Muchas veces, sobre todo siendo escritora, siento que es obligación ante mí y ante los pares haber leído algunos libros. Los elogios se olvidan fácil, pero la maledicencia nunca. Trato de no leer posteos o comentarios sobre mí, pero hay uno que no se me olvidará, no recuerdo de quién por suerte. Decía algo así como que no importa cuántos premios, no importa cuántas ventas y lectores, la literatura es tan noble y tan grande que alguien como Mariana Enriquez no la tocará jamás.
Yo me lo creo con bastante frecuencia.
Uno de mis grandes fracasos es En busca del tiempo perdido. Durante muchos años la edición absoluta era de Alianza Editorial, traducción de Pedro Salinas. Otros decían la de Estela Canto. Intenté ambas y nunca pude terminar Por el camino de Swann. Me destruye de desinterés. Es un lugar común morir en las puertas de Proust, pero es muy extraño no poder leer un libro que es de tan fácil entrada, tan amable en su lenguaje. Tengo un e-book, como resguardo, todos los tomos en francés, por si alguna vez llego a tener el nivel necesario para leerlo, algo que no sucederá —al menos no de forma realista— en esta vida.
No se trata solo de libros famosamente largos o considerados retos. Tampoco pude terminar El entenado de Juan José Saer. Pierdo la atención enseguida. Uno de mis amigos más queridos, Salvador Biedma, ultra saeriano, tenía una librería que se llamaba Colastiné. Por él y en secreto, lo intenté una vez más. Es lo mismo que con Proust: no me importa lo que le pasa al protagonista y tampoco me interesa la prosa. De las dos Marguerite, Duras y Yourcenar, me encanta la escritura pero creo que nunca terminé ninguno de sus libros, los abandono como una deja por la mitad un vaso cuando no hay suficiente sed. No volveré jamás a intentar con Jane Austen. Los ritos de maridaje de las mujeres de su época no me importan, y todos los libros me parecen iguales. Entre las puertas más cerradas está el muro Thomas Pynchon quien, según los que me conocen, debería estar entre mis favoritos. No sé ni de qué se tratan sus libros, las traducciones al español me parecen malas; lo intenté en inglés y me pregunté por qué estaba haciendo tanto esfuerzo mientras recibía tan poco a cambio.
Insisto, no son escritores que no me gustan. Son escritores que no puedo, o que no sé, leer.
Mariana Enríquez. «Las velas». A: Archipiélago. Una formación lectora en veintinueve islas. Ampersand, 2025. P. 104.
diumenge, 12 d’abril del 2026
portes tancades
dissabte, 21 de març del 2026
la lectura múltiple
Durante mucho tiempo me resultaba estresante no terminar un libro, aunque no me gustara. Era incapaz de abandonarlos. Podía dejar el señalador —colecciono señaladores sin mucho entusiasmo, pero lo hago— durante meses en la mitad, y ese pedacito de cartón era un reclamo de atención. Incluso era incapaz de leer en diagonal, o de leer dos libros al mismo tiempo. El tiempo cambió estas taras por completo. Ahora dejo un libro en seguida si me aburre o no me gusta, salvo que deba leerlo por un compromiso con el autor. También puedo leer varios al mismo tiempo, de hecho, estoy en lectura constante de hasta cuatro libros, pero, curiosamente, no del mismo género: puedo leer cuentos, novela, no ficción y poesía, pero no dos novelas, por ejemplo. Tampoco puedo leer un libro de cuentos fantásticos y una novela fantástica. Ahí reina la confusión. Si mantengo la diversidad, la lectura múltiple es mi regla.
Mariana Enríquez. «Los mástiles». A: Archipiélago. Una formación lectora en veintinueve islas. Ampersand, 2025. P. 45.
diumenge, 31 de desembre del 2023
bons propòsits: llegir menys i millor
ALBA CORREASeis consejos de expertos si tu propósito es leer más en 2024
El País
29|12|2023
Hacer más deporte, ser más ahorrativos o comer mejor. Entre los bienintencionados propósitos que para muchas personas acompañan la llegada del Año Nuevo suelen estar presentes todos estos, además de otra resolución clásica: la de leer más. Nunca parecen ser pocas las razones para hacerlo, pues la lectura es un hábito que se relaciona con muchos valores positivos. Pero quienes más saben de libros, es decir, aquellas personas que trabajan con libros, conviven con ellos y hacen de los libros, en definitiva, su vida, lo advierten: convertir la lectura en una carrera contra uno mismo no sirve de gran cosa. Si las listas de objetivos no funcionaron el año pasado ni el anterior, tal vez sea una señal para cambiar de estrategia a una en la que toda esa iniciativa no se desinfle bajo la presión de sentir que no se está leyendo lo suficiente.
