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dijous, 18 de juliol del 2024

bestiari d'estiu


La mosca


Te tendré que matar de nuevo.
Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima,
en Cristianía,
en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos,
en el burdel, en la cocina, sobre un peine,
en la oficina, en esta almohada
te tendré que matar de nuevo,
yo, con mi única vida.



Julio Cortázar. Papeles inesperados. Alfaguara, 2009.

 

dissabte, 20 de març del 2021

lectura amb música de fons


Leer 
Jamás he podido leer escuchando música, y ésta es una cuestión bastante importante, porque tengo amigos de un nivel intelectual y estético muy alto para quienes la música, que en ciertas circunstancias puedan escuchar concentrándose, es al mismo tiempo una especie de acompañamiento para sus actividades. Esto lo comprendo muy bien en el caso de los pintores: tengo amigos pintores que pintan con un disco de fondo o la radio. Pero en el caso de la lectura, yo creo que no se puede leer escuchando música, porque eso supone un doble desprecio o un desprecio unilateral: o se desprecia la música o se desprecia lo que se está leyendo. La música es un arte tan absoluto, tan total como la literatura, y el músico exige que se le escuche a full time lo mismo que cualquiera de nosotros cuando escribimos. Personalmente me apenaría, me decepcionaría, enterarme de que alguien a quien estimo intelectualmente ha leído un libro de cuentos míos al mismo tiempo que estaba escuchando una fuga de Bach o una ópera de Bertolt Brecht. En cambio puedo, sí, leer mientras espero en un aeropuerto o a alguien en un café, porque ésos son los vacíos, los tiempos huecos que uno no ha buscado por sí mismo, sino que los horarios de la vida, digamos, te condenan de golpe a media hora de espera; y entonces, tener un libro en el bolsillo y concentrarse en él, en ese momento, por un lado anula el tiempo del reloj y, por otro lado, te crea una sensación de plenitud. Y no esa especie de mala conciencia que, también por deformación intelectual, tengo yo, en el sentido de que si me paso más de diez minutos sin hacer algo, sea lo que sea, tengo la impresión de que soy ingrato con ese hecho maravilloso que es estar viviendo, tener ese privilegio de la vida. Y es algo que siento cada vez más, mientras mi vida se acorta y va llegando a su término ineluctable, si me permitís la palabra tan cursi.
De la entrevista de Sara Castro-Klarén: «Julio Cortázar, lector».

Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico. Edició d'Aurora Bernárdez i Carles Álvarez Garriga. Alfaguara, 2014. P. 157.


dilluns, 30 de novembre del 2020

anotar, doblegar, potser subratllar


Otro de los grandes debates respecto de los libros tiene que ver con lo que se considera legítimo o no hacer con ellos. ¿Pueden subrayarse?, ¿pueden anotarse comentarios en los márgenes?, ¿con bolígrafo o solo con lápiz?, ¿puede doblarse la esquina de una página para señalar por dónde vamos?

Mi generación ha crecido en una filosofía de respeto reverencial al libro, ya lo he contado. En mi casa, recuerdo que cada libro que se leía era previamente forrado y no estaba permitido, por supuesto, escribir o señalar nada. Yo, desde luego, he sido incapaz hasta hace poco de subrayar un libro, ni siquiera aquellos con los que trabajo o que me sirven de documentación, si no es con un lápiz. Cuando algo me interesaba dejaba un post-it o un pedazo de papel marcando la página, y si acaso una imperceptible señal, tan imperceptible a veces que me obligaba a leer de nuevo la página completa hasta que encontraba lo que me había interesado.

Ahora, sin embargo, me sorprendo cada vez más veces doblando las esquinas, o escribiendo comentarios, subrayados, notas o flechas, aunque siempre con lápiz. De momento.

George Steiner es también de los que piensa que no se puede leer un libro si no es con un lápiz en la mano, o en la oreja. Leí hace tiempo que a Stevenson le gustaba salir al campo a leer; llevaba el libro en el bolsillo izquierdo, y un cuaderno en blanco, para escribir, en el derecho. Cortázar, sin embargo, llenaba sus libros de notas y comentarios a lápiz, y con pluma, y con rotulador y con cualquier cosa que tuviera a mano. Anotaba en francés, inglés o castellano, dependiendo del idioma en que estuviera leyendo, no como Mallarmé, cuyos libros, decía solo hablaban francés.

A Cortázar le gustaba dialogar con los autores a través de los libros. Felicitarlos o discutir con ellos:«No», escribe a veces en los márgenes, «bien», «ça», «¡Voilà!», a veces comentarios más expeditivos como ese que se lee en su ejemplar de Confieso que he vivido, de Neruda, en el que se harta de corregir erratas:  «Ché Otero Silva —escribe en una página refiriéndose al editor—. Qué manera de revisar el manuscrito, carajo».

