuando la necesidad aprieta. Fuera libros.
A la tercera o cuarta masacre me di cuenta de que rara vez necesitaba los libros que había tirado y de que, si los necesitaba, los podía volver a comprar. Aparentemente, un gasto doble. En realidad, un considerable ahorro si entra en el cálculo el coste del espacio y el mobiliario. Si el libro que quería recuperar estaba descatalogado, lo encontraba online, en librerías de segunda mano o, a las malas, en alguna biblioteca pública. Y si todo esto fallaba, siempre me quedaba la solución de encogerme de hombros y pasar a otra cosa. La vida está llena de frustraciones y renuncias y no poder releer un libro, habiendo tantos, no es gran tormento.
La práctica me enseñó que los sentimientos, como al parecer ocurre con otras prolongaciones del cuerpo humano, se recomponen. En mis sucesivas viviendas no había libros, pero procuraba que no faltaran las flores, otro artículo entrañable que, a diferencia de los libros, lleva incorporada la fugacidad. Más tarde, cuando alcancé cierto grado de estabilidad, acumulé algunos libros, pero no perdí la higiénica costumbre de desprenderme de la mayoría. Una pared limpia no me parece menos acogedora que una pared cubierta de estanterías. Y por lo que se refiere a la utilidad de una biblioteca personal, lo considero nulo o poco menos. He visto bibliotecas personales especializadas, arduamente construidas a lo largo de toda una vida, que luego alguna institución pública se aviene a heredar de mala gana. Salvo estos casos contados, una biblioteca personal es un mapa confuso del peregrinaje intelectual de su dueño: cambios bruscos de gustos o intereses, propósitos abandonados, palos de ciego y una buena dosis de azar. A lo sumo, testimonio de una cierta solidez de criterio, de amplitud de miras, de cultura general. Antiguamente, el que nacía en una casa provista de una biblioteca, tenía a su alcance un territorio por explorar.
La biografía de algunas personas de mérito incluye el episodio de descubrimientos venturosos. Pero como pasa también en otros aspectos del desarrollo juvenil, lo que uno tiene en casa suscita menos interés que lo que hay en la casa del vecino. En mi caso, recuerdo haber sentido curiosidad por libros que veía en bibliotecas ajenas, pero no en la que habían hecho mis padres. Quizás sí que soy un desalmado. La gente normal siente apego por sus libros, como por sus amigos. Yo también, pero a mi modo. Por más afecto que les tenga, no me gustaría convivir con ellos. Prefiero perderlos de vista, reencontrarlos, comparar lo que el paso del tiempo ha cambiado en cada uno. Hay algo morboso en releer un libro que lleva años envejeciendo ante mis ojos. Prefiero volver a comprarlo, nuevo, con el papel blanco, bien encuadernado, sin una mota de polvo, como la primera vez que lo leí. Hasta entonces, todos los libros que he leído, siguen en mi memoria. La inmensa mayoría, aparentemente olvidados. No importa. Soy lo que ellos me aportaron en su momento. Y también pueden reaparecer de repente, con una claridad deslumbrante, como si los acabara de leer.
Tengo la costumbre de deshacerme de los libros que he leído. Y también de los que todavía no he leído, si veo que tienen mal pronóstico. El origen de esta costumbre, que muchas personas encuentran bárbara y desalmada, no es intelectual. Durante una larga etapa de mi vida combiné la movilidad con una relativa escasez de medios, con lo que me vi forzado a ir dejando atrás objetos estimados pero no de primera necesidad. Las primeras víctimas de esta emergencia siempre fueron la vajilla y los libros; la vajilla, por su fragilidad; los libros, por su volumen; en ambos casos, por la pesadez de embalar y meter en cajas cosas de tamaños y formas difíciles de acoplar. Total, que acababa tirando platos, vasos y tazas de muy escaso valor, y pilas de libros de un valor material aún más escaso, aunque quizá de mayor valor sentimental. Pero lo bueno de los apuros es que el sentimentalismo desaparece cuando la necesidad aprieta. Fuera libros.
A la tercera o cuarta masacre me di cuenta de que rara vez necesitaba los libros que había tirado y de que, si los necesitaba, los podía volver a comprar. Aparentemente, un gasto doble. En realidad, un considerable ahorro si entra en el cálculo el coste del espacio y el mobiliario. Si el libro que quería recuperar estaba descatalogado, lo encontraba online, en librerías de segunda mano o, a las malas, en alguna biblioteca pública. Y si todo esto fallaba, siempre me quedaba la solución de encogerme de hombros y pasar a otra cosa. La vida está llena de frustraciones y renuncias y no poder releer un libro, habiendo tantos, no es gran tormento.
