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dimarts, 6 de maig del 2025

tots els camins duen al llibre


La siguiente
JUAN JOSÉ MILLÁS
El País
17|6|2016

 

Cuando un cocinero se hace famoso, escribe un libro. Cuando un deportista se hace famoso, escribe un libro. Cuando un criminal se hace famoso, escribe un libro. Cuando un alpinista se hace famoso, escribe un libro. Cuando un actor se hace famoso, escribe un libro. Cuando un locutor de televisión se hace famoso, escribe un libro. Cuando un cantante se hace famoso, escribe un libro. Cuando un político se hace famoso, escribe un libro. Cuando un millonario se hace famoso, escribe un libro. Cuando un corrupto se hace famoso, escribe un libro. Cuando un expresidiario se hace famoso, escribe un libro. Cuando un youtuber se hace famoso, escribe un libro. Cuando un torero se hace famoso, escribe un libro. Cuando un famoso se vuelve más famoso, escribe otro libro.
Y así de forma sucesiva. Todos los caminos conducen al libro. Sin embargo, cuando un escritor escribe un libro no puede hacerse cocinero ni deportista ni actor ni político. Cuando un escritor escribe un libro, se pone a pensar en el siguiente, que quizá le salga o quizá no. A lo mejor le sale, y lo publica y la editorial le invita a firmar ejemplares en una feria del libro a la que el escritor acude ingenuamente para comprobar que quienes de verdad firman son los alpinistas, los expresidarios, los actores, los youtubers… Viene a ser, piensa, como si en un congreso sobre la salud tuvieran más éxito los curanderos que los médicos.
Claro que todo el mundo tiene derecho a escribir libros, y a establecerse como curandero, incluso a escribir libros sobre la curandería. Pero un congreso de oncólogos debería ser un congreso de oncólogos. El escritor decide no acudir en el futuro a ninguna feria. Pero el miedo a ser tachado de envidioso le conducirá a la siguiente.


