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dimecres, 3 d’abril del 2024

els llibres del passat

 

Hace muchos años que perdí el gusto de la lectura de mis contemporáneos. Una desgana invencible, mezcla de desconfianza y desinterés, me paraliza frente a las novedades. Como vivo rodeado de gente que no lee otra cosa (a los clásicos ya los leyeron) y al ser yo mismo un escritor, un escritor contemporáneo (¿qué otra clase de escritor podría ser?) al que algunos leen, esta limitación me ha preocupado y la he mantenido más o menos oculta como un secreto vergorzante. Sospecho que mucha de la gente que me rodea en realidad no ha leído el Quijote o Macbeth o la Divina comedia, pero a ellos les resulta mucho más fácil ocultar su secreto, porque aun sin haberlos leído saben perfectamente de qué tratan esos libros, y hasta pueden hablar de su técnica y estructura, y sobre todo saben que son buenísimos. El juicio está decidido, y no hay más que decir. Mientras que sobre la calidad de la última novela de Don DeLillo o Michel Houellebecq está todo por decir, y al parecer hay mucho que decir, y mientras todos parlotean a mi alrededor yo me hundo en un silencio deprimido y culpable.

Sin embargo, aquí y allá he ido encontrando interlocutores que comparten mi preferencia exclusiva por los clásicos. (Debo decir que ninguno de ellos es escritor). Y el argumento con que justifican esta preferencia es siempre el mismo: el sentimiento, que es el mío, de estar perdiendo el tiempo cuando leen lo que se escribe hoy. No tanto por un prejuicio respecto de su calidad como por otra cosa, más general y definitiva, que querría examinar y explicarme.

La aversión a perder el tiempo se explica sola: la vida es breve, hay demasiados libros. El lector de novedades, en una carrera que nunca puede ganar, está solo frente a una multiplicación a la que contribuyen todos (todos son multiplicandos, él es un resultado erróneo y solitario). Con los clásicos, en cambio, la humanidad entera se ha puesto de su parte. El afán sistematizador de la humanidad viene produciendo desde épocas inmemoriales un gran aparato coordinado en todos sus elementos (la llamada "cultura", con o sin mayúsculas), y la lectura de los clásicos es la llave de esta empresa colectiva. La asiduidad de su práctica tiene por horizonte la promesa de "completar" individualmente el sistema, volverse un hombre-civilización; es una promesa lejana, pero así de lejanas son casi todas las promesas que nos hacemos.

De ahí surge la perpleja sospecha de que la lectura no era una actividad tan desinteresada como yo había creído. Ese mérito parecer quedar más bien del otro lado. Los términos con los que los lectores más sensatos han caracterizado los beneficios de la lectura (términos que sistematizó Barthes, a su modo), "hedonismo", "deriva infinita", "sorpresa", "placer", describen más lo que hace el volátil consumidor de novedades que la tarea del metódico lector de clásicos.

El sistema que se promete completar el lector asiduo es la literatura. Lo que se completa (y un lector perspicaz podría hacerlo leyendo apenas un puñado de libros) es la comprensión de lo que hace literatura a la literatura; una vez alcanzada esa iluminación ya no sería necesario leer todos los libros, o al menos ya no sería necesario leerlos buscando nada especial. Ahora bien, es un poco ingenuo creer que los mecanismos esenciales de la literatura están mejor expuestos en los mejores libros; de hecho estos son los que mejor los disimulan. ¿No se los podría encontrar igualmente en los libros contemporáneos, buenos y malos al azar? Si los clásicos resultan de un proceso de selección, el lector de literatura contemporánea no garantizada puede decir que está participando en este proceso, y está haciendo clásicos, mientras que nosotros, los lectores de clásicos, nos limitamos a consumirlos...

 

César Aira. «Los libros del pasado». A: La ola que lee. Artículos y reseñas 1981-2010. Random house, 2021. P. 275-277.


dimecres, 13 de març del 2024

el roig i el negre


«Tota literatura que es vulgui plenament normal prestarà una atenció important al coneixement de la mateixa tradició i, per tant, dels clàssics. El mes de novembre de 1991 vaig tenir la sort de poder fer una estada de tres setmanes al col·legi Saint Martin, una prestigiosa institució d'ensenyament secundari situada a Cergy, a uns cinquanta quilòmetres de París. L'escola, elitista i privada ens va sorprendre a tots nosaltres —10 alumnes que hi anàvem des del col·legi Sant Pere, concertat, a Mallorca— per la rigidesa de la disciplina i per la qualitat de les seves instal·lacions, entre les quals deu hectàrees de bosc amb un petit riu que les travessava. No gaire lluny d'aquest entorn idíl·lic es troba el poble d'Auvers sur Oise, on va morir Van Gogh, per exemple, no sense abans haver-hi pintat alguns quadres prodigiosos. De l'escola em va encantar tot, però sobretot la classe de literatura, on estaven llegint El roig i el negre d'Stendhal en una versió completa, sense manipulacions ni adaptacions de cap mena. El segon dia de classe el professor em va interrogar sobre un passatge del text. Els companys em van intentar excusar dient-li al professor que jo era un alumne d'intercanvi i que acabava d'arribar i que no era just que em demanés res. Ell els va deixar acabar i els va dir: «no li demano res d'especial, simplement com interpreta el fragment que acabem de llegir». Jo li vaig donar la meva opinió i em va felicitar. «Evidentment, el seu comentari mostra que li falten els elements contextuals, és a dir, no sap d'on ve la història i cap on va, però ha fet una magnífica anàlisi del text en concret que és el que jo li demanava. Llegir bé és el que diferencia els homes dels brètols, només si vostès són grans lectors i bons lectors podran ser els millors homes de França algun dia, que és pel que els seus pares inverteixen la fortuna que costa aquesta escola». El discurs el tinc gravat al cap, però també El roig i el negre, el llibre que llegien a classe amb total normalitat els alumnes d'aquella escola.»


Sebastià Bennasar.  «Què fem amb els clàssics?». A: Un país lector?. Xandri, 2023. P. 67-68.


dissabte, 4 de novembre del 2023

clàssics


Un clásico es un clásico no porque se amolde a ciertas reglas estructurales, ni tampoco porque cumpla determinadas condiciones (cuyo autor es harto probable que jamás haya tenido noticia de ellas). Es un clásico en razón de una cierta frescura eterna e irreprimible.

 

Ezra Pound. El ABC de la lectura. Traducció de Miguel Martínez-Lage. Fuentetaja, 2000. P. 21.


dijous, 12 de gener del 2023

tota gran obra és una ilíada o bé una odissea



LLUÍS AHICART GUILLÉN
Tota gran obra és una Ilíada o bé una Odissea. Raymond Queneau
14|11|2021

En el seu prefaci a l’edició de 1947 de Bouvard et Pécuchet, de Flaubert, Raymond Queneau hi formula la seva teoria sobre les ilíades i les odissees:


“Bouvard i Pécuchet és una Odissea, la senyora Bordin i la Mélie són les Calipso d’aquest vagareig per la Mediterrània del saber i la còpia final és Ítaca, on, després d’haver massacrat tots els pretendents, es dediquen amb un entusiasme ple de saviesa al cultiu de les ostres perleres de l’estupidesa humana. Ells, com Càndid, cultiven el seu hort i, diu Flaubert en una carta a Edmond de Goncourt: «El final de Càndid: conreem el nostre hort és la lliçó de moral més gran que hi ha.»

La literatura (profana – és a dir, la veritable) comença amb Homer (ja un gran escèptic) i tota gran obra és una Ilíada o bé una Odissea, sent les odissees més nombroses que les ilíades: el Satiricó, la Divina Comèdia, Pantagruel, Don Quixot i, naturalment, l’Ulisses (on per altra banda s’hi reconeix la influència directa de Bouvart i Pécuchet) són odissees, és a dir narracions de temps complets. Les ilíades són, per contra, recerques del temps perdut: davant de Troia, en una illa deserta o a casa els Guermantes.”


divendres, 16 de juliol del 2021

relectures

 29 de abril de 2012

Giuseppe Tomasi di Lampedusa
EL GATOPARDO

«Cuando los lees más de una vez, son clásicos. Cuando te los vuelves a comprar, es ya una enfermedad»


Entre las moderadas satisfacciones que uno tiene al llegar a cierta edad está el privilegio de volverse a leer un libro después de haber tenido tiempo de olvidarse de él, en la justa cantidad para no sentirse idiota. Yo, por ejemplo, voy por la tercera vez con El Gatopardo, y francamente, la segunda no me acordaba ni de cómo terminaba (aquí también es posible que tenga que ver la edad, pero de otro modo). [...] Comprado y devorado en dos días. El autor, en cambio, se dice que lo escribió en un par de años, cuando tenía casi sesenta, sin que nunca antes hubiera ejercido la profesión de escritor. Cuando el libro salió, en 1958, él ya no estaba allí para disfrutar del espectáculo, porque una muerte prematura y rapidísima se lo impidió.

[...] Han pasado muchos años desde entonces, pero la clara prueba de que es un libro tocado por la gracia no ha abandonado nunca a El Gatopardo. Es difícil que, de una sola vez, se pueda escribir magníficamente una historia maravillosa con la que explicar a la perfección un trozo de la historia de tu país. Conseguir dos de las tres cosas ya sería una proeza...


Alessandro Baricco. Una cierta idea de mundo. Traducció de Carmen García-Beamud. Anagrama, 2020. 


dimecres, 7 d’abril del 2021

per què cal tornar a traduir els clàssics?


JORDI NOPCA
Per què cal tornar a traduir els clàssics?
Ara llegim
3|4|2021

Les noves versions de Charles Baudelaire, Mikhaïl Bulgàkov, Fiódor Dostoievski i Franz Kafka evidencien el bon moment pel qual passa la traducció en llengua catalana
“Es tendeix a identificar una traducció com a equivalent de l’original, però no és així: la traducció és la lectura d’algú altre, en un moment concret i en una cultura específica d’un text original”, explica Miquel Cabal Guarro, que acaba de presentar una nova traducció catalana de Crim i càstig, de Fiódor Dostoievski, a la col·lecció Bernat Metge Universal. La llengua esvalotada, torrencial i propera de l’autor rus torna a resplendir en català noranta anys després que Andreu Nin donés a conèixer la seva versió a Proa. “Tinc un respecte immens i fervorós pel Crim i càstig de Nin, però una traducció no pot ser vàlida per sempre, val la pena tenir lectures diverses d’un mateix llibre, i si es poguessin fer d’una forma més propera en el temps seria interessantíssim”, explica Cabal, que aquest 2021 ha revisat a fons –sense arribar a retraduir-se– els Apunts del subsòl de Dostoievski per a Angle editorial.