 

Jesús Marchamalo. Tocar los libros. Cátedra, 2020. P. 123-127.



dilluns, 7 de setembre del 2020

cortázar i fantomas



Fantomas es un personaje de tira cómica en México; en realidad, Fantomas es un personaje francés pero los mexicanos lo colonizaron y lo convirtieron en una especie de Superman mexicano que aparece todas las semanas en los quioscos de revistas de tiras cómicas y es muy leído por el pueblo mexicano. Es una tira cómica perfectamente inmunda como todas esas tiras cómicas que defienden los valores y un tipo de moral basada siempre en el triunfo del bien y la caída del mal, sin explicar muy bien dónde está el bien y dónde el mal. Alguien me envió uno de esos capítulos de Fantomas porque resulta que yo era un personaje. Cuando lo abrí me quedé muy asombrado porque yo aparecía dibujado dentro de la tira cómica y entonces me vi en la obligación de leerla.
La historia se llamaba La inteligencia en llamas y era muy de Fantomas, muy de Superman, en que de golpe se empiezan a incendiar las grandes bibliotecas del mundo: arde la de Londres, después arde la de...la de Berkeley espero que no...y ya es el pánico. Algunos escritores están desesperados porque se dan cuenta que hay un loco que está tratando de destruir la cultura y para eso está destruyendo con una especie de láser las bibliotecas y nadie lo encuentra y lo arresta. En una de ésas arde la Biblioteca Central de Washington, la del Congreso, y entonces ya es el pánico total. Los escritores deciden muy inteligentemente llamar a Fantomas porque Fantomas, claro...¿Y quiénes son los escritores que llaman a Fantomas? Alberto Moravia, Italo Calvino, Susan Sontag y yo, con una notita al pie que dice "Conocido escritor de tal y tal lugar" para que el lector se entere. (Nos habían dibujado muy bien, por cierto). Estamos todos en el teléfono. Octavio Paz también, que dice "Fantomas, tienes que venir en seguida, están quemando los libros". Yo mismo lo llamo: "Fantomas, tú eres nuestro amigo, ven". No se sabe por qué somos amigos de Fantomas, pero viene y hablamos con él. Dice: "No hay que preocuparse", y naturalmente abre las alas, se tira por la ventana y vuela. Va a París, hace una serie de investigaciones y descubre que en efecto hay un loco que odia la cultura y tiene un rayo poderoso. Fantomas se mete por la otra ventana y aniquila al individuo. ¡Gran alegría, la cultura está salvada! Todos le damos las gracias y termina la historieta.
Yo recibí esto como su cassette y cuando lo leí me quedé pensando y dije: "Caramba, ya que me meten como personaje sin pedirme autorización —lo cual en principio no está demasiado bien— yo también podría aprovechar ahora esta historieta sin la autorización de los editores y hacer mi propia versión de la cosa". Con una tijera comencé a cortar las partes que me interesaban e hice una especie de collage en la que escribí un texto que fui colocando en diferentes páginas de la historieta eliminando lo que no me interesaba y le cambié completamente el sentido; es decir, toda la primera parte es igual pero cuando Fantomas vuelve triunfante diciéndole a Octavio Paz o a mí "he destruido al monstruo, pueden seguir escribiendo tranquilamente", nosotros, inteligentes, le decimos: "No, Fantomas, te equivocas. Crees que has destruido al monstruo, pero no lo has destruido: no hay solamente un monstruo. Mira, léete aquí las conclusiones del Tribunal Bertrand Russell sobre el genocidio cultural en América Latina. Esto tú no lo conoces y en México no lo conocen. Léete estas páginas". Y están las páginas. "Léete lo que se dice sobre la aniquilación de las culturas indígenas en la Amazonia, por ejemplo. Léete lo que pasa con indios mexicanos en algunos estados de predominancia indígena, lee todo lo que se está haciendo para destruir la cultura de un continente y crearles falsos valores sin necesidad de quemar la Biblioteca del Congreso". Fantomas se queda sumamente avergonzado y la historia termina también muy bien porque dice: "Querido Octavio Paz, desde ahora dedicaré toda mi fuerza a luchar contra las empresas multinacionales y contra todas las formas negativas del imperialismo".
Insistí en que lo editaran en forma de tira cómica y que se vendiera en los quioscos y se vendió en México por cientos de miles de ejemplares...

Julio Cortázar. Clases de literatura: Berkeley, 1980. Alfaguara, 2013. P. 244-246.


diumenge, 26 de juliol del 2020

la biblioteca volàtil


Me contaron de Cortázar una historia fantástica; la de esa biblioteca deshojada, volandera, en Italia. Viajaba con su mujer, Aurora, a mediados de los años cincuenta, en tren, y para no cargar con equipaje innecesario acostumbraban a comprar libros en las librerías de las estaciones, para los trayectos. Compraban un título que leían juntos, en general primero Julio, que cuando terminaba una página la arrancaba y se la pasaba a Aurora, sentada a su lado, que cuando acababa de leerla la arrojaba por la ventanilla.

Jesús Marchamalo. Tocar los libros. Fórcola, 2010.  P. 71.

diumenge, 25 de maig del 2014

virtuts domèstiques


Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo.
Julio Cortázar. «Nota». A: Los premios. 

dijous, 31 d’octubre del 2013

macedonio fernández


A en Ferran Genís, l'únic lector de Macedonio Fernández que conec.