dijous, 1 de setembre del 2016

no llegiu, gràcies


A veces me llaman profesores de enseñanza media para que acuda a sus centros de trabajo e intente convencer a sus alumnos de que lean.
-¿De que lean qué? -pregunto.
-Cualquier cosa -dicen-. Novelas, por ejemplo.
A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas. Las leía debajo de las sábanas, sujetando con los dientes la linterna con la que mi padre nos miraba la garganta cuando teníamos anginas. Mi padre no era médico: nos veía la garganta por vicio. Tampoco yo era un lector profesional. Me asomaba a la boca de los libros por una inclinación morbosa. Jamás pensé que esa actividad formara parte de mi educación, aunque más tarde comprendería que se empieza a leer por las mismas razones por las que se empieza a escribir: para comprender el mundo.
Iremos por partes, pero permítanme de entrada la afirmación de que el lector, como el escritor, nace del conflicto. Sin conflicto no hay escritura ni lectura. Leemos y escribimos porque algo no funciona entre el mundo y nosotros. El conflicto no desaparece al leer o al escribir, pero se atenúa de manera notable. Decía Blanchot que la página del libro (del libro literario, quiero decir, de la novela, del poema, del buen ensayo) tiene dos caras; en una se mira el escritor y en la otra el lector, aunque los dos buscan lo mismo: un espejo que les devuelva de sí y de la realidad una imagen menos fragmentada que aquella que sufren a diario. Tanto el uno como el otro, tanto el escritor como el lector, son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón, diríamos, allí es donde se encuentran.
El libro ha tenido siempre algo de callejón frecuentado por personas huidizas con tendencia, como decíamos, a la clandestinidad. Por eso, uno de los factores que más daño ha hecho a la lectura es el consenso respecto a sus virtudes. Cuando yo era pequeño, cuando yo era joven, la lectura no estaba muy bien vista. Los niños y los adolescentes lectores dábamos un poco de miedo a nuestros padres, a nuestros profesores. Ese miedo de los otros nos confirmaba que estábamos en el buen camino. Por haber, había incluso una lista, una bendita lista de libros prohibidos por el Vaticano, que eran, lógicamente, los que con más ansia buscábamos. Hoy, en cambio, todo el mundo asegura que leer es bueno. Lo dicen los padres, lo predican los profesores y lo corroboraría, si tuviéramos la oportunidad de preguntarle, el ministro del Interior. Con franqueza, si yo fuera adolescente, ni me acercaría a una actividad ensalzada por mis padres, por mis profesores y por el ministro del Interior. Me entregaría a los videojuegos, que producen aún mucha inquietud en las personas de orden.
Pero decía que me llaman a veces de los institutos de enseñanza media y yo acudo, no siempre con el mismo ánimo, para explicar a los jóvenes que la lectura es ya una de las pocas actividades transgresoras en una sociedad en la que prácticamente todo está permitido. O, peor aún, en una sociedad que es muy permisiva con lo que se debería prohibir y muy prohibitiva con lo que debería permitir. Les explico que los lunes por la mañana, cuando salgo a pasear por el parque cercano a mi domicilio, veo indefectiblemente rotos los cristales de una o dos marquesinas de autobús y tres o cuatro papeleras arrancadas de sus soportes. Son destrozos llevados a cabo durante el fin de semana por jóvenes que no son capaces de expresar su malestar de otro modo. Odian el sistema y apedrean por tanto los símbolos externos de ese sistema practicando un modo de delincuencia atenuada que les compensa momentáneamente del dolor de vivir en un mundo sin salida, sin horizonte moral o laboral, en un mundo loco.
Intento explicarles que lo que ellos toman como un acto de rebelión fortalece al sistema hasta extremos que no podrían ni imaginar. La sociedad, les explico, puede prescindir de otras personas, pero no de los delincuentes. "El delincuente -decía Octavio Paz en un ensayo de juventud -confirma la ley en el momento mismo de transgredirla". Les explico que cuando beben cuatro cervezas y arrancan de raíz ese semáforo con el que yo tropiezo el lunes por la mañana, están haciendo gratis algo por lo que les deberían pagar. Estoy convencido, les digo, de que si un día, de la noche a la mañana, desaparecieran los delincuentes, el Ministerio del Interior no tardaría ni 48 horas en convocar oposiciones para cubrir urgentemente todas esas vacantes.
El joven, pues, que el sábado por la noche se emborracha y que al amanecer, antes de regresar a casa, llena de silicona la ranura de un cajero automático para no irse a dormir sin haber contribuido a la liquidación del sistema, no sabe hasta qué punto está contribuyendo a reproducir lo que detesta. Ese chico no es peligroso; en realidad, es un funcionario que trabaja gratis para el sistema. Destroza el mobiliario urbano con el mismo gesto de rutina con el que el funcionario de Hacienda nos dice que volvamos mañana.
Cuando digo esto en institutos difíciles, aunque también en los de clase media, los chicos se quedan lógicamente sorprendidos. Les explico a continuación, porque así lo creo, que el joven verdaderamente peligroso es aquel que un viernes o un sábado por la noche se queda en casa leyendo Madame Bovary. Por lo general, no saben quién es madame Bovary, pero he comprobado les suena bien, por lo que no suelo cambiar de título.
Ese individuo que se queda a leer Madame Bovary, les aseguro, es una bomba. ¿Por qué?, noto que me preguntan con la mirada. Porque la realidad, les explico, está hecha de palabras, de modo que quien domina las palabras domina la realidad. Ellos dudan, claro, porque miran a su alrededor y no acaban de ver la relación entre la realidad y las palabras. Entonces les recuerdo el cuento aquel de Andersen, El rey desnudo, o El traje nuevo del emperador, según la traducción. Todos ustedes lo conocen. No me digan que no les resulta sorprendente el éxito de ese relato si consideramos que se narra en él la historia de un pueblo que ve vestido a un señor que va desnudo. Parece una historia inviable por inverosímil, pero lleva años cautivando a niños y a mayores de todas las nacionalidades. ¿Por qué?, me pregunto en voz alta delante de los alumnos a los que intento convencer de las bondades de la lectura. Pues porque lo que ocurre en ese cuento, respondo tras unos segundos de tensión teatral, es lo que nos ocurre cada día desde la noche a la mañana a todos y cada uno de nosotros: que salimos a la calle y vemos lo que nos dicen que veamos. Si la orden de ese día es ver al Rey vestido, lo veremos vestido, aunque vaya en pelotas. En otras palabras, vemos lo que esperamos ver. Y esto es así de simple y así de espectacular. Las palabras son generadoras de realidad. Y la ausencia de palabras también. Por eso invito siempre a los alumnos a preguntarse hasta qué punto es real la realidad.