En el contexto de una cultura que valora la hiperproductividad como una virtud, incluso en el tiempo de ocio, no es extraño que también estos objetivos de nuevo curso se traduzcan en el deseo de métricas al alza. Pero esto tiene poco o nada que ver con las razones por las que los libros atraen hasta sí a sus lectores. Bajo esa meta cuantitativa de leer más libros tal vez subyace el deseo de volver a sentir la lectura con el goce y la diversión de la infancia. Algunos grandes lectores ceden a en este artículo sus claves para recuperar esa relación con la lectura y, tal vez, aunque eso importa menos, cumplir con esa voluntad de leer más en 2024.
Hacer del rato de lectura un momento de gozo
Coger un libro como un momento de gozo camina de la mano con la idea de deshacerse de las imposiciones de productividad. Ponerse un objetivo cuantitativo concreto puede ayudar a algunos lectores, pero ser contraproducente para otros. Replantear la relación con la lectura, los momentos para leer, puede ser una alternativa. “La lectura es ocio, disfrute, yo no me lo impongo, me relaja y me ayuda a desconectar de las redes sociales, a las que dedico mucho tiempo por trabajo”, cuenta Guillermo Granado, librero en Letras Corsarias, en Salamanca, quien lee entre 130 y 150 títulos al año (“algo que no le aconsejo a nadie”). Granado identifica leer como un acto de resistencia, algo por definición no productivo desde la óptica capitalista. “Leer parte del conocimiento absoluto de que estás haciendo algo contra el sistema. Nos han inoculado que todo lo que hagamos en nuestra vida tiene que tener un rédito, y la lectura tiene que romper con eso”.
Paula Vázquez es cofundadora y librera en Lata Peinada, una librería en Barcelona dedicada exclusivamente a la literatura latinoamericana que aloja a toda una comunidad lectora, todavía más amplia en redes sociales. También es escritora y autora de un libro de carácter autobiográfico que acaba de ver la luz, La librería y la diosa (Lumen, 2023). Para Vázquez, leer también es “una actividad que hace que el tiempo transcurra de un modo particular, por fuera de la lógica de la productividad”. La librera destaca el vínculo sensorial que se produce entre el lector y el libro, un vínculo que describe como profundo, especialmente con el tradicional libro en papel, del que es firme defensora, aunque sin desmerecer otras opciones. Ella confirma la receta: “Obligarse a leer no sirve. La lectura tiene que ser por placer, para el placer. Para obligaciones está el resto de la vida, el resto del mundo. La lectura es para arrancarle belleza a la vida, no puede estar emparentada con récords o mandatos”.
En términos de placer también se expresa Paloma Abad, editora en el sello de ensayo Debate, y eso que su relación con la lectura tiene un ineludible tono profesional. “Aunque a veces me he obsesionado con la productividad lectora, hace tiempo que frené esa ambición en favor del placer”, confiesa. “Mi mayor placer literario lo practico poco, porque está reñidísimo con la sostenibilidad. Me gusta darme un baño de agua muy caliente mientras paso las páginas del libro que esté devorando. Si existe el paraíso, no debe andar muy lejos de esa imagen a remojo. He sido testigo de grandes historias sin salir de mi bañera”.
Fuera cargos de conciencia
Por lo tanto, fuera las culpas. Lo afirman quienes se dedican al sector del libro, y eso sirve de consuelo para el resto. Pero precisamente abrazar que la lectura es un acto de placer requiere desprenderse de la culpa en aquellas temporadas en las que no se encuentra el tiempo para ello. “No siempre acompañan las circunstancias”, reconoce Abad. “A veces estoy cansada porque mi bebé ha pasado mala noche, o porque he tenido un día con mucho trabajo, y esos días simplemente me tiro en la cama y me rindo ante el scroll infinito de TikTok. Tengo cero cargo de conciencia por ser improductiva. Eso es importante. En mi casa, no leer no penaliza”.
