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dijous, 26 de juny del 2025

vostè també escriu?


Según parece, en los Estados Unidos el número de personas que han escrito una novela es monstruoso. Muchas veces mayor, por supuesto, al número de personas que han publicado una novela. En nuestro medio, inclusive, a pesar del elevado índice de analfabetismo que tenemos, el número de personas que creen que podrían escribir una novela con las experiencias que han tenido en su vida, es tremendo. Un soneto es algo mucho más difícil, porque hay que aprender a rimar y a contar las sílabas. Pero una novela, ¡en prosa!, es la cosa más fácil del mundo. Basta con sentarse frente a una hoja de papel y contar todo lo que nos ha pasado en nuestra vida, que es tan interesante. Lo malo es que no tiene uno tiempo, porque hay que trabajar para sostener a la familia, llevar a los niños a la escuela, ir a fiestas, lambisconear al jefe, etcétera. En realidad, escribir novelas es un trabajo de ociosos. Pero eso no quita que la mayoría de la gente tenga un talento novelístico innato o, mejor dicho, literario. La prueba está en las composiciones que hacíamos en la escuela y las dedicatorias que poníamos el día de las madres. Eran geniales.
Esta situación, la de vivir en un medio de novelistas potenciales, no frustrados, porque nunca han intentado ejercitar sus talentos, ni fracasado en el intento, hace que las personas, como yo, que no hacemos más que lo que todos podrían hacer, seamos considerados como una raza parasitaria, superflua y, francamente, de muy poco talento, porque nos cuesta un trabajo horrible hacer lo que todos harían en sus ratos de ocio.
Por otra parte, esto de usar para expresarse un medio que todos conocen a la perfección desde primero de primaria, hace que los escritores tengamos una cantidad de críticos exactamente igual al número de personas que saben leer y escribir. El de lectores, en cambio, es mucho más reducido, porque la mayoría de los críticos son apriorísticos.
[...] Para escribir novelas no se necesita más que leer novelas, que, después de todo, se supone que la gente lee por gusto. Así que además de parásitos superfluos somos hedonistas.
Pero como para adquirir prestigio no podemos recurrir a la aridez, porque sería contradecir los principios mismos de nuestro arte, podemos acudir a otras profesiones, que además de lo difícil del estudio tengan otras características que provoquen respeto de parte del público.
Un psicólogo, por ejemplo, es, en sociedad, mucho más aplastante que un ingeniero, aunque sea más difícil calcular un edificio que sentarse media hora a escuchar lo que dice un paciente. Todos le tienen miedo, porque creen que les va a descubrir un defectazo. La mecánica de este proceso es que el ignorante no sabe qué signos pondrán en evidencia qué cosa. La magia del psicólogo está en que él descubre lo que nadie ve y llega a conclusiones que nadie entiende. La base del prestigio es la incomprensión.
Esto puede ser la salvación del escritor. Si, por ejemplo, en vez de contar la novela de principio a fin, la cuenta del fin al principio, si repite la misma escena desde tres puntos de vista diferentes, si quita del diálogo los nombres de los interlocutores, si describe una mesa como si fuera un paisaje, y un paisaje como una mesa, logrará confundir completamente al lector. Es posible que éste nunca termine de leer la novela, pero respetará al que la escribió.
De ahora en adelante escribiremos así y dejaremos de ser parias.

Jorge Ibargüengoitia. «¿Usted también escribe?». A: Revolución en el jardín. Reino de Redonda, 2008. P. 284-288.

 

dimecres, 24 de desembre del 2014

motius nadalencs


Desde tiempo inmemorial el hombre ha sentido la necesidad (completamente irracional) de terminar el año de una manera grandiosa. Es una especie de sacrificio. Así como antes se mataba un buey y se enterraba una parte que era perfectamente comestible, en la actualidad y con motivo del fin del año, hacemos a un lado la tacañería que nos corroe, echamos la casa por la ventana, adquirimos una gran cantidad de cosas perfectamente inútiles y las repartimos entre nuestros seres queridos.
Este atavismo ha sido fomentado y llevado a proporciones verdaderamente heroicas por la sociedad industrial. Pero si bien es cierto que cada vez se gasta más en regalos navideños, también lo es el hecho de que cada vez se regala con más descuido y sin tener la menor consideración de los sentimientos del receptor.
[...] Hay dos clases de regalos. Los «impersonales», que se llaman así porque resultan perfectamente inútiles para cualquier gente que los reciba y porque además, carecen de cualquier característica definida que permita decir, cuando menos, que son horribles. La otra clase, los regalos «personales», se hacen partiendo de la suposición de que conoce uno los gustos del que los recibe, suposición que resulta equivocada en la mayoría de los casos. Por ejemplo, regala uno el libro ya leído o del autor detestado; los cigarros, carísimos, pero aborrecidos; la corbata imponible, la camisa tres números más grande, un paraguas para quien no se atreve salir a la calle de paraguas, una boquilla para quien quiere fumar en bruto, unas mancuernillas para quien usa camisa de manga corta, etcétera.
Pero estos errores vienen de que, como ya dije, se parte de la suposición equivocada: el único gusto que puede uno conocer es el propio. Hay que aceptar esto. En vez de tratar de proporcionar un placer a los demás, hay que proporcionárnoslo a nosotros mismos. Hay que aprovechar los regalos que uno da.
Por ejemplo, a la abuelita, que sabe uno que es casi abstemia y que no ha probado ningún licor que no sea rompope, se le regala una botella del whisky que le guste a uno más. Y aprovecha uno la visita para tomársela. Al hijito que anda a gatas, se le regala Flaubert, por ejemplo, en edición de Pléiade. Y lo lee uno con toda tranquilidad sin que él se moleste. A la esposa querida, diabética, champaña. Y se lo bebe uno frente a ella, a la voz de: —Lástima de que no puedas probarlo. ¡Vieras qué sabroso está!
Pero éstos son ejemplos rudimentarios. Hay otros mucho más sutiles. Por ejemplo, a la amiga, gran cocinera, que nos invita a comer tres veces por semana, se le regala, un año, una paellera, al siguiente, un asador, al tercero, una caja de azafrán, etcétera. Al amigo que se cree barman, una coctelera, para que nos despache mejor. A los amigos que tienen buen tocadiscos, los discos que nos gustaría escuchar, etcétera.
En este caso, el procedimiento indicado es completamente diferente. Es indispensable perpetuar y poner en relieve la identidad del donador.
Por ejemplo, supongamos que somos obreros, que trabajamos en una fábrica y que queremos quedar bien con el dueño y, más importante todavía, que el dueño no se olvide de que quedamos bien con él. Muy sencillo. Se le hace una estatua ecuestre, nomás que moderna. Los nombres de todos los obreros aparecen grabados en el caballo. Por las noches, los nombres resaltan gracias a una preparación fosforescente.
El dueño, a su vez, regalará a sus empleados un retrato de grupo tomado un día de quincena, en el que él aparece entregando cheques a sus empleados. Estas fotos acabarán en el comedor de las familias, que lo recordarán siempre como benefactor.