 

Una collita esponerosa
Refrescar la llengua, acostar els textos i rendibilitzar els costos
Crim i càstig no és l’únic exemple de la fornada de noves versions de clàssics ja existents en català. Jordi Cussà i Anna Camps s’han ocupat d’una antologia d’Edgar Allan Poe per a Comanegra, Contes foscos. Ferran Ràfols Gesa ha tornat a traduir A la carretera, de Jack Kerouac, per a Kalandraka. Franz Kafka ha estat tornat a traduir per Joan Ferrarons (El castell, a Club Editor, i Carta al pare, a Angle) i Anna Punsoda, que després de les Petites faules, també a Comanegra, s’ha atrevit ara amb una de les narracions més cruentes del txec, A la colònia penitenciària (Ela Geminada).
“La trajectòria de la cultura catalana no ha estat uniforme, ni tampoc la regularitat de les traduccions. Hi va haver un boom durant el Noucentisme, es va començar a tornar a traduir a partir dels 60 i hi va haver una altra onada important a finals dels 70 i als anys 80. Bona part de les retraduccions d’ara són dels anys 80 –explica Xavier Pàmies, que acaba de presentar Retorn a Brideshead, d’Evelyn Waugh, a Viena, que anteriorment havia traduït Ramon Folch i Camarasa–. Hi ha diversos motius pels quals això passa en aquests moments. D’una banda, hi ha hagut un refrescament del registre, l’hem allunyat de la llengua encarcarada de fa unes dècades. També hi ha la voluntat de fer revifar els clàssics amb noves versions: d’aquesta manera, les últimes generacions que s’han incorporat a la lectura s’hi poden interessar”. Pàmies hi veu també un motiu econòmic: “Entre la crisi del 2008 i la que va començar l’any passat amb el confinament a causa del coronavirus, potser surt més a compte, per temes de drets, tornar a presentar un clàssic, en comptes de traduir obres recents”. L’opció més econòmica, però, seria recuperar versions anteriors d’aquells mateixos textos, una pràctica cada vegada més en desús. És senyal de bona salut? “Que des d’una editorial es cregui que es poden fer traduccions pròximes al lector actual i que això pugui tenir una sortida em sembla una molt bona notícia”, afegeix el traductor, que ha revisat recentment Seny i sentiment, de Jane Austen, per a Viena, publicada per primera vegada a La Magrana el 2004, i que ja té a punt una nova versió d’En una habitació i mitja, de Joseph Brodsky, per a Días Contados, disponible des del 2013 a les Publicacions de la Universitat de València gràcies a la feina d’Anna Torcal i Salvador Company.

 

Donar nova vida als textos

Kafka i Bulgàkov, traduïts per Anna Punsoda i Xènia Dyakonova

Actualment són nombroses les editorials en llengua catalana que aposten de forma sostinguda per la traducció de clàssics. Hi ha, entre d'altres, Adesiara, Flâneur, Lleonard Muntaner, Quid Pro Quo i Ela Geminada. “Si volem acostar els clàssics als lectors actuals no els podem presentar en un català de fa molts anys –comenta Laia Regincós, editora d’Ela Geminada des del 2018, precedida per Oriol Ponsatí-Murlà–. Si el traductor és viu i està disposat a revisar la traducció, com ha passat amb el Walter Benjamin de L'obra d'art a l'època de la seva reproductibilitat tècnica, feta per Jaume Creus, que acabem de publicar, podem reeditar-la. Si no, l’encarreguem a un altre traductor”. Anna Punsoda va proposar A la colònia penitenciària de Kafka, disponible al volum de Narracions de Quaderns Crema, en traducció de Joan Fontcuberta i Gel. “No es tracta de posar en dubte el que ja s’ha fet abans, sinó de renovar-ho, de donar una nova vida al text –afegeix–. Entre els clàssics que preparem per a aquest 2021, l’any del nostre desè aniversari editorial, hi ha Zipper i el seu pare, de Joseph Roth”.

La poeta, crítica literària i traductora Xènia Dyakonova s’ha encarregat de la segona traducció catalana d’El Mestre i Margarita, de Mikhaïl Bulgàkov, per un agradable atzar. “Proa l'hi va encarregar a Arnau Barios, però quan s’hi va posar es va adonar que no connectava gaire amb l’univers de Bulgàkov i va preferir deixar-ho córrer –explica–. Em van agafar a mi, que sí que m’interessa molt Bulgàkov, gràcies a la seva recomanació”. Dyakonova coneixia la versió que Manuel de Seabra havia fet per a La Magrana el 1998. “Vaig trobar-hi molts errors de comprensió, i en part era comprensible, perquè Seabra no tenia l’ajuda d’internet, com tenim ara els traductors”, admet. Dyakonova acaba de signar el contracte amb Quid Pro Quo per traduir El doble, de Dostoievski, una de les poques novel·les de l’escriptor encara inèdites en català. “La nostra política és intentar oferir textos en català que encara no s’hagin traduït mai –comenta l’editor Antoni Xumet–. Darrerament hem fet La morta enamorada, de Théophile Gautier, i Ondina, de Friedrich de la Motte Fouqué”. 

 

Tornar a Baudelaire

La versió en català de Pere Rovira de Les flors del mal

“Baudelaire és un dels autors que m’ha acompanyat tota la vida, i en concret Les flors del mal, que no s’acaba mai, com tots els grans llibres –explica el poeta, prosista i traductor Pere Rovira–. S’hi diuen coses que mai no s’havien dit, i ho fa en vers clàssic francès, un còctel explosiu”. Rovira va fer un primer tempteig de traduir l’autor francès a Vint-i-cinc flors del mal de Charles Baudelaire (Universitat de Lleida, 2008). “Vaig començar fent-ho en vers i amb rima assonant, però aquí m’he atrevit a fer-ho amb rima consonant –continua–. Baudelaire va ser un poeta sublim, si no respectes les formes, malament”. Rovira ha dedicat anys de “treball minuciós” per conservar “l’alè poètic” de l’original. Així sona un dels quartets d’impacte d’Una carronya: “I tanmateix seràs aquesta podridura, / aquesta horrible infecció, / estrella dels meus ulls, tu, sol meu i natura, / àngel de la meva passió”.

 “És una traducció nascuda de l’amor i el respecte”, afegeix Rovira, sense oblidar les dues versions íntegres prèvies, de Xavier Benguerel (1985) i Jordi Llovet (2007). “La de Benguerel és admirable en molts aspectes –diu–. Poder fer la teva traducció havent-n’hi abans és una sort, perquè no parteixes de zero. És cert també que afegeix pressió, perquè si ho has de fer pitjor que els que t’han precedit, millor que no t’hi posis”. Dostoievski i Baudelaire comparteixen el fet d’haver nascut el 1821. Amb motiu dels 200 anys del naixement dels dos autors es preparen nombrosos projectes en català en relació amb l'un i l'altre. En el cas de Baudelaire, Adesiara acaba de recuperar els Petits poemes en prosa que Joaquim Sala Sanahuja havia traduït per Edhasa el 1991. Flâneur, per la seva banda, en posarà en circulació properament una nova versió, feta per David Cuscó i Escudero, amb el títol L’Spleen de París. També Cuscó tradueix El pintor de la vida moderna. “Totes aquestes iniciatives em semblen símptoma de bona salut –assegura Rovira–, també d’una gran ingenuïtat dels traductors. La repercussió que aconsegueixen tots aquests llibres és menor a la que mereixen”.


dimarts, 10 de novembre del 2020

llegir els clàssics


Llegir els clàssics és un club de lectura virtual de la Biblioteca Joan Triadú de Vic. Va néixer, per casualitat, el passat mes d'abril, en ple confinament covid, quan la biblioteca (l'edifici) va haver de tancar portes. A l'espai físic del carrer Arquebisbe Alemany, 5 no s'hi podia accedir, no, però la biblioteca obria per confinament a la xarxa. Els clubs de lectura presencials van parar en sec, és clar. Ens quedava De casa al club, en format blog, on es va poder celebrar la trobada per comentar Claus i Lucas i encara faltaven uns mesos per iniciar les sessions virtuals, via Jitsi Meet, del Club de lectura Dones i Literatura, per exemple. Llavors, cap a finals d'abril, va aparèixer Tellfy, una app de comunicació instantània per a dispositius mòbils, que permetia traslladar a la xarxa l'activitat de les comunitats de lectors. I ara entra en escena la casualitat. No la menystingueu mai. Resulta que, una tarda de finals d'abril, em vaig descarregar l'aplicació Tellfy a la tauleta per fer el xafarder. Vaig començar a fer provatures, per pura curiositat, insisteixo. Vaig triar un llibre, l'Odissea, que era el que estava llegint, en això no em vaig trencar gaire les banyes, i vaig començar de rumiar com carai m'ho faria, posat per cas que en volgués crear un club de lectura virtual amb aquell estri nou. Que si això que si allò, que tomba que gira. Però com que els meus experiments eren públics —estava emetent en obert— em vaig trobar, de sobte, que dues persones s'havien afegit a la comunitat lectora que acabava de crear. Ara pla, amb això no hi comptava.  I així és com el simulacre va acabar en una lectura compartida de l'Odissea, al Tellfy.

Vaig acceptar el repte de bon grat perquè estic convençuda que els clàssics són els grans abandonats de les biblioteques públiques. Dediquem molts esforços a les novetats i als llibres que puguin acontentar els lectors. La majoria dels lectors, si més no. Així ho crec. Llegiríem, doncs, l'Odissea, tal i com diu el Senyor dolent en aquest apunt: a poc a poc (un cant per setmana) i trigant el que s'hagi de trigar.

Amb el pas dels mesos i l'arribada d'allò que en diuen la nova normalitat (ecs!), la part participativa, d'interacció, de la comunitat Tellfy anava perdent pistonada fins a pràcticament desaparèixer i, per contra, la informació que anava penjant de cada cant agafava gruix, per acumulació, és clar. L'única pega és que aquests continguts quedaven absolutament enterrats en l'aplicació, sense accés obert des de la xarxa. Per aquest motiu m'he decidit a traslladar-los a un blog. Aquí el teniu: Llegir els clàssics. I com podeu apreciar, el títol —que no és Llegir l'Odissea— apunta —ara que estem a quatre cants del final— que tinc tota la intenció de donar-li continuïtat. Amb covid o sense.