Sara Jiménez es librera y prescriptora literaria, y desde su bitácora en Instagram (donde acumula 15.600 seguidores) ofrece una perspectiva jugosa de los títulos que la rodean, que van de novedades editoriales a clásicos. Ella contextualiza un poco de dónde proceden esas dificultades de ponerse ante el libro. “Es algo muy complicado por la falta de tiempo, y por la falta de dinero para poder tener tiempo”, matiza. Para Jiménez, es fundamental contar con la figura de un bibliotecario o librero que ayude a navegar la inmensidad de libros disponibles y a atinar con lo que a cada lector le gusta: “Quizás se puedan ver saturados por un exceso de títulos, y porque el mercado literario sea algo tan efímero, rápido y atropellado. Eso no ayuda a explorar más vías”.
Guillermo Granado, quien dedica varias horas al día a leer, asegura odiar la idea de que la lectura hace mejores personas. “Constantino Bértolo tiene un texto muy interesante en el que dice que hay que desacralizar la lectura”, recomienda el librero, que advierte sobre todas esas virtudes que asociamos al medir la cantidad de libros que alguien lee, “y eso que la lectura es muy importante en mi vida”.
Ser un ‘abandonador’ de libros no es algo malo
“Si un libro no nos gusta, no nos convence, no hay nada para nosotros en una historia, hay que abandonarlo. Sin culpa. Digo más: abandonarlo es un ejercicio de responsabilidad”, sentencia la escritora y librera Paula Vázquez, que subraya la necesidad de cuidar el espacio de goce que debe proveer la lectura. “Yo abandono libros todo el tiempo”, reconoce la mujer tras la librería Lata Peinada. “Los sigo hasta el final si me dan ganas de volver al libro, si, a pesar del trabajo y el día que nos fuerza a otras cosas, hay una pequeña astilla de la historia o del lenguaje o el tono que me queda prendida en algún lado, que me empujan a volver al texto”.
Paloma Abad coincide con la perspectiva de Vázquez: existe la necesidad de superar el viejo prejuicio lector sobre dejar los libros a medias. “Si leo algo es porque me gusta. Si no me gusta, lo abandono rápidamente”, asegura la editora. “Esto es importante porque en ese resquicio de frustración (la de sentir que tienes que terminar lo que has empezado, aunque no te guste) se pierden muchos buenos lectores”. Que no hay nada malo en los libros que a uno le parecen malos podría ser una sentencia que firmase también Sara Jiménez. “Los libros presentan una escala de grises. Te puede parecer malo y aun así sacar un montón de cosas de él, o bibliografía. De hecho, pensar que un libro es malo está genial, porque fomenta otra conversación que sigue siendo pertinente”, reflexiona.
En lugar de una lista de objetivos, comenzar un diario de libros
Para aquellos a los que les funciona llevar un registro público de libros leídos que vaya completando un objetivo de una cifra total, o mínima, no hay mejor receta. Pero si la estrategia lleva un par de años siendo fuente de frustración o estrés, y además no se alcanza ese ansiado objetivo, tal vez sea el momento de reconsiderarla. Lo malo de hacerse una lista de objetivos, incluso aquellos que son más sencillos como leer 20 páginas al día o terminar un libro al mes, es que estos se pueden volver en contra del lector.
Ante la imposibilidad de seguir el ritmo pautado, o lograr el objetivo establecido, hay quien optará por abandonarlo por completo. Y rodear de una sensación de fracaso el acercamiento a la lectura mina la buena intención de disfrutar de un tiempo de placer o desconexión con un libro entre las manos. La librera y prescriptora literaria Sara Jiménez ha dado con algo mucho mejor que las listas y la redacción de reseñas en plataformas digitales, “a las que les hacemos trabajo gratis”. Todo mejoró el día que se compró un cuaderno: “Es una cosa que me ha ayudado muchísimo. Iba de un libro a otro pero no profundizaba en las lecturas”. Explica que ahora se sienta a escribir en el cuaderno: “Apunto cosas, bibliografía, me hago listas de otros libros que me apetece leer o listas de libros sobre un tema”. Este hábito, cuenta, ha mejorado su capacidad retentiva y de reflexión en torno a la lectura.
Probar las bondades de leer en compañía
El éxito de los clubes de lectura se explica por sus numerosos beneficios: ayudan al lector a acercarse a títulos a los que de otra manera no se adentrará, sus dinámicas temporales y el compromiso con otras personas incentivan el seguimiento de la lectura y, puede que por encima de todo lo anterior, extraer impresiones para compartirlas con el grupo, así como estar abierto a escuchar las de los demás, permite profundizar en el contenido. Tal vez incluso dar con lecturas nuevas que sin este intercambio no estarían al alcance.