Jorge Ibargüengoitia. «Manual navideño». A: Revolución en el jardín. Reino de Redonda, 2008. P.264-267.




dijous, 27 de novembre del 2014

crònica de successos


Jorge Ibargüengoitia murió el 27 de noviembre de 1983 en Mejorada del Campo (Madrid). Había sido invitado por Gabriel García Márquez al Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana, que se celebraba en Bogotá. A Ibargüengoitia, afincado en París, no le apetecía el viaje. A última hora se decidió y embarcó en un vuelo de Avianca con destino a Madrid, donde debía enlazar hacia Colombia. El piloto enfiló mal la pista de Barajas y se estrelló. Hubo 181 muertos. Once personas sobrevivieron. Llevaba consigo el manuscrito de su última novela, desaparecido en la explosión.
Del propio Ibargüengoitia quedó muy poca cosa. Su viuda, la pintora inglesa Joy Laville, decidió de todas formas incinerar los restos. Una vez realizada la ceremonia, los asistentes comprobaron que a nadie se le había ocurrido traer una urna y tuvieron que salir por ahí en busca de algún recipiente. Ibargüengoitia hasta el final.

Enric González. Instrucciones para leer a Jorge Ibargüengoitia. El Mundo.6|1|2014.






dimarts, 25 de novembre del 2014

ibargüengoitia va al cine


Ibargüengoitia, cinèfil. 

Estas ruinas que ves, lo flim.



I una pregunta de formatget marró de Trivial™. Quina pel·lícula diríeu que projecten en el cinema Centenario de Cuévano (Estas ruinas que ves. Cap. 12, P. 145)?:

Como corrió la voz de que la película era muy inmoral, pero muy buena y nomás la iban a dar un solo día, el cine se llenó de bote en bote.
[...] Se apagó la luz y vimos la película inmoral. Es la historia de una mujer que es alternativamente amante de dos hombres que son grandes amigos entre sí, sin que la circunstancia de que ella vaya del primero al segundo y del segundo al primero modifique en nada la amistad. En el cine se sentían las emanaciones de horror que despedían los espectadores, la mayoría de los cuales estaban escandalizados ante esta historia terrible contada tan cínicamente. A veces se oían exclamaciones susurradas:
«¡Ay, qué bárbara!», o bien: «Mira qué tranquilo se queda.»
Eso sí: nadie se movió de su asiento hasta el final de la película: la mujer invita a uno de sus amantes —el que no está en turno— a dar una vuelta en un coche, mientras el otro se sienta en una mesita a tomar un café, y ve cómo el coche que ella conduce toma una rampa, entra deliberadamente en un puente en construcción y se precipita en medio de un lago. Fin.