 


dijous, 23 de juliol del 2020

lectus interruptus


Daniel Fernández
Lectus interruptus
La Vanguardia
20|7|2020

Cada estiu, davant la perspectiva de les vacances, hi ha gent que planifica les lectures i es disposa, com qui es prepara per emprendre un llarg viatge, a enfrontar-se a algun d’aquells clàssics ineludibles que, d’altra banda, solen figurar a les periòdiques llistes de confessió anònima de títols que no s’han llegit. Aquest any, amb el redescobriment de la lectura que per a molts ha suposat el confinament, potser el fenomen s’accentua. Podria ser, ja que els llibreters reconeixen que s’ha mogut –o sigui, venut– el fons, és a dir, els títols de sempre, d’una manera notable. També en part, sens dubte, per l’aturada i l’absència de novetats.
En qualsevol cas, s’hi troba de tot. Tanmateix, crec que serà un estiu lector i que qui més qui menys triarà un llibre o més d’un per passar hores d’aquesta activitat solitària que, paradoxalment, ens obre al món. Precisament per aquest afany de coneixement pressento que tornarem a veure, com a la llista dels desitjos insatisfets, exemplars de Don Quijote de la Mancha en periple cap a alguna segona residència o casa rural. És, continua sent, l’etern gran desconegut, que tot i això ofereix una lectura grata i divertida. Com ja han dit d’altres, només pots envejar els que encara no han llegit El Quixot perquè no saben quin prodigi d’humanitat, bonhomia i amenitat els espera. Un sol consell: rebutgeu resums, versions i foteses, i busqueu una bona edició anotada per suplir les possibles mancances lèxiques. Valdrà la pena.
Això dels títols inexcusables són figues d’un altre paner, perquè va per èpoques i modes, per descomptat. I si potser avui dia no són gaires els que s’embarquen per vacances en El quadern gris de Josep Pla, encara són menys els que intenten llegir els Episodios nacionales de Galdós, per exemple.
El bon lector que pretén atresorar una formació sí que ha de continuar provant de llegir l’Ulisses de James Joyce, en anglès vernacle si en té coneixement molt sòlids o en versió traduïda. A les estadístiques anglosaxones hi apareix gairebé sempre com el llibre inacabat més popular, és a dir, el títol que més gent comença i més gent no acaba. I em puc imaginar que sigui així, ja que tret del començament i el famós monòleg final de Molly Bloom, a molts se’ls ennueguen les anades i vingudes d’aquell 16 de juny del 1904 de Leopold Bloom i Stephen Dedalus. Aquest és un altre tema per a un article que faci de pòrtic a les nostres vacances lectores: la lectura interrompuda i el malestar que ens deixa abandonar un llibre. El lectus interruptus , dit sia com a broma, ens sembla un pecat, malgrat que amb el pas dels anys ho vagis disculpant i entenguis que hi hagi qui comenci la lectura d’Orgull i prejudici i pensi que al cap de trenta pàgines ja n’ha tingut prou. Alguns llibres que se solen entravessar en més d’un lector podrien ser Moby Dick o Guerra i pau. També, per què no, i malgrat la seva fama, El senyor dels anells, que continua sent més ric i complex pel que fa a la trama que no pas l’arxiconeguda trilogia de pel·lícules.
Afegim picant al guisat per reconèixer que no som els mateixos quan rellegim algun títol que al seu dia ens va fascinar. I si ens passa amb la música o el cinema, per què no ens ha de passar amb els llibres. Els nostres gustos i circumstàncies canvien, i fins i tot L’home sense atributs de Robert Musil que em va fascinar en l’adolescència, em va semblar difícilment suportable quan hi vaig tornar en la maduresa. Aquesta novel·la riu, per cert, sí que està inacabada, però en aquest cas és responsabilitat de l’autor.
Continuem amb les confessions personals, ara que hem començat. Tinc Bolaño per l’autor més sobrevalorat de les lletres hispàniques recents. I això que no li falta competència. I de la mateixa manera que no entenia els que em lloaven al seu dia Larva de Julián Ríos, encara entenc menys els extasiats per La broma infinita de David Foster Wallace, que exigeix temps i paciència i sembla que proporciona una mena de plaer que no deu estar al meu abast. Ara bé, si realment he de reconèixer una falta que voreja el delicte és la meva opinió sobre A la recerca del temps perdut, l’obra magna de Marcel Proust. Disposat a fer els deures, i com que no em van impressionar els set volums en castellà quan els vaig llegir de ben jove, vaig tornar a Proust al cap d’uns anys, quan no era tan jove, per llegir-lo en francès i amb l’experiència de la vida ja més complerta. Que Amadeu Cuito, bon amic i devot de la Recherche, em perdoni, però tret del personatge d’Albertine –tinc les meves debilitats–, tot em resulta forçat, poc versemblant i sobretot molt avorrit. Amb Proust amb passa com amb el beaujolais nouveau, que només la poderosíssima mercadotècnia francesa ens pot convèncer que això és un gran vi i allò gran literatura.
Gaston Gallimard, potser per influència de Gide, no va voler publicar Pel camí de Swann, que va veure la llum gràcies a Bernard Grasset, però només després que el mateix autor sufragués l’edició. Després de l’èxit de Proust, Gallimard va demanar disculpes i el va convèncer d’editar-lo a casa seva. És la prova màxima que els rebutjos no han pas de ser definitius...
Bon estiu de lectures!

dimecres, 8 d’abril del 2020

dràcula


corren mals temps pels vampirs. Si ja es prou difícil trobar una jugular en condicions, ara s'hi afegeix el problema del confinament. Tothom tancat i barrat  a casa sense sortir, només, si de cas, una estoneta per anar a comprar el pa o llençar les escombraries. De nit no es veu ni un coll enlloc. Per anar fent boca i esperar nits més propicies res millor que aquestes magnífic assaig on es repassa la història dels vampirs a través del folklore i l’art. Des de la seva publicació, Dràcula s’ha convertit en un dels mites populars del nostre temps, el seu poder arriba a tots els racons del món. En aquest llibre hi trobareu la més completa gènesi de la immortal obra de Bram Stoker.

dilluns, 11 de febrer del 2019

l'estrany cas del ressenyista hebdomadari


Pongo un ejemplo burdo pero perfectamente ilustrativo: un reseñista hebdomadario de la página literaria o el suplemento cultural de un periódico, a quien le pagaran sus reseñas una a una y publicara cincuenta y dos al año, estaría dedicando casi todo su tiempo a leer y a escribir sobre las novedades editoriales más variopintas y, muy excepcionalmente, sobre alguna obra acaso relevante. Pero, precisamente por este oficio doméstico, estaría dejando de leer a Balzac, Stendhal, Tolstoi, Flaubert, Baudelaire, Shakespeare, Dante, Maupassant, Homero, Platón, Goethe, Montaigne, Pound, Propercio, Sófocles, Maquiavelo, Chéjov, Twain, Wilde, Cervantes, Quevedo (cito absolutamente al azar) y todos estos grandes autores llamados clásicos que ya no pueden darse el lujo de publicar novedades.
Si dicho reseñista hace esto, religiosamente, a lo largo de medio siglo, habrá leído dos mil seiscientos libros y sería —según las tipologías estadísticas de la lectura—, un gran lector (más de veinticinco libros al año) que, sin embargo, ignoraría una buena parte de la cultura literaria menos dudosa o más patente. Este es el problema que ya había advertido Joseph Joubert: que el gran inconveniente de los libros nuevos es que nos impiden leer los antiguos.

Juan Domingo Argüelles. Si quieres...lee. Contra la obligación de leer y otras utopías lectoras. Fórcola, 2009. P. 188.

dijous, 10 de gener del 2019

la bibliotecària mahy


TERESA COSTA-GRAMUNT
La bibliotecària Mahy
El 3 de vuit
(no us sé dir la data; fa poc, això sí)

L'any 2012, a l'edat de 76 anys, va morir a la ciutat de Christchurch, Nova Zelanda, l'escriptora Margaret Mahy.
Nascuda l'any 1936 a Whakatane, Nova Zelanda, aquí a Europa vam conèixer aquesta autora per un fet important dins del món dels escriptors de literatura infantil i juvenil: l'any 2006 Margaret Mahy va rebere el prestigiós premi Hans Christian Andersen.
Margaret Mahy, que va estudiar a la Universitat d'Auckland i a la Universitat de Canterbury, va començar a treballar, l'any 1956, com a bibliotecària escolar a Wellington, dins del sistema bibliotecari de Nova Zelanda. No sempre es dona, però també és veritat que és freqüent que hi hagi bibliotecàries que escriguin i publiquin ja sigui poemes, contes o narracions, i ben sovint dedicades a un públic jove ben conegut per una bibliotecària com és el cas de Margaret Mahy. La bibliotecària Mahy va començar a publicar els seus contes i històries a la dècada dels anys 70 del segle passat. En aquest punt, i segurament a causa de l'èxit obtingut pels seus treballs, Margaret Mahy va abandonar la seva carrera com a bibliotecària per dedicar-se plenament al conreu de la literatura. El seu prestigi com a autora va créixer i no en va l'any 1991 es va crear el premi Margaret Mahy que premia obres per al públic infantil i juvenil.
Ara, i en la bella col·lecció il·lustrada El jardí Secret de Viena Edicions, s'ha publicat en la traducció de Teresa Guilleumes una de les obres més emblemàtiques de Margaret Mahy, publicada l'any 1978. El segrest de la bibliotecària, que s'acompanya d'unes gracioses il·lustracions de Sir Quentin Blake, que fan aquest relat encara més atractiu.
El fet de ser bibliotecària imprimeix caràcter. I aquesta història del segrest d'una bibliotecària per part d'uns bandits (de pega, cal dir a l'inici, i reconvertits en bibliotecaris després), és una veritable obra mestra de Margaret Mahy, ja que no només està ben escrita sinó que l'escriptora hi planteja el valor dels llibres, més encara, el seu poder de transformació.
No puc deixar de recomanar que regaleu aquest llibre a la mainada delerosa d'aventures que en aquest cas posen en valor la intel·ligència del cor aplicada a la vida. I és que, ho sabem els qui estimem els llibres, un llibre —o una bibliotecària, ep— pot canviar-nos la vida.

dimecres, 24 d’octubre del 2018

plaers perdurables


[...] Per aprendre bé una llengua cal llegir la seva literatura. La millor. Allà hi troba la seva plenitud, la seva màxima possibilitat expressiva. Perquè, si bé la llengua serveix per comunicar-nos, per a la relació personal i social, és capaç d’una cosa més alta: la de ser un material transformable en art. És a dir, capaç d’emocionar, de commoure. La literatura fa servir la llengua per crear un món exterior a la llengua, però un món que la necessita. La lectura és la millor manera d’aprendre una llengua. Cal llegir. I cal llegir els grans escriptors d’una llengua per aprendre’n les possibilitats i per descobrir els mons a què ens donen accés. Sense la gran literatura, una bona part de l’experiència humana ens seria impossible. Necessitaríem mil vides per aprendre i sentir allò que amb una dotzena de grans llibres podem conèixer i viure. Llegiu els grans escriptors. No us faci por. Sigueu atrevits. No perdeu el temps amb la literatura mediocre. I si d’entrada no ho enteneu tot, alguna cosa entendreu que us portarà a no desistir. Cal fer un esforç, sí. Però també cal fer un esforç per a moltes altres coses. Tots deveu estar d’acord que per ser un bon atleta, un bon futbolista, un bon corredor de motos, cal entrenament. Per a la lectura també. I la lectura és molt més important que l’esport. L’esport dura pocs anys. Els cossos es fan vells aviat. La lectura dura sempre. No s’acaba mai. És una satisfacció que dura tota la vida. Un plaer perdurable.
La llengua i les llengües, la literatura i les literatures són fonamentals per a la nostra educació en profunditat. Ajuden els humans a ser seriosament ells mateixos. Les humanitats ens ensenyen a pensar, enforteixen el nostre esperit crític i ens donen armes per exercir-lo. Per això als que manen els fan por les humanitats. Perquè creen persones capaces de dir prou i de dir que no. Llegiu, llegiu els clàssics de tots els temps. No us en penedireu…

