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dimecres, 6 de desembre del 2023

sonata per a piano i aspiradora


Glenn Gould amb el seu gos Nick.
Un día en que se ejercitaba al piano, el joven Glenn Gould —contaba a la sazón catorce años— hizo un descubrimiento memorable. La asistenta que estaba limpiando la habitación puso de repente el aspirador en marcha, muy cerca del piano. El ensordecedor ruido mecánico obliteró de inmediato el sonido de la música, pero, para gran asombro del pianista, esta situación no le resultó en absoluto desagradable. Dejó de oír lo que interpretaba; en cambio, le resultó de repente posible seguir su música desde el propio interior de su cuerpo, gracias a una conciencia más aguda de sus gestos; y toda su experiencia de la ejecución adquirió otra dimensión, a la vez más física y más abstracta: la fuga que estaba interpretando se veía transmitida directamente de sus dedos a su cerebro.
Posteriormente, él mismo describió el fenómeno:
«Por supuesto, continuaba sintiendo: podía experimentar esa relación táctil con el teclado que tan rica es en asociaciones acústicas; y también podía imaginar los sonidos que yo producía, incluso sin oírlos. Pero lo extraño es que esta nueva forma de música me pareció de repente superior a todo cuanto había precedido a la intervención del aspirador, y los pasajes en los que yo no podía ya oír el menor sonido me parecían los mejores.»

Simon Leys. La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas. Traducción de José Ramón Monreal. Acantilado, 2011. P. 109.

dimecres, 2 de setembre del 2020

tants burros hi ha amb lletra com sense


LAS MÁS ALTAS INTELIGENCIAS no dicen menos tonterías que el común de los mortales; simplemente, lo hacen con más autoridad.
Cuando Sartre declaró que Mauriac no era novelista, la víctima habría podido consolarse pensando que ese mismo juez también había descubierto que Orson Welles no era cineasta. En ambos casos, su método fue el mismo: primero enunciar una definición arbitraria de lo que es LA novela, EL cine; luego cotejar la obra analizada con ese dogma, y llegar a la conclusión de la inexistencia de la primera. Sartre adoptaba así la posición de un burócrata courtelinesco -o kafkiano- que exigiera, para negociar con un interlocutor, que éste extendiera primero un certificado que atestiguara que estaba perfectamente vivo; aunque este certificado sólo podría ser expedido por ese mismo burócrata.
La pieza de convicción que provocó para Welles esta condena sin paliativos no era otra que...¡Ciudadano Kane! No tengo a mi disposición el texto original de Sartre (que apareció en L'Écran français) sino tan sólo un resumen reproducido en la revista inglesa Sight and Sound, que traduzco:
«Aunque Ciudadano Kane haya podido ser interesante para los estadounidenses, estaba completamente pasada de moda para nosotros, pues toda la película se basaba en un malentendido que afectaba a la naturaleza misma del cine. Esta película está ligada al pasado, mientras que todos sabemos que el cine debe ser un arte del presente: "Yo soy el hombre que está besando a la muchacha, yo soy la muchacha que se deja besar, yo soy el indio que es perseguido, yo soy el tipo que persigue al indio". Cualquier película ligada al pasado es la antítesis del cine: Ciudadano Kane no podría ser, pues, cine.»
La revista inglesa añade que este artículo tuvo una gran resonancia en la época y fue en parte responsable de la mala acogida que el público intelectual de París dispensó a continuación a El cuarto mandamiento.

Simon Leys. La felicidad de los pececillos: cartas desde las antípodas. Traducció de José Ramón Monreal. Acantilado, 2011. P. 84.

dimarts, 3 de gener del 2012

ser dos, o tres, o, si més no, un altre


Toute personne est moindre de ce qu'elle a fait de plus beau.
Paul Valéry

Tengo un disco de Céline que escucho de vez en cuando. Las primeras páginas de El viaje al fondo de la noche (leídas por Michel Simon) producen físicamente (carne de gallina) la impresión del genio en estado puro. Es pertubador. Luego viene una larga entrevista al autor, que desvaría y repite machaconamente banalidades. Es deprimente. ¿Céline y el doctor Destouches habrían sido, pues, dos individuos diferentes?
Simon Leys. La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas. Traducció de José Ramón Monreal. Acantilado, 2011. P. 61.




Michel Simon, Arletty i Céline a Meudon.


Aquesta és la caràtula del disc gravat el 1957 per a la sèrie radiofònica Leur oeuvre et leur voix. No he set capaç de trobar cap tall de so, per això us reprodueixo el fragment d'una mena d' audiollibre, editat per Eponymes i llegit per Michel Simon, això sí. No us sé dir si es tracta d'una reedició de l'original. Ni, tampoc, si hi trobaríem les desbarrades d'en Céline.


dimecres, 16 de novembre del 2011

sense ordre ni concert



CONCIENCIAS DELICADAS "El tabaco es para el hombre un veneno de lo más peligroso". Esta virtuosa puesta en guardia se ha vuelto bastante banal, me diréis. Lo que lo es menos -y que debería mover a reflexión- es la identidad  del que la formulaba: Adolf Hitler.
Del mismo modo, Adolf Eichmann, mientras esperaba su ejecución, pidió prestado un ejemplar de Lolita a la biblioteca de la cárcel. Al cabo de algunas páginas (nos dice un biógrafo de Nabokov), indignado, arrojó el libro: "¡Esto es repugnante!".

PLAGIO Un joven periodista que entrevistaba a Martha Graham preguntó a la gran bailarina y coreógrafa sobre el asunto de los plagios artísticos. "Escuche, amigo mío -respondió el viejo monstruo sagrado poniendo su mano artrítica sobre el brazo de su interlocutor-, somos todos unos ladrones. Pero, a fin de cuentas, sólo seremos juzgados por dos cosas: por aquel a quien hemos elegido desvalijar y por lo que hayamos hecho con ello".
T.S. Eliot decía, por otra parte, poco más o menos los mismo: "Los poetas inmaduros imitan; los maduros roban".

SCHOPENHAUER Acerca de la manera sana de frecuentar los libros, Schopenhauer ha hecho observaciones que siguen siendo de una pertinencia turbadora: "El arte de no leer es muy importante. Éste consiste en no interesarse en todo cuanto llama la atención del gran público en un momento dado. Cuando todo el mundo habla de cierta obra, recordad que todo aquel que escribe para los imbéciles no dejará de tener nunca lectores. Para leer buenos libros, la condición previa es no perder el tiempo en leer cosas malas, pues la vida es corta". Y luego, dispara este dardo final: "Sólo el que saca sus escritos directamente de su cerebro merece ser leído".

Simon Leys. "Sin orden ni concierto" A: La felicidad de los pececillos: cartas desde las antípodas. Traducción de José Ramón Monreal. Acantilado, 2011. P. 33-35.