ES UN GRAN DESCONOCIDO todavía hoy, casi un escritor para especialistas y de alguna manera es una gran culpa de todos nosotros y de los recintos universitarios que Macedonio Fernández en general sea tan poco conocido porque, incluso habiendo hecho una obra de muy poca extensión, es de una enorme riqueza. Ahí el sentido del humor se mostró para mí por primera vez como un potenciador de las cosas más serias y profundas. 
Profesionalmente Macedonio Fernández era un filósofo y escribió textos, quizá los más famosos de él, que contienen teorías y disertaciones filosóficas en un alto grado de complejidad. Él sabía presentarlo todo, mostrarlo y enriquecerlo con un sentido del humor absolutamente extraordinario que asomaba a veces en pequeños aforismos, pequeñas frases que bruscamente daban vuelta a una situación. Un aforismo de Macedonio Fernández por ejemplo es éste: «Al concierto de piano de la señorita López faltó tanta gente que si llega a faltar uno más no cabe». La misma inversión: convertir ese terrible vacío en una especie de plenitud total de lo negativo.
En su vida personal Macedonio decía cosas maravillosas. Tenía un complejo; era muy pequeñito y en general los hombres muy pequeñitos, como las mujeres muy altas, no se sienten demasiado cómodos en algunas circunstancias y no les gusta que se lo recuerden demasiado. Sus amigos sabían muy bien que no había que hablarle de su estatura porque se enojaba. Un día, una señora que no lo sabía le preguntó en una fiesta: «¿Y usted cuánto mide, don Macedonio?». Y Macedonio le dijo: «Señora, tengo la estatura suficiente para llegar al suelo». Este tipo de humor lo introdujo en mucho de lo que escribió y nos enseñó a los jóvenes de ese tiempo que, si sabíamos asimilarlo y utilizarlo, teníamos también en el humor no un auxiliar sino uno de los componentes más valiosos y más fecundos que las armas literarias pueden dar a un escritor.

Julio Cortázar. Clases de literatura. Berkeley, 1980. Edició de Carles Álvarez Garriga. Alfaguara, 2013. P. 161-162.
 


divendres, 28 de juny del 2013

just avui, que en fa cinquanta

A l'Àgueda i a la Clidi.

Quan jo tenia disset anys, el món es dividia en tres grans grups:
els partidaris de Rayuela, els del Quartet d'Alexandria i la resta. 
(Del diari apòcrif de na Matilde Urbach)




LOS PERIÓDICOS celebran hoy, con tratamiento digno de una gran batalla o de una independencia patriótica, los treinta años de la aparición de Rayuela.
Bien está.
Escritores y lectores suelen ser sujetos muy proclives a las manías. A mí una de esas manías me hace cometer una injusticia emocional: me caen bastante mal los entusiastas de Rayuela, lo que no quiere decir que me desagrade especialmente ese afanoso libro, pues también me caen mal los aficionados al jazz y el jazz sin embargo me gusta bastante: es una música muy apta para temperamentos inmaduros.
A Cortázar le gustaba el jazz y supongo que le gustaría Rayuela, no sé. Con lo cual...
La reputación de algunos escritores puede basarse en alegres malentendidos. Cortázar debe su fama a Rayuela, esa laboriosa y sugerente suma de gangas, cuando tal vez sus mejores logros estén en Historias de cronopios y famas y en muchos de sus relatos («Casa tomada», que le gustaba especialmente a Borges, basta y sobra para disculpar todo ese confuso y desangelado piruetismo que resulta habitual en Cortázar).
Yo no sé, ni me importa, qué estimación tendrá hoy Cortázar entre la gente. Hace unos diez o quince años sus libros adornaban invariablemente -junto a la lucerna con la varilla de sándalo, junto al tiesto de cerámica marroquí- las estanterías artesanales de muchos pisos de estudiantes y de nostálgicos del flower-power. Hoy quizás su estimación se haya desviado a los departamentos universitarios, esos lugares con tubos fluorescentes donde se rellenan fichas, se llama gratuitamente por teléfono y se redactan artículos metabibliográficos. Es el sino de todos los escritores de fortuna: acabar sufriendo esa especie de varicela textual que son las notas a pie de página.
Rayuela, no sé, me parece un curioso artefacto literario y un libro ingenuo. No me resulta raro que esa triquiñuela de poder ser leído de manera distinta -de aquí para allá, paso atrás y paso adelante, como en el juego de la oca- entusiasme a mucha gente, ya que los lectores suelen conformar un núcleo humano especialmente ansioso por colaborar en el funcionamiento de cualquier charada.
Ojalá me equivoque, pero tengo la impresión de que Cortázar fue un escritor de excepcional talento que casi nunca entendió su talento. Cuando estuvo a la altura de su capacidad, sus páginas resultaron singularmente deslumbrantes: una lección esencial de literatura. De auténtica literatura, no de algo que podía adornar un artesanal estante, con la varilla de sándalo y todo aquello. No de algo, tampoco, que, a la vuelta de sólo unos años, merezca exclusivamente el funcionarial destino de perdurar como tema de examen universitario.
Pero los destinos literarios ya se sabe que son cosa compleja y caprichosa. Uno comienza a escribir con el propósito de revolucionar la conciencia literaria de una época y se encuentra el día menos pensado con una edición crítica de su obra en la editorial Cátedra.
Verdaderamente, no conozco una cosa más extraña que la historia de la literatura de este siglo.
(1994)
Felipe Benítez Reyes. «Cortázar: Jazz, Rayuela, ediciones críticas». A: Gente del siglo (1982-1996). Nobel, 1996. P.128-130.

*  *

La grieta -tema y bloque central de Los detectives salvajes- es un conjunto de cuatrocientos golpes o cuatrocientas páginas con una casi infinita participación de múltiples voces que comentan los trazos de las huellas de los dos detectives salvajes y a la vez comentan cómo lo desastroso se instaló en el centro de gravedad de la historia de una generación extravagante. Los detectives salvajes -vista así- bien podría ser el boquete azul de un parietal trágico, la historia cómica de una brecha: una novela que bien podría ser -ahí donde la ven- una fisura, una rotura muy importante para lo que hasta ahora ha ido haciendo una generación de novelistas: un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar y de la que Los detectives salvajes bien podría ser su revés, en el amplio sentido de la palabra revés.
Enrique Vila-Matas. «Bolaño en la distancia». A: Una vida absolutamente maravillosa. Ensayos selectos. Debolsillo, 2011. P. 249-250.




diumenge, 26 d’agost del 2012

queremos tanto a julio


Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

    Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

    Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

    Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

    Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

    Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

    Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.
    Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.

    Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

    Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

    Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

    Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

    (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

    Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

    Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

    No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.

    Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

    Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


«Casa tomada», de Julio Cortázar (26 d'agost de 1914 - 2 de febrer de 1984).




dilluns, 2 de juliol del 2012

hotel cervantes



· EN UNAS INSTRUCCIONES de Julio Cortázar para tener miedo, doy con un párrafo que habla de un pueblo de Escocia donde venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. "Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere."

He mirado el reloj. Eran las tres y diez. Hacía años que no creía tan literalmente en lo que leía. De hecho, me ha parecido que seguía vivo de puro milagro (...). He vuelto a pensar en Cortázar y me he acordado de La puerta condenada, un relato de 1956, donde en un hotel de Montevideo un comerciante oye en la noche el misterioso llanto de un niño tras el armario que tapa una puerta cerrada. El relato de Cortázar comienza así: "A Petrone le gustó el Hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en el Vapor de la Carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de Montevideo. Petrone aceptó una habitación con baño en el segundo piso, que daba directamente a la sala de recepción."


· He recorado que Vlady Kociancich escribió un ensayo sobre una casualidad de tipo fantástico entre La puerta condenada y Un viaje o El mago inmortal, un relato escrito por Bioy Casares en aquellos mismos días y de trama idéntica a la de Cortázar. Decía Kociancich que si ya la casualidad argumental era rara, la presencia de otras muchas coincidencias lo enrarecía todo aún mucho más. Petrone, el personaje de Cortázar y el narrador de Bioy tienen la misma profesión y viajan a la misma ciudad, Montevideo (en el Vapor de la Carrera, un barco que salía de Buenos Aires a las diez de la noche y llegaba a la mañana siguiente a su destino), y están a punto de registrarse en el mismo hotel sombrío y tranquilo.

Y aún hay más. Una vista melancólica desde el cuarto de baño aparece casi idéntica en el comienzo de los dos relatos. Y la coincidencia está también en las voces nocturnas de los vecinos de cuarto que despiertan a los personajes: mientras el llanto enigmático de un niño tras el armario que tapa una puerta condenada impide dormir a Petrone, al donjuan fracasado de Bioy le toca el castigo de una pareja que hace el amor atronadoramente.


· Bioy Casares, en unas declaraciones de los años ochenta: "Sobre Cortázar le voy a contar que estando él en Francia y yo en Buenos Aires escribimos un cuento idéntico. Empezaba la acción en el Vapor de la Carrera, como se llamaba entonces. El protagonista iba al Hotel Cervantes de Montevideo, un hotel que casi nadie conoce. Y así, paso a paso, todo era similar, lo que nos alegró a los dos."

Enrique Vila-Matas. Dietario voluble. Anagrama, 2008. P. 130-132.



divendres, 4 de novembre del 2011

un error dels espies, que també són humans


"Una mañana como cualquier otra, bajé hasta el vestíbulo del edificio donde vivía, en Barcelona, a buscar mi correspondencia matutina. Muchas veces habíamos hablado, vos y yo, del placer de recibir cartas inesperadas, cartas de lectores o lectoras desconocidas, de amigos extraviados en las arenas y en las costas del exilio. Ese día, al abrir el buzón, me encontré con una buena cantidad de sobres blancos con sus rayitas rojas y azules, de correo internacional. Mientras esperaba el ascensor, repasé los sobres, tratando de identificar por la letra a los remitentes. De pronto, en medio del montón, apareció un sobre completamente insólito. Era como todos los demás, en apariencia, sólo que sus señas, a máquina, eran las siguientes: Julio Cortázar, 9, rue de L'Eperon, París, France. Di vuelta al sobre, buscando el remitente, pero no lo tenía. Miré otra vez el sobre: el sello era de Inglaterra, la eterna efigie de la reina Isabel, ahora con una banda dorada en el centro. ¿Cómo era posible que una carta dirigida a vos, desde Londres, Inglaterra, apareciera en mi buzón de Barcelona, España? ¿Por cuántas manos había pasado esa carta, desde las brumas del norte al cielo mediterráneo, para depositarse justamente en mi buzón? ¿Y el cartero? El cartero que siempre se quejaba de que yo recibía demasiada correspondencia y me pedía los sellos repetidos, ¿no se asombró al encontrar en su bolsa de reparto una carta dirigida a Julio Cortázar, 9, rue de L'Eperon, París, France, y la metió sin ninguna duda en el buzón de la Plaza Garrigó 8, 8º 2ª, Barcelona 08016, que era donde yo vivía? Me lancé al teléfono y te llamé.


-Julio -te dije-, acabo de recibir una carta dirigida a vos, que viene de Londres. Te juro que dice "Julio Cortázar", en el sobre, pero el cartero la metió en mi buzón de Barcelona.

Me escuchaste con esa especie de indiferencia displicente que tenías ante las cosas más insólitas de este mundo.

-¿Tenés el sello o te falta? -me preguntaste con aparente ingenuidad.

-Mirá -te dije-, si es una de tus bromas, no me hace ninguna gracia, porque no sé si recordás que acabo de pasar tres meses en la clandestinidad por falta de papeles, porque la dictadura uruguaya me retiró el pasaporte y la Policía de Extranjería de España quería deportarme...