Narcís Comadira. Llegir. Ara. 22|4|2017.

dijous, 10 de maig del 2018

llegir els millors llibres (i a fons)


JORDI NOPCA
Llegir els millors llibres (i a fons)
Ara llegim 5|5|2018

‘La literatura admirable’ proposa tornar a llegir una cinquantena de clàssics de la literatura occidental a partir d’articles amens i rigorosos escrits per especialistes. Arrenca amb el ‘Gènesi’ bíblic i arriba fins a ‘Lolita’, de Nabokov. Entremig queden, entre d’altres, ‘Hamlet’, de Shakespeare; ‘Il·lusions perdudes’, de Balzac; els contes de Txékhov, i ‘El gran Gatsby’, de Francis Scott Fitzgerald.
“Els clàssics no es llegeixen perquè s’hagi de fer o per respecte: només per amor”, argumentava l’escriptor Italo Calvino en un article publicat per primera vegada l’any 1981 i que va fer la volta al món. L’autor d’ El baró rampant hi recordava que el que és realment important dels clàssics és que les lliçons que transmeten no caduquen. “Quan algú diu que un autor clàssic és el que es llegeix molt, sempre apareix algú altre molt modern que respon que també els bestsellers dels nostres dies són enormement llegits -explica Jordi Llovet al pròleg de La literatura admirable, que inclou 54 assajos sobre llibres que han enriquit la humanitat i segueixen fent-ho-. La qüestió és saber quants segles trobaran lectors aquests bestsellers. Van ser molt llegits, i molt més que Flaubert, autors contemporanis com ara Paul Bourget o Paul de Kock. Qui se’n recorda? Qui acut als seus llibres, si és que els troba?”
El professor Llovet recorda unes paraules en llatí que van fer fortuna durant l’Imperi Romà: non multa, sed multum. “No convé llegir gaires llibres, sinó pocs -els millors, si és possible- i a fons”, afegeix. El volum publicat per Pasado & Presente proposa una tria entre els milers de novel·les, poemes, contes i memòries que han fet una aportació destacable al panorama literari. Se cenyeix a la tradició occidental, que ha donat al món sencer “una literatura de gran valor”, i aquest valor “no va ser vigent únicament en el moment que es van publicar els llibres respectius, sinó que inclou totes les generacions del passat, el present i l’esdevenidor”. Llovet adverteix que no ha pretès fer “un cànon literari”, tenint present El cànon occidental, que Harold Bloom va publicar el 1994, i desmarcant-se’n. El nord-americà hi llançava una profecia: la literatura tenia els dies comptats per culpa de l’auge dels estudis culturals, els feminismes, el postcolonialisme i la crítica literària influïda pel marxisme, que englobava sota el paraigua d’“escoles del ressentiment”. El cànon de Bloom “privilegiava la literatura anglesa i Shakespeare més que a ningú altre”, recorda Llovet. Entre els 26 autors que escollia com a centrals en la configuració del cànon hi havia Dante, Cervantes, Emily Dickinson, Lev Tolstoi, Freud i Virginia Woolf. Els dos autors més joves eren Pablo Neruda i Samuel Beckett, nascuts el 1904 i el 1906, respectivament.

EL TEMPS CLÀSSIC
De la Bíblia a l’obra pionera de la literatura fantàstica 

La literatura admirable desplaça el focus d’interès dels autors cap a les obres, i té un abast històric generós. Cada text és analitzat per un especialista en la matèria: l’aborda en profunditat -tot i que cada text ocupa un màxim de 20 pàgines-, amb l’exigència de poder satisfer lectors mínimament instruïts.
Arrenca amb la visió de la Bíblia del professor de llengua i literatura hebrees Gregorio del Olmo Lete: “És més que un text o una gramàtica en una llengua més o menys morta, antiga: és una realitat palpitant en el nostre món cultural”. Les literatures clàssiques són representades amb cinc textos més: l’Odissea, d’Homer; Les bacants, d’Eurípides; l’Eneida, de Virgili; les Metamorfosis, d’Ovidi, i les Històries veritables, de Llucià de Samòsata. L’hel·lenista Carlos García Gual explica que és “una obra pionera de la literatura fantàstica” narrada per un viatger que emprèn aventures sovint estrafolàries. Llucià va ser el primer escriptor que va imaginar un viatge a la Lluna: molts segles després en van seguir l’exemple Cyrano de Bergerac -en català, L’altre món és accessible gràcies a la traducció de Martí de Riquer, publicada per Adesiara el 2009- i Rudolph Erich Raspe, que va narrar les peripècies de l’excèntric baró de Münchhausen. 

ÈPOCA DE CAVALLERS
Aventures, amors desenfrenats i subversió festiva 
Un dels grans narradors de l’Edat Mitjana, gràcies al qual es va popularitzar el terme roman (novel·la), va ser Chrétien de Troyes. El cavaller del Lleó obre la segona secció del volum, que es fixa també en l’amor etern entre Tristany i Isolda i en el primer poema modern, la Divina Comèdia, on Dante Alighieri va proposar -al segle XIII- un periple per l’Infern, el Purgatori i el Paradís per part d’un alter ego de l’autor mogut pel “desig i la llibertat”, dos components “essencials de l’ànima humana”, segons escriu el medievalista Rossend Arqués. Els subversius Contes de Canterbury, de Chaucer, i el Decameró, de Boccaccio, mereixen també dos capítols. La literatura catalana apareix per primera vegada amb la Crònica de Ramon Muntaner; l’espanyola arriba més tard, amb La Celestina, de Fernando de Rojas. “No ens captiva per la fidelitat amb què ofereix un possible retrat de la realitat, sinó quan comprenem que ens enganya, que aconsegueix vendre’ns com a reals fets, paraules i idees amb una força i una substància tan singulars que en tenen prou amb ells mateixos: en comptes de copiar el món, l’inventen”, defensa l’hispanista Francisco Rico, que també escriu sobre Lazarillo de Tormes.

CIMS DE LA MODERNITAT
Neix la novel·la: de la ironia del Quixot a la psicologia de Lafayette 
“L’única gran novetat entre el segleXV i principis del XVII és l’emergència de la novel·la en el sentit modern del terme -sintetitza Llovet-: des d’un precedent molt notable com el Lazarillo de Tormes fins al Quixot ”, que representa l’entrada al món “polisèmic, irònic, proteic i transformacional” de la novel·lística posterior. La doctora en literatura comparada Neus Rotger defensa el psicologisme de La princesa de Clèves, de Madame de Lafayette, que “prova de traslladar el model narratiu de les memòries a la ficció en prosa” en una data tan reculada com el 1678.
Pertanyen també a la tercera secció del llibre les Faules de Jean de la Fontaine i altres textos narratius com ara el Robinson Crusoe, de Defoe; Els viatges de Gulliver, de Jonathan Swift, i el Càndid, de Voltaire. Salvador Oliva tria tres de les millors tragèdies de Shakespeare: Hamlet, El rei Lear i Antoni i Cleopatra.

CAP AL PRESENT
Romanticisme, realisme, modernisme... i poques dones 
Més de la meitat de les 720 pàgines de La literatura admirable estan dedicades a analitzar els segles XIX i XX. “L’objectivitat que va presidir, gairebé sempre, la literatura dels segles precedents va derivar, a finals del segle XVIII, cap a un gran fervor per la subjectivitat, la individualitat, les emocions i la sentimentalitat, i un amor il·limitat per la natura”, exposa Llovet. El romanticisme dels Cants de Giacomo Leopardi i les Balades de William Wordsworth precedeixen l’esclat del gran realisme, representat al volum gràcies a Els papers pòstums del club Pickwick, de Charles Dickens, i Il·lusions perdudes, d’Honoré de Balzac. Charlotte Brontë, amb Villette, és l’única escriptora escollida de tot el segle XIX. Del segle XX només hi ha, incomprensiblement, Al far, de Virginia Woolf, al costat d’una dotzena d’homes, entre els quals hi ha T.S. Eliot, Francis Scott Fitzgerald, Jorge Luis Borges, Robert Musil i Marcel Proust.
Entre les sorpreses hi ha l’elecció dels contes de Dublinesos, de Joyce, en comptes de la novel·la Ulisses; El procés, de Kafka, en lloc de les narracions, i Absalom, Absalom!, de William Faulkner, en comptes d’ El soroll i la fúria i Mentre agonitzo. Tanquen el llibre el Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Lolita, de Vladimir Nabokov; Els nostres avantpassats, d’Italo Calvino, i El quadern gris, de Josep Pla, la segona i única aportació escrita originalment en català a la tria de Jordi Llovet.