divendres, 21 de novembre del 2014

estas ruinas que ves


[...] La novela a la que estas líneas sirven de prólogo es en mi opinión la más adecuada para emprender el camino de la aproximación a la obra de Jorge Ibargüengoitia (que por tenerlo todo en contra hasta tuvo el handicap de su apellido vasco, tan difícil de pronunciar y de recordar). 
Estas ruinas que ves es la cumbre de su narrativa, ese momento de gracia en que un autor es capaz de desarrollar en un texto breve todas sus virtudes. Una revelación. Poco importa que sea o no su obra más conseguida (ahí entra la disputa entre los diversos gustos), porque es sin duda su obra más representativa, pues en ella están todas las virtudes que se pueden hallar en sus otras obras narrativas y también en su extensa obra teatral y periodística, en la que sobresalen sus artículos publicados en el diario Excélsior, entre 1969 y 1976, y recopilados posteriormente con el título de Instrucciones para vivir en México. Esta novela es Ibargüengoitia en estado puro, cien por cien mordaz, divertido, agridulce y melancólico en el justo grado, el que da aroma al texto sin hacerlo empalagoso. Hay en Estas ruinas que ves irónicas referencias a futuros libros: su protagonista, el profesor Francisco Aldebarán, que tiene nombre de constelación, pretende escribir un libro sobre los crímenes cometidos por las dueñas de un prostíbulo que en realidad fue la siguiente novela que Ibargüengoitia publicó, bajo el título de Las muertas. Pero sobre todo, el autor construye uno de esos espacios literarios que están llamados a perpetuarse como metáfora de la realidad. [...] Ibargüengoitia ha hecho de la ciudad de Cuévano, en la que transcurre esta novela, la metáfora literaria del Guanajuato en que nació el 22 de enero de 1928.
La novela, que se publicó en 1975, cuenta el regreso del profesor Aldebarán a su ciudad natal, Cuévano, para hacerse cargo del puesto de profesor de literatura en la universidad. Es pues un viaje de retorno inevitablemente marcado por la nostalgia, pero una nostalgia desprovista de encanto, distorsionada por un humor corrosivo y sutil que lo impregna todo. El mismo título, que hace referencia a las ruinas, y el primer capítulo, en el que se da cuenta de dichas ruinas, es decir, de la descripción de la villa, convierten a Ibargüengoitia en un arqueólogo socarrón y descreído que se acerca a las ruinas del mundo que trata de describir con una irónica sonrisa pintada en los labios. Y esa sonrisa acompaña al lector durante todo el libro. [...] Ibargüengoitia recurre al humor como herramienta fundamental para contar un mundo pequeño que no es consciente de su tamaño, el de una ciudad provinciana pagada de sí misma (como todas). Pero su humor consigue un raro equilibrio entre la ferocidad y la delicadeza, quizá fruto del amor que el autor termina por desarrollar hacia alguno de sus personajes, como el protagonista o la bella Gloria o la descarada Sarita, esa mujer que no duda en decir de sí misma: «No tengo vergüenza», pero que transmite una irresistible felicidad de vivir.
En la novela de Ibargüengoitia todo se convierte en ruina, todo pierde su valor y su uso para convertirse en un trasto, como la fotocopiadora que uno de los personajes logra vender a otro a cambio del boleto de lotería premiado que éste acaba de ganar: la máquina quedará convertida en cacharro sin uso en un pasillo de la casa, útil tan sólo para almacenar libros o para otras funciones más o menos escabrosas. De igual modo, el pasado ilustre de la villa, encarnado en los familiares del protagonista, se convierte en asunto de chirigota pues toda grandeza termina por empantanarse en lo ridículo: una rama de la familia, española, termina en un tatarabuelo ejecutado ante su esposa que se niega a acompañarlo en el martirio por considerarse más mexicana, mientras que la otra alumbra a un militar independentista al que los nobles de Cuévano habían preparado un opíparo almuerzo a modo de recibimiento, pues daban por hecho su victoria sobre los españoles, almuerzo que no dudaron en compartir con el general español una vez que se vio que las tropas mexicanas habían sido derrotadas. No hay honor a salvo en Estas ruinas que ves, ni el matrimonial, ni el virginal, ni el académico, ni el patriótico. La novela recorre el estamento universitario de la ciudad con pluma vitriólica y da cuenta de mezquindades, pequeñas traiciones y componendas.
La ciudad de Cuévano se convierte así, por obra de su estamento más cultivado, en metáfora tremenda de las limitaciones de una sociedad regida por el qué dirán, por las apariencias y por la doblez, pero al mismo tiempo suficientemente viva y desenvuelta como para permitir todas las vías de escape posibles. Desde el amantazgo al alcoholismo, de las fotografías pornográficas a los murales pintados en plena borrachera, de las excursiones al campo a los rumores sobre muchachas aquejadas de enfermedades cardíacas que habrán de producirles la muerte el día que tengan su primer orgasmo. Fantaseando, mintiendo, fingiendo, los cuevanenses se las apañan para sacarle partido a una vida que a priori debiera ser inmensamente aburrida. Y siguiendo sus pasos, Ibargüengoitia traza un retrato de la vida de provincia mexicana brillante y divertido. Una verdadera joya de escritura, concisa en su forma, hermosa en el espejo de la imaginación del autor y dura como un diamante, capaz de rayar las conciencias bienpensantes y de trasladar al lector a un México inédito que nunca sentirá como ajeno. Porque este océano que nos separa no es más que un accidente sin importancia.
París, 30 septiembre, 2003.

JOSÉ MANUEL FAJARDO. Pròleg a: Jorge Ibargüengoitia. Estas ruinas que ves. Seix Barral, 2005.



dimecres, 19 de novembre del 2014

amics, coneguts, saludats i entesos



Fragment del documental Vida y Milagros de Jorge Ibargüengoitia,
dirigit per Rodrigo Castaño l'any 2003.

Historias de vida. Jorge Ibargüengoitia. Canal Once.

[+]
· La vida sin Jorge Ibargüengoitia; 30 aniversario luctuoso. Excélsior. 24|11|2013.