-¿Y cómo iba a conseguir yo que una carta dirigida a mí, en París, te llegara a vos, en la Plaza Garrigó? -me dijiste, de manera muy razonable.

-Eso es lo que yo quiero saber -grité, nerviosa-. Quiero saber cómo una carta dirigida a vos, desde Londres, me llega a mí, en Barcelona...

-Lo mejor que podés hacer es abrirla y leerla -me aconsejaste-. Seguramente no dice nada interesante. Los servicios de inteligencia son muy estúpidos y suelen confundir las cartas. Vos y yo tenemos la correspondencia controlada, como te imaginarás; simplemente, la han abierto, la han leído, pero en lugar de echarla en la saca de París, la metieron en la saca de Barcelona.

La explicación me parecía bastante plausible, pero faltaba un detalle: ¿por qué el servicio de inteligencia equivocado había mandado la carta dirigida a vos justamente a mi buzón? Podía haberla mandado a cualquier otro.
Abrí la carta. Era de la revista inglesa Index on Censorship, especializada en denunciar la persecución y la censura contra intelectuales y artista, y te agradecían tu colaboración.
Yo había escrito un artículo para ellos, recientemente.

-¿Viste? -comentaste-. La correspondencia de la revista, la tuya y la mía están controladas, ha sido un error de los espías, que también son humanos.

Pero y mi cartero, ¿mi cartero no había sentido ningún asombro?

-Tu cartero está encantado porque vos ya tenés el sello de la reina Isabel de siete peniques, con banda dorada en el centro, y mañana se lo vas a regalar -dijo Julio."


Cristina Peri Rossi. Julio Cortázar. Omega, 2001. P. 77-79.


dissabte, 29 d’octubre del 2011

la mateixa gent de cada dia

A la que un día lo leerá, ya tarde como siempre.
Julio Cortázar.

 Divendres, 30 d'octubre 1931

Continua venint la mateixa gent de cada dia. El préstec encara poc freqüentat amb tot i que cada dia es fan noves inscripcions. Ens hem vist obligades a retirar un llibre de la sala de lectura i posar-lo al reservat: Liano: "El imperio de los negros blancos" que indubtablement és una bona obra però no apta per estar a la disposició de tothom. Sento no haverme'n enterat abans perquè si ara l'he retirat ha estat per indicació, encara que indirecte, d'una lectora.

**

He corregut cap al magatzem, morta de curiositat, a la recerca del Liano. Aquí està. Editorial Iberia, 1928.  Parla de l'imperi abisini, veig. 283 pàgines; profusament il·lustrat. Entre la portada i el text pròpiament dit, una recomanació, signada pel doctor Antonio Rubió y Lluch, degà de la Facultat de Filosofia i Lletres:
"Es el  único libro que se ha escrito en lengua castellana, que retrate fielmente las costumbres, la civilización, el arte, en una palabra, la vida entera del antiguo e interesante imperio abisinio.", diu.
I si l'obra és tan bona, per què l'ha va haver de retirar, la bibliotecària del 1931? Passo pàgina. Trobo la reproducció d'una nota manuscrita (signatura il·legible) amb capçalera de la Facultat de Filosofia i Lletres:



Sr. D. Alejandro Liano
Presente
Mi distinguido y apreciado amigo:
He leído con verdadero placer los capítulos que se ha servido enviarme de su libro sobre Abisinia, cuyas descripciones y anécdotas han de llamar poderosamente la atención del público por los detalles y viveza con que están contadas; y si bien algunas escenas, como las de "La muerte lenta" y "Los baños de Filoha" no son para todos los temperamentos ni para toda clase de personas, la obra resulta en su conjunto muy amena e interesante"...

Vet-ho aquí, el fil. El tibo una mica: pàgina 43:
 "La "muerte lenta" se aplica generalmente en los casos de parricidio, y se ejecuta, ya por el verdugo, ya por el pariente más próximo de la víctima. No es posible que exista castigo más bárbaro, porque por "muerte lenta" entienden los abisinios una ejecución que durará horas, hasta un día entero..."
 I segueixen cinc pàgines amb la completíssima descripció d'un cas. Un pelet gore, sí.

No cal pas que us expliqui com continua la història, la meva, vull dir. És més que previsible. Sí, aniré als banys de Filoha,
 "Los baños de Filoha, actualmente públicos, y en los cuales se bañan durante nueve meses al año todos los negros, las negras, los negritos y negritas, como también algunos de los blancos que viven en la capital de Abisinia."
i riuré amb les manies de l'emperador, Lidj Yasú,
"Lidj Yasú no podía sufrir a los blancos, y especialmente a los ingleses, franceses e italianos, porque creía que estas naciones tenían sus miras ambiciosas sobre Abisinia, y que intentaban dominar el país con sus costumbres y sus leyes, introduciéndose en él paulatinamente. Pero esta aversión del Emperador hacia los blancos no era extensiva a los dos sexos...Las mujeres blancas le gustaban tanto que no podía pasarse sin ellas, y como precisamente los baños de Filoha eran el campo de su acción, por esto estaban reservados para él y para algunos otros dignatarios del Imperio. Cada mañana se encontraba con unas blancas Afroditas que, después de haber vendido su amor en varias capitales de Europa, hallaron una mina de oro en las aguas tibias del lago de Filoha. [...]
De todos modos añadiremos que todos los abisinios, en general, se perecen por la mujer blanca, y esta es la razón por la cual muy pocas blancas -de las que no venden su amor- viven en el Imperio."
i, vuitanta anys després, pujaré al despatx a escanejar -matussera, és cert, però i què; no m'atabaleu amb això, ara- tres imatges que volen contribuir, modestament i en va, a que l'oblit no ens oblidi massa (1.) .