Los clubes de lectura abundan últimamente, no solo en sus encuentros físicos, sino también en su formato online. Los hay para todos los gustos lectores y no son difíciles de encontrar, casi todas las bibliotecas públicas y las librerías cuentan con alguno. Victoria Borrás se confiesa contenta con su club de lectura. Ella es la editora del sello independiente Amor de Madre, que acaba de publicar la primera novela de la autora de ensayo Elisa Coll, Nosotras vinimos tarde, y editorial responsable de dar al mundo Carcoma, el exitoso libro de la escritora madrileña Layla Martínez. Para Borrás, la clave que mantiene su club de lectura es que no es demasiado numeroso. “El último domingo de cada mes nos juntamos tres o cuatro amigas para comentar un libro que decidimos entre todas, ya sea ensayo o novela”, explica. “Nos preparamos las ideas antes y el encuentro nos permite profundizar en la lectura”.
La también editora Paloma Abad coincide con Borrás; ella mantiene un club de lectura mensual con sus amigas que le ha permitido conocer autores a los que de otra manera no habría prestado atención. “Compartir las impresiones con otras personas siempre es bueno. Lleva el momento íntimo de la lectura al entorno social, a validar o refutar emociones y a fantasear sobre las verdaderas intenciones del autor al escribir tal o cual trama. A entender el texto de manera colectiva, en definitiva. Es de lo más enriquecedor. No es posible no aprender y no disfrutar en un club de lectura”, asegura la editora.
Sara Jiménez dice que contar al menos con un amigo o amiga que acompañe en las lecturas es “lo más importante para ese gustito lector”. “Las conversaciones más ricas son con mis amigos hablando de libros, ya sea porque nos mandamos audios o porque quedamos para tomar un café. Esas conversaciones me generan ganas de leer”, admite la librera y prescriptora literaria “Los clubes de lectura, las presentaciones de libros… A veces todo lo que hay alrededor del libro es lo que consigue que te enganches a él”.
Buscar en nuevos lugares: de los audiolibros a salirse del calendario de novedades
El audiolibro es un formato que no deja de crecer y ganar adeptos. Aunque suscita una cierta división y controversia, Victoria Borrás se sitúa como firme defensora de las posibilidades que brindan y recomienda acudir al servicio público virtual de bibliotecas Ebiblio para encontrar una buena colección accediendo con el carné de biblioteca. “No estoy de acuerdo con quienes dicen que escuchar audiolibros no cuenta como leer”, defiende. “Leer es que se forme en tu cabeza una historia, y el audiolibro es una herramienta igual de digna que el libro en papel. Hace más accesible la lectura para quienes no tienen tiempo para leer pero sí tres cuartos de hora de metro o de conducción al día”.
En japonés existe un término para definir la acumulación de nuevo material de lectura sin leer: tsundoku. La editora Victoria Borrás lo pone sobre la mesa: leer fuera del ajetreadísimo calendario de novedades, que a veces genera en los lectores esa imprecisa sensación de que se llega tarde a un libro o a su conversación, es muy necesario. Borrás recomienda girar la vista a la librería, a la mesita de noche, a los libros que ya están en casa, y darles la oportunidad que esperan antes de salir a por uno nuevo. Es lo que hacen en su club de lectura.
La editora Paloma Abad brinda otra idea para encontrar libros apasionantes: acudir a los escritores favoritos. “Gracias a mi trabajo como editora en Debate, hablo a menudo con muchos autores, que me comparten sus últimos descubrimientos literarios”, cuenta. “No hay nada en este mundo que genere más vocación lectora que un lector (más si es escritor) apasionado”.
dijous, 20 d’abril del 2023
abandonar un llibre
«M'encanta llegir llibres que detesto (però no tots sencers, esclar), en canvi abans no m'agradava gens, perquè era una d'aquelles persones que m'obligava a acabar tots els llibres, encara que cada cop que passés pàgina fos un suplici absolut. Encara que cada frase em fes estremir el cervell. Pel motiu que fos, el valor moral per a mi era no deixar-lo estar fins que arribava a l'última pàgina.
Ara ja no ho faig, això. He entès que la vida és massa curta per entretenir-me amb coses que no em compensen l'energia, les emocions o el temps que hi dedico. Per tant, podríem dir que quan no m'agrada un llibre gaudeixo llançant-lo a l'altra punta de l'habitació (però, ep, soc massa ben educada per fer-ho, i l'únic que faig és tancar-lo d'un cop sec, amb decisió). L'alleujament de deixar de banda una cosa que no frueixes i que no és enriquidora t'aporta confort i alegria.