dilluns, 17 de novembre del 2014

jorge ibargüengoitia, conferenciant


La conferencia dio principio con cinco minutos de retraso y con la asistencia del conferenciante, el jefe del Departamento de Literatura, el señor Crespo de la Serna y cuarenta y seis desconocidos.
Después de presentarse a sí mismo, el conferenciante explicó que no iba a leer la conferencia, por la sencilla razón de que no la tenía escrita; y que no la tenía escrita, porque consideraba que si dicha conferencia formaba parte de un ciclo intitulado “Los narradores ante el público”, y allí estaba el narrador y allí estaba el público, no hacía falta ningún papelito. Dijo que lo ideal sería que el público preguntara y el narrador contestara, pero que como creía que el público real era incapaz de hacer preguntas atinadas, iba a comenzar haciendo las tres preguntas fundamentales que hubiera hecho un espectador ideal, iba a responderlas y que después, el público real tendría derecho a hacerle las preguntas que considerara pertinentes.
Las tres preguntas fundamentales fueron las siguientes: ¿Por qué escribía el conferenciante? ¿Cómo escribía? ¿Qué escribía? La primera se refería a sus motivos, la segunda a sus métodos y la tercera a sus obras.
Al contestar la primera pregunta, el conferenciante declaró que escribía por deformación profesional. Los escritores se llaman escritores porque escriben y tienen que seguir escribiendo para seguir llamándose escritores. Los escritores son como las gallinas, que tienen que poner un huevo de vez en cuando para justificar su existencia. Éste es el motivo fundamental de todo escritor: escribe, porque es escritor; pero además, todo escritor tiene motivos secundarios: hay quien escribe por dinero, hay quien escribe por vanidad, hay quien escribe porque cree que sabe algo que los demás ignoran y que conviene que todo el mundo sepa, hay quien escribe porque quiere leer un libro que no existe.
El conferenciante declaró que lo que ha ganado por los libros que ha escrito es una miseria incapaz de tentar a un mendigo; que los elogios que ha recibido son nada comparados con las censuras que se le han hecho y que además, ha sido elogiado por sus vicios más censurables y censurado por sus virtudes más elogiables, agregó que no aspira a ser declarado Hijo Predilecto de su ciudad natal, ni a que fragmentos de sus obras lleguen a formar parte de las Lecturas selectas incluidas en el Libro de Texto Gratuito, ni a ser Miembro de Número de la Academia de la Lengua, ni a que una escuela rural lleve su nombre. Con lo anterior quedan descartados el dinero y la vanidad de sus posibles motivos secundarios. ¿Tiene entonces intención didáctica el conferenciante? Es decir, ¿cree que sabe algo que todo el mundo ignora y que conviene que todo el mundo sepa? El conferenciante está convencido de que sabe muchas cosas que la mayoría de las personas ignoran, pero no ve la utilidad de (ni tiene mayor interés en) que lo que él sabe lo sepan también los demás.
A continuación, el conferenciante confesó que escribe un libro cada vez que quiere leer un libro de Jorge Ibargüengoitia, que es su escritor predilecto.
Al responder a la segunda pregunta que él mismo se había formulado, a saber “¿cómo escribe?”, el conferenciante confesó otra deformación profesional, que le viene de haber sido dramaturgo antes que narrador. Para ilustrar los efectos de dicha deformación, hizo la descripción siguiente: El señor que está sentado en un sillón leyendo una novela es un personaje muy diferente al señor que está en un teatro viendo una representación. El primero está propenso a abandonar la lectura en cualquier momento y por razones tales como: que se aburra del libro, que se quede dormido, que oiga un ruido sospechoso en la azotea, que llegue un visitante inoportuno, que le dé hambre y tenga que ir a la cocina a preparar algo de comer, etcétera. Es decir, el escritor no sabe en qué condiciones va a ser leído su libro. El lector está en libertad de leerlo de principio a fin o suspendiendo la lectura doscientas veces en los momentos mas inapropiados. El señor que está en el teatro, en cambio, es un personaje que quiere llegar al final del acto, para salir a fumar un cigarrillo, y de la obra, para ir a su casa a cenar, a beber o hacer el amor. La diferencia de las circunstancias en que se encuentran el lector y el espectador, es la causa de que existan novelas de ochocientas páginas y de que ningún autor sensato escriba una obra teatral que dure más de dos horas y media.
Por otra parte, el novelista nunca ve el monstruo que su obra está formando en el cerebro del lector, mientras que el dramaturgo tiene que ver, a su pesar, el monstruo que su obra ha formado en el cerebro del director escénico. Si el novelista habla de un bosque de encinos, nunca verá los bosques de fresnos, de enebros, de álamos, que se han formado en los cerebros de sus lectores. El novelista puede repetir varias veces una escena que le parezca interesante, puede establecer un diálogo filosófico que en la vida real duraría varias semanas, puede describir minuciosamente un partido de ajedrez o una taza de porcelana. Y puede hacer todo esto, porque el lector, por su parte, puede saltarse un capítulo entero, leer una página de cada diez, leer todo el libro sin entenderlo o, simplemente, dejar el libro a un lado, sin causar en el autor de novelas la angustia que produce en el dramaturgo un espectador que se queda dormido y ronca o que se levanta a la mitad del segundo acto y se va del teatro.
El conferenciante concluyó su explicación diciendo que la deformación profesional de dramaturgo que tiene, le ha impedido aprovechar las ventajas del novelista y que su obra más larga, Los relámpagos de agosto, puede leerse de un tirón y en dos horas y media. Su novela es la novela de un dramaturgo.
A la tercera pregunta “¿qué escribe?”, el conferenciante respondió que su obra narrativa consiste, a la fecha, en una novela y un libro de cuentos que no ha sido publicado, por lo que iba a referirse exclusivamente a la primera.
[...] Con esta explicación terminó la primera parte de la conferencia y a continuación, el conferenciante invitó al público a hacer preguntas, que fueron las siguientes:
Un joven que estaba en primera fila: Quiero hacer una crítica de su novela y de lo que usted nos acaba de decir. Sus intereses son completamente egoístas; usted sólo piensa en sí mismo. Ha escrito una novela sólo para divertirse. Yo creo que un escritor que no se interesa en los problemas de su época está condenado al fracaso. Su novela está destinada a quedarse en el cuarto de los cachivaches.
El conferenciante: (Haciendo a un lado la circunstancia de que aquello no era una pregunta): Dígame una cosa, ¿ha leído usted mi novela?
El joven que estaba en primera fila: No.
El conferenciante: Entonces, ¿a qué vino?
El joven que estaba en la primera fila: A ver qué era lo que usted tenía que decir.
El conferenciante: Si no ha leído mi novela, no ha entendido nada de lo que he dicho en mi conferencia. Sepa usted que mi novela ha ganado un premio internacional, ha tenido una edición cubana de 10,000 ejemplares, una edición mexicana de 4,000 ejemplares, ha sido publicada en forma condensada en una revista que tira 80,000 ejemplares, ha sido traducida al checo, al rumano y al polaco, así que no se puede decir de ella que esté entre los cachivaches y si puede interesarle a un polaco es porque refleja algunos de los problemas de nuestra época. (Se oye un murmullo en la fila catorce) ¿Quién habló por allí?
Una francesa: El señor no criticó su novela, sino su conferencia, lo cual me parece lícito.
El conferenciante: No oyó usted bien. El señor se refería a mi novela, porque habló de cachivaches. Una conferencia no puede quedarse entre los cachivaches.
Hubo un silencio debido a que el conferenciante había derrotado a sus oponentes en toda la línea. El señor Crespo de la Serna pidió la palabra.
Crespo de la Serna: Yo creo que usted, sin intentarlo, ha escrito una interesante tragicomedia sobre la revolución mexicana. Su obra me parece auténtica, profunda, conmovedora y sumamente interesante.
El conferenciante: Le agradezco mucho su elogio y comparto su opinión.
Un señor que estaba en segunda fila: Yo, a diferencia de la primera persona que hizo uso de la palabra, si he leído su novela y sus críticas. Sé que usted es un hombre sarcástico y venenoso. Díganos algo sobre los nuevos movimientos en la literatura mexicana… 
El conferenciante: El escritor latinoamericano es, en general, como el Dios Jano, que tiene dos caras; con una está mirando a Europa y a los Estados Unidos, en busca de formas de expresión y con la otra está mirando a la realidad. Nuestro problema es que estamos tratando de expresar una realidad en formas que no necesariamente son las más adecuadas para expresarla. El ejemplo que se me viene más pronto a la cabeza es el de Gazapo, que pudo ser una buena novela y que resultó fallida, porque el autor quiso forzar el material que tenía en una forma que está de moda, pero que no venía a cuento.
El señor que estaba en la segunda fila: ¿Qué opina usted de Rulfo?
El conferenciante: Rulfo ha escrito dos libros admirables, pero incapaces de formar una escuela. La prueba es que el mismo Rulfo no ha escrito un libro en diez años. Por otra parte, Rulfo se está refiriendo a una realidad que sólo es conocida por analfabetos; esto produce serias equivocaciones. Una asidua lectora de Rulfo me aseguraba, el otro día, que México es una sociedad rural.
Un joven que estaba en octava fila: ¿Qué obras tiene en preparación?
El conferenciante: Una novela que está basada en un reportaje que hice sobre el caso de las Poquianchis.
Un señor que estaba en la cuarta fila: ¿Cuáles son sus escritores de cabecera, por qué y de qué manera han influido en su obra?
El conferenciante: Primero voy a contestar la segunda parte de su pregunta: mis escritores de cabecera son aquéllos con los que mejor me identifico, los que ven el mundo como yo lo veo. ¿Cuáles son? Evelyn Waugh y Céline. ¿De qué manera han influido en mi obra? No lo sé, ni me importa. Esto es cosa que algún estudiante de Filosofía y Letras descubrirá al hacer su tesis profesional en 1984. Por lo pronto puedo decirle que si no hubiera leído Black Mischief, probablemente no hubiera descubierto que en el material que tenía para escribir Los relámpagos de agosto había una novela.
Un señor que estaba en la sexta fila: Hay cosas en lo que usted ha dicho que me parecen, cuando menos, peculiares. En primer lugar, eso de que los escritores estén mirando hacia Europa y los Estados Unidos en busca de influencia. Yo leo y releo con gran placer las obras completas de Martín Luís Guzmán, en especial El águila y la serpiente, leo también con mucha frecuencia a Rubén Romero, Francisco Tario y Emma Dolujanoff tienen páginas deliciosas que reflejan, si bien no una realidad nacional, sí una realidad local. Creo que usted, al hablar de realidad, se refiere sólo al D.F. Déjeme continuar. Ha dicho usted que cuando escribe no le interesa el público. Yo creo que todo escritor aspira a que su libro sea leído por el mayor número de personas; aspira a comunicarse.
El conferenciante: Aspira a comunicarse con el papel. Yo creo que un escritor que tiene puesto un ojo en el papel y otro en el público está perdido. El querer que el libro se venda es algo que viene a posteriori, cuando ya el libro está escrito, no en el momento de escribirlo. Es como querer que los hijos tengan éxito en la vida. Escribir un libro para que lo lean millones es como querer tener un hijo para que sea como Napoleón.
El señor que estaba en la sexta fila: Pero usted está de acuerdo en que hay que tratar de que los libros se vendan no sólo en México, sino en toda la República.
El conferenciante: Sí, estoy de acuerdo en eso, pero creo que la distribución es muy mala. 
El señor que estaba en la sexta fila: En eso yo también estoy de acuerdo.
Con este concordato y después de un breve aplauso, se terminó la conferencia, a las 9:05.

