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| Prism, Denis Sarazhin, 2018 |
ANDRÉS SEOANE
Tatiana Tibuleac: "Siempre hay tiempo para hacer las paces, incluso con los muertos"
El Cultural
19|4|2019
"Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. (...) La habría matado con medio pensamiento". Con este arranque crudo y afilado comienza El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta), la primera novela que llega a España de la escritora moldava Tatiana Tibuleac (Chisináu, 1978), una profunda y poética reflexión sobre la complejidad de las relaciones maternofiliales y un alegato a favor de que nunca es tarde para el amor y el perdón.
La novela narra la historia de Aleksy, un afamado y desequilibrado artista plástico a quien su psiquiatra le recomienda escribir sobre el último verano que pasó con su madre antes de que ella muriera de cáncer, para solucionar un persistente bloqueo creativo. Arrastrado por los recuerdos, Aleksy relata una niñez miserable marcada por la pérdida de una hermana, el abandono del padre y su internamiento en un centro psiquiátrico, donde brilla un odio áspero y profundo por su madre, que se transformará gradualmente en dependencia y en una especie de amor disfuncional, cuando la madre le confiese que una enfermedad se la va a llevar por delante y que es el último verano que pasarán juntos.
Pregunta ¿Cómo nace esta historia, cómo se le aparecen los personajes de Aleksey y su madre?Respuesta La gente siempre piensa que esta novela está relacionada de alguna forma con mi relación con mi madre, pero no es así en absoluto. De hecho, no tengo claro la razón por la que escribí este libro, simplemente estuve dos meses abducida por la historia. Suelo partir de un estado de ánimo y luego creo los personajes. En este caso, el personaje de la madre me resultó bastante fácil porque es la mujer y me reconozco en muchos aspectos de ella.
P¿Por qué enfocar la historia exclusivamente desde los ojos del joven?R Puede que porque sus desequilibrios mentales me dieron el tono de la novela, y lo cierto es que me sentía muy bien dentro de su piel. Sus estados de ánimo, esos arrebatos y ensoñaciones me resultan muy familiares, a pesar de que yo no he consumido pastillas ni he tenido enfermedades mentales. De hecho, Aleksy, además de ser una persona enferma es sobre todo una persona traumatizada por un determinado episodio de su vida. Y cada uno de nosotros tiene un drama que está latente en su interior y que puede estallar en cualquier momento. Además, en cierto sentido, la adopción de la voz masculina me ha permitido sentirme mucho más cómoda a la hora de contar unos hechos tan duros y tan violentos.
P ¿Desde la primera página, ese arranque tan potente, vemos todo el odio y la culpa que traslada a la madre, pero ¿hasta qué punto se puede realmente culpar a una madre que ha sufrido tanto por no saber amar?R No se la puede culpar, claro, porque es una mujer que no ha sido amada y no ha cumplido sus sueños, y el perder a una hija la sume en una situación insostenible. La falta de amor se hereda de una generación a otra, aunque siempre hay tiempo para romper esa cadena. Cuando una familia sufre una pérdida, generalmente no se consigue reaccionar en grupo y, a pesar de que el dolor debería ser un sentimiento que uniera a la gente, suele ser el que la separa. Y, de hecho, creo que no tiene importancia el hecho de quién culpa a quién, de que él culpe a la madre, porque cuando en una familia sucede una tragedia, todos culpabilizan a los demás y también a sí mismos.
P El cáncer es un catalizador para los personajes, ¿por qué es necesaria esa enfermedad, ese ultimátum para que ambos comiencen a tener una relación normal?R El cáncer es uno de mis miedos, de los que hay una buena colección en este libro, como el de no ser buena madre. Elegí esta enfermedad y un plazo muy cercano para la llegada de la muerte, para enfrentarse a ella, porque quería demostrar que dos personas que hayan vivido mucho tiempo en posiciones extremadamente enconadas y enfrentadas, pueden hallar una forma de encontrarse, de sanar esa relación y curar esas heridas, aunque sea bajo una presión como esa.