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(1.) "Y después de todo sólo nos quedaba, nos queda la lúgubre tarea de seguir siendo dignos, de seguir viviendo con la vana esperanza de que el olvido no nos olvide demasiado." Julio Cortázar. "Las caras de la medalla" A: Alguien que anda por ahí.


divendres, 9 de setembre del 2011

el temps i els rellotges que l'assassinen


Fa cosa d'un parell de dies, en els comentaris de no sé quin apunt, el Doctor Vilardekyll i jo ens vam embolicar a parlar del temps i El brogit i la fúria, de la importància que ens semblava que tenia el tema (hi estàvem absolutament d'acord) i de com Faulkner va provar de plasmar-ho amb saltirons cronològics que riu-te'n del mareig del Dragon Khan i blablabla. El doctor va fer referència a la coberta de l'edició de Proa, on senyoreja un rellotge amb el vidre petat, i tots dos vam coincidir en l'encert de la tria.


"Em vaig adreçar cap a la calaixera i vaig prendre el rellotge, amb l'esfera cap a terra, encara. Vaig copejar el vidre contra l'aresta de l'angle de la calaixera i vaig recollir els fragments amb la mà i els vaig posar dins el cendrer i vaig arrencar les busques i també les vaig ficar dins el cendrer. El rellotge continuava funcionant. El vaig posar cara enlaire, l'esfera nua i les rodetes fent tic-tac, tic-tac a dins, sense poder fer cap altra cosa".
(Diu en Quentin al capítol segon)



Si haig de creure la informació de la guarda, on consta que la responsable del disseny és una tal Susanna Ullibarri, resulta que no la conec, però en estricta aplicació d'una estranyíssima teoria segons la qual tots els éssers humans que habitem el planeta Terra estem connectats per una cadena de, com a molt, cinc coneixences comunes, ara va i me'n sobren quatre. I la cosa m'ha fet una gràcia de no dir.

Coincidències a banda, des de llavors no m'he pogut treure del cap un parell de textos.
Cada foll amb el seu brogit, per poc sentit que tingui.

Aquí

Se m'han tornat les coses
com encenalls cremats.
He deixat els meus passos
fora d'aquí:
sabates molt gastades.

No moure'm.
Passar molt de temps
aquí.
   -Se m'ha tornat un corrent
silenciós, que no veig, el temps.

Joan Vinyoli. Ara que és tard.
***

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda al reloj
Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Julio Cortázar


dissabte, 2 d’abril del 2011

anotar, doblegar, potser subratllar


El arco y la lira d'Octavio Paz, anotat i subrallat per Julio Cortázar.

Mi generación ha crecido en una filosofia de respeto reverencial al libro, ya lo he contado. En mi casa, recuerdo que cada libro que se leía era previamente forrado y no estaba permitido, por supuesto, escribir o señalar nada. Yo, desde luego, soy incapaz de subrayar un libro, ni siquiera aquellos con los que trabajo o que me sirven de documentación. Cuando algo me interesa dejo un post-it o un pedazo de papel marcando la página, y si acaso una imperceptible señal con lápiz, tan imperceptible a veces que me obliga a leer de nuevo la página completa hasta que encuentro lo que me había interesado.

Jesús Marchamalo. Tocar los libros. Fórcola, 2010.  P. 70.


dimarts, 8 de febrer del 2011

la biblioteca volàtil


Me contaron de Cortázar una historia fantástica; la de esa biblioteca deshojada, volandera, en Italia. Viajaba con su mujer, Aurora, a mediados de los años cincuenta, en tren, y para no cargar con equipaje innecesario acostumbraban a comprar libros en las librerías de las estaciones, para los trayectos. Compraban un título que leían juntos, en general primero Julio, que cuando terminaba una página la arrancaba y se la pasaba a Aurora, sentada a su lado, que cuando acababa de leerla la arrojaba por la ventanilla.

Jesús Marchamalo. Tocar los libros. Fórcola, 2010.  P. 71.




P.S.: Breviari per a bibliòpates. Més informació aquí.


dilluns, 19 de juliol del 2010

julio cortázar | alejandra pizarnik




París, 9 de septiembre de 1971

Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Julio


Cartas y caligrafías. Revista Litoral, 2009. Núm. 248. P. 304.

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Que no llegeixo poesia, ho he repetit tants cops que, hores d'ara, ja ningú s'ho creu. Alejandra Pizarnik em va arribar de la mà d'aquest individu, via Mitchum; l'Espai de llibres va commemorar, setembre passat, el no-aniversari de la mort de la poeta. Gràcies a tots tres.