[Transcripció de la conferència pronunciada el 12 d'agost de 1966 per Jorge Ibargüengoitia dins del cicle «Los narradores ante el público», organitzat per l'Instituto Nacional de Bellas Artes de Mèxic.]

Aquí trobareu la conferència completa i aquí un fragment en àudio.



dimecres, 12 de novembre del 2014

no envieu flors


El miércoles pasado, 29 de agosto de 1973, a las siete de la noche, murió Luz Antillón, que fue mi madre.
Cuando yo estaba en la agencia, escogiendo la caja, oí su voz que me decía:
—¡La más barata, la más barata!
Creo que si hubiera visto la que compré, hubiera dicho:
—Muy bien. Pero ¿cuánto te habrá costado? ¡A poco cuatrocientos pesos!
Los precios que tenía en la cabeza eran de 1937.
Nunca fue afecta a entierros, pero creo que el suyo no le hubiera parecido mal. El cortejo no fue a vuelta de rueda, la carroza llegó junto a la tumba y, lo más importante, nadie detuvo el descenso del féretro para decir «unas palabras de despedida».
Los empleados de la agencia, que la cargaron y bajaron a la tumba, le hubieran causado muy buena impresión.
—Muy limpios, muy bien rasurados, dos de ellos bastante guapos. ¡Pobres muchachos, qué oficio tan horrible el de andar cargando muertos!
Probablemente, para resaltar los adelantos modernos, hubiera recurrido a una comparación con los cargadores borrachos de Guanajuato.