Però és veritat que, fins i tot abans que arribi l'instant de l'abandonament —durant l'estona de lectura fatal—, sorgeix una mena de plaer. Potser és com una mena de schadenfreude, l'alegria produïda per la desgràcia d'altri. Potser penso «mira, si un llibre tan dolent es publica i algú el compra, jo no ho puc pas fer gaire pitjor». Potser l'ha escrit algú que sé que és una persona horrible i per tant gaudeixo de la seva prosa mediocre. El millor de rondinar per un llibre és que no et deixa cap sensació de culpa. No és un atac personal. Si li pregunto a una amiga si ha llegit tal llibre i em contesta que l'ha trobat horrorós —i jo igual—, és la base perfecta per iniciar una conversa meravellosa.
Per descomptat que m'encanta llegir llibres que em permetem assaborir cada frase. Però el problema de ser escriptora i llegir obres immensament plaents és que em provoca sentiments d'incompetència i enveja, és a dir, just el contrari de l'estímul, la rauxa i la desagradable vena competitiva que em generen els llibres mal escrits.
També hi ha un altre punt a favor, un que considero altruista, però que ja veuràs que no ho és gens: cada cop que abandono un llibre, que me'l trec de sobre, el dono a una entitat benèfica. Una vegada, quan era jove i no acabava d'entendre què eren les normes d'etiqueta (ni gaire res), vaig posar un raspall de dents fet servir en un dels necessers que les esglésies recullen per enviar a l'estranger. Ja ho sé. Donar un llibre de merda a una entitat benèfica perquè el vengui de segona mà és el seu equivalent literari. Si mai has agafat una novel·la horrible o alguna obra de no-ficció més seca que el Sàhara, em sap molt de greu, no et puc pas prometre que no en sigui la responsable. Vols un consell? Llança-la a l'altra punta de l'habitació.»
Hannah Jane Parkinson. «Abandonar un llibre». A: Convido jo. L'alegria de les petites coses. Traducció de Núria Parés. Univers, 2022.
dimecres, 14 d’abril del 2021
a quin contenidor s'han de llençar els llibres?
FRANCESC SOLER
A quin contenidor s'han de llençar els llibres?
The New Barcelona Post
17|3|2021
Hi ha moltes persones, entre les quals em compto, que no han llençat mai cap llibre, per dolent que fos. Per tant, no s’han hagut d’enfrontar mai a aquesta pregunta: A quin contenidor s’ha de llençar els llibres? En cas que un dia em decideixi a llençar-ne un, uns quants o tota la meva biblioteca —tot i que el més probable és que no ho faci mai perquè no me’n vull despendre i, en cas d’haver-ho de fer, hi ha llibreries meravelloses com les Re-Read on pots comprar i vendre llibres de segona mà en perfecte estat—, sembla elemental que caldria dipositar-los dins del contenidor blau. O sigui, el del paper i cartró.
Tanmateix, si a més del contingut tenim en compte el continent, la qüestió es complica. Hi ha llibres que es mereixerien anar a parar al contenidor gris, perquè no tenen cap valor i no se’n pot aprofitar res. D’altres, són tan tòxics que directament hauríem de poder-los dipositar en uns contenidors especials, com es fa amb les piles o els residus radioactius. Però, és clar, es comença dient que alguns llibres són perillosos i ja sabem com s’acaba: llibres censurats, prohibits o cremats, escriptors perseguits… Val més no fantasiejar-hi, no fos cas que volent desempallegar-nos dels llibres que ens emmetzinen l’ànima acabem, sense adonar-nos-en, com a Fahrenheit 451 o l’Alemanya dels anys trenta.
De fet, jo del que vull parlar, aquesta setmana, és de l’acte en si de llençar llibres perquè a Barcelona, actualment, és freqüent trobar-ne piles d’abandonats al costat dels contenidors. Hi he arribat a veure enciclopèdies senceres. Si me n’adono, és perquè qui els ha llençat no ho ha fet dins el contenidor corresponent, sinó que els ha deixat a la vista de tothom, segurament per donar-los una darrera oportunitat de salvar-se de ser convertits en pasta de paper.
Fa uns dies, vaig rescatar un d’aquests llibres abandonats. Pujava per Roger de Llúria i a la cantonada amb Provença vaig veure una capsa plena de llibres abandonats al costat d’un contenidor. Hi havia algunes obres d’Espriu en molt bon estat, però no em van temptar. Tampoc un Baltasar Porcel perquè d’ell, fa anys un dels meus escriptors preferits, ho he llegit gairebé tot. En canvi, em va cridar l’atenció a l’acte un exemplar de Bearn de Llorenç Villalonga en català que tinc pendent de llegir i sense pensar-m’hi dos cops me’l vaig emportar.
