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diumenge, 29 de setembre del 2024

roth i zweig

 

Joseph Roth era alcohólico, caótico; Stefan Zweig era metódico, riguroso, a lo Thomas Mann. Pero era Roth el que le corregía el exceso en el estilo a Zweig. Y era Zweig el que intentaba frenar el alcoholismo de Roth para evitar que se matara. Pero fue Zweig el que se mató.


Ariana Harwicz. El ruido de una época. Gatopardo, 2023. P. 89.

 

dimecres, 29 de maig del 2013

cròniques berlineses

Per a en Ramon Ferrer.

Este volumen reúne una selección de los artículos que Joseph Roth dedicó al Berlín de los años veinte. En ellos el novelista y periodista recrea con mano maestra la peculiar atmósfera que reinaba en la capital alemana durante la República de Weimar. Ningún ambiente de la ciudad le es ajeno, se interesa tanto por los grandes almacenes, los parques públicos y la naciente industria del espectaculo como por los medios de transporte, los barrios pobres en los que vivían los inmigrantes judíos, los baños turcos y los garitos frecuentados por delincuentes de medio pelo. «Yo dibujo el rostro del tiempo» afirmó en una ocasión refiriéndose a su cometido como reportero. Nada más cierto: de la lectura de estos textos, en su gran mayoría inéditos en castellano, escritos entre 1920 y 1933 y publicados en distintos periódicos, emerge el poderoso retrato de una metrópoli inquieta y deslumbrante en uno de los momentos más críticos de su historia. [De la contracoberta]

*   *   *
«LO QUE VEO es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día. Un caballo que, con la cabeza gacha, busca en el interior de un saco lleno de avena, está sujeto a un carruaje e ignora que en el principio de los tiempos los caballos venían al mundo sin carruajes; un niño que juega con unas canicas en el borde de la acera, observa el metódico follón de los adultos y, colmado del instinto de lo inútil, no sospecha que representa el súmmum de la creación, sino que, por el contrario, ansía alcanzar la edad adulta; y un guardia que cree ser la única cesura en la confusión del acontecer y el pilar de no sé qué poder regulador. Enemigo de la calle y puesto allí para vigilarla y cobrar el debido tributo a su sentido del  orden. Veo a una muchacha en el marco de una ventana abierta, que es parte de la pared y anhela liberarse de su abrazo, que es su mundo. Un hombre que, confinado a las sombras de un anguloso lugar recoge trocitos de papel y colillas. En lo alto de la calle, como lema de la misma, un soporte publicitario en forma de columna, encima una pequeña veleta que cambia de opinión según el viento. Un hombre grueso, con un puro y una americana clara, que parece la encarnación de una mancha de grasa en un día de verano. La terraza de un café, sembrada de las damas más variopintas aguardando a que alguien las recoja. Camareros vestidos de blanco, porteros vestidos de azul, vendedores de periódicos, un hotel, un ascensorista, un negro.
Lo que veo es el hombre anciano con la fina trompeta de falsete, de hojalata, en el Kurfürstendamm. Un mendigo cuya tragedia llama tanto la atención porque no hace ruido. La trompeta de falsete, la pequeña trompeta de hojalata, es a veces más potente y surte más efecto que todo el Kurfürstendamm. Y el ademán de un camarero en la terraza del café que quiere matar una mosca es más trascendental que los destinos de todos los clientes de la terraza. La mosca ha logrado escapar, y el camarero se lleva una desilusión. ¿Por qué, oh camarero, tanta hostilidad con una mosca? Un mutilado de guerra que ha encontrado una lima para las uñas. Alguien, una dama, ha perdido la lima en el lugar que ahora ocupa el mutilado. El mendigo empieza a limarse las uñas. Con esta casualidad, que ha puesto en sus manos una lima, y el gesto trivial de limarse las uñas, ha ascendido simbólicamente mil niveles en el escalafón social. Un perro que se apresura tras la pelota que unos niños hacen volar y se detiene ante el objeto que descansa inerte en el suelo, sin alcanzar a comprender cómo un chisme de goma tan absurdo y descabellado es capaz de dar botes de manera tan graciosa y animada, es el héroe de un drama pasajero. Sólo son importantes las pequeñas cosas de la vida.
¿Qué me importa, a mí, paseante que marcha en diagonal por un avanzado día de primavera, la gran tragedia de la historia universal que recogen los editoriales de los periódicos? Ni siquiera me importa el destino de un hombre que podría ser el héroe de una tragedia, de un hombre que ha perdido a su mujer o recibido una herencia, de un hombre que engaña a su esposa o que guarda relación, a fin de cuentas, con cualquier cosa patética. En vista de los acontecimientos microscópicos, todo pathos es en vano, se pierde sin sentido. Lo diminuto de las partes impresiona más que la monumentalidad del conjunto. Ya no necesito los gestos ampulosos, que intentan abarcarlo todo, del héroe del teatro universal. Yo soy un paseante.»