Su muerte fue natural. Es decir, murió cuando ya no quedaba otra alternativa. Vivió ochenta y tres años muy bien, uno regular, otro enferma y dos meses gravísima.
Cuando llegó la muerte, era un epílogo necesario que ella y los que la rodeábamos estábamos esperando con ansias.
Murió como vivió, dando órdenes. Algunas de ellas completamente equivocadas, que estuvieron a punto de costarnos la vida o una hernia a los que la atendimos en su enfermedad. Por ejemplo, me dijo:
—Quiero morirme en esta cama —la que había usado cuarenta años—, no vayas a discurrir cambiármela por una de hospital.
Cumplirle este deseo causó muchas dificultades, pero ella murió en la cama que escogió.


No murió como un pajarito, porque la vida se extinguió en su organismo con muchos trabajos, ni la muerte la agarró por sorpresa: hace diez meses que quiso que la santolearan, y más de un mes que dijo a su hermana que iba a morirse al día siguiente y dónde estaban los papeles del panteón, que tenía guardados en una mica.
Pero una cosa es tener conciencia y otra tener ganas. Las que tuvo ella de morirse le entraron en los últimos días, cuando comprendió que la cosa ya no tenía ningún chiste.
Antes de eso, tenía esperanzas: ya deshauciada, le preguntaba uno «¿Cómo estás?» y ella contestaba sin falla:
—Mucho mejor.
Además de esperanzas, tenía cosas que le daban gusto —casi todas prohibidas—. Durante un año estuvo a dieta rigurosa. Cuando yo fui a los Estados Unidos, se quedó a cargo de mi mujer, inglesa, y de su doctora, austriaca, quienes mandaron hacer análisis para ver si mi madre estaba en condiciones de comerse un huevo de vez en cuando y un caldito de pollo los domingos. No se imaginaban que la enferma, mexicana, que siguió dominando a la servidumbre hasta el final, estaba comiéndose en tres semanas, un ejército de quesadillas de huitlacoche, tlacoyos, gordas de maíz quebrado, tamales de chile verde y rojo, etc. El mal que le hizo esta violación de las órdenes médicas fue mínimo. Su enfermedad había tomado ya cauces fatales y comer o no comer era lo mismo. Ya no absorbía.
—Me estoy quedando como un charal —fue su última opinión de sí misma.


Una de sus últimas empresas fue leer los siete tomos de En busca del tiempo perdido que yo nunca creí que iba a poder terminar. Solía decir:
—¡Pobre de Swann! ¡Cómo lo ha hecho sufrir esa mujer!
Un día entré en la sala y ella bajó el libro y me dijo:
—¡Ya se murió Albertine!
Otra empresa fue tejer una serie de chales con unos estambres que mi mujer le regalaba. Suspendió el trabajo en el último, azul marino, el día en que un derrame cerebral le inutilizó la mano derecha. Uno de estos chales, gris claro, se fue con ella en el féretro.


Jorge Ibargüengoitia. «Ensayo de nota luctuosa». A: Revolución en el jardín. Reino de Redonda, 2008. P. 256-259.



dilluns, 10 de novembre del 2014

ride si sapis (no tot és drama)


Para un plomero o para un diseñador de aviones, la prueba irrefutable de que lo que está haciendo está mal hecho llega en el momento en que brota un manantial por la coladera del desagüe o se estrella el avión en la primera prueba. Para los que nos dedicamos a la producción de objetos aparentemente superfluos, como son libros, llamados a veces «trabajos del espíritu», la situación es ambigua y es mucho más difícil llegar a la conclusión de que estamos metiendo la pata.
Los efectos de lo que hacemos nunca son catastróficos y muy rara vez apoteósicos. Es raro el caso del escritor apedreado al pasar por una librería, y casi tan raro el de otro que se encuentre un día ante admiradores tan numerosos y tan entusiastas que decidan cargarlo en hombros.
Para los que nacieron sintiéndose genios, el oficio está que ni mandado hacer: si la gente compra sus libros es porque, claro, no quedaba más remedio, el pueblo tiene mal gusto, pero cuando se encuentra ante el oro sabe apreciarlo; si la gente no compra sus libros, que es lo que generalmente sucede, queda la satisfacción de decir: Vox populi, vox bruti.
Pero para los que despertamos a la medianoche con la pregunta en la boca de: «¿Seré escritor de tercera o genio que está perdiendo el tiempo?», la cosa es mucho más complicada. Dentro de mí puedo decir: «Soy el escritor que estaba destinado a ser, ni mejor, ni peor». 
Este razonamiento, que no admite refutación, me da consuelo a veces y a veces llega al extremo de dejarme satisfecho, pero en rigor no resuelve nada porque no está claro qué tan bueno o qué tan malo era el escritor que estaba yo destinado a ser.
En busca de una valuación de mi calidad, entro en la penumbra de los comentarios personales, que suelen ser desconcertantes:
—Hola, ¿cómo has estado? —le digo a alguien.
—Pues, leyéndote —me contesta, y punto.
O bien, una mujer me dice:
—Me río como loca cuando leo tus artículos.
Yo me quedo en las mismas.
Cuando explico a alguien que estoy metido en una novela que no progresa ni para atrás ni para adelante, que amenaza ser mi Vietnam, hay quien me dice: «Los escritores que tienen tanta dificultad en escribir son los buenos», lo cual, huelga decir, es mentira, porque si bien es cierto que hay escritores buenos que han pasado la pena negra escribiendo, yo conozco otros que siendo malos, no sólo malos, pésimos, han pasado muchos trabajos para escribir bodrios.
Lo peor es recurrir a consejeros profesionales, llamados también críticos. Entre éstos, por lo que a mí respecta, noto dos tendencias. Unos se dan de santos con que en un país tan solemne como éste exista alguien capaz de escribir algo que haga reír a la gente.
Los agujeros que tiene este razonamiento están a la vista. En primer lugar, el país no es solemne, sino cínico, los solemnes son los personajes públicos que lo adornan. En segundo lugar, en el supuesto de que sea benéfico que la gente se ría, se puede lograr el mismo efecto con sólo hacerse cosquillas unos a otros, sin que yo tenga que molestarme escribiendo.
La otra tendencia de los críticos consiste en decirme que, francamente, les estoy fallando, tanta confianza que habían puesto en mí, tantas esperanzas, y yo, las oportunidades que tengo las estoy desperdiciando. La labor del humorista —eso soy, según parece—, me dicen, es como la de la avispa —siendo el público vaca— y consiste en aguijonear al público y provocarle una indignación, hasta que se vea obligado a salir de la pasividad en que vive y exigir sus derechos.
La perspectiva de escribir cosas venenosas que sirvan de aguijón para lograr cambios sociales es halagadora, pero presenta serias dificultades. En primer lugar, una cosa es tener ganas de provocar la indignación o cuando menos una polémica, y otra muy distinta es lograrlo. En muchos casos el que quiere provocar indignación, que está él mismo indignado, lo que provoca es risa.
Por otra parte, es muy difícil y tiene algo de falso andar provocando indignaciones sobre asuntos que lo dejan a uno frío, y francamente vivir indignado —o polemizante— es desgracia que le viene a la gente más bien por accidente que por conveniencia de oficio.
Por último, hay quien afirma, y yo estoy de acuerdo, que el sentido del humor es una concha, una defensa que nos permite percibir ciertas cosas horribles que no podemos remediar, sin necesidad de deformarlas ni de morirnos de rabia impotente.
Esta característica del humor como sedante es la ruina del autor como aguijón. Por esto creo que, si no voy a conmover a las masas ni a obrar maravillas, me conviene bajar un escalón y pensar que si no voy a cambiar al mundo, cuando menos puedo demostrar que no todo aquí es drama.