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P.S.: Pel que fa a la coberta, vegeu també Busca les diferències.

dimarts, 13 de març del 2018

clásicos latosos (3)


KIKO AMAT
Ni Joyce sabía de qué iba su ‘Ulises’
Babelia | El País
9|3|2018

“Hay muchas razones por las cuales la gente cree que hay libros que “deben” leerse”, afirma Mikita Brockman en Contra la lectura, “pero sospecho que (…) pueden resumirse en inseguridad intelectual, esnobismo, temores residuales de clase, egoísmo y una especie de folclore supersticioso arraigado en la tradición”. Ya ven que el concepto de “placer” está ausente del listado. El deseo voraz de leer un clásico “obligatorio” es tan raro como un antojo de escarola en plenos munchies. Uno acude a los clásicos canónicos por culpa y compromiso, sin esperanza de diversión, igual que a misa del gallo. Es una paradoja. A nadie se le ocurriría escuchar música pop para no pasarlo bien (exceptuando a los siniestros, de acuerdo). El arte, por norma general, no sirve ese fin.
Y sin embargo, aquí tienen a Ulises, la segunda novela de James Joyce. Un libro que solo puede leerse sufriendo. Y déjenme decirles, amigos míos, que (invirtiendo la máxima churchilliana) nunca tantos sufrieron tanto por tan poco.
James Joyce nació en Dublín en 1882. Sobrevolaremos raudos su biografía porque, al contrario que Herman Melville, el autor tuvo la nariz metida en libracos durante toda su vida. Solo levantó la cabeza de sus polvorientos tomos para casarse, ponerse pedo e insultar a los nacionalistas irlandeses (y luego huir del país). Sí: Joyce es el perfecto escritor para críticos. A los intelectuales de la cultura oficial les encanta dejar caer nombres como Jack London o Mark Twain, pero en realidad sienten un molesto hormigueo al pensar en el talante proletario y buscavidas de aquellos hombres de acción (y sus novelas, tan populares y divertidas).
Joyce, por el contrario, solo estudió y escribió. Era un purasangre académico, con un currículum más lineal que el de Harold, mi erizo casero (nacido en cautividad). La mayoría de cronistas le pintan como el repelente levanta-dedos de la clase, gafudo y empollón. De los jesuitas fue a la universidad y de ahí a dar clases y soltar filípicas. Ni azada, ni revólver ni inmunda escobilla de váter ensuciaron sus delicadas manos [1]. Nuestro amigo, cada vez más hogareño, bibliólatra y temeroso (de los perros, las tormentas, los caballos y tal vez incluso su ropa interior), se mudó de ciudad europea a ciudad europea, conociendo solo a los fulanos más funestos de cada destino (Ezra Amo a Hitler Pound, WB Odio a la clase obrera Yeats, el envarado Wyndham Lewis…) y, suponemos, encargando comida a domicilio para no mezclarse con la plebe. A lo largo de su vida estallaron dos guerras mundiales, pero a JJ le pillaron fuera, y saltaba el contestador (de la Gran Guerra solo comentó: “Ah, sí, he oído decir que hay una guerra por ahí”). JJ murió en 1941 en Zúrich, ciudad neutral (cómo no), de una peritonitis. Su fantasma, sin embargo, sigue atormentándonos gracias a los críticos literarios, que lo sacan a relucir cada vez que de un texto no se entiende un pijo.
Ese, por supuesto, es su principal problema (o atributo, si ustedes son críticos-con-pipa). Sí: Ulises es un galimatías, simple y llanamente. Leerlo me recordó a la cascada de sinsentidos que escupían por la calle los locos de mi pueblo: lo que los manuales de psiquiatría definen como “ideación delirante y clínica alucinatoria no coherente”. No: la coherencia o la inteligibilidad no eran su fuerte. Y asimismo hay técnica en su locura. Podríamos decir, de hecho, que esta novela es solo técnica. Mikita Brockman dijo de Finnegans Wake que “el estilo está estructurado de manera deliberada para llamar la atención sobre sí mismo”, y lo mismo puede aplicarse a Ulises. Estilo en estado puro, y a la historia que la zurzan. Después de todo solo el vulgo se interesa por cosas mundanas como sentimiento y trama.
A lo largo de 717 páginas el autor se sirve de lo que él llamaba “palabra interior” [2], así como citas, referencias clásicas, intertextualidad, parodias y sátiras (de obras ignotas), crítica literaria, el callejero de Dublín (edición siglo XIX), palabros, latinajos, jerga, exclamaciones HM (Histeria Manuscrita), palabras soeces [3] y un sinfín de figuras retóricas para construir una historia que nadie entiende. “Vivan las cosas que no hay que explicar”, cantaron aquellos, y Ulises no era una de ellas. Esta novela es como un museo de expresionismo abstracto: necesitas al guía susurrando en tu oreja todo el rato, de otro modo solo ves lienzos con vomitonas. La “palabra interior” de JJ no incluye pistas sobre las conexiones, citas o personajes que aparecen de la nada para esfumarse de igual modo, como hermanos gemelos malvados en una telenovela venezolana. El lector se halla, página tras página, con el proverbial culo al viento. Sin asideros ni faros antiniebla. Perdido, siempre perdido. Y con una jaqueca atroz.
Solo existe una forma de entender qué farfulla Joyce en Ulises, y es hincando los codos cual estudiante de medicina (¡oh, no!). El escritor recomendaba familiarizarse con La Odisea antes de atreverse con su novela, y otros críticos sugerían leer obras previas del autor como Dublineses y Retrato de un artista adolescente. Tampoco está de más, según he podido comprobar, empaparse de historia de Irlanda desde la guerra de las Galias, tener a mano un diccionario de slang antañón, un Latín-Francés-Español robusto y, a ser posible, un submarino microscópico con máquina del tiempo para viajar a 1921, al interior de la mente del autor, y así estar seguros de que no se nos escapa nada. José María Valverde, quien tradujo y anotó la edición de Lumen, llama a todo esto “apoyatura informativa”, y se apunta a la fiesta con un extenso semblante biográfico del autor, así como 25 páginas de explicación por capítulos. Nada de esto suena muy invitante. Si Joey Ramone llega a exigir que su público tuviese “apoyatura informativa” estaría aún muerto de asco en un sótano de Queens. Joyce, lejos de avergonzarse por sus demandas, se jactaba de que había escrito aquella cosa “para tener ocupados a los críticos 300 años”, y reclamaba, como un niño adicto a la atención, que el lector dedicara “una vida entera” a leer sus obras.
En todo esto no les he hablado del argumento de Ulises porque, ya lo habrán intuido, es irrelevante “como televisor en luna de miel”, que decían en Un cadáver a los postres. La novela narra un día en la vida de tres personas. Leopold Bloom es lo que Joyce imaginaba que debía ser un hombre común, pues es lícito sospechar que jamás había hablado con uno. John Carey habla por ello de la perversa “duplicidad” de Ulises: un retrato supuestamente fiel del “hombre de la calle” hecho ininteligible para ese mismo hombre (o todo para el pueblo pero sin el pueblo). Por añadidura, Joyce se mofa de Bloom: critica su plebeyo gusto lector, sus aficiones de patán. Como el pijo que lleva al Up & Down a su primo pobre de pueblo, Joyce le invita a la novela para mirarle por encima del hombro y reírse de sus J’Hayber.
Los otros dos personajes son Molly, esposa de Bloom, y el joven Stephen Dedalus (estudiante pedantuelo e insufrible, dado a declamar sin provocación previa [4]). Los tres hablan, comen, piensan y “flanean”, de un amanecer al siguiente. Ya está. No combaten contra mortífagos ni amaestran dragones, ni siquiera pequeñitos. Si a ustedes no les salen las cuentas (24 horas-717 páginas) no se preocupen, porque, como ya les he dicho, no se trata de eso. Jamás sabremos si hubo una historia ahí, debajo de las capas de erudición celulítica, pues no sobrevivió al Tratamiento Joyce: un pesticida de culteranismo y rimbombancia que mataba todo gozo y todo impulso.
Se lo ilustraré con un símil moderno: imaginen que Matt Groening decide lanzar Futurama, pero con comentario obligatorio para cada referencia cultural o histórica. Además, al empezar a grabar se vuelve loco y empieza a sonar como un cineasta estonio de arte y ensayo. Gangoso. Aquejado de una rara modalidad de glosolalia que consiste en hablar lenguas desconocidas en pentámetro yámbico. Y pongamos que Groening, ahora cineasta estonio tartamudo (acabo de decidir que lo era, además de gangoso), se cansa de comentar la serie, y sin previo aviso, a mitad de capítulo, empieza a leer el listín telefónico de Tallin, el Manual Completo de Mitos Griegos y la Biblia. Y a ratos, una lista exhaustiva de sus compañeros de estudios desde P3. Y los nombres de los padres, del claustro escolar de cada curso y de toda la AMPA. Y un nutrido bloque de bromas privadas que solo puede comprender un antiguo compañero de piso llamado, pongamos, Heino Ivanov. Fallecido. Y pongamos también que de repente Groening Cineasta Estonio Afónico (una corriente de aire traicionera había sumado afonía a la gangosez y el tartamudeo) se aburre del capítulo real, y lo apaga, dejando solo su comentario en crudo. Y el comentario se extiende durante horas, y horas, y horas, mucho más allá de los treinta minutos de metraje original, hasta tal punto que la historia nuclear desaparece por completo, y solo queda el autor, hablando para sí mismo, sin ninguna ambición de comunicar o emocionar o divertir. Solo él, allí, dando la chapa y dándose aires.
Pues bien, eso es Ulises. Pónganlo en su pipa y fúmenselo, si les van esas cosas.
Lo verdaderamente malévolo de Ulises es que es un libro inmunizado contra esa lectura en diagonal que de tantos bretes decimonónicos nos ha sacado. No hay forma de saltar las partes aburridas o sobreras o folletinescas o experimentales, pues todas lo son, a veces durante capítulos enteros. El capítulo 3, un simple paseíto de Stephen Dedalus por la playa de Sandycove, es la excusa perfecta para que Joyce nos endilgue veinte páginas de patatús lírico y “palabra interior”. De este jaez:
“Ineluctable modalidad de lo visible: por lo menos eso, si no más, pensado a través de mis ojos. Las signaturas de todas las cosas estoy aquí para leer; huevas y fucos marinos, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platazul, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano. Pero añade él: en los cuerpos. Entonces, se daba cuenta de ellos, de los cuerpos, antes que ellos coloreados. ¿Cómo? Golpeando con ellos la mollera, claro. Despacito. Calvo era y millonario, maestro di color che sanno. Límite de lo diáfano en. ¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. Si se pueden meter los cinco dedos a través suyo, es una verja; si no, una puerta. Cierra los ojos y ve”.
Les escucho carcajearse. Alguno en las últimas filas incluso ha cantado lo de Despacito en modo reguetón. Es una reacción común, no se inquieten. Quiero que comprendan que si este fragmento resulta hilarante no es porque esté sacado de contexto. Todo el libro suena así. O peor. El propio JM Valverde, con palpable desánimo, recomienda saltarse entero el capítulo 9 (una disquisición de Dedalus sobre todas las obras de Shakespeare que les acercará al concepto de eternidad) y, con la boca pequeña, añade que el capítulo 14 —escrito en forma de parodia encadenada de todos los estilos de literatura inglesa— “no deja de tener algún interés” para el lector hispano. Algún. Santo cielo, gracias por los ánimos, JM. ¿Cómo se supone que tenemos que llevar nosotros a buen puerto la lectura de este artefacto, si su fan #1 y máximo valedor casi nos está confesando que está hasta el moño de él?
Pero hay más. En el capítulo 12 entra un narrador sin nombre que luego se larga sin haberse presentado. El 17 está escrito en forma de catecismo (Joyce, sin ironía alguna, lo definió como “una sublimación matemático-astronómico-físico-mecánico-geométrico-química de Bloom y Stephen”). El 10 son diecinueve descripciones de personajes menores paseando por Dublín, sin razón aparente. Y el 18, el definitivo Fuck You al lector, es un monólogo interior sin puntuación. De cuarenta y cinco páginas.
No parece que quede mucho más que añadir. Lean Ulises si lo desean, pero sepan que en cada página encontrarán párrafos como el que sigue (les invito a leerlo en voz alta para sus amigos):
“Sus labios labiaron y boquearon labios de aire sin carne: boca para el vientre de ella. Entre, omnienventrador antro. Su boca molde moldeó aliento que salía, inverbalizado: uuiijáh: rugido de planetas cataráticos, globados, incandescentes, rugiendo allávaallávaallávaalláva. Papel”.

