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diumenge, 15 d’octubre del 2023

veure-hi clar

 

Lecteur endormi, Bibliothèque Nationale de France (Paris, 1937), Gisèle Freund.

divendres, 26 d’abril del 2019

colette vista per freund


A Colette le daba igual aparecer bella en las fotografías. Creo que lo que deseaba era fascinar. Con su mirada aguda y sus gestos concretos, era una actriz nata, que amaba el objetivo y entendía sus exigencias.
Las primeras fotos que le hice en color fueron en la primavera de 1939. Las ventanas de su apartamento estaban abiertas de par en par sobre los jardines del Palacio Real. Colette estaba tendida en su cama.
—Siempre trabajo echada —me confesó.
Utilizaba una mesa para enfermos, iluminada por una lamparilla velada por un papel de color malva, igual que las hojas en las que escribía. A primera hora de la mañana, su rostro estaba cuidadosamente empolvado. Llevaba su cabello crespo corto, con flequillo, que encuadraba sus ojos vivos y dramáticos como una corona de flores crepusculares. Su chal de color escarlata y su bata azul marino formaban una sinfonía de colores perfecta a ojos de una fotógrafa.
La retraté con el compromiso expreso de que nadie vería las fotos antes de que ella hubiera examinado y escogido.
Unos días después, vino a mi casa, acompañada por un hombre joven.
—Quédate fuera —le dijo.
Solas, estudiamos las fotos. Esperaba, un poco inquieta, su veredicto. Al fin, su rostro se iluminó con una sonrisa. Abrió la puerta con un gesto impetuoso.
—Entra, Maurice..., ya puedes mirar...
Maurice era su nuevo marido.
Trece años después, en 1952, volví a fotografiar a Colette por segunda vez. Celebraba su ochenta aniversario en MonteCarlo, donde vivía en el hotel de París, cuya decoración de relumbrón evocaba la época de principios de siglo y parecía salida de una de sus novelas.
—Hoy lo tengo todo: amigos, simpatía, éxito, pero ya no puedo caminar. —La voz de la escritora era quejumbrosa—. Desearía tanto ser joven..., cincuenta y ocho años..., ¡entonces era una mujer dichosa y apasionada!

Gisèle Freund. El mundo y mi cámara. Traducción de Palmira Freixas. Ariel, 2008. P. 95-96.



divendres, 29 de març del 2019

la gisèle freund va a la biblioteca


«Me había inscrito en la Sorbona para hacer unos cursos de sociología. Trabajaba frente al Panteón, en la biblioteca Sainte-Geneviève, adonde solía ir, a principios de siglo, James Joyce. Los estudiantes iban y venían sin cesar, hablaban de una mesa a otra; era difícil concentrarse allí: Sainte-Geneviève era un verdadero gallinero.
[...] Muy pronto, la biblioteca Sainte-Geneviève no me bastó para mis investigaciones, así que fui a la Biblioteca Nacional, en la calle Richelieu. La atmósfera era muy diferente. La sala de lectura, mucho más grande, estaba cubierta por una cúpula de cristal por la que se filtraba una luz difusa y grisácea. La mayoría de lectores eran viejos asiduos. Científicos, investigadores, periodistas y monjes eruditos compartían mesa con diputados que iban a preparar sus discursos. El aire olía a polvo y a un desinfectante dulzón que un vigilante pulverizaba de vez en cuando. Todo el mundo trabajaba en gran silencio.
Diez minutos antes de las cinco, un vigilante anunciaba el cierre en voz alta. Pero unos instantes antes de la señal oficial, una especie de grito, finalizado por una larga tos ladradora que emitía un anciano barbudo y enjuto, resonaba por toda la sala. Un conserje me contó que el hecho se repetía cada día desde hacía casi diez años.
—Siempre se hace traer los mismos libros sobre insectos; es un desequilibrado, pero como no hace daño a nadie, pues lo dejamos hacer.
Mi vecino de mesa era un anciano distinguido, con largos bigotes blancos. A veces se dormía y sus ronquidos daban ritmo al silencio....»

Gisèle Freund. El mundo y mi cámara. Traducción de Palmira Freixas. Ariel, 2008. P. 17.


dissabte, 16 de juny del 2018

joyce vist per freund


James Joyce fotografiat per Gisèle Freund. París, 1939.

Un encargo de Time llevó a Gisèle Freund a la casa del desconfiado y supersticioso Joyce, en la calle Edmond Valentin de París, donde el gran escritor recibió a la fotógrafa con toda la circunspección posible: temía la fotografía en color y las luces demasiado potentes para sus debilitados ojos; se golpeó contra una lámpara poco después de iniciarse la sesión y casi acusó a Gisèle de querer matarlo. Un verdadero desastre. Pero ella consiguió convencerlo para repetir la sesión al día siguiente y, vencido por tal obstinación, Joyce comentó con sus amigos: «¡Gisèle es más dura que un irlandés! ¡Yo no quería dejarme retratar en color, pero se ha posesionado de mí, no una, sino dos veces!».

Escritores. Grandes autores vistos por grandes fotógrafos. Groffredo Fofi (editor). Blume, 2014. P. 228.