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dissabte, 30 de juny del 2012

mecànica quàntica o algo


Siendo de barrio, no querré yo ser de barrio, donde tan difícil es leer, sino ser del espacio exterior, pertenecer a otra nada más lejana y más oscura y también más infinita. Sin entender del todo lo que pone en los libros de divulgación que voy leyendo, atravesaré las veintiséis dimensiones de la teoría de las supercuerdas. En los mundos paralelos entraré por las puertas de la difusión científica y de la ciencia ficción. Querré copiar, prisionero de Philip K. Dick en mi genética literaria, su libertad de cautivo, su gesto de hombre encerrado en el castillo que hace lo que le da la gana.
Philip K. Dick es un Proust que no escribe en proustiano, que no escribe dejando en las sábanas migas de magdalena sino empastillado; pero el artista que hay detrás de ambos es el mismo. [...] La sinuosidad verbal de Proust es la sinuosidad de la acción en Dick. Si en Proust hay un barroco burgués forjado con frases subordinadas, en Dick lo que se subordina hasta desvanecerse es el punto de vista.

[...] De su literatura, de su ciencia ficción, querré aprender a no tenerles miedo al tiempo y al espacio narrativos. Veré con él que el tiempo literario contiene aún más relatividad que el de la física. Que el tiempo no importa porque se ha desarticulado; porque todo, presente, pasado y futuro, está ocurriendo o siendo a la vez, y de esa manera hay que escribirlo.
Todo, todo, todo, al mismo tiempo.
Javier Pérez Andújar. Paseos con mi madre. 2a ed. Tusquets, 2012. P. 79-80.

divendres, 9 de març del 2012

l'enciclopedia

A  la meva Sopena en deu volums.


LA ENCICLOPEDIA es verde, o más bien tiene el lomo verde, que es lo que se ve de ella alineada en el mueble del comedor, en su estantería más alta, junto a las figuritas y las flores. Es una enciclopedia de seis volúmenes, con láminas en color, láminas del cuerpo humano, y de plantas y de animales, que voy a contemplar como quien contempla la lluvia.
En la enciclopedia iré leyendo al azar biografías y conceptos (psicología, Níger, ciliados...), y me inundaré así de una redacción monótona y precisa, y de una manera de escribir retribuida, que es ante todo una manera de producir. La enciclopedia entra en casa para traer cultura, pero lo que voy a buscar en ella es literatura. En ella iré dándome cuenta de que las palabras son siempre más completas, mejores, que su definición. No leo la entrada Napoleón para conocer su vida, sino para ver, descubrir las palabras con las que está escrita.
[...] (La enciclopedia llegó a nuestra casa una tarde de invierno, que para mí era una noche de invierno. La trajo, la enciclopedia, y puede que hasta la noche, un vendedor puerta a puerta; la llevaba representada, claro, en un maletín lleno de folletos. El vendedor hablará con mi madre, y ella no va a querer atenderle, y yo les miraré a los dos, y el vendedor reparará en mí y empezará a hablarme todo el rato. Y en esa situación yo seré impertinente como nunca he vuelto a serlo, y le diré a mi madre que si ella no le da nuestros datos al vendedor lo haré yo. Y mi madre captará al instante cuánto voy a necesitar yo esa enciclopedia. Ahora me doy cuenta de que las biografías se forjan chantajeando a quien se tiene más cerca. Pero igualmente estoy convencido hasta lo más hondo de que una enciclopedia, qué demonios, es el mejor regalo que se le puede hacer a un niño en una noche cualquiera.)
Javier Pérez Andújar. Los príncipes valientes. Tusquets, 2007. P. 21-22.


dissabte, 26 de novembre del 2011

sèries de policies



"A diferencia de las grandes ciudades que voy viendo en la series de policías, Barcelona no es una ciudad de rascacielos. Lo más parecido a los rascacielos lo han levantado en los municipios de las afueras donde vivimos, que la arropan como un visón de cemento. Todo lo que hay de osadía en un rascacielos, lo tiene de hortera un edificio de catorce, quince plantas de altura. Un rascacielos es un gigante, y un bloque de pisos es más bien un ogro. Con la lectura de los cuentos troquelados, he aprendido desde el primer momento a diferenciar entre ogros y gigantes, y enseguida he visto que los ogros, por lo común, no son tan grandes como los gigantes, tienen verrugas y comen carne humana. Pronto voy a saber, a fuerza de leer cuentos maravillosos, que a los gigantes sólo se les mata cortándoles la cabeza, que es lo que hizo, por ejemplo, David con Goliath.
Uno ve en las teleseries, en el Nueva York de Kojak y de McCloud, en el Boston de Banacek, en Los Ángeles de Canon y de Colombo, en el San Francisco de Las calles de San Francisco, una magia de cuentos de gigantes de cabeza jactanciosa que no va a encontrar en las aceras de su periferia industrial. Me gustarán las series policíacas como van a encantarme los cuentos de hadas, porque ambos hablan de lo mismo, del hombre que corre, perdido en un bosque o en una ciudad. Aprenderé en la televisión que voy a ser para siempre un hombre que corre, acaso como lo es Pinocho en los episodios de Luigi Comencini, cuando corre en busca del hada de los cabellos azules por las playas y por los campos con su traje de papel floreado, y su gorro de miga de pan, y sus zapatos de corteza de árbol. En Comencini, tiene el hada de Pinocho un goticismo de pastelería de festivo, una tenebrosidad clara de puntillas, blondas y lazos, y asimismo una convalecencia de mujer que vive encerrada, que la emparientan con la señorita Havisham de la novela Grandes esperanzas, y quizá por eso voy siendo a la vez un poco Pip y un poco Pinocho."

Javier Pérez Andújar. "Series  de policías". A: Madrid/Barcelona: literatura y ciudad (1995-2010). Iberoamericana Editorial Vervuert, 2009. P. 189.