P Aleksey es incapaz de perdonar, ¿es un poco ingenuo pensar que es posible arreglarlo todo, años de abandono y desidia, en un último verano?R Quizá sea ingenuo pensar que unos meses pueden cambiar una vida, pero creo sinceramente que puede suceder, que siempre hay tiempo para hacer las paces. Incluso puede suceder después de la muerte. Creo que estos son los mensajes del libro, la reconciliación y el perdón, que las cosas pueden repararse a pesar del tiempo y a pesar de todo, aunque sea en el último momento.
P La crítica ha hablado de referencias como Agota Kristof, el existencialismo de Camus, ¿hay unas fuentes reconocibles? ¿Se reconoce en éstas?R Cuando estoy escribiendo estoy en otro mundo y no me preocupa nada cómo va a ser leído el libro, sino cómo va a ser escrito. Que sea poesía, prosa, o algo intermedio, no me preocupa. Quiero que cuando el lector lo lea esté conmigo al borde del precipicio, que sienta lo que yo he sentido, y me olvido completamente del estilo literario y de cualquier otro tipo de cuestión ajena al texto.
P El estilo es descarnado e intenso, muchas veces cruel, ¿escribe de este modo al servicio de la historia o le gusta esta intensidad?R Es cierto que las primeras páginas son muy duras. Era una manera de poner al lector a prueba, de ver si supera el shock de ese inicio. Sin embargo, intuyo que es mi estilo, a pesar de que en mi segunda novela he tratado de explorar otra manera de escribir. Siempre persigo que las imágenes que describo provoquen una reacción emocional y es cierto que en mis libros la escritura fácil es muy difícil de encontrar. Pero no veo en ellos sólo crueldad, oscuridad y violencia, hay también luz, paz y lirismo, oasis en forma de versos para que el lector descanse de esas escenas tan duras.
Periodista de formación, se dio a conocer en 1995 como columnista de uno de los diarios más importantes en lengua rumana. En 1999 empezó a trabajar en televisión, donde consolidó su papel dentro del periodismo de corte social y actualmente reside en París, donde continúa colaborando con los medios. Tras esta primera novela, auténtico fenómeno literario en Rumanía y ganadora de premios como el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos, el de la revista literaria Observator Cultural y el Lyceum, en 2018 Tibuleac publicó la segunda, Jardín de vidrio, "un libro profundamente anclado en la geografía de la que provengo. Diría que es un poco la novela de mi generación, una respuesta a esa pregunta de quién soy y dónde vengo. Quizá la crueldad, la crudeza del primer libro, se va a explicar leyendo este segundo".
P ¿Cuál es el tono de la novela, mantiene la línea o das un cambio radical?R Creo que la voz de un autor no se puede esconder, y tampoco lo he pretendido, pero es cierto que esta segunda novela tiene un abordaje y un tema completamente distintos. Creo que en este segundo libro queda muchísimo más claro quién soy, de dónde vengo y cómo influye la lengua eslava en mi escritura. Es un libro que me ha costado mucho más escribir.
P Lleva años viviendo en París, ¿se siente de algún modo una exiliada?R Me siento exiliada vaya donde vaya. En realidad soy como un caracol, que lleva su casa a todas partes, y creo que mi verdadera casa se encuentra en el momento en que siento las cuatro manos de mis hijos en torno al cuello.
P Su novela ha sido un éxito en Francia y ahora llega a España, ¿todavía hay prejuicios contra la literatura del Este en Occidente?R En cierto sentido sí, no diría prejuicios, pero desde luego en las librerías francesas te encuentras toda la literatura de lo que fue la Unión Soviética en la misma balda. Cuando le preguntas al librero por el libro de algún autor moldavo o rumano te dice: "el Este está al fondo", y literalmente es cierto. Por mi parte, tengo la intuición de que tengo una conexión especial con España, que mis fantasmagorías van a ser entendidas mejor que en Francia. La locura española está más cercana a la de mi cabeza.
P¿Y al revés? ¿Qué circulación tiene la literatura española en su país, con el que sigue muy conectada?R Sí, sí, se conoce, pero seguramente no sería la selección de autores que haríais en España para que os conocieran fuera de vuestras fronteras. No podemos negar que existen cuestiones de política editorial y cultural, pero la ventaja que tenemos quizá es que por la proximidad de los idiomas, los que hablamos rumano podemos acceder más fácilmente a la literatura en español y hacernos una idea personal de cómo están las cosas. Algo que no se puede decir del espacio eslavo, por ejemplo.