dissabte, 13 de febrer del 2010

maleïda bestiola estimada







Mai no vaig poder dominar la maleïda bestiola estimada. Estudiava força, estudiava molt i sempre em semblava poc. Algú em va dir que si no la remenava prou vindrien espores per l'aire i se m'hi farien líquens a la fusta, i m'ho vaig creure de culpable que em sentia.
Encara em fa por; fins i tot així, desmantellada en tres cossos dins la pelfa verda de l'estoig, cansada però no rendida, com supervivent d'una guerra. L'agafo amb molta cura; em tomba una fortor de bavalla resseca i fustam d'envelat, de l'aire de totes les places respirades que un dia van circular pel canó fosc de l'instrument. Són tres quarts de quilo de fusta seca, tallada en lluna plena perquè no es corqui, i un quart de quilo d'alpaca repolsada per a la campana i la quinzena de claus. M'agrada que pesi. La torna esquívola, emprenyadora: si em vols em tindràs, però et costaré. I així i tot mai no la tens completament. No t'hi pots amorrar més d'un minut seguit sense haver de reposar, desfets el llavi i el polze. És excessiva. Una mala peça. Em fascina.
[...] Componc els tres cossos amb un gest d'autòmat que encara duc dins. L'alço com una ofrena que em faig. L'ensumo: sento com respira, innocent i perillosa. Fico el polze dret als posadits de sota, els altres dits busquen els forats com llodrigueres. Ja. Els capcirons estremint-se de gust: el vell, retrobat encaix. El meu índex dret, per exemple, quants cops ha basculat sobre el fa sostingut?
I enceto el ritual ridícul que porto de cap. Encaixo el tudell amb la doble canya. Punxo un cedé escollit a la cadena i em calço els auriculars. El silenci que precedeix a l'explosió.


Una màquina d'espavilar ocells de nit, p. 134-135.


Parla de la tenora, tot i que pot semblar que la cosa va d'un que mira de fer sonar la doble canya d'una noia, per tal d'arrencar-li un fa sostingut. Ara em direu, va, Matilde, si això és més vell que l'anar a peu. I tindreu raó. És l'evocació d'una escena eròtica. I com que ja sabeu que estic molt delicadeta de les sinapsis, voilà el monstre d'avui. El text està escrit en gíglic.


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.


Julio Cortázar, Rayuela, capítol 68

dimecres, 9 de setembre del 2009

en matilde, de julio cortázar












A veces la gente no entiende la forma en que habla Matilde, pero a mí me parece muy clara.

—La oficina viene a las nueve —me dice— y por eso a las ocho y media mi departamento se me sale y la escalera me resbala rápido porque con los problemas del transporte no es fácil que la oficina llegue a tiempo. El ómnibus, por ejemplo, casi siempre el aire está vacío en la esquina, la calle pasa pronto porque yo la ayudo echándola atrás con los zapatos; por eso el tiempo no tiene que esperarme, siempre llego primero. Al final el desayuno se pone en fila para que el ómnibus abra la boca, se ve que le gusta saborearnos hasta el último. Igual que la oficina, con esa lengua cuadrada que va subiendo los bocados hasta el segundo y el tercer piso.

—Ah —digo yo, que soy tan elocuente.

—Por supuesto —dice Matilde—, los libros de contabilidad son lo peor, apenas me doy cuenta y ya salieron del cajón, la lapicera me salta a la mano y los números se apuran a ponérsele debajo, por más despacio que escriba siempre están ahí y la lapicera no se les escapa nunca. Le diré que todo eso me cansa bastante, de manera que siempre termino dejando que el ascensor me agarre (y le juro que no soy la única, muy al contrario), y me apuro a ir hacia la noche que a veces está muy lejos y no quiere venir. Menos mal que en el café de la esquina hay siempre algún sándwich que quiere metérseme en la mano, eso me da fuerzas para no pensar que después yo voy a ser el sándwich del ómnibus. Cuando el living de mi casa termina de empaquetarme y la ropa se va a las perchas y los cajones para dejarle el sitio a la bata de terciopelo que tanto me habrá estado esperando, la pobre, descubro que la cena le está diciendo algo a mi marido que se ha dejado atrapar por el sofá y las noticias que salen como bandadas de buitres del diario. En todo caso el arroz o la carne han tomado la delantera y no hay más que dejarlos entrar en las cacerolas, hasta que los platos deciden apoderarse de todo aunque poco les dura porque la comida termina siempre por subirse a nuestras bocas que entre tanto se han vaciado de las palabras atraídas por los oídos.

—Es toda una jornada —digo.

Matilde asiente; es tan buena que el asentimiento no tiene ninguna dificultad en habitarla, de ser feliz mientras está en Matilde.

Julio Cortázar, Papeles inesperados, Alfaguara, 2009, p. 108-109.


P.S.: Papeles inesperados és un recull de contes, poemes, articles, textos dirigits a amics i autoentrevistes que Julio Cortázar va escriure al llarg de tota la seva vida i que la seva vídua, Aurora Bernárdez, tenia guardats en un bagul de la seva casa de París. En total són gairebé 500 pàgines que el filòleg Carles Álvarez ha revisat i catalogat. Dispenseu l'autohomenatge. No me n'he pogut estar.

dilluns, 13 de juliol del 2009

bestiari d'estiu


La mosca

Te tendré que matar de nuevo.
Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima,
en Cristianía,
en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos,
en el burdel, en la cocina, sobre un peine,
en la oficina, en esta almohada
te tendré que matar de nuevo,
yo, con mi única vida.

Julio Cortázar. Papeles inesperados. Alfaguara, 2009.

dilluns, 4 de maig del 2009

jazz i literatura



Cada any, quan s'acosta el Festival de jazz de Vic, en Robert i jo sempre tenim la intenció de preparar alguna cosa que relacioni jazz i literatura. Que si una guia de lectura, que si una selecció de textos i peces musicals, que si, que si, però nos van pasando los años y alla te espero en la playa, com deia un gritest jit de la Organización génesis.
Mentrestant començo a fer.

Apunts per a un post sobre jazz i literatura.