Vaig compartir la meva troballa a Twitter —amb la foto que acompanya aquest article inclosa— i vaig rebre força likes, imagino que per part de persones que celebraven que hagués rescatat aquell llibre de la seva inexorable fi, així com alguns comentaris de tuiters literats.
Enric Gomà em va preguntar de quina edició es tractava, perquè es veu que Villalonga va anar polint el seu Bearn a mesura que s’anaven reeditant. És una segona edició, de 1964.
El mallorquí Sebastià Portell em va dir que m’ho passaria pipa llegint aquest clàssic i encara em va agafar més ganes de posar-m’hi.
En canvi, la piulada d’una tal Marta Cava que no conec em va posar la por a cos: “No ho puc determinar bé, però veig que alguns llibres tenen humitat/fongs i en aquest darrer cas, si no es tracta, pot perjudicar a altres llibres”. Com que vaig veure que la tal Marta és bibliotecària, vaig pensar que devia saber de què parlava, per tant, prenent d’exemple el Procicat, vaig posat el meu Bearn en quarantena. S’estarà al despatx fins que no estigui convençut que no portarà una pandèmia de fongs a la meva biblioteca.
dijous, 23 de juliol del 2020
lectus interruptus
Daniel Fernández
Lectus interruptus
La Vanguardia
20|7|2020
Cada estiu, davant la perspectiva de les vacances, hi ha gent que planifica les lectures i es disposa, com qui es prepara per emprendre un llarg viatge, a enfrontar-se a algun d’aquells clàssics ineludibles que, d’altra banda, solen figurar a les periòdiques llistes de confessió anònima de títols que no s’han llegit. Aquest any, amb el redescobriment de la lectura que per a molts ha suposat el confinament, potser el fenomen s’accentua. Podria ser, ja que els llibreters reconeixen que s’ha mogut –o sigui, venut– el fons, és a dir, els títols de sempre, d’una manera notable. També en part, sens dubte, per l’aturada i l’absència de novetats.
En qualsevol cas, s’hi troba de tot. Tanmateix, crec que serà un estiu lector i que qui més qui menys triarà un llibre o més d’un per passar hores d’aquesta activitat solitària que, paradoxalment, ens obre al món. Precisament per aquest afany de coneixement pressento que tornarem a veure, com a la llista dels desitjos insatisfets, exemplars de Don Quijote de la Mancha en periple cap a alguna segona residència o casa rural. És, continua sent, l’etern gran desconegut, que tot i això ofereix una lectura grata i divertida. Com ja han dit d’altres, només pots envejar els que encara no han llegit El Quixot perquè no saben quin prodigi d’humanitat, bonhomia i amenitat els espera. Un sol consell: rebutgeu resums, versions i foteses, i busqueu una bona edició anotada per suplir les possibles mancances lèxiques. Valdrà la pena.
Això dels títols inexcusables són figues d’un altre paner, perquè va per èpoques i modes, per descomptat. I si potser avui dia no són gaires els que s’embarquen per vacances en El quadern gris de Josep Pla, encara són menys els que intenten llegir els Episodios nacionales de Galdós, per exemple.
El bon lector que pretén atresorar una formació sí que ha de continuar provant de llegir l’Ulisses de James Joyce, en anglès vernacle si en té coneixement molt sòlids o en versió traduïda. A les estadístiques anglosaxones hi apareix gairebé sempre com el llibre inacabat més popular, és a dir, el títol que més gent comença i més gent no acaba. I em puc imaginar que sigui així, ja que tret del començament i el famós monòleg final de Molly Bloom, a molts se’ls ennueguen les anades i vingudes d’aquell 16 de juny del 1904 de Leopold Bloom i Stephen Dedalus. Aquest és un altre tema per a un article que faci de pòrtic a les nostres vacances lectores: la lectura interrompuda i el malestar que ens deixa abandonar un llibre. El lectus interruptus , dit sia com a broma, ens sembla un pecat, malgrat que amb el pas dels anys ho vagis disculpant i entenguis que hi hagi qui comenci la lectura d’Orgull i prejudici i pensi que al cap de trenta pàgines ja n’ha tingut prou. Alguns llibres que se solen entravessar en més d’un lector podrien ser Moby Dick o Guerra i pau. També, per què no, i malgrat la seva fama, El senyor dels anells, que continua sent més ric i complex pel que fa a la trama que no pas l’arxiconeguda trilogia de pel·lícules.