P En este sentido, ¿qué opina de la literatura rumana y moldava actual?R Sería muy poco educado venir a España después del éxito de Cartarescu y no citarlo en primer lugar. Pero aparte de él debo decir que hay unos increíbles escritores jóvenes rumanos contemporáneos, que merecerían encontrar hueco no sólo en lengua española, sino en el conjunto de la literatura europea contemporánea. El problema de la literatura rumana es, en primer lugar, el idioma, que no resulta lo suficiente exótico, como sí lo es el eslavo, que tiene otras resonancias culturales. Tenemos que dar muchos pasos para conseguir que la literatura rumana se considere una literatura europea pura. Pero creo que estamos en el buen camino.
MERCEDES ESTRAMIL
La novela que Tatiana Tibuleac escribió en dos meses
El País (Uruguay)
16|8|2020
Un debut con trama sencilla, sensiblera y acumulación de tragedia. Así empezó Tatiana Tibuleac.
Hay debuts novelescos que sacuden, sea por su factura impecable, por una trama impactante, por un buen marketing que los catapulta. Ahí están El guardián entre el centeno (1951) de Salinger, Matar a un ruiseñor (1960) de Harper Lee, Las vírgenes suicidas (1993) de Jeffrey Eugenides o incluso Zonas húmedas (2008) de Charlotte Roche para dar cuenta de cuántas y misteriosas pueden ser las razones. La rumana Tatiana Tîbuleac ha ensayado también un debut con gancho pese a lo acaramelado y poco feliz del título: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016). La trama es sencilla, sensiblera, con acumulación de tragedia: un artista inválido y millonario recuerda el verano de su adolescencia en el que su madre murió de cáncer y él, que la odiaba, aprendió a quererla. La ejecución y la estructura narrativa, sin embargo, justifican que Tîbuleac haya saltado del anonimato al reconocimiento luego de un primer libro de relatos (Fábulas modernas, 2014) y antes de una segunda novela (Jardín de vidrio, 2018).
El comienzo traza el perfil moral y afectivo del narrador y procura el shock: “Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea”. Potente en el desapego, el protagonista y narrador —Aleksy— despliega el relato en setenta y seis microfragmentos que alternan la narración cruda de hechos del presente o del pasado (la muerte de una hermana pequeña, el abandono paterno, la enfermedad de la madre, un viaje inesperado y reparador por el norte de Francia) con sentencias buscadamente poéticas: “los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos”, “los ojos de mi madre eran mis historias no contadas”, “los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano”, etc. Ese aliento lírico contrasta con la aspereza que procura dar el narrador nihilista, desencantado de todo, atrapado en un bloqueo creativo y una condición psiquiátrica ya crónica. El ángel del Holden Caulfield de Salinger sin duda pasa por ahí, pero no se queda.
El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes promete más de lo que da, como si Tîbuleac no hubiera podido parar a tiempo el torrente emocional y se hubiera enamorado de él. Nacida en Moldavia en 1978, con porte de modelo,Tîbuleac es licenciada en literatura rusa y trabajó como reportera de televisión. Asegura haber escrito la novela en dos meses, confesión que tanto avala la pasión con que la encaró como los deslices que no evitó.
MERCEDES MONMANY
Tatiana Tibuleac y su verano de la pazAbc Cultural23|7|2019
En esta dura novela, la escritora y periodista moldava nos surmerge en una historia de rencor, y perdón, en el ámbito familiar.
Construida a base de breves capítulos, al modo de poéticas y fulminantes escenas de una enorme negrura y, a la vez, de una estremecedora belleza, la escritora rumana Tatiana Tibuleac (Chisinau, Moldavia,1978) compuso con su novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes un extraordinario e insólito relato dedicado a la violencia del amor en familia. Amores que en ocasiones matan y que dejan heridas de por vida y un rencor profundos rememorados, después, con una rabia sin consuelo dese las primeras líneas: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que ha existido jamás».
Pero solo por un verano, en aquella madre resplandecieron unos bellos ojos verdes sin igual. El amor contrariado, lleno de resentimiento, de un adolescente por su madre es contado con enorme maestría por Tibuleac. El lenguaje sumamente conciso se clava como un puñal, ayudado por una dolorosa, casi insoportable, tensión narrativa.