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[1] En 1904, por eso, se presentó a un concurso de canto y ganó el tercer premio. Abandonó el escenario en plena rabieta, pues estaba en desacuerdo con algunas reglas del premio.
[2] Tuvo que inventarse un neologismo pedante para no utilizar “corriente de conciencia” o “monólogo interior”, que eran los términos aceptados.
[3] Sí: hay salacidad a destajo en Ulises. Vaginas, onanismo, ventosidades. Pero ustedes no disfrutarán nada de esto, porque está sepultado entre párrafos de jerigonza inexpugnable.
[4] Posiblemente autobiográfico.

diumenge, 11 de febrer del 2018

el clàssic redescobert



Tom Gauld. En la cocina con Kafka. Traducció de Carlos Mayor Ortega. Salamandra Graphic, 2018.
[Font: Damià Gallardo‏ @DamiaGallardo]

dimarts, 16 de gener del 2018

a propòsit dels clásicos latosos d'en kiko amat


[La prèvia. Tot ve d'aquí]

IGNACIO ECHEVARRÍA
Preferiría no hacerlo
El Cultural | El Mundo
12|1|2018

La perfecta idiotez se ignora a sí misma. ¿Un ejemplo? El título puesto por Kiko Amat a la primera entrega de su prometedora serie “Clásicos latosos”, en Babelia. Allá va: “¿Por qué estamos obligados a leer un tostón como Moby Dick?”.
Reparen, por de pronto, en la infantiloide perspectiva de quien se siente “obligado” a leer un libro, cualquiera que sea, como si se tratara de los deberes de clase. Y puesto que en términos de clase se piensa (de clase de infantes, quiero decir), la idea de que la obligación se nos impone a todos, niños y niñas, listos y tontos. 
Luego, ya de partida, ese calificativo, “tostón”, tan informal, tan de niño travieso (la gorra de béisbol con la visera al revés) que en lo que está pensando es en salir por fin al patio a corretear e intercambiar los cromos que, pasados los años, ilustrarán con estética pop su memoria sentimental, nutrida de tiras cómicas, marcianitos, teleseries, comecocos y discos ochenteros.
Si el lector, intrigado por la “desafiante” pregunta, cede a la tentación de leer la respuesta que su autor propone, descubrirá que, lejos de tratarse de una broma más o menos provocadora, el artículo constituye un serio y esforzado intento, por parte de una inteligencia miope, de desmontar el crédito que a Moby Dick atribuyen “Wikipedia y mucha otra gente, en su mayoría profesores universitarios”. Ay, esos profesores...
Y es que, jo, la novela es muy gorda, y demasiado larga. No se entiende muy bien lo que quiere decir. Además, está llena de digresiones (o como se diga) y habla de un montón de cosas que no nos interesan. El capitán Ahab es un buen personaje, vale, pero Melville no lo deja expresarse, ¡no lo deja hablar! Y lo peor de todo: la maldita ballena blanca no sale hasta el final, con lo que la travesía del libro se hace aburridísima...
Este es el nivel de argumentación del artículo, más o menos, para que se hagan ustedes una idea. 
Pero que un moderniki más o menos profesional haga ostentación e industria de su propia indigencia como lector no deja de ser excusable, o por lo menos comprensible. Lo alucinante en este caso viene a ser que la iniciativa de dedicar toda una serie a disuadir de la lectura de libros clásicos se ofrezca avalada y promovida por un suplemento cultural.
La conveniencia de incentivar y promover la lectura suele ser la razón con que suele justificarse, desde el entorno de los suplementos literarios, el escasísimo caudal de críticas negativas que éstos contienen, así como el evitamiento de toda polémica de cierto calado, como no sean las que excitan el morbo de los lectores, siempre por la vía del escándalo. Tanto más irritante resulta, siendo así, que se halague la cortedad y la molicie de los lectores más horizontales reafirmándolos en sus prejuicios más imbéciles.
“Kiko Amat hace un resumen de algunas de esas grandes obras de la literatura que seguro que ustedes no tienen intención de leer”, reza, con simpática complicidad, el sumario de la primera entrega de “Cásicos latosos”.
Con magnífica ironía, Luis Magrinyà replicaba en su cuenta de Twitter: “Fuentes fidedignas confirman que se han vuelto tan tan tan osados que los próximos clásicos latosos van a ser Corazón tan blanco, Sefarad y Bartleby y compañía”. 
Tendría sin duda mucho más interés -y bastante más riesgo, por supuesto- que el celo iconoclasta de Kiko Amat se dirigiera hacia títulos como ésos. Pues no da la impresión de que, puestos a disuadir de la lectura de según qué libros frente a otros, sean obras como Moby Dick las que reclaman este servicio con más urgencia. O quizá sí, a la vista del número incesante de libros inanes que, desde las páginas del mismo suplemento, son calificados una semana tras otra con los adjetivos más superlativos.
“¿Conviene leer los clásicos? Más aún: ¿conviene leerlos hasta el final?” He aquí la gran pregunta con que, en su cuenta de Facebook, El País promocionaba la nueva sección de Kiko Amat. 
Una de esas preguntas que retratan a quien las hace. Ya no digamos al alumno que, todo contento de sabérsela, levanta la mano para contestar. 

dimarts, 19 de desembre del 2017

clásicos latosos (I)


KIKO AMAT
¿Por qué estamos obligados a leer un tostón como ‘Moby Dick’?
Babelia | El País
15|12|2017