Afegim picant al guisat per reconèixer que no som els mateixos quan rellegim algun títol que al seu dia ens va fascinar. I si ens passa amb la música o el cinema, per què no ens ha de passar amb els llibres. Els nostres gustos i circumstàncies canvien, i fins i tot L’home sense atributs de Robert Musil que em va fascinar en l’adolescència, em va semblar difícilment suportable quan hi vaig tornar en la maduresa. Aquesta novel·la riu, per cert, sí que està inacabada, però en aquest cas és responsabilitat de l’autor.
Continuem amb les confessions personals, ara que hem començat. Tinc Bolaño per l’autor més sobrevalorat de les lletres hispàniques recents. I això que no li falta competència. I de la mateixa manera que no entenia els que em lloaven al seu dia Larva de Julián Ríos, encara entenc menys els extasiats per La broma infinita de David Foster Wallace, que exigeix temps i paciència i sembla que proporciona una mena de plaer que no deu estar al meu abast. Ara bé, si realment he de reconèixer una falta que voreja el delicte és la meva opinió sobre A la recerca del temps perdut, l’obra magna de Marcel Proust. Disposat a fer els deures, i com que no em van impressionar els set volums en castellà quan els vaig llegir de ben jove, vaig tornar a Proust al cap d’uns anys, quan no era tan jove, per llegir-lo en francès i amb l’experiència de la vida ja més complerta. Que Amadeu Cuito, bon amic i devot de la Recherche, em perdoni, però tret del personatge d’Albertine –tinc les meves debilitats–, tot em resulta forçat, poc versemblant i sobretot molt avorrit. Amb Proust amb passa com amb el beaujolais nouveau, que només la poderosíssima mercadotècnia francesa ens pot convèncer que això és un gran vi i allò gran literatura.
Gaston Gallimard, potser per influència de Gide, no va voler publicar Pel camí de Swann, que va veure la llum gràcies a Bernard Grasset, però només després que el mateix autor sufragués l’edició. Després de l’èxit de Proust, Gallimard va demanar disculpes i el va convèncer d’editar-lo a casa seva. És la prova màxima que els rebutjos no han pas de ser definitius...
Bon estiu de lectures!
dimecres, 4 de març del 2020
el club de les bovarís
Anteriormente y sin ceremonia de iniciación fundé el club de las Bovarís o las Bobarís, informado por el bovarismo o bobarismo, según la cantidad de estupidez que imprimiéramos a los quehaceres amorosos. Éramos cuatro miembros y, de nosotras, solo una había leído Madame Bovary y solo yo había visto las dos películas que hay basadas en el libro, del cual no pude pasar, con grandísimo esfuerzo y compromiso por mi parte para con la historia de la literatura, de la página catorce. Las pelis, sin embargo, son estimulantes, alimentadoras. En una, Madame Bovary es rubia, y en la otra morena. Completaban el club dos compañeras más, representantes de los grados superior e inferior de dolencia bovarística y que solo sabían de Madame Bovary lo que la única lectora del libro y yo les contábamos. Creo que el tránsito del bovarismo al bastardismo es algo normal y una muestra de adultez. Creo que no terminar de leer Madame Bovary también es una muestra de adultez y un primer gesto bastardista.
Cristina Morales. Lectura fácil. 2a ed. Anagrama, 2019. P. 26-27.
dissabte, 13 d’octubre del 2018
literatura «important»
[A propòsit de La muntanya màgica]
«Tothom celebra aquesta novel·la que jo també celebraré, és magnífica. I, tot i així, no he aconseguit llegir-la sencera i m'he quedat sempre a la meitat per més que ho hagi intentat (tenint en compte que és molt extensa, no és un demèrit total). Thomas Mann és un escriptor magnífic (aquest qualificatiu ja l'he posat a la novel·la), un intel·lectual tens, reprimit i reflexiu, li tinc una gran admiració i representa bé la idea d'un escriptor nacional (d'això també caldrà parlar-ne una mica més endavant).
Aquí he d'aturar-me a pensar i explicar per què no he estat capaç d'acabar aquesta magnífica novel·la (altre cop «magnífica») que és La muntanya màgica si he estat capaç de llegir assaigs densos¹ de coses diverses i dissemblants. M'ho pregunto i m'ho intento respondre.