Amarga culpa
El protagonista casi absoluto es un odio fijo, sin contemplaciones ni adornos apaciguadores, cuyo origen el lector va conociendo poco a poco, conforme avanza la acción y según los pocos personajes lo van desvelando, entre la bruma de un recuerdo fatal que los tiene a todos secuestrados. Un odio, a causa de traumas no sanados, que forma parte de los tabúes más innombrables que horrorizan a nuestras sociedades supuestamente civilizadas.
Batallas campales, diarias, que llevan a la enfermedad mental a un adolescente, Aleksy, que deberá ser internado en un centro de jóvenes conflictivos. «No te suicides», estos chicos se dirán unos a otros cuando sus familias vienen a buscarlos para irse de vacaciones, o simplemente para continuar viviendo juntos la pesadilla. La historia de esta novela narra la tragedia de la familia de Aleksy, un pintor que se ha bloqueado y que ahora rememora el verano, hace veinte años, en que siendo un adolescente realizó un viaje al sur de Francia con su madre. El verano de la supuesta reconciliación. Una especie de road movie terapéutica para curar el odio de Aleksy por su progenitora, tan siniestramente arraigado. Pero no es solo eso. Se trata también de un viaje del adiós, aunque Aleksy en principio aún lo desconozca. Su madre se está muriendo de cáncer y pide desesperadamente ser perdonada en medio de esa espiral de cólera destructora.
Familia de emigrantes polacos instalados en Inglaterra, con un padre alcoholizado que los dejó y que jamás se ocupó de ellos, el pozo negro del que no logra salir está habitado por una imagen fija: la de la pequeña y dulce Mika, la hermana de Aleksy, que murió en un accidente, y por lo que todos se culpan amargamente, despreciando al hermano que ha quedado vivo: «Ni amado, ni deseado, ni desechable […]. Si hubiera existido un mercadillo de personas mi madre y mi padre me habrían cambiado por un pulverizador o, simplemente, me habrían abandonado debajo de un tenderete y habrían salido corriendo».
Tatiana Tibuleac, la exitosa autora moldava que no sabe escribir de amor
Redacció
La Vanguardia
15|3|2019
La moldava Tatiana Tibuleac es consciente de que sus libros son "duros y atormentados" y reconoce que no sabe escribir de amor aunque lo haya intentado, una dureza que golpea en la primera novela que publica en español, "El verano que mi madre tuvo los ojos verdes".
Afincada en París, Tibuleac ha recibido el Premio de la Unión de Escritores de Moldavia, el Observator Cultural y el Lyceum por esta novela, editada en español por Impedimenta, una historia sobre la muerte, la redención, la maternidad y la reconciliación.
En ella cuenta el verano que Aleksy, un adolescente problemático interno en una institución psiquiátrica inglesa, pasa en Francia con su madre, que lo rechazó de pequeño al perder a su otra hija y por quien siente un odio áspero y profundo.
Un odio que se transformará gradualmente en dependencia y en una especie de amor disfuncional, cuando la madre le confiese que una enfermedad se la va a llevar por delante y que es el último verano que pasarán juntos.
Por eso, explica la escritora, también es una novela de reconciliación y del perdón, de cómo intentar arreglar las cosas, aunque sea en el último momento.
La crítica ha destacado también la poesía que destila el estilo descarnado de esta autora, algo que asegura, desconocía saber hacer: "Dejo a los críticos la tarea de clasificar mi estilo. Solo me preocupo por escribir y no del género literario. Aunque siempre persigo que las imágenes que describo provoquen una reacción emocional", dice.
A los que aseguran que el odio que desprende el principio de la novela es exagerado les explica que piensan eso porque no lo han vivido en su propia piel y señala que sus libros tienen que ver con el hecho de haber sido periodista y haber informado durante años de asuntos sociales visitando lugares, como los orfanatos, "que nadie querría conocer".
"Todo el mundo cree que la novela esta relacionada de alguna forma con mi relación con mi madre y no lo es, en absoluto. De hecho, no tengo claro la razón por la que lo escribí; es un libro que sucedió, que tuvo lugar".
