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UN BUEN DÍA, HACE muchos años, el correo le trajo al escritor Rudyard Kipling un paquete dirigido a «Monsieur Kipling». Lo enviaba un soldado francés de apellido Hammoneau y contenía un ejemplar de la traducción francesa de su novela Kim, con un agujero de bala tan profundo que solo se habían salvado las veinte páginas finales. En una carta que venía con el libro. Hammoneau contaba que, de no haber llevado ese libro en un bolsillo a la altura del pecho, no habría sobrevivido a la Primera Guerra Mundial. El envío contenía también la medalla al valor otorgada a Maurice Hammoneau.
Imagine, en un obvio juego de espejos, qué libro francés le podría haber salvado la vida a un soldado inglés en esa misma guerra. Imagine el nombre del soldado inglés y la actitud que habría adoptado el escritor francés al recibir por correo un volumen agujereado.
En el caso de Kipling, aunque insistió en devolver ambos objetos de inmediato, acabó legándoselos a Jean, hijo varón de Hammoneau, y el ejemplar de Kim, con su redonda herida, es hoy uno de los tesoros más valiosos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
Imagine dónde habría ido a parar el libro francés.
Eduardo Berti. Maneras de leer. Pequeño obrador de lecturas potenciales. Pepitas de calabaza, 2025.