Juan José Millás. A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas. El País. 21|8|2016.


dimarts, 21 d’octubre del 2014

l'historial clínic com a gènere literari (i II)


Para [...] demostrar que el historial médico es un género literario he estado hojeando un libro muy interesante que se ha reeditado hace poco, de Laín Entralgo, y que se titula justamente La historia clínica. La historia clínica analiza historiales clínicos desde el siglo XIX y en él se reproducen fragmentos de algunos recogidos aquí y allá. Yo seleccioné uno de mediados del siglo pasado titulado «Cisticercosis de la retina» (Cabrera Infante daría la mano derecha por tener un título tan interesante para una novela suya) que dice así: 
La esposa de un maestro, mujer de aspecto pálido y constitución débil que en su infancia había padecido mucho de ascaridiosis y que hace algunos meses notó por vez primera la presencia de anillos de tenia en sus heces, pero que nunca tuvo cisticercos bajo tegumento externo, comenzó a sufrir dolores reumáticos y debilidad pasajera en una de las extremidades superiores. Poco después, sintió cansancio en los dos ojos, sin disminución de la visión. Ese cansancio desapareció pronto del ojo izquierdo pero en el derecho se hicieron notar de cuando en cuando inflamaciones débiles. A la vez, sensación de moscas volantes y de nebulosidad ante ese ojo con accesos de violenta cefalalgia en el lado derecho. Desde hace dos meses no puede leer con el ojo derecho; pocos días después, ya no era capaz de reconocer a una persona.
Este texto es una obra maestra de nuevo periodismo. Nadie que empiece a leerlo puede dejarlo hasta saber lo que viene a continuación. Es decir, que nos ha cogido por el cuello en las primeras líneas. Fíjense la inteligencia, el olfato narrativo de este médico que empieza diciendo:
La esposa de un maestro, mujer de aspecto pálido...
Podría haber dicho: la hija de una costurera, la sobrina de un obispo, la prima de un sargento, cualquiera de las relaciones que esta mujer tenía;  sin embargo, dice: “La esposa de un maestro”. Es decir, hace una selección de todos los materiales posibles, y de entre todas las relaciones familiares posibles selecciona una y, además, le atribuye una cualidad que es la palidez. Dice: “mujer de aspecto pálido”, con lo cual crea una atmósfera en la que ya no es preciso, por ejemplo, que este hombre nos describa la casa en la que vive, porque ya nosotros nos imaginamos una casa de clase media, un poco menesterosa. Vemos llegar al maestro por la tarde, agotado, con ojeras, el traje manchado de tiza, y  nos imaginamos a esa mujer abriendo la puerta llena de cisticercos y de anillos de tenia en las heces. Está creando todo un cuadro que a un escritor no profesional quizá le habría llevado quince o veinte folios resolver y él lo ha hecho de un modo magistral en un párrafo de siete o diez líneas. El historial continua:
Cuando se me presentó...
Fíjense en este genial descenso a la primera persona. Estaba hablando en tercera persona y de repente dice:
Cuando se me presentó, todavía percibía un débil resplandor con el ojo afecto, pero no conocía los objetos. La exploración oftalmoscópica del ojo que, exteriormente, no mostraba nada patológico, hizo ver en el centro de la retina, cubriendo la entrada del nervio óptico, un cuerpo vesicular, redondeado, pero con un apéndice cilíndrico hacia arriba y hacia dentro...
Aquí ha entrado en un registro de novela policíaca. Todo está lleno de sospecha:
cuerpo que, por sus movimientos característicos, revelaba con bastante claridad ser un cisticerco.
Y remite a la figura tres, porque además las historias clínicas tienen el privilegio de que pueden poner dibujos. Si yo, en una novela mía, pongo un dibujo, lo toman por un libro infantil; el editor se negaría con toda la razón a publicarlo; sin embargo, en los historiales médicos sí pueden, y tienen la coartada científica para hacerlo.
A continuación hace el autor una ligera incursión poética:
Revelaba con bastante claridad ser un cisticerco. Su bella coloración azul verdosa parecía atenuada por un tenue velo que debía pertenecer a una membrana conexa con el cilindro cutáneo.
Pero enseguida abandona esta veleidad poética para continuar en el registro anterior:
Allí donde se insertaba el cilindro cutáneo veíase introducida en la vesícula una yema blanca, impulsada de manera intermitente hacia la luz del cilindro cutáneo por medio de un cuello de longitud variable. La dirección en que sobresalía la cabeza no era en este caso variable sino de tal modo determinada por la posición del cilindro cutáneo, que dentro del mismo solamente era posible realizarse por desplazamiento lateral.
Y de nuevo el paso a la primera persona:
No pude averiguar la índole de la unión del cilindro cutáneo con la retina porque su contorno se hacía más impreciso, al crecer la distancia a la vesícula, según se puede apreciar en la figura adjunta.
Parece aquí la descripción de un detective. Y observen como termina:
Cuando exploré de nuevo a la enferma unos nueve meses después de la primera observación vi sólo en lugar de la vesícula una membrana incolora flotante en el cuerpo vítreo, o más exactamente un sistema de membranas que cubría la mayor parte del fondo del ojo. La ya mencionada debilidad de una extremidad superior, las violentas cefaleas, las moscas volantes y los fenómenos luminosos subjetivos que la paciente sufre en el otro despiertan las sospechas de que también en el interior del cráneo se han formado cisticercos. Una sospecha cuya verosimilitud viene aumentada por el abundante cúmulo de anillos de tenia en el canal intestinal.
[...] Con todos estos ejemplos, me parece suficientemente demostrada la cercanía entre estos dos géneros, el del historial clínico y la novela, pero es que además el historial clínico tiene la ventaja de que nos hace más accesibles las zonas que en relatos meramente literarios están selladas: por ejemplo, el punto de vista, el lugar desde el que se nos cuenta una historia que, finalmente, es un espacio moral. El punto de vista está encarnado por el narrador, que normalmente permanece en la sombra.
[...] Es muy interesante profundizar en la voz del narrador de historial clínico porque nos hace entender muchísimas cosas de la literatura. La voz del narrador, durante el siglo XIX y gran parte del XX, estaba justificada como una convención necesaria, es decir, porque "alguien lo tenía que contar". Pero yo creo que ahora ya no está justificada, ahora el narrador tiene que legitimarse de algún modo, es decir, yo creo que el narrador tiene que explicar por qué nos cuenta algo y es en el historial clínico donde esta necesidad es más patente.
Tengo que lamentar, de nuevo, que el historial clínico se practique poco en nuestros tiempos. Quizá ha desaparecido, en parte porque ha desaparecido el personaje, que es el enfermo. Me explicaré: ha llegado el momento de aclarar por qué, a pesar de contar un suceso real, todo en el historial clínico es tan necesario como en una novela que narra un suceso imaginario. La razón es porque el médico, cuando entra un paciente en su consulta, no cuenta toda su relación con él porque entonces necesitaría escribir siete libros. Tendría que empezar diciendo: "La primera vez que vi a este paciente entró en mi consulta con el pie derecho, luego avanzó el izquiero, yo estaba mirando al suelo..." Eso sería agotador, de manera que lo que hace es seleccionar de toda su relación con el enfermo aquello que considera más importante, lo que considera significativo, es decir, lo que puede colocar al servicio del sentido.
Pero en esa selección se está operando sobre la realidad, del mismo modo que el escritor está operando sobre los materiales narrativos de que dispone. Y en ese sentido podríamos preguntarnos, y ésta es la gran incógnita, si la salud no es una construcción, si la salud y la enfermedad (y la realidad toda, en fin) no son meras construcciones verbales.
El historial clínico, pues, ha desaparecido porque ha desaparecido el personaje y se ha quedado el narrador nada más, quiero decir que en estos momentos el importante es el médico, y el paciente es un mero objeto en el que el médico manipula. El paciente hoy día no es sujeto de la curación. Fíjense qué curioso: en el historial médico que hemos leído de la cisticercosis de la retina, en ningún momento el médico dice que ha medicado a la enferma. La ha escuchado simplemente. Si ahora va al médico la esposa de un maestro con estos síntomas, la opera al minuto de entrar por la consulta, sin duda alguna. Sin preguntarle, le dice que firme un descargo de responsabilidad y la opera.