Y recuerda cómo lo escribió en dos meses, sin volver a revisar el texto: "Me sentaba por la mañana, sin moverme, sin comer, como si estuviera abducida".
Aunque sí cree que el libro tiene algo que ver con el hecho de cómo, al tener hijos, se preguntaba continuamente si era una buena madre. Y con el hecho de que en su país, la figura de la madre "es como una especie de icono religioso y no se puede hablar mal de ella, aunque sea mala".
La autora cree que la falta de amor se hereda de una generación a otra, aunque sostiene que la situación "se puede reparar".
Por eso usa el odio al principio de su novela "para poner al lector a prueba y ver si supera el 'shock' de las primeras páginas", indica la escritora, que explica que la madre "no ha sido amada, no ha cumplido sus sueños", y al perder a una hija se sume en una situación insostenible.
"Cuando una familia sufre una pérdida, generalmente no se consigue reaccionar en grupo y, a pesar de que el dolor debería ser un sentimiento que uniera a la gente, suele ser el que la separa", dice Tibuleac.
SERGI SÁNCHEZ GUIRAO
'El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes': diari d'un artista orfe
elPeriódico
16|8|2019
Tatiana Tîbuleac és una autora de talent desbordant que potser hauria de controlar la temperatura de la seva poètica
Diu Tatiana Tîbuleac que, a Romania, parlar malament d’una mare és una blasfèmia. La mare com a cos sacre, com a gènesi religiosa de la vida, és la causa primordial de profanació de les pàgines inicials d’aquesta primera novel·la, arravatada com només ho poden ser els textos escrits des de les vísceres. Estructurada en capítols breus com ràfegues de vent, interrompudes en sèrie per variacions del seu pavesià títol que cauen com fulles seques, ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes’ comença com el relat d’un boig adolescent que ha declarat la guerra a la figura materna per acabar com el diari d’un artista madur que ha aconseguit reconciliar-se amb ella. El seu és un viatge de redempció, literalment terapèutic, tot i que el lector tardi molt a saber-ho.
Tot apunta, en aquesta llarga arrencada, que el rosari de desgràcies que enfonsa en l’odi Aleksey, tot just sortit d’un psiquiàtric i amb el trauma de la mort de la seva germana petita a l’esquena, es traduirà en ràbia contra una mare que no ha sabut estimar-lo, que es va sentir abandonada pel món i no es va adonar que encara li quedava algú a qui estimar. Hi ha compassió per la germana morta, però el discurs és directe, de rebel amb causa amb instints assassins, com un d’aquests antiherois d’Irvine Welsh que serien capaços de vendre la seva família per una dosi d’heroïna tallada amb amfetes.
De sobte l’últim estiu
De sobte l’últim estiu. I, no obstant, Tîbuleac ens té reservada una doble sorpresa. Una sorpresa que afecta la substància del relat, i una altra la seva temporalitat. Una confessió, que podria retitular la novel·la ('De repente, el último verano'), i que reconfigura l’agressiva, cruel relació maternofilial en un acte sacramental, tornant-li a la mare la seva condició humana, i al fill la comprensió del món que li falta, sense que la prosa mai caigui en els tics de l’autoajuda. El que ens explica Aleksey es transforma en un quadern de bitàcola, un diari íntim per encàrrec del seu psiquiatre, quan, una vegada convertit en artista plàstic milionari, ha d’enfrontar-se a un bloqueig creatiu. Si el lector esperava la història d’un fracassat, Tîbuleac li dona la volta a la truita: els diners no fan la felicitat, però la ira i la tristesa poden convertir-se en art. No obstant, un mai pot fugir del seu passat, i Aleksey ha de tancar aquest capítol traumàtic de la seva vida. Només l’escriptura pot ajudar-lo a tornar a pintar.
GABRIEL RAMÍREZ«El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes»: Mirar a través de la locurael Correo de Andalucía12|11|2020
Este es uno de esos relatos que te abofetean y te sientan en el rincón de pensar; es una de esas novelas que te recuerdan que tienes dentro un buen montón de miserias que prefieres olvidar
Tatiana Tîbuleac nació el año 1978 en Chisináu, capital de la República de Moldavia. Y ha escrito una de las novelas más impactantes de los últimos años, «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes».