Joseph Roth. «Paseo». A: Crónicas berlinesas. Traducció de Juan de Sola Llovet. Minúscula, 2006. P. 13-15.



divendres, 1 d’octubre del 2010

joseph roth | stefan zweig (2 i final)

















249. A Stefan Zweig
París, 26 de marzo de 1933


Distinguido y querido amigo:

Creo que en estos tiempos hay que permanecer en contacto permanente como se pueda. Por eso le contesto de inmediato.

Le ruego ponga atención en que sus cartas para mí vengan por vía Suiza. Porque algunas pasan, en efecto, por Alemania.
Estoy completamente de acuerdo con usted: hay que esperar. De momento. Aún no está del todo claro por cuánto tiempo.
El letargo del mundo es mayor que en 1914. El hombre ya no se conmueve si se vulnera y asesina lo humano. Fue así en 1914 y lo fue de tal modo que se han hecho esfuerzos por todas partes para explicar la bestialidad con razones y pretextos humanos.
Pero hoy resulta que se pasa por alto la bestialidad simplemente con explicaciones bestiales que son aún más atroces que las bestialidades.
Y nada se conmueve en el mundo. Quiero decir en el mundo de los hombres que escriben, abstracción hecha del eterno excéntrico Gide, comunista de última hora, que ha celebrado aquí un congreso ridículo para esnobs y la embajada internacional del comunismo sin ningún éxito, excepto entre los judíos en Norteamérica e Inglaterra, a los que sólo preocupa el antisemitismo, un pequeño segmento del gran círculo de la bestialidad.
Está claro para usted que, por ejemplo, un animal enfermo del tipo Goering se diferencia de Guillermo II, que aún se mantuvo en la jurisdicción de lo humano, en la misma proporción aproximada en que se diferencia 1933 de 1914.

Está claro que los imbéciles hacen estupideces, los bestias cometen bestialidades y los locos tienen comportamientos demenciales: todo de manera suicida.
Pero no está claro cuándo el entorno, igualmente enfermo y desconcertado, reconoce la estupidez, la bestialidad y la locura.
Eso es lo que importa. Y me pregunto cuándo llegará el momento en que sea nuestra obligación aislar al entorno del enfermo, mediante palabras, para que no se contagie.
Temo, en definitiva, que sea demasiado tarde.
Temo ir a parar a la situación de tener que desear una guerra lo más inmediata posible.

No voy a Viena por muchas razones. Desde hace diez años, vivo en Francia seis u ocho meses al año. ¿Por qué no ahora? Y, en especial, ¿por qué no, si a los hombres que quieren ver absoluta maldad en mí siempre se les ocurre decir que he huido? ¿Y por qué no, si se da por supuesto que uno realmente huye?

[...] Tocante a lo judío en nosotros dos: estoy con usted d'accord en que no hay que dar la apariencia de que uno está preocupado por los judíos y nada más.