La práctica me enseñó que los sentimientos, como al parecer ocurre con otras prolongaciones del cuerpo humano, se recomponen. En mis sucesivas viviendas no había libros, pero procuraba que no faltaran las flores, otro artículo entrañable que, a diferencia de los libros, lleva incorporada la fugacidad. Más tarde, cuando alcancé cierto grado de estabilidad, acumulé algunos libros, pero no perdí la higiénica costumbre de desprenderme de la mayoría. Una pared limpia no me parece menos acogedora que una pared cubierta de estanterías. Y por lo que se refiere a la utilidad de una biblioteca personal, lo considero nulo o poco menos. He visto bibliotecas personales especializadas, arduamente construidas a lo largo de toda una vida, que luego alguna institución pública se aviene a heredar de mala gana. Salvo estos casos contados, una biblioteca personal es un mapa confuso del peregrinaje intelectual de su dueño: cambios bruscos de gustos o intereses, propósitos abandonados, palos de ciego y una buena dosis de azar. A lo sumo, testimonio de una cierta solidez de criterio, de amplitud de miras, de cultura general. Antiguamente, el que nacía en una casa provista de una biblioteca, tenía a su alcance un territorio por explorar.
La biografía de algunas personas de mérito incluye el episodio de descubrimientos venturosos. Pero como pasa también en otros aspectos del desarrollo juvenil, lo que uno tiene en casa suscita menos interés que lo que hay en la casa del vecino. En mi caso, recuerdo haber sentido curiosidad por libros que veía en bibliotecas ajenas, pero no en la que habían hecho mis padres. Quizás sí que soy un desalmado. La gente normal siente apego por sus libros, como por sus amigos. Yo también, pero a mi modo. Por más afecto que les tenga, no me gustaría convivir con ellos. Prefiero perderlos de vista, reencontrarlos, comparar lo que el paso del tiempo ha cambiado en cada uno. Hay algo morboso en releer un libro que lleva años envejeciendo ante mis ojos. Prefiero volver a comprarlo, nuevo, con el papel blanco, bien encuadernado, sin una mota de polvo, como la primera vez que lo leí. Hasta entonces, todos los libros que he leído, siguen en mi memoria. La inmensa mayoría, aparentemente olvidados. No importa. Soy lo que ellos me aportaron en su momento. Y también pueden reaparecer de repente, con una claridad deslumbrante, como si los acabara de leer.
Eduardo Mendoza és un home intel·ligent i sensible, a més de bon escriptor. Parla poc en públic, però quan ho fa sempre deixa anar idees o conceptes que causen, si no polèmica, sí ganes de discutir. Ara mateix, en el marc del grandiloqüent congrés de la llengua espanyola que es fa a Puerto Rico, parlant de la mandra que li fa oferir xerrades d’incentivació de la lectura, ha dit: “Siempre me niego por varias razones: primero porque es una actitud un poco mendicante. A mí me da lo mismo que la gente lea o no lea y si no lo han hecho hasta ahora no van a empezar porque yo se lo recomiende. Además, la mayoría de libros que nos rodean no sirven para nada. Son una birria”. Aquí hi ha uns quants conceptes barrejats. Fixem-nos-hi. Primer, és cert, i hi estic d’acord per pròpia experiència, que, quan hem de fer xerrades d’aquesta mena, sovint la sensació és la de venedor ambulant de pocions que ho curen tot. És a dir, es carrega sobre les espatlles de l’escriptor una feina que no és seva.
Pastilles per fer lectors?
Segon, a mi sí que m’importa que la gent llegeixi. La lectura és dels pocs actes de privacitat total que encara podem viure en el món actual. Arriscant-me molt diria que fins i tot és millor llegir merda que no pas deixar de llegir. Qui llegeix merda manté actiu l’acte reflex de la lectura i pot ser rescatat més endavant. Qui no llegeix mai, no tindrà salvació, qualsevol el podrà convèncer i enganyar. En tercer lloc, afirmar que la majoria dels llibres “son una birria” és com no dir res. No sé si Mendoza també hi inclou els seus, però l’afirmació em sap greu venint d’ell. Pot ser tan irònic i graciós com vulgui (cosa que s’agraeix) però dir que la majoria de llibres no serveixen per a res és com dir que la majoria de coses que ell mateix diu no serveixen per a res. O sigui, no fem res, perquè res serveix per a res. És òbvia la voluntat de sacsejar l’auditori que l’escoltava, però en aquest cas no em sembla una intervenció de gran nivell. Jo seria incapaç de fer afirmacions d’aquesta rotunditat perquè trobaria que, en qualsevol cas, hauria de demostrar-les (i per fer-ho, més que una intervenció en un congrés, hauria d’escriure una altra birria de llibre). Paraules com la de Mendoza, més que incomodar-me, em desorienten.