Una madre debería ser sagrada. Sin embargo, una madre, sobre todo, es una persona de carne y hueso. Con sus miedos, sus defectos, sus secretos, sus vicios, sus silencios y sus amores ocultos y prohibidos. Es este el asunto que articula la narración y el que inunda cada capítulo del libro. La maternidad, sus bondades y su zona más oscura (que la tiene).
Una de las cosas más originales de esta novela (por eso funciona tan bien entre los lectores) es que la figura de la madre nos llega filtrada por la mirada del narrador, de su hijo Aleksy, un hombre que conocemos a través de su propia consciencia que es la de un ser atormentado y loco como una regadera. No deja de ser un problema elegir un punto de vista tan extraordinario puesto que todo lo que cuenta un loco lo ponemos en cuarentena o pierde, directamente, credibilidad (¿Usted se cree lo que le cuenta el vecino del cuarto derecha; ese que esta como las maracas de Machín? En literatura esta pregunta es extrapolable). Pero Tîbuleac logra salir airosa del atolladero tirando del lector para trasladarle de un tiempo histórico del relato a otro (existe un presente que se termina construyendo con momentos pasados y algo desordenados) para que el lector se vea en la obligación de construir su propia versión. Normalmente, este tipo de cosas en literatura suelen ser un fiasco, pero la autora trabaja desde la honestidad y desde la autenticidad, desde la coherencia.
Recuerda mucho «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» a dos joyas de la literatura europea.
A «Reencuentro» de Fred Uhlman en su estructura, en su forma de presentar la acción. Parece que en ambos relatos todo se ordena con la acumulación de cuadros que se explican unos a otros. La diferencia la encontramos en que el trazo es más fino en el caso de Uhlman puesto que controla mejor la imagen, no deja que la exageración se imponga. Tatiana Tîbuleac deja que se le vaya de las manos algún recurso, cosa que es normal en una primera novela.
Recuerda, también, a «El gran cuaderno» de Agota Kristof por la economía en el lenguaje, por su dureza, por su falta de compasión con todo y todos (incluidos los lectores), por su poética brutal y dolorosa.
La novela habla del amor, de la redención y de la expiación, del viaje al infierno que supone vivir, de la sorpresa que resulta ser la vida en sí misma. La novela habla de cómo una persona es capaz de distorsionar la realidad debido a su juventud, a sus odios, a su madurez o a sus enamoramientos más estúpidos y prescindibles. El libro habla, en realidad, de lo pequeños que somos y de lo poco que tenemos a mano para resistir y lograr salir adelante. Y sobre esos vehículos llegamos siempre ala maternidad como tema principal.
«El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» es una novela en la que la autora arriesga todo lo que es como persona (como madre, como escritora, como mujer...) y este tipo de libros funcionan muy bien puesto que carecen de compasión, de autocomplaciencia o de imposturas literarias.
La traducción de Marian Ochoa es deliciosa. Y este es un acierto más de la editorial Impedimenta que sigue sumando buenos títulos a su catálogo.
European Union Prize for Literature AwardsCeremony of the 11th edition of the EUPL2 October 2019BOZAR, Brussels
Chisináu, Moldavia, 1978
Hija única de un periodista y de la correctora de un periódico, ya en la universidad empezó a colaborar con diversos medios en calidad de traductora, correctora y reportera mientras realizaba sus estudios de Periodismo y Comunicación. Se dio a conocer en 1995, cuando empezó la columna «Historias verdaderas» en el periódico flux, uno de los diarios más importantes en lengua rumana. En 1999 empezó a trabajar en televisión como una de las reporteras principales del telediario de la cadena pro tv, donde consolidó su papel dentro del periodismo de corte social. Su primer libro, una colección de relatos titulada Fábulas modernas, se publicó en 2014. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016), su primera novela, impactó a crítica y lectores, y se consideró un auténtico fenómeno literario en Rumanía. Ha recibido varios premios, entre los que destacan el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos y la revista literaria rumana Observator Cultural, y está siendo traducida a numerosos idiomas. En 2018 publicó su segunda novela, Jardín de vidrio. Actualmente, Ţîbuleac sigue trabajando en el mundo de la comunicación audiovisual y vive en París con sus dos hijos. [Font: Impedimenta]