La primera resposta: perquè em vaig avorrir. No és la primera resposta, és la resposta. Em va fallar el vincle entre el text i jo i quan es trenca aquest fil pel qual avança el lector com un funàmbul, cau al buit. Per a mi, això conté una resposta de valor general, si un llegeix una pàgina i una altra i no hi estableix cap lligam, que és la implicació emocional o l'interès intel·lectual, és qüestió d'apartar o bé deixar descansar aquest llibre. Potser cal deixar-lo per un altre moment, esperar una altra època de la vida, o pot ser que sigui un llibre per a un altre lector, qui hi podrà descobrir el que mai no s'hauria imaginat. Però, davant d'una obra que es presenta com a novel·la, com a obra de ficció, no hi ha d'haver cap tipus de complex. Si un llibre no interessa el deixem estar i no passa res. El lector de literatura no ha de tenir mala consciència, precisament ser lector de literatura atorga aquest estatus de ser lliure de llegir el que més li plagui.
Concretament, amb aquest llibre de Thomas Mann, crec que em vaig posar a llegir-lo massa tard, el factor temps sempre està present en la literatura de totes les maneres. L'edat i el temps vital del lector són decisius, en cada moment de la vida ens agraden coses diferents.
[...]
La novel·la de Thomas Mann no és un llibre el valor del qual resideixi en l'empatia amb els personatges, encara que tinguin un destí trist, ni en la trama, sinó en les argumentacions filosòfiques, i aquestes, malgrat que molt intel·ligents, em resultaven generalment ja conegudes o familiars i no m'aportaven cap novetat ni despertaven el meu interès. És a dir, si hagués coincidit a llegir aquesta novel·la en un altre moment de la meva vida, abans de llegir una sèrie de llibres, les idees exposades per aquells personatges m'haurien resultat molt interessants, perquè ho són.
[...]
No puc deixar Thomas Mann sense recomanar, malgrat tot, a qui no hagi llegit encara La muntanya màgica que intenti de posar-s'hi en algun moment. Un bon lector llegeix pel plaer de llegir, però també cal fer-se desafiaments, proves, i pot ser que aquest lector sigui en el moment adequat per a aquell llibre que espera i que pot ser que trobi.
Qui sap si un dia no em poso de nou amb aquesta muntanya que no m'ha produït l'atracció suficient en les ocasions anteriors. Un mai no ho sap. (Encara que l'important no és llegir «tots els llibres que cal llegir», l'important finalment és viure la vida que un vulgui i pugui viure).»
Suso de Toro. La Literatura des de dins. Traducció d'Andratx Badia. Gregal, 2018. P. 63.
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¹ [NT] En l'original gallec, l'autor fa servir el mot «tremendos».
dijous, 14 de desembre del 2017
el dret a no acabar un llibre
El lector suele asumir que abandonar la lectura de un libro es una suerte de sacrilegio, que un acto tal contraviene algún juramento o una ley de pureza o representa un fracaso por su parte. Peor aún, está abandonando un objeto vivo, dejando que un niño se ahogue en el mar. ¿Qué hay del pobre autor? Estás desdeñando su arduo trabajo, despachando al criado con un gesto indolente de la mano. Una reacción justificada por temores exasperantes, motivos para persistir y una fe ciega en los libros, la sensación de que «pronto arrancará», de que la trama acabará encajando y esas líneas enrevesadas empezarán a transparentar su sentido cuando te acostumbres a la escritura del autor; en suma, que todo saldrá bien. Te dominan la obstinación y el temor de quién es incapaz de dejar nada a medias, la idea de que es imposible comprender un libro o criticarlo con conocimiento de causa a menos que se haya concluido su lectura.
Pero entonces, un día lo haces. Te rindes. Cierras un libro de golpe. Y sientes una gran liberación. Todo se despeja. Caes en la cuenta de que la vida es demasiado breve para leer libros malos con los que tienes que batallar. Es una epifanía. La despedida va acompañada de su correspondiente ceremonia funeraria: sacudes la cabeza, suspiras o maldices, extraes el punto de libro, hojeas las páginas por última vez, cierras el libro de golpe y le echas un último vistazo antes de arrojarlo al suelo como un maestro de escuela eduardiano que descarta la redacción de un alumno. No lloras su pérdida ni te sientes culpable. Era una relación destructiva. Te sientes más ligero, liberado. Hay muchos otros libros en las estanterías.
Daniel Gray. «11. Abandonar una lectura». A: Este libro te alegrará la vida. 50 placeres íntimos de la lectura. Traducció de Gemma Deza Guil. Ariel, 2017. P. 62.