Dos camins.

El primer són textos on el jazz té molt protagonisme (ni que sigui purament ambiental).

He trobat un llibre molt interessant sobre la presència del jazz a diverses disciplines: El jazz y sus espejos de Joaquim Romaguera i Ramio. Fantàstic.
  • Julio Cortázar ens n'ha deixat un parell: El perseguidor, un relat dedicat a Charlie Parker i Rayuela, una novel·la que a estones sembla una enciclopèdia de be-bop de tantes referències jazzístiques com ens ofereix.
  • Antonio Muñoz Molina, El invierno en Lisboa. És un homenatge al cinema negre i als tuguris del jazz. Un pianista + una femme fatale + un marit mafiós i emprenyat. Es va portar al cinema, amb la participació del trompetista Dizzy Gillespie.
  • Francis Scott Fitzgerald. El crack-up, és la primera novel·la on l'escriptor fa referència a ambients jazzístics. També està molt present a Relatos de la era del jazz (on s'inclou el conte aquest d'El curioso caso de Benjamin Button, que ja és pel·li). I a El gran Gatsby.
  • Josef Skvorecky, novel·lista txec, a El saxofón bajo (1971). No en tenia cap notícia i promet.
  • Chester Himes. Les seves novel·les negres estan plenes de jazz, de clubs mítics, de tuguris clandestins, de fum, drogues i alcohol. Un ciego con una pistola, Empieza el calor, Algodón en Harlem...
  • Hermann Hesse, El llop estepari. El protagonista, Harry Haller té una peculiar relació amb el jazz: "El jazz me producía aversión, pero me era diez veces preferible a toda la música académica de hoy, llegaba con su rudo y alegre salvajismo también hondamente hasta el mundo de mis instintos, y respiraba una honrada e ingenua sensualidad.[...] Era música decadentista. En la Roma de los últimos emperadores tuvo que haber música parecida. Naturalmente que comparada con Bach y con Mozart y con música verdadera era una porquería...., pero esto mismo era todo nuestro arte, todo nuestro pensamiento, toda nuestra aparente cultura, si la comparamos con la cultura auténtica".
  • Boris Vian, novel·lista i trompetista de jazz, entre moltes d'altres coses. L'escuma dels dies està plena de jazz.
  • Jack Kerouac i la generació beat. A la carretera, una novel·la a ritme de jazz i sota els efectes de les drogues.
  • James Ellroy. Jazz blanco, la continuació de L.A. Confidential.
  • Massimo Carlotto, La verdad del Caimán. Novel·la negra. El protagonista, Caimán, és un exbluesman.
  • Walter Mosley. El blues de los sueños rotos. Una novel·la protagonitzada per Cuchara Weis, un altra bluesman. D'en Mosley, autor d'una sèrie de novel·les policíaques o negres o criminals, o com els hi volgueu dir, diuen que és hereu d'en Chester Himes.
  • James Sallis, El ojo del grillo. Més lladres i serenus. El detectiu es diu Lew Griffin. Nova Orleans, blues i bourbon.
  • Elmore Leonard, El blues del Mississipi. Tornem a trobar un investigador ocasional. En aquest cas, en Denis Lenahan.

La segona via és infinitament més arriscada que elaborar un llistat d'autors i títols.
La cosa aniria de la influència del jazz en l'estil d'alguns escriptors. Escriptura jazzística? Jazztura? Un jardí relliscós.

  • Boris Vian. Diuen que escrivia com si toqués jazz, influït per l'escriptura automàtica de Breton i els surrealistes, que no era altra cosa que un exercici d'improvisació en un espai i un temps determinat.
  • Kerouac i la generació beat. Són els inventors de la prosa espontània (kickwriting) que consisteix, bàsicament, en prendre com a referència el fraseig i els moments de respiració dels músics de jazz.
  • Haruki Murakami. Cal llegir l'article que va publicar a la revista de llibres del New York Times el 8 de juliol de 2007:

    Por tanto, casi todo lo que sé sobre escritura lo aprendí de la música. Quizá suene paradójico, pero de no haber estado tan obsesionado con la música tal vez no habría sido novelista. Incluso ahora, casi 30 años después, sigo aprendiendo mucho sobre la labor de escribir gracias a la buena música. Mi estilo está tan profundamente influido por los riffs libres y espontáneos de Charlie Parker, por ejemplo, como por la elegante fluidez de la prosa de F. Scott Fitzgerald. Y sigo tomando como modelo literario esa cualidad de constante renovación que tiene la música de Miles Davis.

    Uno de mis pianistas de jazz favoritos de todos los tiempos es Thelonious Monk. En una ocasión, cuando alguien le preguntó cómo lograba extraer ese sonido especial del piano, Monk señaló el teclado y dijo: «No puede ser una nota nueva. Si te fijas en el teclado, todas las notas están ahí. Pero si deseas expresar esa nota lo suficiente, sonará distinta. ¡Debes elegir las notas que realmente quieras expresar!».

    A menudo recuerdo esas palabras mientas escribo, y pienso para mis adentros: «Es cierto. No existen palabras nuevas. Nuestra labor consiste en infundir nuevos significados y matices especiales a palabras del todo corrientes». Esa idea me resulta tranquilizadora. Significa que todavía nos aguardan grandes extensiones desconocidas, territorios fértiles que esperan que los cultivemos.

  • Acabar amb la entrevista de Soler Serrano a Cortázar al mític A fondo.




Ampliar, cosir, rentar, planxar i publicar.


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