29 de julio de 2010
Querido Paul:
Esta mañana he terminado de leer Sale el espectro de Philip Roth y esta tarde he visto Le temps qui reste de François Ozon. Un motivo en común: el cáncer. Sale el espectro está protagonizada por un septuagenario que, impotente después de una prostatectomía, se enamora perdidamente de una jovencita. La película trata de un joven más bien vanidoso y egoísta que descubre que tiene cáncer terminal y en el curso de sus últimos días se convierte en lo que solo podemos llamar una mejor persona. Así pues: uno es una comedia sobre el cáncer, de esa modalidad de comedias amargas que escribe Roth, y la otra es una elegía de lo más conmovedora.
Sale el espectro no me parece una pieza particularmente notable dentro del canon de Roth. Sé que a Roth le encanta sacar cosas nuevas de situaciones manidas; sin embargo, no hay mucho que sacar del tema del hombre anciano que lucha contra la decadencia para demostrar su virilidad por última vez.
La película de Ozon, en cambio, es otra cosa. ¿Conoces su obra? Se trata de una película perfecta a su manera, que capta muy bien la soledad del que está muriéndose y la mezcla de compasión, indiferencia y nervios con que los demás lo tratamos. También hace un uso delicado de una pequeña historia dentro de la historia que en unas manos distintas habría resultado grotesca: una camarera aborda al joven en un café, elogia su atractivo y lo invita a inseminarla, puesto que su marido -cómplice de la propuesta- es estéril. Hasta le ofrece dinero. Al principio el joven se muestra ofendido, pero luego se lo piensa mejor: es una forma de dejar su huella en el mundo.
Ozon maneja esta historia dentro de la historia dándole una atmósfera casi chejoviana: compasiva pero fría y nítida. La pregunta nerviosa que le hace la pareja al joven mientras se están despidiendo: ¿puedes asegurarnos que lo que tienes (y te está matando) es cáncer y no sida? Está claro que él quiere volver a verlos; ellos no tienen ese deseo para nada.
Doy por sentado que has leído Sale el espectro y que sabrás que es un poco un batiburrillo. Incluye una diatriba completamente inmotivada sobre las tendencias del llamado periodismo cultural, puesta en labios del personaje de Roth, Lonoff. Sin duda en esa diatriba hay mucho que yo, que no soy de Nueva York, me pierdo. Pero está claro que Lonoff (¿y también Roth?) no siente nada más que desprecio hacia esa mezcla de moralina y reduccionismo biográfico que pasa por crítica literaria en vuestros órganos culturales (y también en los nuestros). (Cuando hablo de reduccionismo biográfico me refiero a tratar la narrativa como una forma de camuflaje del yo que practican los escritores: la tarea del crítico es deshacer ese camuflaje y revelar la «verdad» que hay detrás.) El villano de Sale el espectro es uno de esos críticos que amenaza con publicar una lectura de la narrativa de Lonoff como si fuera la historia camuflada (o tal vez la historia obstruida, no se sabe) de un incesto que el escritor cometió con una hermana mayor.
No me cuesta nada entender por qué Roth, que es una figura muy visible dentro del panorama literario, es tan susceptible hacia esta modalidad de crítica literaria, pese al hecho de ser consciente de que cuanto más despotrique, más se relamerán (¿Qué está intentando ocultar?) los Kliman de este mundo (Kliman es el crítico-villano). Estoy seguro de que tú, que nadas en el mismo estanque que Roth y solo eres un poco menos visible, debes de tener tus propias ideas sobre el tema, que me imagino que puedo adivinar. En cuanto a mí, me gusta pensar que, como vivo en los márgenes del universo conocido, voy a eludir la atención de los Kliman; lo más seguro, sin embargo, es que me esté engañando a mí mismo. [...]
Un abrazo,
John
* * *
29 de julio de 2010
Querido John:
Lamentablemente, no he leído Sale el espectro, ni he visto Le temps qui reste. He devorado varias novelas de Roth a lo largo de los años (solo una mínima parte de su producción) y he visto dos o tres películas de Ozon, una de las cuales, Piscina, me causó gran impresión.
¿Nado yo en las mismas aguas que Roth? No estoy seguro. Nuestros caminos se han cruzado unas cuantas veces, en dos ocasiones hemos cenado en un grupo de tres con Don DeLillo (íntimo amigo mío desde hace muchos años), y hemos intercambiado un puñado de cartas. En otras palabras, es un conocido, no un camarada. Lo que a él más le interesa de mí, creo yo, es que ambos hemos nacido en Newark. En cuanto a Nueva York, sin embargo, no soy «algo menos visible que él», sino muchísimo, quizá infinitamente menos visible. Roth es un dios cuya obra ha sido universalmente elogiada desde su primer libro, mientras que yo solo soy un simple y esforzado mortal cuya obra ha recibido más coces de las que quisiera recordar. Y además, tiendo a evitar muchedumbres, fiestas y declaraciones públicas, prefiriendo cuidar de mi pequeño jardín en Brooklyn. Por otro lado, Roth ha tenido una enorme presencia literaria durante más de cincuenta años: una trayectoria excepcionalmente prolongada para todo escritor, sin duda la carrera más larga de cualquier autor norteamericano en la historia. Una prueba de su fama: es el único novelista vivo cuya obra se ha publicado en la Library of America.
Como no he leído Sale el espectro, no puedo hacer comentarios concretos sobre la diatriba de Lonoff contra el periodismo cultural contemporáneo, pero tal como la describes, yo diría que tiene toda la razón. Parece que los norteamericanos han perdido contacto con la esencia de la ficción -es decir-, han perdido la capacidad de comprender la imaginación-, y por tanto encuentran difícil que un novelista pueda «inventarse cosas». Toda novela se convierte en una autobiografía encubierta, en un roman à clef. No es preciso extenderse sobre la pobreza de este punto de vista; ni sobre lo desagradable que puede resultar en manos de un periodista malicioso [...]
Con afectuosos recuerdos,
Paul
Paul Auster i J.M. Coetzee. Aquí y ahora: Cartas 2008-2011. Traducció de Benito Gómez i Javier Calvo. Anagrama: Mondadori, 2012. P.182-189.