Moby Dick es “uno de los libros fundamentales de la historia de la literatura universal”[1]. Se publicó en 1851 y, pese a representar un rotundo descalabro comercial para Herman Melville, también le consagró (con los años) como uno de los padres de la novela literaria moderna (en su modalidad académico-impenetrable). Melville fue pionero de varias cosas, como inventar el peinado hipster o lastrar los escritos con alusiones literarias hasta que se hundían en el fango. Melville, a la sazón, se hundió del mismo modo que esta novela, así que tal vez no proceda colocarle el pie en la glotis. El pobre hombre terminó sus días ignorado, obsoleto, gruñendo a los sirvientes, abucheado en conferencias, reñido con Hawthorne y, peor de todo, escribiendo poesía. Su legado no cambiaría de signo hasta que su cuerpo empezó a convertirse en fertilizante y una extensa legión de discípulos post mortem, aún más pomposos que él pero igualmente incontinentes, rescató su obra del olvido.
Procede admitir que Moby Dick es una GRAN novela, del mismo modo que el Titanic era un GRAN barco. Desde luego es sobrecogedora y quita el aliento, como una montaña tibetana que no estamos seguros de poder conquistar sin que perezcan sepultados la mitad de los sherpas. Moby Dick es el castillo escocés, envuelto en almenas redundantes y repleto de corrientes de aire, cuyo volumen puedes admirar por un segundo entre la neblina pero al que jamás te mudarías. Todo en él es desmesura, empacho e incordio. Posee la gravedad irrespirable de un planeta hostil. Moby Dick no es un libro somnífero, eso es cierto, pero solo porque es demasiado irritante. Leerlo es como escuchar un discurso de Fidel Castro, si el líder cubano hubiese sido maldito con una estridente voz de pito: un tono que detestas, con chirrido de dientes añadido, y que durante ocho horas impide que puedas siquiera descabezar un breve sueñecito.
La novela empieza con más de 80 citas, lo que ya nos alerta de la incapacidad patológica de Melville para la concisión. Dejando de lado mi teoría de que, a más citas, peor novela (las citas buscan compensar el bodrio que va a caer), está lo de tratar al lector de memo, de buenas a primeras y sin antes haber sido presentados. Melville se fía tan poco de nuestro coeficiente intelectual que a modo de primera cita coloca una descripción de diccionario de la palabra “ballena”. Su acción se asemeja a la de un cómico que nos describiera con gran detalle la composición química del metano antes de contar un chiste de pedos. Destruye el propósito inicial y nos arranca de cuajo las ganas de leer, antes incluso de empezar con la primera página.
Moby Dick es largo. Muy largo. Criminalmente largo. Ya lo habrán comprobado por la lista de contusiones que provoca su lanzamiento a cara ajena. Pónganlo de perfil y observen sin temor al monstruo: la edición de Clásicos Universales Planeta se extiende durante 619 páginas. 620 si incluimos el traicionero epílogo de una página que se halla al volver la última (Melville consideró que aún le quedaba algo por decir; estoy convencido de que escribió el epílogo en el carromato, camino de la imprenta). Pero la cantidad de resmas de papel utilizadas no es, en sí misma, un obstáculo para finalizar una novela. He leído tochos que pasaron en un suspiro. El Papillon de Henri Charrière tiene, en la edición que poseo, 690 páginas, pero uno ni se da cuenta y lo ha terminado. Moby Dick no. En Moby Dick cada página duele, como el movimiento de un péndulo que nos acercase, tictac a tictac, al cadalso.
Una de las razones de esa farragosa lectura es, sin duda, la digresión. Algunos malintencionados críticos ingleses llaman a Jonathan Coe el “rey de la digresión”, pero les garantizo que, al lado de Melville, Coe no es el rey, ni siquiera el príncipe; es un mero mozo de letrinas. Uno no sabe lo que es irse por las malditas ramas hasta que lee Moby Dick. Melville se entronca en reminiscencias kilométricas a la mínima de cambio, un poco como el abuelo Simpson. El autor, según parece, padecía de esa rara disfunción del lóbulo frontal por la cual todo recuerda a algo; cada objeto es un símbolo de otra cosa. Un símbolo, por añadidura, que a menudo resulta asaz oscuro para el lector moderno: “Aquel quinqué le hizo pensar en la pascalina de su abuelo. Tenía forma de fundíbulo, del tipo que utilizaban en el imperio de Trebisonda” [2]. Dios del cielo. Modernízate, Melville. O tu arcaico mascullar resultará intraducible para la gente del futuro.
Para mayor perversidad, el autor coloca sus fugas y remembranzas seniles en los momentos más inoportunos. Un ejemplo entre muchos: tras el capítulo XLI, 'Moby Dick', uno de los más memorables y apasionados, viene el XLII, 'La blancura de la ballena'. En él, y a lo largo de diez páginas, Melville alcanza a meditar extensamente sobre la blancura como concepto, aventura hipótesis abochornantes sobre “el señorío ideal” del hombre blanco sobre “todas las tribus oscuras” y lista, durante cuatro páginas llenas de palabras de margen a margen, todas las cosas blancas que le vienen al magín, tanto de índole positiva (corceles blancos, albatros, “mármoles, cornelias y perlas”…) como repelentes o peligrosas (hombres albinos, tiburones blancos, etc.). Es como estar encerrado en un ascensor con Rain Man.
Resulta exasperante, aunque la intención era buena. Para empezar, al contrario que muchos escritores actuales que vienen del linaje universidad-periodismo-literatura-muerte, Melville había vivido mucho y tenía más batallitas en su haber que un viejo lobo de mar. Era un viejo lobo de mar, de hecho. El típico vejete tatuado en camiseta imperio que toca el acordeón en la tasca portuaria, tiene habitantes en la barba y entretiene a los borrachos con enrevesadas trolas sobre krakens, sirenas o atunes parlantes.
Su gozo del rollista, inseparable de la condición de ballenero jubilado, venía azuzado por esa pasión didáctica tan típica del XIX. Sí: Melville quería la escolarización universal. Anhelaba enseñarnos aunque fuese a hostias, como un maestro anticuado en una escuela de pueblo. A mitad de una trepidante escena de caza que es todo arpones, sangre y blasfemias navales, y que nos tiene en vilo, Melville se ve empujado a remachar el punto y aparte más inconveniente de la historia, y continuar de este jaez: “Una palabra o dos sobre este asunto de la piel o grasa de la ballena. Ya se ha dicho que se le arranca en largas piezas…”. El lector avezado ya habrá intuido que, en el caso de Melville, esas palabras son como el grito que avisa de la llegada de los vikingos: una señal para que abandonemos toda esperanza de seguir con la aventura y nos preparemos para cuatro páginas de antropología, deontología, etnografía e historia de la pesca desde que el primer hombre de Neandertal ensartó por error una trucha en un palitroque.
“La alusión a los marcados y palos de marca en el último capítulo”, avisa, dejando a un lado el acordeón y mirando al infinito mientras se atusa la barba, algo más adelante, “obliga a alguna explicación sobre las leyes y reglas de la pesquería de ballenas”. Uno casi puede escuchar el suspiro de frustración de los alumnos, que ven cómo la hora de recreo ha sido sustituida por un examen final de álgebra. Melville, salta a la vista, no cesará hasta que nos sepamos de memoria la legislación de la Comisión Ballenera Internacional. Un capítulo entero, el titulado 'Cetología', ni siquiera trata de disimular su condición de tratado con un par de diálogos o la aparición de algún grumete con mutilación pintoresca. No: es solo ensayo. Con muchas cifras. Moby Dick es el coitus interruptus más prolongado de la literatura.
Y entonces está lo del desaprovechamiento criminal de uno de los mejores personajes de ficción de todos los tiempos. Hablo, por supuesto, del capitán Ahab. Aquellos de ustedes que no hayan leído Moby Dick tal vez asuman, por el peso que el nombre de Ahab acarrea en la cultura universal, por su calidad de arquetipo e icono, y por su aparición en un inolvidable capítulo de Futurama, que el capitán loco pasea por más páginas que el resto de personajes. Por puro sentido común, vamos. Si yo fuese el escritor de Moby Dick me aseguraría de que ese fulano quien, con ojos de orate, escupe cosas como “¿Desviarme? No me podéis desviar, a no ser que os desvieis vosotros (…) ¿Desviarme? El camino hasta mi propósito fijo tiene raíles de hierro, por cuyo surco mi espíritu está preparado para correr (…) ¡Nada es obstáculo, nada es viraje para el camino de hierro!”… Me aseguraría, como decía, de que alguien con esa boquita apareciese todo el rato.
Melville, por el contrario, se ocupa de impedir que Ahab aparezca más, como un director del viejo Hollywood saboteando a un actor comunista de la lista negra. ¿Se imaginan que Jesús en el Nuevo Testamento solo realizara un pequeño cameo hacia el final, como mercader de burros o acarreador de jofainas? Esa es la política Melville en lo tocante a Ahab. Y eso que, cuando aparece, suelta las mejores frases. Pero Melville le debe tener ojeriza, porque casi no puede esperar a cortar sus formidables soliloquios dementes para permitir la entrada de algún personaje secundario: Stubb. Flask. Starbuck. Pip. Ismael. Tashtego. Quiqueg. Incluso el “tercer marinero de Nantucket”, quien —como habrán observado— es tan menor que Melville ni se molesta en darle nombre. Todos hablan, beben, afianzan los trinquetes o expulsan ventosidades en el preciso momento en que su patrón abre la boca. Todos interrumpen al capitán a placer con plúmbeas observaciones náuticas o pequeñas remembranzas domésticas. Por el amor de Dios, hay momentos en que incluso Moby Dick, que por su condición cachalotesca solo emite bufidos indescifrables, parece tener más líneas de diálogo que Ahab.
Y ya que hablamos de cachalotes. En honor a la justicia quizás la novela debería llamarse 100.000 cachalotes anónimos (y un poco de Moby Dick). Pues el libro está plagado de cetáceos sin carácter ni rasgos diferenciales, que aparecen a centenares para ser arponeados y desollados, mientras Moby Dick, el mismísimo Leviatán, resulta más caro de ver que J. D. Salinger tras su mudanza a Cornish. Uno puede llegar a entender que, como en Alien: el octavo pasajero, se mantenga al monstruo en la semipenumbra para potenciar el intríngulis, pero Melville lleva el sistema a un extremo demencial. Es difícil imaginar una versión de Colmillo Blanco poblada casi exclusivamente por pequineses y chihuahuas, y donde el majestuoso semi-lobo que da título a la novela solo sacara el hocico en las últimas páginas, y de pura chiripa. Moby Dick es como un Das Boot con los submarinos en dique seco hasta los últimos diez minutos, o un Harry Potter que decidiese permanecer en casa de sus familiares muggles y no matricularse en Hogwarts hasta el libro octavo.
Ustedes se preguntarán, tras todo lo expuesto, por qué alguien querría leer Moby Dick de principio a fin, deteniéndose en todos los exasperantes apartes, notas al pie y mortíferas filípicas. Si incluso José María Valverde, el paciente caballero que en 1992 tradujo, introdujo y anotó la edición de Clásicos Universales Planeta, advierte en la contraportada de que el lector se quedará “algo aturdido” por su “larga navegación” lectora. Valverde utiliza un eufemismo, claro. Pues Moby Dick no aturde, noquea. Induce al coma. Hacia la página 200 al lector ya le ha brotado un tumor en la frente del tamaño de un melón cantalupo. Ese fárrago cementoso en forma de novela es imposible de cruzar, o vadear (si no es abandonándolo), sin perder la salud y la cordura, tal vez incluso ambas córneas.
Quizás ha llegado la hora de que admitamos que algunas novelas están anticuadas hasta la casi completa ilegibilidad. Después de todo, no intentamos volar en el “tornillo aéreo” que Leonardo da Vinci proyectó en 1488. Algo así sería un disparate. Nos limitamos a frotarnos el mentón mientras admiramos, algo escépticos, los planos originales. La misma perspectiva puede aplicarse a la novela de Melville: tan admirable y avanzada en su tiempo como superada y hermética hoy.

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[1] Según Wikipedia. Y mucha otra gente. En su mayoría profesores universitarios.
[2] Me he inventado esta frase para ilustrar mi tesis.


dimecres, 22 de novembre del 2017

la biblioteca ideal


JORDI LLOVET
La utopía de las bibliotecas ideales
El País | Babelia
18|11|2017
La democracia diluye los dogmas y el canon cambia según las épocas y los lectores. Siempre fue así. Hubo un tiempo en el que Tennyson merecía más espacio en las enciclopedias que Flaubert