Juan José Millàs. «Literatura y enfermedad». A: Con otra mirada. Una visión de la enfermedad desde la literatura y el humanismo. Taurus, 2001. P. 151- 166.


dilluns, 20 d’octubre del 2014

l'historial clínic com a gènere literari (I)


«El historial clínico es pura literatura, con independencia de que tenga también sus virtudes científicas. Podríamos decir que todo gran historial clínico tiene algo de novela, del mismo modo que toda gran novela tiene algo de historial clínico. La muerte de Iván Ilich, como La metamorfosis, es un historial clínico. También El Quijote tiene mucho de historial clínico, lo mismo que Madame Bovary...Llegados a este punto, no se puede dejar de citar a Freud.
El año pasado se publicaron, por insistencia mía, algunos de los historiales clínicos de Freud, que editorialmente han funcionado muy bien, como si se tratara de un libro de cuentos, pues son relatos de una perfección asombrosa, con independencia de las virtudes científicas que tengan.
El misterio radica en saber cómo alguien que está contando un hecho real (la historia de un enfermo o enferma) consigue darle esa unidad característica del relato. Ustedes me podrían decir sí, de acuerdo, pero es que Freud es uno de los grandes escritores de todos los tiempos. Es cierto, Freud es un gran escritor que, con independencia de pasar a la historia de la ciencia, sin duda merecerá pasar también a la historia de la literatura.
Hablemos, pues, de otros autores que no tienen la altura de Freud para ver si podemos concluir que el historial clínico es también un género literario. Hay un escritor bastante popular, Oliver Sacks, neurólogo y autor, entre otros, del historial clínico en el que se basó la película Despertares. Oliver Sacks no es tan buen escritor como Freud pero es un hombre con una habilidad sorprendente para unir los materiales de los casos clínicos de tal modo que los convierte en auténticos relatos. El libro de relatos clínicos titulado El hombre que confundió a su mujer con un sombrero es excelente y en Un antropólogo en Marte hay por lo menos tres o cuatro casos que son obras maestras de la literatura.
Recuerdo uno que habla de un ciego que perdió la vista a los tres o cuatro años; es un hombre que lleva una vida muy solitaria y a los cincuenta años decide casarse. Su prometida quiere hacer un último intento para comprobar si la ceguera de su futuro marido es reversible o no y deciden consultar a un médico. El médico examina al ciego y concluye que lo único que le pasa es que está sufriendo las consecuencias de un mal diagnóstico, ya que lo único que tiene son unas cataratas, de manera que, teóricamente, si le operan las cataratas no debería haber ningún impedimento para que volviera a ver. Esto produce una gran alegría en la família y deciden operarle. El hombre se opera y Sacks nos describe esa escena que hemos visto tantas veces en el cine: el ciego al que tras la intervención quirúrgica le van quitando un vendaje tras otro, con la impaciencia de la família que está delante de él, y cuando le quitan la última venda el ciego abre los ojos, ve el rostro de su mujer,  se arrodilla y da gracias a Dios.
Esta escena la describe Sacks al revés, porque efectivamente le van quitando los vendajes y al llegar al último, abre los ojos y al ver el rostro de su mujer se queda espantado. Y se queda espantado porque no sabe leer un rostro. Ha estado toda su vida leyendo la realidad en un registro y ahora le obligan a leerla en otro, de manera que cuando van al restaurante él ve una copa de cristal y le parece un objeto muy inquietante hasta que la toca, hasta que la lee con la yema de los dedos y la comprende.  Y este hombre que hasta ese instante llevaba una vida normal, a partir de ese momento es incapaz de cruzar una calle porque le da miedo todo ese tumulto de coches y de gente. Y no descansa hasta que se queda ciego otra vez, y entonces recibe la ceguera como un don. Se trata de un buen cuento donde todos los elementos que lo componen se necesitan entre sí y están colaborando a producir ese efecto final que es el del hombre feliz cuando se queda ciego de nuevo...»

Juan José Millàs. «Literatura y enfermedad». A: Con otra mirada. Una visión de la enfermedad desde la literatura y el humanismo. Taurus, 2001. P. 151- 166.