Con todo, siempre hay que saber que el atributo de ser judío no libera a ningún hombre de conciencia de su deber de acudir al frente, a primera fila, como todo no-judío de conciencia.
Hay un determinado punto donde la nobleza se convierte en incumplimiento del deber y, además, no sirve de nada. Porque para los bestias de allá uno sigue siendo un peligroso cochino judío.
Usted fue como judío contra la guerra y yo fui como judio a la guerra. Los dos tenemos numerosos camaradas. No nos quedamos en retaguardia.
Porque igualmente podría decirse que también hay judíos de retaguardia en el campo de batalla de la humanidad.
De ésos no se puede ser.
Nunca he sobrevalorado la tragedia de lo judío, y ahora menos, cuando ya es trágico ser sin más un hombre decente.
Es la infamia de los demás el ver judíos. Lo indecente es que por contención confirmemos demasiado el argumento de los más necios animales.
Como soldado y oficial, yo no fui judío. Como escritor alemán tampoco soy judío (en el sentido en que estamos hablando).
Tengo mi recelo de que, en un momento dado, la reserva judía no es más que una reacción de los judíos con tacto ante el descaro de los que no lo tienen.
Entonces es tan absurda y perjudicial como éstos.

Uno tiene -como ya le dije a usted- un compromiso ante Voltaire, Herder, Goethe y Nietzsche, lo mismo que ante Moisés y sus padres judíos.
De ahí se deriva el compromiso de salvar vida y escritura en caso de amenaza bestial.
Nada de entregarse a eso que con ligereza se llama destino.
Y tomar parte, luchar, en cuanto llegue el instante preciso.
Y la pregunta es si no llegará muy pronto.

Siempre con afecto, su leal amigo.

Joseph Roth


Hotel Foyot.


dilluns, 13 de setembre del 2010

joseph roth | stefan zweig (1 de 2)



Zweig me dijo alguna vez que Joseph Roth era un autor genial, más grande aún que él mismo. Escribió con suma admiración y comprensión sobre las novelas de Roth, recomendó sus libros a sus propios editores norteamericanos e ingleses, le dió consejos literarios, dietéticos y eróticos, además de "prestarle" y regalarle módicas cantidades de dinero; muy módicas, si uno sabe cuánto dejó tras de sí Stefan Zweig.
[...]Zweig intervino con todo su peso literario a favor de Roth. Ayudaba noblemente, con su influencia y su dinero, a numerosos escritores en muchos países; como Roth era, de todos ellos, el autor que Zweig tenía por modelo de verdadero poeta, actuó siempre en su caso como un mecenas solvente, aunque también tacaño.
En lo que se refiere al propio Roth, ofreció dinero y ayuda prácticamente a todos los que acudieron a él, dignos e indignos, sin distinción de persona. Siempre escaso de dinero, muchas veces repartía, cuando recibía una suma superior a su tren de vida, una tercera parte, o la mitad, entre personas próximas que estaban en apuros, se tratara de colegas o de refugiados de cualquier tipo o nacionalidad. Regaló tiempo, energía y dinero a manos llenas, fue un despilfarrador de buen corazón, más para los demás que para sí, hasta el punto de derrochar su vida.

Hermann Kesten, fragment del prefaci de Joseph Roth: Cartas (1911-1939). Acantilado, 2009.

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210. A STEFAN ZWEIG

Rapperwil am Zürichsee,
23 de septiembre de 1932
Muy distinguido, querido Stefan Zweig:

Me repugna, por supuesto, escribirle esto: El señor Landauer (de la editorial Kiepenheuer) me insta a pedirle a usted, en caso de que quisiera escribir sobre La marcha Radetzky, así como a Otto Zarek, que escribe sobre mí en el Vossische, que se determine a "no ponerme a caldo". Soy tan dependiente de los deseos del señor Landauer y estoy tan asqueado de toda la escritura, la editorial, sus deseos, las recensiones, que se lo comunico a usted sin rodeos, simplemente para poder decirle a la editorial que he hecho lo que desea. ¡Es repugnante, para vomitar! Sé bien que usted sabe con qué franqueza hablo. Cuando reflexiono "razonablemente", no puedo dejar de darle la razón a Landauer. Es mi amigo. No quiero mentirle a él, ni tampoco a usted. Quiero poder decirle que he hecho lo que desea.

Espero que no influya lo más mínimo en nuestra relación. Vivo de Landauer, tengo que escribirle a usted y le escribo esta nauseabunda cosa repugnante y espero que me comprenda bien...

Su viejo amigo

J.R.
Hotel Schwanen