Preguntarse hoy por una “biblioteca ideal” resulta casi una utopía, además de un anacronismo: este es el daño que le ha hecho a la producción literaria la mercadotecnia y la falta de un conocimiento consolidado por parte del lector común en materia de literatura.
Es posible que en la Grecia del siglo V existiera algo así como una “biblioteca ideal”, como lo atestigua la colección, perdida en buena parte pero documentada, de la biblioteca de Alejandría. Salvo en casos de pérdida irremisible de muchas obras de la antigüedad, aquella biblioteca helenística debió de poseer lo que la tradición había llegado a considerar la gran literatura en lengua griega. Sucedió lo mismo en Roma, cuyos “rollos” de escritura, aun cuando fuesen de una calidad literaria menos homogénea que la griega, demostrarían que los rétores, los gramáticos y los filósofos tuvieron claro qué era lo que podía considerarse ideal —de acuerdo con baremos religiosos, estéticos, políticos y didácticos—, y qué debía ser considerado non classicus, es decir, de poca categoría.
También en la Edad Media resultaron vigentes varios criterios, además del que concibió el de Aquino, tan aristotélico —ad pulchritudinem tria requirintur: integritas, consonantia, claritas—, para considerar qué era lo bueno, o lo ideal, y qué lo secundario, gracias a la autoridad de la compleja red de valores propia de los largos siglos tardorromanos, y luego neolatinos, basada primero en la teología cristiana, y luego en el no menos poderoso código —a partir del siglo XII—, de la sociedad caballeresca y feudal. La producción de literatura era entonces tan escasa, y se encontraba tan anclada en modelos que, directa o indirectamente, procedían del dogma cristiano, que era poco concebible la creación de poesía, teatro o épica contraria a una ideología y unos mitos que, como la realeza, se hallaban por fuerza impregnados de símbolos y argumentos predeterminados e ineludibles. Las bibliotecas medievales —dejando a un lado los clásicos conservados por las órdenes monásticas y las casas nobles— fueron casi siempre representaciones de un mundo simbólico en el que tenían un papel muy poco significativo las muestras “heréticas”, paganas o no canónicas, de expresión literaria.
Solo a partir del humanismo, o a partir de fenómenos como la invención de la imprenta, el redescubrimiento de la grandeza de las literaturas griega y latina, la consolidación de las lenguas vulgares, la labor de los traductores o el contacto frecuente entre hombres de letras de países muy diversos, solo entonces, y de un modo progresivo, la literatura proliferó de un modo extraordinario; y los marcos conceptuales, o los “campos” de lo literario se volvieron tan distintos, que surgió por vez primera, en nuestra civilización escrita, una enorme disparidad de criterios, de géneros literarios, de asuntos y de públicos lectores u oidores de lo que empezó a constituirse, con mucha entidad y cada vez mayor autonomía, el ámbito universal de lo literario.
A partir de los primeros siglos modernos, el panorama literario presentó tal variedad de formas, de recursos y de regulación estética, que ya entonces podría haberse iniciado la disputa —tan poderosa durante el siglo XVIII— acerca de lo clásico y lo moderno, lo bueno y lo malo, lo ideal y lo rechazable. Cada vez más, escribir se convirtió en un trabajo independiente de nuestra herencia clásica, y los libros, cuando ya eran propiamente los códices asequibles que seguimos usando, respondieron a criterios desgajados de todo dogmatismo, proclives a satisfacer gustos distintos, amigos de la novedad y la singularidad. No cabe duda de que los clásicos grecolatinos, o la propia Biblia, siguieron aquilatando una gran parte de las literaturas modernas y contemporáneas —véase Moby Dick, de Melville, por ejemplo, e incluso Ulysses, de Joyce—, pero esta influencia, en el seno de producciones enteramente libres, pasó a convertirse en solo una referencia de autoridad, un vestigio agradecido del acervo antiguo.
Más varió aún el panorama cuando, en la época posterior a la Ilustración, las literaturas conocieron un despliegue de una osadía fabulosa —así las literaturas del Romanticismo—, los índices de alfabetización se multiplicaron de manera exponencial, y la lectura se convirtió en un hábito cada vez más extendido, más “democrático” y menos sujeto a cualquier forma de mitología colectiva o de dogmatismo teológico. Si todavía en los siglos renacentistas o en el Grand Siècle francés se pudo hablar de una “biblioteca ideal” o de lo que podía ser idealmente la “buena literatura”, parece claro que, entre el siglo XIX y nuestros días, la literatura rebosó por completo los márgenes de la tradición y lo “canónico”; de modo que actualmente no hay casi ninguna instancia que pueda arrogarse el derecho a establecer el listado de lo que llamaríamos “la biblioteca ideal”.
Harold Bloom presentó uno, muy famoso, en su libro El canon occidental, en el que, sin disimulo alguno, privilegiaba a la literatura inglesa, y a Shakespeare en especial, con la más absoluta tranquilidad. Una tarea así resulta siempre inútil, por cuanto existen, en nuestro continente, muchos autores y libros hoy poco leídos, pero de gran categoría, que durante un tiempo ascendieron al canon literario o cayeron de él por razones que suelen ser circunstanciales, ideológicas o partidistas. No hay más que ver la lista de los autores premiados con el Nobel de literatura para darse cuenta de que muchos de ellos subieron al Parnaso del canon literario —como pasó con el parnaso cervantino— para caer de él al cabo de pocos decenios, si no años: véase el caso de nuestros Echegaray y Benavente, o los casos de R.C Eucken (Alemania), W. Reymond (Polonia), o E.A. Karlfeldt (Suecia).
La undécima edición de The Encyclopaedia Britannica (1911, con dos volúmenes complementarios de 1920), en opinión de Borges la mejor edición de cuantas se han estampado de esta enciclopedia ejemplar, apenas sabía en esa fecha quiénes eran Flaubert, Melville o Hölderlin, pero dedicaba a Alfred Lord Tennyson, un poeta de autoridad muy relativa, doce columnas.
Basten estos ejemplos para comprender que las listas de una “biblioteca ideal” pecan siempre de alguna arbitrariedad y suelen tener un valor epocal, refigurado con el paso de los años gracias al número de ediciones y de lectores que puede llegar a poseer un libro, por la entronización de determinados autores a cargo de la academia o de colectivos fanáticos, o por el reconocimiento tardío de ciertos valores que han pasado siglos en el desván del olvido.
La academia, y con ella los programas de enseñanza de la literatura en escuelas y universidades, serían desde hace tiempo la única garantía de conservación de un criterio estético en relación con el mercado y la difusión de productos literarios. Invisible e ineficaz, cada vez más, la autoridad de esas instancias, lo que corresponde es suponer que cada lector posee hoy su biblioteca de excelencias. Así lo apreciaba ya Paul Valéry en una entrada de sus Cahiers, bajo el epígrafe “Obras maestras”: “No es nunca el autor quien hace una obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores, a la calidad del lector. Lector ceñido, con finura, con parsimonia, con tiempo y una ingenuidad armada [...] Solo él puede conseguir la obra maestra, exigir la particularidad, el cuidado, los efectos inagotables, el rigor, la elegancia, la perdurabilidad, la relectura de un libro”. Valéry se refería a lectores muy capaces, como él mismo, pero es posible que, en estos momentos, ni siquiera existan esos finos lectores en términos generales. Por consiguiente, quizá deberíamos suponer que, para el lector común de nuestros días, no exista mejor biblioteca ideal que aquella que él ha leído con placer y que, en el mejor de los casos, en un gesto nuevamente benedictino, conservará en su biblioteca hasta la muerte.


dissabte, 11 de març del 2017

95 anys de la bernat metge


«La col·lecció Bernat Metge de clàssics de la literatura grega i llatina celebra 95 anys, gairebé un segle durant el qual s'han publicat fins a 417 volums amb les traduccions al català d'autors com ara Homer, Plató, Aristòtil, Lucreci, Catul, Sòfocles, Virgili, Sèneca, etc. Va ser Francesc Cambó qui la va crear l'any 1922 sota l'impuls del noucentisme, i d'aleshores ençà no ha deixat mai de sortir. Projectes ambiciosos com aquest situen la cultura catalana al nivell de la francesa o l'anglesa, que gaudeixen de col·leccions similars. Actualment, la Bernat Metge ha deixat de dependre de l'Institut Cambó i s'ha incorporat al projecte cultural SOM, que vol revitalitzar la sèrie amb noves traduccions i preparar el seu centenari de cara al 2022.»

Valèria Gaillard. 95 anys de la Bernat Metge. El Punt Avui. 9|3|2017.




dissabte, 21 de maig del 2016

el llibre essencial de la cultura europea


«En aquest país, quan es parla d’ètica, es produeix una anomalia monumental. I és de tal calibre que no té comparació amb cap dels països del nostre entorn. Fruit d’un concordat de l’Estat espanyol amb la Santa Seu, signat sota el franquisme, que cap govern s’ha atrevit a qüestionar d’arrel, el sistema educatiu ha preservat un lloc privilegiat, difícilment ­justificable en un Estat no confessional, a l’ensenyament de la religió catòlica. I, fruit de les pressions de sectors socials que veien com a excessiva, molt raonablement, aquesta intrusió de l’àmbit de la fe religiosa en l’ensenyament obligatori, en alguns moment s’ha plantejat l’ètica com a alternativa opcional per a aquells alumnes que volien ser dispensats de rebre un ensenyament confessional. Això ha produït l’anomalia a què ens referíem i que fa que, encara en molts contextos, parlar d’ètica sigui referir-se a una cosa opcional, de la qual n’estaria mancada la religió o de la qual en podrien prescindir les persones religioses, i que, de manera recíproca, fora d’aquests àmbits, ­seria considerat de tan poca consistència que, en el sistema educatiu, ben just podria arribar a tenir la consideració d’una maria, és a dir, un contingut ornamental, prescin­dible i innecessari.
Sóc de l’opinió que la, per dir-ho suaument, laxitud moral que caracteritza alguns comportaments en l’esfera pública dels darrers anys, i que han convertit la corrupció, l’endogàmia, el tràfic d’influències i la malversació de cabals públics, per no parlar directament del robatori o del frau fiscal, en la primera preocupació de la ciutadania, tenen a veure amb l’absència generalitzada de la reflexió ètica en la discussió política i amb el lloc subaltern que ocupa en el conjunt de la vida pública.
Pensava en aquestes coses arran de la publicació d’una edició extraordinària, pel seu rigor modèlic, d’un text clàssic del pensament europeu: l’Ètica Nicomaquea d’Aristòtil (Obrador Edèndum). Una peça fonamental de la història de la cultura occidental, sense la qual no es poden entendre moltes de les coses que constitueixen l’entramat d’aquesta cultura i sense la qual difícilment pot copsar-se el millor del que som. No és pas aquí el lloc de justificar-ho, però és difícil no reconèixer, en aquesta edició fabulosa, a càrrec de Josep Batalla, que conté una edició crítica impecable del text grec i una traducció al català que farà història, un esdeveniment editorial absolutament transcendental, només comparable a les edicions que molt poques cultures europees tenen el privilegi de tenir.
L’Ètica Nicomaquea no és simplement un llibre de filosofia. És un dels llibres cabdals del que, durant segles, sense que calgués més aclariment, va ser considerat com “el Filòsof”. A més, entre tots els que va fer, és el que s’ocupa de l’anthrópeia philosophia, és a dir, de la “filosofia de les coses humanes”. Quan Rafael va pintar el fresc L’Escola d’Atenes, aplegant-hi tots els filòsofs grecs, va posar en el centre a Plató i Aristòtil. Plató, ja vell, porta sota el braç el Timeu, i amb un dit de la mà dreta assenyala cap al cel, indicant el caràcter idealista de la seva reflexió. El jove Aristòtil que camina al seu costat, però, estén la mà dreta cap al terra, indicant que, si la filosofia s’ocupa d’alguna cosa, és de la ­realitat que tenim al davant dels nostres ulls. I el llibre que porta Aristòtil sota el braç, precisament, és l’Ètica, recordant, amb això, com tan intel·ligentment va suggerir Rafael, que el que defineix el pensar filosòfic que comença amb els grecs s’ocupa, abans que res i per sobre de tot, de les coses humanes. I, entre aquestes, les que tenen a veure amb l’acció humana, amb allò que els humans proven de fer amb la seva vida, en la solitud dels seus actes i en la vida en comú que defineix a l’ésser humà com un animal polític.
L’Ètica Nicomaquea parla de la felicitat, com a fi suprem de la vida humana, i de l’acció humana com a aspiració al bé propi i al bé comú. No ens diu què hem de fer en concret, cosa que només pot fer cadascú a través de l’anàlisi ponderada de les accions pròpies i alienes, però sí de com cal fer i de què cal ­defugir perquè aquesta aventura, que és la que defineix la dimensió moral de cada vida, pugui orientar-se, de manera lúcida i cons­cient, cap al bé: el bé per a nosaltres i el bé per als altres.
Ho diré, si m’ho permeten, de manera emfàtica: l’Ètica Nicomaquea hauria de ser un llibre obligat en totes les cases decents. I un llibre, a més, no només per ocupar un espai dels prestatges, sinó un llibre per llegir a poc a poc, per tornar-hi de tant en tant i rellegir-lo, per consultar, per pensar-hi, per comentar-lo i per parlar-ne. Ara, amb l’absolutament esplèndida edició d’Edèndum, hi ha la possibilitat, a més, de tenir-lo en una de les millors versions europees d’aquesta obra, i en català.
En la legítima aspiració de qualsevol ­persona a una vida lúcida i íntegra, virtuosa i feliç, és difícil, per no dir impossible, que ­puguin trobar una companyia millor que aquesta.»

Xavier Antich. «El llibre essencial de la cultura europea». La Vanguardia. 9|5|2016.