Jorge Ibargüengoitia. «Humorista: agítese antes de usarse». A: Revolución en el jardín. Edició de Juan Villoro.  Reino de Redonda, 2008. P. 88-91. 



dimecres, 5 de novembre del 2014

autobiografia


Nací en 1928 en Guanajuato, una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma. Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Por las fotos deduzco que de él heredé las ojeras. Ya adulto encontré una carta suya que yo podría haber escrito. Al quedar viuda, mi madre regresó a vivir con su familia y allí se quedó. Cuando yo tenía tres años fuimos a vivir en la capital; cuando tenía siete años, mi abuelo, el otro hombre que había en la casa, murió. Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión —lo que nosotras hubiéramos querido, decían, es que fueras ingeniero—, más tarde se acostumbraron.
Escribí mi primera obra literaria a los seis años y la segunda a los veintitrés. Las dos se han perdido. Yo había entrado en la Facultad de Filosofía y Letras y estaba inscrito en la clase de Composición Dramática que daba Usigli, uno de los dramaturgos más conocidos de México. Usted tiene facilidad para el diálogo, dijo, después de leer lo que yo había escrito. Con eso me marcó: me dejó escritor para siempre.
Al principio parecía que mi carrera literaria iría por el lado del teatro y sería brillante. Mi primera comedia fue puesta en escena, con éxito relativo, en 1954, la segunda lo fue en 1955, las dos fueron recogidas en antologías del teatro mexicano moderno, Usigli me designó para que lo reemplazara cuando se retiró, gané tres becas al hilo —única manera que había entonces de mantenerse en México siendo escritor—. Pero llegó el año de 1957 y todo cambió: se acabaron las becas —yo había ya recibido todas las que existían—, una mujer con quien yo había tenido una relación tormentosa, se hartó de mí, me dejó y se quedó con mis clases, además yo escribí dos obras que a ningún productor le gustaron. (En esto intervino un factor que nadie había considerado: tengo facilidad para el diálogo, pero incapacidad para establecerlo con gente de teatro.)
Siguieron años difíciles: hice traducciones, guiones para película, fui relator de congreso, escribí obras de teatro infantil, acumulé deudas, pasé trabajos. Mientras tanto escribí seis obras de teatro que nadie quiso montar.
En 1962 escribí El atentado, mi última obra de teatro. Es diferente a las demás: por primera vez abordé un tema público y basé la trama en un incidente real, la muerte, ocurrida en 1928, de un presidente mexicano a manos de un católico. La mandé a un concurso en México y no pasó nada, la mandé a Cuba y ganó el premio de teatro de la Casa de las Américas en 1963. Durante quince años, en México, las autoridades no la prohibieron, pero recomendaban a los productores que no la montaran, 'porque trataba con poco respeto' a una figura histórica. Fue estrenada en 1975.
El atentado me dejó dos beneficios: me cerró las puertas del teatro y me abrió las de la novela. Al documentarme para escribir esta obra encontré un material que me hizo concebir la idea de escribir una novela sobre la última parte de la revolución mexicana basándome en una forma que fue común en esa época en México: las memorias de general revolucionario. (Muchos generales, al envejecer, escribían sus memorias para demostrar que ellos eran los únicos que habían tenido razón.) Esta novela, Los relámpagos de agosto, fue escrita en 1963, ganó el premio de novela Casa de las Américas en 1964, fue editada en México en 1965, ha sido traducida a siete idiomas y en la actualidad, diecisiete años después, se vende más que nunca.
El éxito de Los relámpagos ha sido más prolongado que estruendoso. No me permitió ganar dinerales pero cambió mi vida, porque me hizo comprender que el medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa: no tiene uno que convencer a actores ni a empresarios, se llega directo al lector, sin intermediarios, en silencio, por medio de hojas escritas que el otro lee cuando quiere, como quiere, de un tirón o en ratitos y si no quiere no las lee, sin ofender a nadie —en el comercio de los libros no hay nada comparable a los ronquidos en la noche de estreno.
A parte de Los relámpagos, he escrito cinco novelas y un libro de cuentos que, si quiere uno clasificarlos, se dividen fácilmente en dos tendencias: la pública, a la que pertenecen Los relámpagos de agosto (1964), Maten al león (1969) —la vida y muerte de un tirano hispanoamericano—, Las muertas (1977) —obra basada en acontecimientos famosos que ocurrieron en el interior de un burdel— y Los pasos de López  —que está inspirada en los inicios de la guerra de independencia de México—. Los sucesos presentados en estas novelas son reales y conocidos, los personajes son imaginarios.
La otra tendencia es más íntima, generalmente humorística, a veces sexual. A ella pertenecen los cuentos de La ley de Herodes (1967), Estas ruinas que ves (Premio Internacional de Novela 'México', 1974) y Dos crímenes (1979).
En 1965 conocí a Joy Laville, una pintora inglesa radicada en México, nos hicimos amigos, después nos casamos y actualmente vivimos en París.

«Jorge Ibargüengoitia dice de sí mismo». A: Jorge Ibargüengoitia. Instrucciones para vivir en México. Joaquín Mortiz, 1997. 



dilluns, 3 de novembre del 2014

jorge ibargüengoitia


Hoy vamos a terminar enseguida: si no ha leído a Jorge Ibargüengoitia, compre alguno de sus libros y léalo. Es muy probable que no encuentre nada en las librerías españolas, lo que demuestra, una vez más, que la vida puede estar muy bien, pero el mundo está muy mal. Si tiene un amigo en México, consiga que le envíe las obras de Ibargüengoitia. Si no tiene ese amigo, laméntelo amargamente. Insisto: lea a Ibargüengoitia. Ya está dicho lo esencial. Yo sigo con esto porque hay que rellenar un par de folios, pero usted no se sienta obligado. A no ser que, como me ocurría a mí hasta hace poco, esté poco informado sobre Ibargüengoitia, y carezca de grandes planes para los próximos minutos.
Quiso vivir seriamente, adoptaba un gesto grave en las fotografías y se marcaba horarios de trabajo. Incluso sufrió esa enfermedad psicosomática que empieza por una hinchazón de los pies, sigue con un vistoso engorde de las piernas y culmina con un abdomen espectacular, haciendo del cuerpo la estatua de sí mismo. Lo de Cela, para entendernos. En el caso de Ibargüengoitia, todos los esfuerzos resultaron inútiles: nació sarcástico y murió sarcástico. Lo que otros llaman sentido del humor era en él una tara congénita.
Cinco días después de la muerte de su madre, el 29 de agosto de 1973, publicó en el diario Excélsior un artículo titulado 'No manden flores'. No había conocido a su padre, y su madre constituía toda su familia. Ibargüengoitia tenía la mejor ocasión de su vida para ponerse dramático, pero fracasó: 'No manden flores' es una nota necrológica delicadamente humorística, una joya inclasificable. Hoy se encuentra en Instrucciones para vivir en México, uno de los libros que recopilan sus artículos.
Fue anglófilo, gran consumidor de whisky y de martinis, viajero y receloso de los franceses. "Entrar en Francia, para mí, es como entrar en casa de alguien que acaba de heredar la mitad de lo que esperaba. Voltea uno a su alrededor y no ve más que opulencia y malos humores", escribió en 1975, viajando desde Barcelona hacia París. Pese a sus prejuicios, residió en París muchos años.
Sus novelas poseen la falsa simplicidad de un Woodehouse, o de un Waugh sin la pompa católica. Pueden ser relatos policiales (Dos crímenes), sátiras sobre las dictaduras latinoamericanas (Maten al león) o buceos en la historia mexicana (Los relámpagos de agosto); resultan, en todos los casos, piezas feroces, hilarantes, magníficas, enjutas, sin una palabra de más.
En julio de 1974, el presidente Luis Echeverría le invitó a formar parte de una comitiva de intelectuales, más de cien, que había de acompañarle a Buenos Aires, en visita oficial a la indescriptible presidenta de Argentina, Isabelita, viuda de Perón. Aceptó, después de asegurarse de que era gratis, y aprovechó la ocasión para contar el viaje en varios artículos. Un ejemplo: "Mi primer acto oficial consistió en salir del bar para ver llegar a Echeverría al hotel Plaza. Había filas de policías de azul marino, con abrigo, metralleta y banda azul celeste en la gorra, motocicletas y filas de curiosos en la plaza San Martín. Una cosa muy rara: la comitiva llegó precedida de una grúa. Supongo que para el caso de bombazo tener manera de llevarse los restos sin interrumpir el tráfico".
Vivió los últimos 20 años de su vida con Joy Laville, una pintora inglesa que amaba el whisky y el ajedrez.
Ibargüengoitia nació en Guanajuato (México) el 22 de enero de 1928 y falleció en Mejorada del Campo, a bordo de un Boeing 747 de la compañía Avianca, el 27 de noviembre de 1983. El avión había partido de París y se dirigía a Bogotá, con escala en Madrid. El piloto efectuó una aproximación incorrecta al aeropuerto de Barajas y la nave se estrelló contra una colina. Murieron todos, 181 personas. Ibargüengoitia era uno de los pasajeros. Le habían invitado a un congreso de escritores en Colombia, se había resistido a acudir y sólo al final, a regañadientes, aceptó embarcar en el vuelo fatídico. Llevaba consigo el manuscrito de su última novela, desintegrado, como el cuerpo de Ibargüengoitia y el de otros muchos pasajeros, en el impacto. 

Enric González. Un sarcástico incurable. El País. 23|12|2007.




divendres, 31 d’octubre del 2014

altar de morts



Una de les tradicions mexicanes d’origen prehispànic que s’ha mantingut amb més vigència al llarg dels anys és la celebració del dia de morts. El costum de fer ofrenes als difunts la vigília del dia de Tots Sants es manté encara avui dia amb tot el seu esplendor. Els altars poden veure’s en espais domèstics i públics, amb taules servides en honor als difunts més propers, amb les seves viandes i begudes preferides juntament amb retrats i calaveres de sucre. 
Aquest és el que la Casa Amèrica Catalunya va dedicar l'any passat a Jorge Ibargüengoitia, amb motiu del 30è aniversari de la seva mort.